Reconocer

Reconocer es un palíndromo, es decir, una palabra que puede leerse igual en ambos sentidos, de izquierda a derecha o viceversa. Así, a veces es tiempo de conocer, con ese ímpetu que nos lleva hacia adelante, en una búsqueda fructífera que nos permitirá ampliar nuestros horizontes colectivos e individuales y, a continuación, viene el momento que nos obliga a reconocer los conocimientos que quedaron olvidados, las buenas prácticas que ya no aplicamos, los principios traicionados, por olvido e indolencia.

La palabra reconocer describe por igual la necesidad de explorar territorios nuevos con el afán de un buscador de oro, o bien, de bucear en los propios defectos con propósito de enmienda. Me atrevo a decir que expresa la capacidad de encarar tanto el pasado como el futuro, lo propio o ajeno, lo interno y externo, con la misma intensidad y entusiasmo.

Mientras la palabra “conocer” parece mirar hacia el futuro que nos aguarda con la actitud de ir un paso más allá de nosotros mismos, “reconocer” apunta hacia nuestro pasado o nuestro mundo interior. Visto así, el conocer abre caminos desconocidos que nos permitirán entender la vida y la naturaleza; podemos conocer las leyes que esconde el universo o las claves para desactivar un virus; las propiedades de los átomos y el magnetismo o la naturaleza del color; las proporciones que hacen bella una obra de arte o el modo de sintetizar las algas marinas.

Sin embargo, la palabra “re-conocer”, que significa volver a conocer, expresa la necesidad de recuperar algo que ya poseíamos, es decir, un conocimiento perdido u olvidado. A modo de ejemplo, al investigar una lengua antigua no descifrada, un buen día, un investigador reconoce patrones comunes que ya eran conocidos en otras lenguas; o tal vez, descubramos en la conducta de un niño ciertas carencias educativas, reconociendo que no hemos sabido educarlo bien. En el ámbito de lo personal, a menudo es necesario actualizar un conocimiento que poseíamos de un modo tibio o indolente, unos principios de conducta que se fueron difuminando en nuestra lucha por la existencia. Y en ese aspecto, es necesario reconocer los errores cometidos, levantarse una y mil veces más para seguir de nuevo la senda que nos fijamos. No tendría sentido reconocer un error para atormentarnos con el sentido de culpa, sino para enmendar lo que hicimos y reparar nuestra falta.

El acto de reconocer sería así un mecanismo de la conciencia para resituar nuestros pasos hacia el sendero correcto, esa línea que une el nacimiento y la muerte, quizá prefijada en nuestro ser como una promesa, una necesidad interior a la que a veces llamamos destino.

Si tomamos la palabra conocer en su acepción de “buscar, indagar, averiguar”, ella exige de nosotros una actitud esforzada y valiente que ha de llevarnos a descubrir la verdad que ahora desconocemos. Es decir, no podemos conocer el mundo sin un espíritu aventurero y soñador que persiga cada nuevo horizonte que nos ofrezca la vida. Ahora bien, tras ese primer afán de conquista, viene la necesidad de asentar las ideas y emociones vividas para transformarlas en verdaderos conocimientos. Aparece entonces una nueva acepción de la palabra conocer: “comprender o entender la verdad”. Y ello no puede lograrse sin un esfuerzo continuado, mediante un aprendizaje que involucre nuestro cerebro, nuestro corazón y nuestras manos. En dicha tarea conviene que vayan unidos el pensamiento, los sentimientos y las acciones. Por ello, conocer es el fruto de una vivencia profunda y consciente, más que una mera destreza o capacidad utilizada a la ligera.

Sin embargo, la naturaleza del ser humano está sometido a ciclos. A veces, el tiempo, la rutina o el cansancio hacen mella en nosotros y logran que ese conocimiento adquirido con tanto esfuerzo se olvide. Es entonces cuando aparece la necesidad de reconocer, pues necesitamos retornar de nuevo a los orígenes, ahondar en el olvido en busca de los conocimientos que tuvimos, mirar hacia el pasado con entereza y retomar lo perdido.

No en vano, “reconocer” tiene la acepción de “rescatar el conocimiento olvidado o de revisar constantemente lo aprendido”. Sin duda, las grandes ideas se tornan a veces en “letra muerta”, el hábito anula la conciencia, la pereza limita nuestro empuje inicial, y los conocimientos se diluyen en nuestra mente como un azucarillo en el agua. Entonces, hay que volver sobre nuestros propios paso, con renovado ímpetu, recogiendo la alegría y el entusiasmo perdidos, para abrirnos paso entre esa maleza de conocimientos olvidados. Es preciso renacer con humildad, sentirnos huérfanos, emocionarnos de nuevo con las pequeñas cosas, y vivir, no los grandes principios hieráticos, sino las pequeñas certezas cotidianas. Es necesario reconstruirse aunque nuestros pies, torpemente, hayan perdido la capacidad de caminar. Y tal como un avispado detective, con la intuición bien despierta, vigilantes, aplicarnos de nuevo a revisar aquello que decíamos conocer.

II. En la hora de partir

La vida es un camino que se recorre

paso a paso, día tras día,

hasta que te detienes a descansar.

¡Ojalá que tu descanso sea merecido

y tu viaje haya sido placentero!

¡Que tu mirada guarde sus imágenes, por siempre,

en el cofre de oro de tus vivencias!

¡Que los dioses que reverencias

te acunen en su seno en el último aliento!

¡Que puedan ellos reconocerte

cuando llames a su puerta con los tres

golpes nítidos que suplican el conocimiento!

¡Que su luz ilumine tu mirada!

Política con minúsculas

Los griegos decían que la Política es la ciencia y el arte de conducir a los pueblos hacia sus expresiones más elevadas como seres humanos. Sin embargo, vemos que los políticos están más enfrascados en atacar al adversario y crispar el ambiente social que en buscar y proponer soluciones para los ciudadanos.

Algunos fomentan un odio que nadie desea, retornando a posturas extremas que antaño desembocaron en una guerra civil. Por suerte, o tal vez por karma, aquellos que esparcen esa simiente de odio, tarde o temprano son barridos por la historia, porque “la gente” necesita sentir que en las pugnas políticas se les trata como “personas” y no como mercancía para las luchas dialécticas.

Nadie necesita refrescar la memoria histórica si esta viene cargada de odio, porque el olvido es un bálsamo que nos permite mirar hacia un nuevo horizonte.

Los ciudadanos comienzan a exigir razonamientos y actitudes más serias, porque no conciben la política como una lucha de navajas ciegas y ofuscadas por el odio… lucha en la que si alguien sale herido son siempre los de a pie.

Cuando los políticos se hayan formado para serlo, cuando hagan política con mayúsculas, cuando sean un poco más sabios, o al menos lo pretendan, cuando propongan serenidad antes que odios o luchas intestinas, no solo obtendrán votos, sino la inestimable admiración del pueblo. No en vano decía Platón que los políticos deberían tornarse filósofos, o bien, los filósofos debieran dedicarse a la política.

Los arquetipos de Platón: la verdad (1ª parte)

Artículo publicado por Ramón Sanchis Ferrándiz en la Revista Esfige, en la sección de Filosofía — 1 de marzo de 2021 at 00:00

Mundo sensible-mundo inteligible

Según Platón, hay unas ideas primordiales que presidieron el mundo desde su creación. Estas ideas tipo que están presentes en el pensamiento divino son llamadas arquetipos.

La filosofía platónica expone que, frente al mundo material, al que Platón llama el «mundo sensible» porque solo podemos percibirlo mediante los sentidos, se contrapone un «mundo de las ideas», que solo podemos captar con la mente. Es obvio que un alfarero concibe primero en su mente la vasija que quiere modelar; por tanto, la vasija no sería nada sin esa idea previa que concibe su autor. La idea le sirve de modelo y el alfarero trata de que su pieza cerámica se aproxime a esa idea. Sin embargo, todo artista sabe lo difícil que es ejecutar una vasija semejante a la idea perfecta que concibe en su mente.

