El arte de ser escritor

 

  • Extracto del libro con el mismo título, publicado por la editorial Librando Mundos, del autor R.Sanchis Ferrándiz.
El arte de escribir
Se denomina “escritura creativa” a aquella que se utiliza en la creación literaria, sea de ficción o no, la cual pretende conformar un verdadero “arte de escribir”. Aunque la mayoría de las personas saben escribir, no alcanzan a hacerlo de un modo artístico; para ello se requiere un prolongado aprendizaje. Pero el arte de escribir y su técnica, configuran una herramienta necesaria para la expresión humana, y por tanto, deberían estar presentes en la formación y el desarrollo integral de cualquier persona. Sin embargo, tan solo unos pocos se adentran en el territorio de la escritura creativa. Esta es una dedicación abnegada para quienes sienten un verdadero amor por la escritura, la vocación de contar historias, por transmitir sueños, ideas y emociones que aporten algo a los demás.
En ocasiones, en lo más recóndito de nosotros mismos se hallan anhelos sublimes del alma, emociones elevadas e ideas brillantes, que bien pudieran constituir una bella historia, un legado que dejar a los que han de seguirnos. Entonces, escribir se convierte en una necesidad ineludible, que exige de nosotros el paso de la potencia al acto —tal como dijera Aristóteles—, convirtiendo en frutos de la imaginación aquellas fantasías que nos asaltaban en sueños.
El oficio de escritor
Escribir no siempre guarda relación con la perspectiva idealizada de “llegar a ser escritor”. Es más bien una actividad individual y solitaria, que requiere de cierta tranquilidad de ánimo y atención. En consecuencia, el escritor precisa rodearse de un ambiente que no le perturbe. Sin embargo, dicho entorno tampoco ha de ser, por necesidad, un lugar paradisíaco en mitad de la naturaleza; bastará con que el escritor sepa refugiarse en un ámbito discreto y apacible, de modo que pueda entrar en su propio mundo para hallar el hilo de una historia.
El escritor es como un corredor de fondo que entrena a diario, esforzándose por superar sus propias limitaciones, probando su habilidad con constancia y perseverancia. Ante él afloran los miedos y las incertidumbres propias de quien realiza un trabajo a solas, enfrentado a sí mismo. Algunas veces, se acrecientan sus fantasmas interiores, pareciendo más poderosos de lo que en realidad son; otras, se diluyen en una euforia pasajera, en una producción fácil, cuando las ideas se presentan de modo espontáneo y acceden a nosotros ante un mero chasquido de dedos. Sin embargo, todo artista —y el escritor lo es— ha de enfrentarse a los vaivenes propios del proceso creativo, al reconocimiento de las propias emociones y el miedo al fracaso, al bloqueo ante el papel en blanco, al temor ante las opiniones ajenas….
Escribir exige capacidad de análisis y de introspección, porque la escritura es un viaje hacia nuestro mundo interior, y tan solo algunos lograrán encontrarse a sí mismos utilizando esta herramienta…
En realidad, el oficio de escritor es bastante ingrato, pues no siempre entrega la recompensa que se busca. Recurriendo a un concepto propio de la filosofía hindú diremos que escribir es una actividad que debe realizarse por “recta acción”, sin apegarse a los frutos que se derivan de ella. Aunque se ejerza el oficio de la escritura esperando una remuneración, en cierta manera, el escritor debe sentir ese desapego interior que le sitúa más allá de los resultados que le acarree su trabajo, esa necesidad que le reclama la propia obra que necesita ser plasmada. Y sin duda, todo artista que compone una nueva obra sabe que ella le reclama el derecho a la vida con su propia voz… Una voz inaudible y vacilante al principio pero impetuosa y exigente cuando la obra va tomando cuerpo.
El lugar y el momento adecuado para escribir
Sería magnífico encontrar un refugio que pudiera aislarnos de todo aquello que nos rodea, y a ser posible, un lugar bello y gratificante… pero nada puede ocultarnos de nosotros mismos. En el proceso creativo conviene asumir que la tranquilidad y el momento apropiado para escribir van con nosotros, pues depende de nuestras decisiones: saber alejarnos del bullicio, apagar la televisión con sus ruidos de fondo, rodearnos de una bella música que nos inspire, preparar con antelación un café o nuestra bebida favorita, y tener a mano un buen libro… son circunstancias favorables que siempre podemos elegir. Cualquier lugar sencillo que nos predisponga a pensar, a leer, a sumergirnos en nuestra imaginación, puede servir también como guarida para un escritor.