Algunos autores creen que esos mundos son opuestos, pues uno representa lo concreto y otro lo abstracto. Obviamente, ellos tan solo le dan realidad a aquello que pueden tocar y medir y, en esa categoría, no incluyen a las ideas. Esta es una visión pobre de la realidad, pues hoy sabemos que la luz es onda y partícula a la vez; que las partículas pueden reducir sus diminutas proporciones hasta ser consideradas como aromas o colores. Con el desarrollo de la razón, el ser humano ya no puede vivir sin pensar; cuando observa los objetos, plantas o animales, no puede dejar de sentir, ni acallar su mente; no percibe tan solo una envoltura material, sino su color, textura, aroma, gusto y, sobre todo, las características formales que los definen. Sus medidas y proporciones nos muestran el diseño que subyace en ellos, la perfección que encierran. Y tras esas proporciones hay números e ideas que Leonardo intentaba atrapar con sus cálculos y dibujos del hombre de Vitrubio.

El mundo de las ideas

Para Platón, las ideas radican en el mundo de las ideas, pero dicho mundo no es un paraíso abstracto alejado de nosotros: un cuchillo o un tenedor, una cuchara, un anzuelo, un botón, un puente o una rueda, son grandes ideas materializadas en objetos prácticos. A decir verdad, las ideas nos circundan y envuelven, nos asaltan en mitad de la noche reclamando pasar a formar parte de la realidad material.

Tal como se dice ahora, los arquetipos son ideas-fuerza, modelos o formas primeras que sirvieron de inspiración para el mundo sensible, aunque Platón no definió ese mundo sensible como contrapuesto al mundo inteligible. Ambos coexisten, aunque pertenezcan a dimensiones diferentes. De hecho, cuántas veces queremos comer más y nuestra mente nos aconseja no hacerlo porque atenta contra la salud. Y, dado que la mente puede controlar el cuerpo, no es posible que esas ideas de autocontrol provengan del cerebro, dado que el cerebro es parte integrante del cuerpo.

Los arquetipos de Platón

Cuatro son los grandes arquetipos de Platón: lo Bueno, lo Bello, lo Justo y lo Verdadero.

Todos ellos guardan relación entre sí, pues son aspectos parciales de la idea del Bien, ese concepto elevado que podemos intuir, aunque las palabras no siempre atinan a expresarlo, y al que Platón le daba la cualidad que otros reservan solo para Dios. Más tarde, Goethe afirmará que los arquetipos son las grandes ideas que guían nuestra inteligencia, faros lejanos e inalcanzables cuyo resplandor ilumina nuestra ruta hacia la idea del Bien.

Todos los arquetipos persiguen la idea del Bien y el desarrollo de uno propicia la comprensión de los otros. Por ejemplo, quien busca la verdad se aleja de lo subjetivo y se reviste de objetividad; en virtud de ello, adquiere una mayor comprensión del ser humano, descubre un sentimiento ético y se torna más bondadoso y justo, desarrollando así su belleza interior. Y de igual modo ocurre cuando se potencia otro arquetipo diferente: quien es justo se torna ecuánime, honesto, recto y no puede comportarse de modo incorrecto. De este modo, su manera de ser se acerca a la verdad y su comportamiento adecuado le acerca a la belleza y la bondad.

La filosofía

La filosofía, entendida como «amor a la sabiduría», no puede dejar de preguntarse por aquello que define la realidad material de nuestro mundo, aunque las ciencias físicas y naturales hayan centrado en ello su búsqueda, y, cómo no, de preguntarse por aquellos arquetipos que inspiran todo cuanto existe. Como buscador de certezas y enamorado de la verdad, el filósofo no tiene ningún campo vedado.

El filósofo quiere saber, va en pos del conocimiento, se busca a sí mismo, quisiera comprender al ser humano, pretende la verdad, busca a Dios.

La verdad

Y es obvio que la verdad ha de llevarnos desde la ignorancia hasta el saber. Por ello, parecería que la verdad es el arquetipo que es propio del filósofo, su anhelo natural, aunque hemos dicho que todos los arquetipos guardan relación entre sí y son varios los caminos que llevan a la realización de nuestro ser.

La comprensión de la verdad no siempre requiere de arduos razonamientos, sino de alimentar nuestra capacidad de observación. Hay verdades simples que concebimos intuitivamente y que todos admiten, tal como aceptamos de modo natural un axioma matemático (por ejemplo: por un punto pasan infinitas rectas). Igual ocurre cuando se afirma que todo ser humano aspira a ser feliz, o que nuestra libertad termina cuando su ejercicio daña a otros.

Así, debemos recurrir a esas verdades sencillas, pero de peso, que todos podemos comprender y hacer nuestras, como por ejemplo ocurre con los derechos humanos.

Sin duda, necesitamos la verdad para comprender las leyes de la naturaleza, para entender los movimientos de los astros o los fenómenos atmosféricos, los ecosistemas y especies que pueblan la vida, las combinaciones de los gases, virus, bacterias y átomos.

arquetipos de platón

Perseguimos la verdad cuando nos preguntamos también por el sentido de nuestra existencia: «¿quién soy?, ¿existe un destino?, ¿para qué vivimos?, ¿por qué morimos? y ¿quién o qué leyes han dispuesto que eso sea así? ¿Hay un Dios que lo rige todo, existe un destino inamovible o todo se mueve por casualidad?». Sin embargo, es difícil ponerse de acuerdo en aquellas verdades esenciales que definen nuestra existencia, porque exigen de nosotros destilar las leyes que lo explican a partir de nuestra propia experiencia y evolución interior.

No obstante, al poco de formular estas verdades, nos damos cuenta de que tal vez nunca podremos descubrir la gran Verdad que se esconde tras ese enigma que llamamos Dios, o el misterio de la vida o de la muerte. Sin embargo, a menudo, bastaría con encontrar algún indicio de verdad que diera sentido a nuestra vida, una verdad relativa y suficiente para nuestra imperfecta condición, aunque ella tan solo fuera la sombra de la sombra de esa gran Verdad platónica.

No obstante, con nuestro aprendizaje filosófico, podemos ir dando sentido a nuestra vida. Cada pequeña verdad atesorada suplanta una duda, una inquietud, aleja un temor, nos centra y equilibra, aportándonos una fuerza interior que no conocíamos. Descubrir certezas nos aleja de las conjeturas y refuerza el criterio propio, nos afianza y da solidez de pensamiento.

Desgraciadamente, hoy en día vivimos en el mundo de la opinión. Hemos suplantado la verdad con opiniones vagas, cambiantes, poco acertadas, aunque nosotros queremos creerlas como si fueran verdades elevadas.

Por tanto, la filosofía es más necesaria que nunca, porque nos aleja del subjetivismo actual, y nos acerca, paso a paso, a una verdad que no sea cambiante, conformista, mediocre.

Porque hoy en día, en nuestra cultura de la posverdad, hay demasiadas verdades a medias, palabras interesadas que esconden parte de la verdad, como ocurre cuando queremos justificar nuestros errores y mentiras.

Vivimos en un mundo que disfraza las mentiras con ropaje de verdad. No faltan las promesas electorales que nunca se cumplen, los bulos (o fake news), los asesinatos que nunca se resuelven, las noticias maquilladas, los partidos que creen en el pensamiento único y las religiones que siempre se consideran poseedoras de la verdad y, en nombre de esa verdad, acaban odiando a los demás.

Por ello, no en vano acabamos pensando que las verdades no son planta de este mundo. Sin embargo, la filosofía no se conforma con esa verdad descafeinada y llena de remiendos, con esa verdad mediocre que no conforma a quienes buscan lo ético, lo elevado.

Hemos dicho que hay verdades ciertas que todos entendemos, simples y profundas como la luz del sol. Todos sabemos, por ejemplo, que el sol nace por igual en todos los lugares del planeta y que, igualmente, todos tenemos derecho a la dignidad, al respeto, a la vida, a un poco de pan, un techo en que guarecerse y a creer en lo que nos plazca mientras nuestra libertad no atente a los derechos de los demás.

Y aunque no tengamos todas las respuestas, porque aún no somos sabios, como filósofos aspirantes a la verdad, formularnos preguntas nos mantiene vivos por dentro. No debemos olvidar la verdad que encierra el célebre poema de A. Machado cuando dice: «Caminante, no hay camino: se hace camino al andar».

Los límites del mundo (Artículo)

LOS LÍMITES DEL MUNDO.

Artículo publicado en la Revista Esfinge en Marzo de 2002.   

Ciudades de leyenda como Tartessos, Biblos o Samarcanda; rutas del ámbar y de la seda; mares boreales y tierras umbrías. Viajeros de todos los tiempos han hecho retroceder los límites del mundo más allá de los confines de lo desconocido.

Nos llama profundamente la atención seguir en un moderno atlas los recorridos de las gestas de Alejandro Magno, a la par que se lee el relato y sus detalles. Siempre se dijo que conquistó las dos terceras partes del mundo conocido en su época, pero resulta más sorprendente aún ver en un mapa actual hasta dónde llegó en apenas ocho años, a caballo, seguido de 50.000 hombres, que fueron asentándose en aquellas tierras lejanas.

Los relatos homéricos de “La Ilíada” sobre Troya y las aventuras de Aquiles, Ajax, Agamenón, y tantos otros libros, como “La India” de Ctesias, la “Anábasis” o “Expedición de los Diez Mil” de Jenofonte, alentaron la curiosidad y el afán de aventura del mundo helénico.

Alejandro fundó ciudades tan lejanas y desconocidas como Alejandría de Aria o Alejandría del Cáucaso, que corresponden a las actuales Herat o Kabul, en los recientes escenarios de las batallas de Afganistán. Hoy sabemos las dificultades que tiene recorrer esas tierras acarcavadas y secas, rodeadas de picachos nevados a gran altitud.

La vieja ciudad helénica de Maracanda, en la linde con las tribus escitas, es hoy conocida como Samarcanda, en el corazón de Uzbekistán. Los pies de Alejandro hollaron también la meseta del Pamir, en la actual Tayikistán y en China; se adentraron en las cordilleras del Paropámiso (el Cáucaso persa), alcanzando el actual Pakistán y los montes del Hindu-Kush; llegaron a ciudades fronterizas hindúes como la actual Lahore, a los afluentes más alejados del río Indo, como el Stanley,  a Cachemira y a las estribaciones himaláyicas del Tibet.

Las fronteras del Oriente desconocido fueron alejándose cada vez más con el paso de los siglos, a medida que las guerras, los intrépidos jinetes-correo o simplemente las caravanas de camelleros en busca de sedas y especias, fueron expandiéndose como una mancha de aceite.

Cuando Pitágoras, en el siglo VI a.C., cita la constelación de la Cruz del Sur, aquella cruz perfecta que marca la dirección del Sur y que tan sólo puede verse desde el hemisferio austral, denota que ya era conocida en su tiempo y que tal vez él mismo la había visto.

Siempre hemos pensado, y así lo han dicho respetables científicos, que los griegos creían en un mundo plano, limitado por altas montañas y un océano que todo lo circundaba.

Sin embargo, ciertos conocimientos en la antigüedad no eran de dominio público. Para algunos sabios como Anaximandro (618-545 a.C.) era una evidencia que el mundo era redondo, y él mismo afirmaba que  bastaba para ello observar desde la costa cómo se alejaban los barcos en el horizonte del mar, viendo desaparecer primero la quilla y posteriormente el velamen.

El mundo helénico por Occidente tenía otro límite infranqueable: las columnas de Hércules, en el sur de Iberia. Éste fue durante siglos el último confín para los marinos desde la antigüedad remota. En parte porque los cartagineses bloquearon su paso a partir de la segunda mitad del siglo VI a.C., tras las luchas con Roma, aunque por otro lado la tradición, apoyada en innumerables pruebas escritas, presenta otra versión.

Cuenta dicha tradición que tras el hundimiento del archipiélago atlante, las aguas plagadas de lodazales del Mar de los Sargazos y el miedo ancestral a un recuerdo que  quedó impreso en la conciencia de todos los pueblos de las costas atlánticas, hicieron que nadie se atreviese a ir más allá del resguardo y protección de las costas de Hesperia. Las huellas del cataclismo quedaron fijadas en innumerables mitos sobre un diluvio universal, más cercanos a la realidad que a la leyenda.

Tan sólo algunas islas, llamadas por ello Afortunadas, quedaron como mudo testigo de una época ancestral que quedó sepultada bajo el mar, según Platón hace ya 11.600 años.

La mítica acepción del Jardín de las Hespérides, tal como se conocía al vergel atlante, quedó asociada con el nombre de Iberia cuando ésta pasó a ser el límite natural del mundo conocido, el mundo del ocaso, donde cada día se guarecía el sol y donde vagaban las almas de los desencarnados. Cuentan que incluso Julio César, en sus guerras de conquista en el noroeste de Hispania, sentía tal temor y reverencia por las tierras del Finisterre hispano, el fin del mundo conocido y seguro, que estando tan sólo a unos días de marcha declinó llegar a las costas gallegas.

Habría que citar también aquí ciertos textos cuyo contenido parece ficción, y que una vez desvelados acaso encierren más de una pequeña joya de conocimiento oculto. Como ejemplo,  el relato de La Odisea, del que ciertos investigadores señalan que, siguiendo los vientos y las jornadas de viaje que allí se citan, se narra un viaje de carácter “iniciático” al corazón del océano, donde se hallaba la Atlántida.

De aquellos lejanos archipiélagos y de los posteriores asentamientos en los finisterres de las costas occidentales de Europa, provenían durante siglos las oleadas de los pueblos de piel rojiza que de un modo vago se citan siempre en los textos como “los pueblos del mar”. Fundaron colonias estables aún antes de que el continente europeo tuviera la forma definida que reconocemos en los mapas, y de sus asentamientos surgieron pueblos navegantes como los fenicios, con técnicas, conocimientos y construcciones que en teoría surgen de repente.

Pero los viajes de intrépidos y valerosos marinos fueron dando claridad al panorama de la geografía terrestre, alejando  sombras, ambigüedades y  miedos, convirtiendo el conocimiento oculto de los Iniciados en una urgente posibilidad de comercio, de aventura y de expansión humana.

Sorprende pensar que ya en el año 3000 a.C., tribus árabes del país de Punt, en el estrecho de Abisinia, se asentaron en las costas hindúes.

Los marinos egipcios, apenas acostumbrados a cortos trayectos fluviales, con sus alargadas barcas, surcaron 1500 años a.C. el mar Rojo llegando al país de Punt, bajo el mando de Pa-Nehesi en el reinado de  Hatsepshut. Con las crecidas del Nilo, y ayudado de la construcción de portentosos canales, uno de los brazos del Nilo desembocaba directamente en el mar Rojo, y sus barcos de 22 metros de eslora trajeron marfil, madera de incienso, especies y pieles exóticas.

Pero los egipcios,  pueblo que vivió casi de espaldas al mar, dejaron su lugar  a otras gentes que lo tenían como algo propio. Tal vez por ello el Faraón Nekao, a inicios del siglo VI a.C., formó una escuadra mercenaria de marinos fenicios para ir más allá del Mediterráneo y bordear África. Los marineros debían rodear el continente y volver a Egipto. Cuentan las crónicas que viajaron durante tres años hasta cruzar el cerco cartaginés de las columnas de Herakles, y continuaron la navegación teniendo el sol a su derecha, con largas estadías de descanso para sembrar la tierra y poder alimentarse por sí mismos.

En cambio cretenses, troyanos, micenos y aqueos vivieron teniendo al mar como escenario, y sin embargo pasaron fugazmente.  El tiempo devoró sus hazañas hasta que fueron rescatadas por arqueólogos como Schliemann que apostaron por la veracidad de los supuestos “cuentos”.

Las colonias griegas como Mileto dominaron el mar Negro y fundaron poderosas colonias en el Mediterráneo occidental: Mainake (Málaga), Massalia (Marsella), Hemeroscopión (Denia, Diana),  que pronto dieron renombre a sus progenitores.

Los fenicios de Tiro, Sidón y Biblos, hechos ya a la diáspora, conformaron otras tantas colonias en Malta, en Sicilia y en el norte de África, (Cirene y Tinis, donde fundaron la destacada Cartago con su bello y singular puerto circular), Gades (Cádiz) y Lixus más allá de las columnas, bajo los vientos favorables del dios Melkart.

A partir de aquí muchos fueron los viajes que ensancharon la geografía del mundo, haciendo retroceder los límites de lo desconocido. La figura del rostro de la madre Gea dejó de ser un secreto celosamente guardado por iniciados como Homero, Solón o Platón, que debían hablar con sigilo y con un doble sentido insertado en las narraciones, para iluminar el corazón de las gentes en noches pasadas junto al fuego, con relatos inimaginables que rozaban las sienes de fantasía.

Una flota massaliota en el siglo VI a.C. realizó un periplo a las umbrías tierras del norte, que citan Eutymenes y posteriormente Eforo de Cumas. Aquel maravilloso suceso fue dos siglos después la base del relato que hace Avieno en su “Ora Marítima”, en el que se describen las costas desde Massalia a Tartessos, y desde allí a Albión (Inglaterra), y la ruta del ámbar, en el mar boreal.

La relevante Tartessos, la que fuera destruida por Cartago o tal vez sepultada como dicen las leyendas, cual perla perdida en la desembocadura del Guadalquivir que volviera al regazo azulado del mar,  con el correr del tiempo llegó a confundirse en los sueños de los hombres con la perdida Atlántida.

También Piteas, griego de Massalia, en el siglo IV a.C. se adentró en el mar  y describió las costas atlánticas con tal detalle que denota haber llegado ciertamente hasta Morbihan y las islas Casitérides (Islas Británicas), donde habitaban entonces los oestrymnios, citando  Hibernia (Irlanda) y Albión, y llegando incluso a la isla de Thule. Con respecto a esta mítica isla, los historiadores dudan si se refiere a Islandia o Noruega, aunque tal vez podía ser la antigua capital groenlandesa, que aún conserva dicho nombre.

Un marino púnico, Hannon, en el año 500 a.C., acompañado de 30.000 hombres y mujeres, inició un viaje bordeando las costas de África para fomentar, como era propio del carácter fenicio-cartaginés, nuevas colonias y agencias comerciales. A su regreso, los cuernos de elefante, las plumas de pavo real, el oro de las riberas de los ríos Senegal y Muni (Río de Oro), y las pieles de leopardos y otros felinos, fueron pruebas fehacientes de la existencia de países remotos.

El Mediterráneo fue el escenario en los siguientes siglos de luchas entre Cartago y Roma, que apagaron el afán por la búsqueda de las riberas del mundo conocido. Cuando la pax romana se desmembró, en el siglo IV d.C., dio paso al poder de la Roma oriental: Bizancio. Pero los pueblos llegados de la bruma de las estepas al calor de la riqueza, los vándalos, los hunos, los visigodos, los persas, los otomanos, ocuparon el viejo imperio y las costas del mar interior.

 Más tarde, desde el siglo VIII d.C. los marinos normandos con sus drakars y los daneses de Jutlandia extendieron sus aventuras y su poder en la Europa norte por Escandinavia, Islandia, Irlanda e Inglaterra, en luchas con los sajones y los francos y descendiendo incluso hasta España y el Mediterráneo occidental. También los suecos abrieron rutas a través del Báltico, por los ríos de la estepa rusa hacia Bizancio, y desde allí prosperó el comercio con India y China.

Pese a no poder orientarse bien por las estrellas  ni disponer de brújulas, sino de unas extrañas piedras (probablemente  una turmalina que cambiaba de color ante la luz solar, aunque éste se escondiera generalmente tras las nubes) en el año 982 d.C. Erik el Rojo descubrió con sus vikingos la helada  isla de Groenlandia. Diez años más tarde su hijo Leif, navegando hacia el Oeste descubrió Terranova, y descendiendo en latitud llegó a la desembocadura de un  gran río (el San Lorenzo), y lejos ya de los hielos contempló una tierra fértil en que eran abundantes las uvas salvajes, y la llamó Vinland.

En el siglo XIII comenzará la época de los grandes navegantes ibéricos, iniciada con la Corona de Aragón, que se anexionó la mayoría de las islas y costas mediterráneas llegando a Anatolia, en pugna con el poder comercial de Venecia, que recogió el testigo en el siglo XV.

Fueron sus avezados continuadores en ese siglo tanto los castellanos como los portenses de Portugal. El Imperio turco, que se anexionó Bizancio, llegando al Mar Negro, al Danubio y a las puertas de Italia, cerraba las rutas terrestres hacia Asia, al tiempo que los árabes impedían las rutas del Océano Índico.

Había que buscar otras formas de llegar a la India y Cipango (China).

Los portugueses bordearon África llegando a las costas hindúes, Ceylán, Malasia, y dominaron las islas atlánticas y el Brasil de la mano de Vasco de Gama, Pérez de Covilha, Almeida y Albuquerque, etc.

Colón insistió infructuosamente ante la corte del rey portugués Juan II. Eran su aval los textos antiguos de Plutarco,  Pausanias,  Estrabón, y los relatos de Marco Polo y de un marino náufrago que recogió en su casa, que afirmaba haber sido empujado por la mar hacia  el oeste regresando sano y salvo, pero se dice también que contaba con los textos templarios de la época, que aseguraban que existía una probada ruta oceánica. Un puñado de conjeturas,  intuiciones,  relatos extraños, y la confianza puesta en antiguos textos.

Recibido finalmente en la corte castellana, Colón y los hermanos Pinzón descubrirán oficialmente el continente americano para los Reyes Católicos, a bordo de tres carabelas armadas con noventa marinos.

Pero es en 1521 cuando Magallanes, un marinero portugués, que no fue escuchado  por su propio rey, recala en la corte del Emperador Carlos V y acaba dando la vuelta al mundo y demostrando su redondez.

Con trescientos ochenta marinos, algunos de ellos expresidiarios, en cinco carabelas se hacen a la mar. Como marino portugués tuvo que soportar junto a él a un veedor (el que ve o revisa las acciones de los otros) en nombre del rey. También sufrió revueltas de algunas carabelas, los fríos australes, la desesperanza, las insidias y la difamación, que llevaron a destituciones, ajusticiamiento y muerte de algunos de sus mandos.

Magallanes contaba también con un extraño mapa mundi dibujado por un cartógrafo, Schöner, que 35 años antes ya dibujó un paso al sur de América luego conocido como “Estrecho de Magallanes”. ¿Cómo podía conocerlo?

Un enigmático mapa atribuido a un marino turco, Piri Reis, que se suele datar como del siglo XV o XVI y que parece ser realmente egipcio, ya reflejaba las costas del Brasil y, con todo detalle, los hielos del continente antártico. ¿Son parte de ese desconocido conocimiento iniciático que de tanto en tanto aflora?  ¿Fruto de una vieja herencia de desconocidos y esforzados marinos de las riberas atlánticas? ¿Juegos del destino, de la estrella que guía a los grandes personajes, que les lleva siempre a buscar nuevos horizontes vedados?

Muchos de aquellos nuevos horizontes y sus productos, como las tierras del ámbar,  las estepas umbrías donde vivían los apreciados caballos escitas, las espadas de los bretones, la púrpura de las islas Allizut (Canarias), los árboles de incienso de Punt o las minas de Tarssis, se perdieron siglos después  en el olvido, tal como pasan las estaciones, en una felina continuidad que devora la conciencia de los hombres.

Decía Estrabón hablando de una civilización perdida en los recodos del tiempo, Tartessos, que ya tenía “anales escritos y poemas, incluso leyes en verso desde hace seis mil años”. Cuenta la leyenda que las famosas minas de Tarssis fueron fundadas por un nieto de Noé,  e incluso ya son citadas en los antiguos textos bíblicos y datadas ya entonces con una antigüedad de 3000 años, pero el olvido de la memoria histórica nos hace creer que detrás de los mitos y  de los extraños mapas y relatos tan sólo está la fantasía de unos seres que nunca existieron.

¿Nos mirarán tal vez estas figuras silentes, desde su olvido, con ojos atónitos?

Hoy nosotros lo tenemos todo, sabemos dónde acaba la tierra y dormimos tranquilos, como si ya comprendiéramos el destino del hombre. Tal vez ese destino sea proyectarse hacia delante, y por eso hay olvido, y por eso hay misterios y tierras que descubrir.

Tal vez de niños nos acunaron con cuentos junto al fuego. Cuentos en donde acaso los héroes, más allá de las zarzas y los bosques tenebrosos, o apostados en la proa de sus barcos, con escudos ornados con bellas serpientes enroscadas, conservaban la mirada dirigida hacia delante.

Ramón Sanchis Ferrándiz

Entrevista a la escritora Begoña Curiel

Habitualmente, a los autores que nos visitan les pedimos opinión sobre la escritura, las motivaciones que les impulsaron a escribir, sus primeras lecturas o maestros, etcétera. Begoña Curiel no se hace de rogar y con una soltura admirable, habla con la mano en el corazón. “Nunca soñé con llegar a publicar un libro y, mucho menos una novela, dice. Se escribe, no para ser escritor ni publicar, sino como una necesidad interior, pero la vida te va llevando”. Y bien lo sabe ella, cargada de experiencia, una periodista de raza que inició su andadura en Cadena SER, para colaborar más tarde en Diario 16 y Europa Press y, de manera puntual, en El País. “Nací en Bilbao, nos cuentan, aunque llevo más de veinte años en Algeciras. Ahora me dedico a los informativos en Canal Sur, pero las noticias son titulares breves que no siempre te permiten explayarte. Lo ideal son los informativos en formato reportaje o crónica. Por ello comencé a escribir, pues sentía una necesidad profunda de expresar lo que siento. Y como me gusta tanto leer, comencé por realizar reseñas de los libros que leía”.
Cada una de sus reseñas es una pequeña joya que los lectores buscan con avidez. Escribe con desparpajo, dice lo que le agrada o no de una obra sin tapujos. Tan pronto se transforma en una niña que jalea esa novela sin rubor como en una juez inflexible que reparte consejos severos. A veces, se muestra arrebatada y feliz por el hallazgo de un libro, o se torna hosca ante un libro que no es quién para hacerle desperdiciar su tiempo. Begoña es de las que leen un libro o dos a la semana, y además, se preocupa en redactar una pulcra reseña que, casi siempre, empapela ese edifico maravilloso en que se está convirtiendo el blog de El Libro Durmiente.
Habla con los ojos y las manos. Esas manos que un buen día juzgó tan maravillosas e imprescindibles como para escribir una novela sobre ellas. En sus manos narra la vida de un personaje que perdió las manos, y con ellas, esos infinitos registros que esconden la capacidad de expresar ternura y de apresar la vida. Sin manos también se puede escribir, pero no sería lo mismo. Begoña Curiel expone a los alumnos las dificultades para construir un texto redondo: “cuando una idea viene a mí, tomo muchas notas en un pequeño cuaderno y, poco a poco, se conforma un esquema de base que trato de desarrollar; sin embargo, aún antes de acabarlo ya me lanzo a escribir. Va en función de cada cual. Unos autores se documentan mucho y otros escriben desde el minuto uno sin parar, pero la libreta es imprescindible. Y mucha investigación. Después, escribir y corregir. Siempre hay que corregir, porque la escritura es dedicación”. Los talleristas, que aún no han interiorizado la idea de corregir, la miran expectantes. “Lo ideal es escribir cada día un poco, aunque yo me centro en la escritura los fines de semana. Todos tenemos otras tareas y la escritura no siempre da para vivir”.  De nuevo, ella repite su máxima de vida: “la escritura exige constancia y mucho trabajo; escribir, revisar, borrar; y a veces, a los dos días dices ¡qué desastre!, y lo tiras. Y de nuevo, ¡vuelta a comenzar!”.
Aunque ella comenzó por escribir relatos, Begoña Curiel le tiene mucho respeto a quienes escriben esos cuentos modernos que te vienen como flases, por necesidad. “Un cuento se escribe de inmediato. Te asalta la idea y la escribes, aunque es uno de los géneros más difíciles. En cambio, en una novela tienes la idea principal, pero en torno a ella hay que construir la historia. Para ello hay que documentarse y construir poco a poco la trama y los personajes. En un archivo aparte anotas datos; en otro el contexto histórico; en un tercero esbozas el mundo psicológico de los personajes…”.
“Hoy todos hacen de todo y por ello algunos periodistas escriben novelas. Pero no soy mejor escritora por ser periodista”, les dice a los alumnos, “…porque los periodistas no tienen una formación específica en sus estudios para ello”. Y repite su consejo áureo: “Para escribir se exige esfuerzo y dedicación”. Me alegro de escuchar sus palabras, porque a los alumnos de un taller hay que mostrarles con claridad que es preferible que tan solo se dediquen a esa tarea quienes sienten una real vocación. “Incluso, cuando una obra está acabada hay que revisarla y retocar, hasta que uno mismo se siente feliz con lo que expresa”. Después se muestra a los demás la criatura recién nacida: “La gente puede decirte que el texto está muy bien, pero no puedes escuchar voces amigas que digan lo que quieres escuchar. Como lector cero no sirve un familiar —aunque yo recurra a mis hermanas por ser grandes lectoras—, pues ha de ser objetivo y darte una opinión certera”.
A Begoña Curiel le motivan los temas humanos, lo íntimo y personal.  Es una autora que gusta de leer novela histórica y novela negra, aunque da la impresión de que ya lo ha leído todo. Discretamente, ha descubierto para El Libro Durmiente varios autores que más tarde han sido encumbrados a la fama. Considera que para ser escritor hay que nutrirse con la lectura y, “aunque la literatura no pueda cambiar el mundo, si puede mejorarlo”. Sin duda, es una mujer observadora, que atrapa la vida al vuelo, afable y risueña, volcada en cuanto hace, que ha sabido esculpir su propia senda con dedicación y perseverancia. Una escritora que sabe llegar al corazón del lector, capaz de aportar ideas a los demás sin darse la importancia que merece.

El arte de ser escritor

 

  • Extracto del libro con el mismo título, publicado por la editorial Librando Mundos, del autor R.Sanchis Ferrándiz.
El arte de escribir
Se denomina “escritura creativa” a aquella que se utiliza en la creación literaria, sea de ficción o no, la cual pretende conformar un verdadero “arte de escribir”. Aunque la mayoría de las personas saben escribir, no alcanzan a hacerlo de un modo artístico; para ello se requiere un prolongado aprendizaje. Pero el arte de escribir y su técnica, configuran una herramienta necesaria para la expresión humana, y por tanto, deberían estar presentes en la formación y el desarrollo integral de cualquier persona. Sin embargo, tan solo unos pocos se adentran en el territorio de la escritura creativa. Esta es una dedicación abnegada para quienes sienten un verdadero amor por la escritura, la vocación de contar historias, por transmitir sueños, ideas y emociones que aporten algo a los demás.
En ocasiones, en lo más recóndito de nosotros mismos se hallan anhelos sublimes del alma, emociones elevadas e ideas brillantes, que bien pudieran constituir una bella historia, un legado que dejar a los que han de seguirnos. Entonces, escribir se convierte en una necesidad ineludible, que exige de nosotros el paso de la potencia al acto —tal como dijera Aristóteles—, convirtiendo en frutos de la imaginación aquellas fantasías que nos asaltaban en sueños.
El oficio de escritor
Escribir no siempre guarda relación con la perspectiva idealizada de “llegar a ser escritor”. Es más bien una actividad individual y solitaria, que requiere de cierta tranquilidad de ánimo y atención. En consecuencia, el escritor precisa rodearse de un ambiente que no le perturbe. Sin embargo, dicho entorno tampoco ha de ser, por necesidad, un lugar paradisíaco en mitad de la naturaleza; bastará con que el escritor sepa refugiarse en un ámbito discreto y apacible, de modo que pueda entrar en su propio mundo para hallar el hilo de una historia.
El escritor es como un corredor de fondo que entrena a diario, esforzándose por superar sus propias limitaciones, probando su habilidad con constancia y perseverancia. Ante él afloran los miedos y las incertidumbres propias de quien realiza un trabajo a solas, enfrentado a sí mismo. Algunas veces, se acrecientan sus fantasmas interiores, pareciendo más poderosos de lo que en realidad son; otras, se diluyen en una euforia pasajera, en una producción fácil, cuando las ideas se presentan de modo espontáneo y acceden a nosotros ante un mero chasquido de dedos. Sin embargo, todo artista —y el escritor lo es— ha de enfrentarse a los vaivenes propios del proceso creativo, al reconocimiento de las propias emociones y el miedo al fracaso, al bloqueo ante el papel en blanco, al temor ante las opiniones ajenas….
Escribir exige capacidad de análisis y de introspección, porque la escritura es un viaje hacia nuestro mundo interior, y tan solo algunos lograrán encontrarse a sí mismos utilizando esta herramienta…
En realidad, el oficio de escritor es bastante ingrato, pues no siempre entrega la recompensa que se busca. Recurriendo a un concepto propio de la filosofía hindú diremos que escribir es una actividad que debe realizarse por “recta acción”, sin apegarse a los frutos que se derivan de ella. Aunque se ejerza el oficio de la escritura esperando una remuneración, en cierta manera, el escritor debe sentir ese desapego interior que le sitúa más allá de los resultados que le acarree su trabajo, esa necesidad que le reclama la propia obra que necesita ser plasmada. Y sin duda, todo artista que compone una nueva obra sabe que ella le reclama el derecho a la vida con su propia voz… Una voz inaudible y vacilante al principio pero impetuosa y exigente cuando la obra va tomando cuerpo.
El lugar y el momento adecuado para escribir
Sería magnífico encontrar un refugio que pudiera aislarnos de todo aquello que nos rodea, y a ser posible, un lugar bello y gratificante… pero nada puede ocultarnos de nosotros mismos. En el proceso creativo conviene asumir que la tranquilidad y el momento apropiado para escribir van con nosotros, pues depende de nuestras decisiones: saber alejarnos del bullicio, apagar la televisión con sus ruidos de fondo, rodearnos de una bella música que nos inspire, preparar con antelación un café o nuestra bebida favorita, y tener a mano un buen libro… son circunstancias favorables que siempre podemos elegir. Cualquier lugar sencillo que nos predisponga a pensar, a leer, a sumergirnos en nuestra imaginación, puede servir también como guarida para un escritor.
De igual manera, podemos elegir el momento más idóneo para dedicarnos a la escritura. De nosotros depende llevar a mano siempre un papel y un lápiz en donde anotar las ideas fugaces que nos asaltan, ya sea en un autobús, en el metro, en la tranquilidad de un parque o en una cafetería bulliciosa. No siempre se escribe de noche y a la luz de una lámpara mortecina; algunos escritores se levantan temprano para lograr la tranquilidad necesaria; otros graban sus pensamientos mientras salen a correr, y no siempre tienen un momento establecido para ello. No hay una regla de oro, sino un instante fugaz que conviene atrapar: lo cual requiere paciencia y tenacidad. Aunque tal vez convenga recordar aquí una frase del dramaturgo inglés Oscar Wilde que dice: “el aplazamiento es el asesinato de la  oportunidad”.
Este es un aprendizaje que no dispone de un manual previo, sino de meras recomendaciones: un camino que todo escritor aprende a recorrer por sí mismo…
El éxito en la escritura      
La mayoría de los escritores no pueden vivir de la escritura, porque no siempre se alcanza el éxito soñado, o bien, los honorarios de dicho oficio no están a la altura del esfuerzo que se realiza. Conviene anhelar, antes que el éxito, el reconocimiento y respeto por el trabajo realizado, porque a menudo es un premio más justo que el éxito.
No obstante, algunos escritores que son seguidos por un público fiel, alcanzan la fama, aunque no logran el reconocimiento en su oficio, porque en realidad no son buenos escritores. En la actualidad, los lectores conforman un conjunto muy complejo y heterogéneo, de ahí que los libros más vendidos no siempre tienen la calidad que se les presupone. A menudo, la propaganda de las editoriales inclina pareceres y fabrica autores de la nada, porque el firmamento de la literatura precisa estrellas que le den brillo y animen las ventas.
La vocación de escribir
La actividad de escribir ha de ser vocacional; se escribe en realidad para sí mismo, por una necesidad anímica. Se buscan las ideas lanzando el sedal al fondo de la mente, allí donde residen nuestras experiencias, aunque no solo se procuran para entregarlas a otros, sino por la mera necesidad de hallarlas.  
Por tanto, debemos alentar a quienes pretenden recorrer la senda de la escritura creativa, si bien, conviene persuadirles a escribir sin especulaciones ni conjeturas, manteniéndose alejados de baldías presunciones de llegar a ser un gran escritor o alcanzar la fama. Conviene escribir por la propia necesidad interior de expresar aquellos sentimientos e ideas  que se llevan dentro, disfrutando de dicha actividad. Porque si no se logra cierta felicidad en dicho oficio, no se puede trasmitir felicidad a otros; si no se halla satisfacción en el hecho de escribir, sin duda, ello se reflejará en nuestros escritos.
Observar para escribir
El escritor ha de poseer, también, cierta capacidad de observación; virtud privilegiada que le permite adivinar aquellos matices de la vida que otros no alcanzan a ver. Porque todo escritor es un observador del mundo que le rodea, a través del cual se pregunta por sí mismo, tratando de descubrir su propia verdad. De hecho, cuando el escritor percibe un atisbo de dicha verdad, siente el deber de transmitirla, para lo cual reelabora y destila en su propio atanor las imágenes y experiencias atesoradas. Así, todo escritor, tal como dijera el poeta Antonio Machado, a la par que recorre un camino externo de realización personal va construyendo su propia senda interior; se modela, también, a golpes, en la fragua de sus propias vivencias.
He aquí, al respecto, un comentario extraído del libro Barba Azul, de Amélie Nothomb, que demuestra la capacidad de observación de un escritor:
“—No tiene usted los hábitos de un fotógrafo. Le he estado observando. Nunca enfoca con los ojos, nunca permanece en silencio ante una imagen. Al contrario, habla y habla sin descanso. Apostaría a que nunca ha tocado una cámara fotográfica…”.
Tener algo que aportar
No obstante, se dirá que todo vale, que cualquier texto encierra algo útil, aunque no debemos olvidar que un buen escrito o relato debe poseer algo objetivamente válido que aportar a los demás, de modo que a través del ensueño de la ficción pueda enriquecer sus vidas: aprendices hay muchos, pero maestros pocos… Y aquellos que dan sus primeros pasos en el arte de la escritura creativa, deben comenzar su camino con humildad, pues más allá del escritor que “nace” con un talento o genialidad natural, creemos que un escritor “se hace” a sí mismo, con pundonor y dedicación, hilvanando en la misma tela entusiasmo y esfuerzo.
El autor consumado que tiene algo cierto que aportar a sus lectores, que alberga una íntima convicción sobre la utilidad de su escrito —tal vez guiándose por su intuición, su propia madurez interna, o fiando en su juicio—, distinguirá fácilmente aquello que pueda resultar demasiado simple o superficial en su propio texto, evitando lo grosero, lo grandilocuente, y todo aquello que sirve de relleno sin aportar calidad alguna.
Ejercitarse constantemente
Pero nada se aprende sin práctica. No se logra la maestría en una “disciplina” sin pasar por un cúmulo de ensayos que parecen interminables, cuyo fin consiste en “disciplinar” la propia imperfección y lograr la excelencia en un arte. Si el dominio de un instrumento musical exige cuanto menos una dedicación de una hora al día, escribir requiere continuidad, a fin de que nuestra mente se centralice en un tipo de ideas que van concretándose de un modo gradual. Es más útil la persistencia de quien dedica media hora a diario que una dedicación esporádica.
La receptividad
Hay pensadores que consideran que las ideas no solo se producen en la mente, sino que a veces se captan, porque se hallan en el ambiente y nos influyen, tal como nos alteran las emociones colectivas. Sea cierto o no, las ideas viene y van con rapidez, cruzan nuestra mente de un modo fugaz y, tal como diría W. Shakespeare, “se desvanecen como por arte de magia”. Cual cometas luminosos, dejan a su paso una estela sutil en nuestra mente, pero vagan raudas hacia otros confines. Apenas quedará un vago recuerdo de su paso para quienes duermen en la inconsciencia, ajenos al don que entrega la momentánea oportunidad.
El escritor que permanece alerta ante las ideas fugaces, que aguarda despierto en un mundo efímero y temporal, que se muestra receptivo y con el mayor grado de armonía posible, podrá captar las mejores ideas… según afirma el pensador N. Sri Ram. De este modo, las ideas se percibirán en su mente con mayor nitidez, tal como las imágenes que se reflejan en la superficie de un lago tranquilo.
Atenuando las discordancias que le perturban y las etapas de inestabilidad, manteniendo la mente centrada y la imaginación despierta, será más fácil que la intuición capte aquellos estados que habitualmente se encuentran fuera de su alcance, a fin de que las ideas fluyan sin obstáculos.
Toda obra literaria tiene las limitaciones de su autor
Hablar o escribir constituyen herramientas mediante las cuales se expresa nuestro pensamiento. Son sus hijos; una progenie genéticamente parecida a su artífice. De ahí que toda obra literaria es un reflejo del carácter del escritor y de su pensamiento. Podemos afirmar entonces, que una obra no puede llegar más alto que su propio autor, porque se apoya en sus capacidades, y pronto, se encontrará con sus mismas limitaciones. Y a menudo, sus personajes tampoco podrán ser más grandes que él mismo… pues no podrán concebir realidades más allá de las que capte su creador.
Autores clásicos como Homero, Cervantes, Shakespeare, Dante, Dostoievski, Tolstoi, Dickens, Borges, son admirados por diversos motivos: acaso por el ritmo de su escritura o la  forma concreta en que elaboran las frases y los párrafos, o bien, por la profundidad de sus argumentos y el modo en que enfocan el desenlace de la trama. Otros escritores “consagrados”, destacan por la capacidad de recrear un ambiente psicológico y la fuerza descriptiva de sus personajes, pero principalmente se les valora por su capacidad de análisis y comprensión del alma humana, por sus acertados juicios o reflexiones, y en suma, por la humanidad y las virtudes que se aprecian en los personajes.
Quizá los grandes clásicos llegaron a concebir personajes arquetípicos y atemporales, porque sus anhelos e ideales personales pretendían un mundo más humano, arquetípico y atemporal.  Dejaron atrás el mundo pequeño y subjetivo que observaban para ofrecernos un mundo de grandes sueños e ideales que en principio parecía utópico.
Analizar el mundo con objetividad
El escritor no puede pretender alcanzar verdades absolutas, porque ello es bastante inaccesible para el presente momento de la humanidad. Todo escritor ofrece un punto de vista particular, y debe entregarlo sin complejos: es lo mejor que posee, es algo personal, pero es su legado. Y en la medida que las pequeñas verdades de sus escritos, reflejen en sus temáticas los arquetipos que conciernen y afectan a todo ser humano, se acercará, paso a paso, a los valores esenciales de cualquier lector. El racismo y las pugnas entre clases sociales, el hambre y la guerra, el sexo y el amor, la amistad y la traición, el afán de poder y la corrupción, la fugacidad de la vida y la muerte, son temas interesantes que tratados en profundidad siempre despertarán reacciones atávicas en cualquier lector. 

El Bhagavad Gita

Reseña publicada en la Revista Esfinge Digital en Julio 2020, escrita por Raysan.

El Bhagavad Gita

El Bhagavad Gita

Este no es meramente un libro hindú que sirva para entretener y sin nada que aportar a la mentalidad occidental, sino más bien un libro de enseñanzas válidas y además necesarias para el momento actual. Ni es tan solo un libro milenario más antiguo que casi todos los libros conocidos, escrito al menos hace 5000 años, y para algunos autores, unos 27.000 años atrás. Ni es tan solo un libro sagrado de una religión, la hinduista, que perdida en los albores de nuestra historia escrita apenas nos dice nada… Ni es tan solo una joya literaria inigualable que rozó la frente de la juventud de las últimas décadas, ansiosa de una libertad real, despertando conciencias dormidas. No busques en él tan solo el exótico Oriente, ni el capricho de una moda pasajera. Este es un libro dormido desde el fondo de los tiempos en el corazón de la Humanidad, que tiene el poder de despertar el alma dormida, de liberar al alma prisionera.
Es un libro del que se puede aprender a vivir. A través de una guerra entre dos bandos contrarios, los pandavas y los kuravas, en la que figuran hermanos, primos y parientes en distinto grado, que pugnan por conseguir una ciudad, se muestra la lucha del ser humano por conseguir su propia evolución, en combate con aquellos elementos que pretende vencer y que viven en su propio corazón, como cercanos parientes que, no obstante, debe vencer. Así aparecen las dudas, los miedos, las angustias, el orgullo, la envidia, la pasión, la mentira, las miserias humanas en general y las ancestrales preguntas: ¿quién soy?, ¿qué es la muerte?, ¿adónde vamos?, ¿qué es la evolución del hombre?…
Al leer este libro nos identificaremos con el personaje central, Arjuna, príncipe pandava que es el reflejo de los anhelos y cuestiones que se plantea un hombre cuando su alma aflora, cuando su conciencia se despereza y se pregunta por el propio destino y el destino de la Humanidad, por el sentido de la muerte, por su concepción de Dios, por la existencia de vida más allá de la vida actual, por el valor que tienen distintas acciones realizadas con mejor o peor actitud, y si estas nos llevan realmente a evolucionar corno seres humanos.
Krishna, portador en la batalla del carro de Arjuna, como maestro, como voz que alecciona a Arjuna y no tanto como avatar fundador de una religión, le mostrará el camino del yoga para llegar a la unión consigo mismo y los demás seres, pero no un yoga de posturas físicas, sino de profundidad filosófica, en que priman las vivencias sobre las concepciones vacías y retóricas de los libros sagrados.
Le mostrará asimismo «el secreto de la acción», la manera correcta de actuar, siguiendo lo que nos dicta nuestra conciencia más elevada, nuestra concepción más alta del deber. Para lograr estar más allá de los éxitos y fracasos de nuestra conducta, para alcanzar un desapego de las preocupaciones que nos atenazan, se propugna la renuncia a los frutos de nuestras acciones, el hacer lo que se debe sin esperar otro premio que la propia satisfacción en la conducta correcta. Este es un modo profundo de vivir la dación, la generosidad, en contra del utilitarismo de nuestro mundo actual, que no hace sino aquello de lo que obtiene siempre algo material, siendo esta visión el medio de encontrar el propio centro, es decir, una estabilidad que no depende de lo externo, una armonía sinónimo de alcanzar una sabiduría aplicada y efectiva.
Abunda el Bhagavad Gita en las leyes que rigen la naturaleza y sus ciclos, en la verdadera concepción de la reencarnación —más allá de la ligereza o pobreza mental con que Occidente ha adornado estas concepciones—, la verdadera evolución como fin gradual al que lleva la conquista de sí mismo, la paz o quietud interior de quien logra el equilibrio entre lo que se piensa y cómo se actúa, y se rige por lo más elevado. Se muestra el modo de dominar los vaivenes emocionales a fuerza de encauzar aquello que deseamos, el modo de vencer la mente inquieta y especulativa a través de una disciplina mental, de una voluntad y perseverancia inalterables.
En una visión ecléctica, este libro nos dice que su esencia proviene de la fuente común en la que beben las diversas religiones, y que, alternativamente, cuando se entroniza la impiedad y la injusticia entre los hombres, son dadas a la luz por un avatar, un enviado, un maestro espiritual.
Pero no temas, lector, adentrarte en las sendas de otra religión, sino en los laberintos de la sabiduría; no dejes que te engorden con miedos con que unas religiones se apantallan para preservarse contra la expansión de las otras. El saber no es patrimonio de un tiempo y un espacio, el saber tan solo alcanza a aquellos que poseen la altivez de la libertad interior, a aquellos que saltan las aparentes diferencias en busca de la sabiduría que nos une a todos los seres, que nos da una patria común.
Dirá el Bhagavad Gita de sí mismo que, procediendo de la Divinidad, fue transmitido a los espíritus más altos, a los primeros guías de la Humanidad, a Manu, y fue dado a los reyes aún conocedores de la magia, de la «magna ciencia», del saber milenario y atemporal, aun antes de la era actual del Kali Yuga (de la edad oscura, de la edad de hierro) hace al menos 5000 años. Posteriormente, estos reyes con conocimiento de las siete claves guardadas en el mismo texto dieron paso a reyes tal vez más humanos, pero más alejados de la divinidad, y de este modo sus claves se fueron difuminando en el tiempo.
Fue transmitido al principio como un relato oral, como un misterio que acariciar en las noches junto al fuego bajo un cielo estrellado. Cuando fue compilado por Vyasa, corrió de mano en mano, como un cántaro, para mitigar la sed de generaciones, hasta llegar ante ti, lector, que tal vez nada sepas de claves, pero que al menos atisbas, cuando la intuición levanta la espesa cortina del olvido, que estás ante un libro de enseñanza, y no tan solo un libro sagrado de una religión perdida en un vórtice del tiempo, sino sagrado por ser un ave delicada que palpita en tus manos y despierta la conciencia cuando roza tus sienes con sus alas doradas, con sus etéreas palabras.
* Reseña publicada anteriormente en la revista Cuadernos de Cultura, en la sección de El libro dormido.

Ojo por ojo… y el mundo acabará ciego

 

Publicado con motivo del 1 de mayo de 2020 en el facebook personal de Ramón Sanchis Ferrándiz.

Ojo por ojo… y el mundo acabará ciego.
Fomentar el odio de clases mantiene siempre abiertas las heridas. No te extrañes pues si no cicatrizan.
Las sociedades siempre se encuentran, como un funambulista, cruzando el abismo sobre un delgado cable, en la eterna duda de elegir entre el pasado y el futuro.
Un instante de duda puede ser peligroso.
Siempre es más fácil mirar hacia el pasado y regodearse en sus defectos que construir un futuro, porque el pasado es una foto fija que siempre podremos analizar, en cambio, el futuro es un pez inquieto que se escurre de las manos.
Lo difícil es sembrar nuevas iniciativas y conductas que estén libres del odio. Porque solo quienes saben desembarazarse del odio pueden construir un nuevo horizonte. Nos conviene recordar los hechos, extraer la experiencia de lo ocurrido para no repetir errores; recordarla si, pero no rumiarla, ni lamernos nuestras heridas, porque debemos levantar el ancla y seguir navegando.
Fomentemos el desarrollo personal y la formación humana, para impulsar una sana convivencia, basada en el respeto y la comprensión, que pueda estar más allá de la condición social, de las diferencias de sexo, raza o color.
Fomentemos la capacidad de razonar, la formación profesional, informática o técnica, el trabajo en equipo, pero también la formación en valores, el sentido ético, la empatía, la imaginación, la creatividad y la iniciativa personal, y veremos aumentar la capacidad de decisión e independencia económica, a la par que la profundidad humana.
Y aunque los políticos no estuvieran a la altura de ese reto, ojalá cada ser humano aprenda a modelar con el barro del pasado la figura de su porvenir, individual y colectivo. Porque el mundo es también nuestra propia responsabilidad.

 

La pandemia

Publicado el 22 de julio de 2020, tras la primera ola de la pandemia del COVID-19, en el facebook personal de Ramón Sanchis Ferrándiz.

Esta pandemia del Covid-19, provocada por el nuevo virus Sars-Cov-2, no es la primera que sucede. Las más letales han sido la viruela, que se cobró hasta 300 millones de muertes, el sarampión con 200 millones, la gripe española de 1918-19, la peste negra de 1588-1600, las oleadas del cólera y el virus del Sida desde 1980. Junto a ellas han habido otras de menor importancia, tales como la gripe asiática de 1957, la gripe de Hong-Kong de 1968, la gripe porcina de 2009-10 y el virus Ébola de 2014-16.
En la actualidad estas enfermedades se trasmiten con gran rapidez, debido a la globalización y sus poderosos medios de comunicación. En cambio, el desarrollo de las vacunas suele detener su expansión con rapidez.
Pero a la luz de los datos científicos, puede decirse que hay algo habitual en esas pandemias víricas: por una parte, todas se controlan con higiene personal, desinfectantes, cuarentenas y el distanciamiento de otras personas; por contra, todas ellas se repiten en el tiempo, dando lugar a expansiones sucesivas. Es decir, estas epidemias suelen tener tres oleadas de similar intensidad. Cada una de ellas se representa por una curva en la que se dibuja el crecimiento con el paso del tiempo del número de infectados y fallecidos. Esta curva en forma de campana crece muy rápido al inicio, luego va aplanándose hasta que al final desciende.
A veces, estas nuevas infecciones son de menor intensidad, pero los datos de epidemias pasadas indican que la segunda y tercera oleada presentan picos de similar virulencia. Por ese motivo, desde hace unos meses se advierte que la pandemia podría retornar con la entrada del otoño. Los datos de rebrotes en España, más de 200 a 21 de agosto, parecen seguir esta senda. No obstante, pocos se imaginan viviendo una segunda cuarentena que abarque otros 100 días. La parálisis de la economía podría ser letal y, sin embargo, vivimos inmersos en un exceso de optimismo, lastrados por nuestra inconsciencia, como si ya estuviéramos a salvo.
Tan solo una vacuna podría aliviar o vencer este mal. Pero se sabe que la vacuna de Oxford, la que se encuentra en fase más avanzada, no estará disponible en el mercado antes de la primavera de 2021.
A nivel mundial la pandemia crece de modo exponencial, imperceptible, sigilosa e imparable. A mitad de junio, había 9 millones de contagiados y cada quincena se contabilizaba 1 millón más. Ahora, ya hemos rebasado los 14 millones y cada 3 o 4 días aumenta 1 millón más. Dentro de unos meses, las fronteras de los países no podrán detener la expansión de la pandemia. ¿Estamos preparados psicológicamente? ¿Estamos realmente alerta para aplicar los medios sanitarios que nos recomiendan? ¿Podemos dejar de abrazarnos durante algunos meses y renunciar a nuestras terrazas de bar?
Buena parte depende de nuestra actitud, aunque también dependemos de cómo se actúe en otros países. ¿Por qué no se han reunido todavía los grandes “líderes” (¿?) mundiales para compartir ideas?
Los partidarios del “buenismo” dirán que todo irá bien, aunque los datos y las gráficas lo contradigan. Los dirigentes que negaban la realidad del virus son quienes han visto sufrir más a sus países.
Pero siempre se dice que nunca es bueno alarmar a la gente, ni contarles la verdad. ¡Pobre gente!, piensan algunos, ¡hay que ir llevándolos de la mano y dándoles de comer con la cuchara! Pero quizá, si hubieran visto más de cerca la realidad del combate diario en los hospitales y el desfile de cajas hacia los cementerios, la gente se responsabilizaría ahora un poco más. No siempre es una buena solución mantener a los ciudadanos en el limbo de los justos, ajenos a la realidad. Las enfermedades no se curan dándole a beber a la gente un líquido blanco e indefinido que solo actúa en el cuerpo como placebo. Porque los sanitarios lucharon protegidos con sus plásticos y bolsas de basura contra una enfermedad real. Ellos sí la han visto: ¡el virus existe! ¡No lo ningunees! A menos que quieras que él te multiplique por cero, a ti y a tus familiares.
Ahora ya no harán falta aplausos de esos que se olvidan enseguida. Necesitamos una segunda toma de conciencia y seguramente una tercera en el futuro. Tal como se decía en “La historia interminable” de Michael Ende: ¡la Nada avanza!