De igual manera, podemos elegir el momento más idóneo para dedicarnos a la escritura. De nosotros depende llevar a mano siempre un papel y un lápiz en donde anotar las ideas fugaces que nos asaltan, ya sea en un autobús, en el metro, en la tranquilidad de un parque o en una cafetería bulliciosa. No siempre se escribe de noche y a la luz de una lámpara mortecina; algunos escritores se levantan temprano para lograr la tranquilidad necesaria; otros graban sus pensamientos mientras salen a correr, y no siempre tienen un momento establecido para ello. No hay una regla de oro, sino un instante fugaz que conviene atrapar: lo cual requiere paciencia y tenacidad. Aunque tal vez convenga recordar aquí una frase del dramaturgo inglés Oscar Wilde que dice: “el aplazamiento es el asesinato de la  oportunidad”.
Este es un aprendizaje que no dispone de un manual previo, sino de meras recomendaciones: un camino que todo escritor aprende a recorrer por sí mismo…
El éxito en la escritura      
La mayoría de los escritores no pueden vivir de la escritura, porque no siempre se alcanza el éxito soñado, o bien, los honorarios de dicho oficio no están a la altura del esfuerzo que se realiza. Conviene anhelar, antes que el éxito, el reconocimiento y respeto por el trabajo realizado, porque a menudo es un premio más justo que el éxito.
No obstante, algunos escritores que son seguidos por un público fiel, alcanzan la fama, aunque no logran el reconocimiento en su oficio, porque en realidad no son buenos escritores. En la actualidad, los lectores conforman un conjunto muy complejo y heterogéneo, de ahí que los libros más vendidos no siempre tienen la calidad que se les presupone. A menudo, la propaganda de las editoriales inclina pareceres y fabrica autores de la nada, porque el firmamento de la literatura precisa estrellas que le den brillo y animen las ventas.
La vocación de escribir
La actividad de escribir ha de ser vocacional; se escribe en realidad para sí mismo, por una necesidad anímica. Se buscan las ideas lanzando el sedal al fondo de la mente, allí donde residen nuestras experiencias, aunque no solo se procuran para entregarlas a otros, sino por la mera necesidad de hallarlas.  
Por tanto, debemos alentar a quienes pretenden recorrer la senda de la escritura creativa, si bien, conviene persuadirles a escribir sin especulaciones ni conjeturas, manteniéndose alejados de baldías presunciones de llegar a ser un gran escritor o alcanzar la fama. Conviene escribir por la propia necesidad interior de expresar aquellos sentimientos e ideas  que se llevan dentro, disfrutando de dicha actividad. Porque si no se logra cierta felicidad en dicho oficio, no se puede trasmitir felicidad a otros; si no se halla satisfacción en el hecho de escribir, sin duda, ello se reflejará en nuestros escritos.
Observar para escribir
El escritor ha de poseer, también, cierta capacidad de observación; virtud privilegiada que le permite adivinar aquellos matices de la vida que otros no alcanzan a ver. Porque todo escritor es un observador del mundo que le rodea, a través del cual se pregunta por sí mismo, tratando de descubrir su propia verdad. De hecho, cuando el escritor percibe un atisbo de dicha verdad, siente el deber de transmitirla, para lo cual reelabora y destila en su propio atanor las imágenes y experiencias atesoradas. Así, todo escritor, tal como dijera el poeta Antonio Machado, a la par que recorre un camino externo de realización personal va construyendo su propia senda interior; se modela, también, a golpes, en la fragua de sus propias vivencias.
He aquí, al respecto, un comentario extraído del libro Barba Azul, de Amélie Nothomb, que demuestra la capacidad de observación de un escritor:
“—No tiene usted los hábitos de un fotógrafo. Le he estado observando. Nunca enfoca con los ojos, nunca permanece en silencio ante una imagen. Al contrario, habla y habla sin descanso. Apostaría a que nunca ha tocado una cámara fotográfica…”.
Tener algo que aportar
No obstante, se dirá que todo vale, que cualquier texto encierra algo útil, aunque no debemos olvidar que un buen escrito o relato debe poseer algo objetivamente válido que aportar a los demás, de modo que a través del ensueño de la ficción pueda enriquecer sus vidas: aprendices hay muchos, pero maestros pocos… Y aquellos que dan sus primeros pasos en el arte de la escritura creativa, deben comenzar su camino con humildad, pues más allá del escritor que “nace” con un talento o genialidad natural, creemos que un escritor “se hace” a sí mismo, con pundonor y dedicación, hilvanando en la misma tela entusiasmo y esfuerzo.
El autor consumado que tiene algo cierto que aportar a sus lectores, que alberga una íntima convicción sobre la utilidad de su escrito —tal vez guiándose por su intuición, su propia madurez interna, o fiando en su juicio—, distinguirá fácilmente aquello que pueda resultar demasiado simple o superficial en su propio texto, evitando lo grosero, lo grandilocuente, y todo aquello que sirve de relleno sin aportar calidad alguna.
Ejercitarse constantemente
Pero nada se aprende sin práctica. No se logra la maestría en una “disciplina” sin pasar por un cúmulo de ensayos que parecen interminables, cuyo fin consiste en “disciplinar” la propia imperfección y lograr la excelencia en un arte. Si el dominio de un instrumento musical exige cuanto menos una dedicación de una hora al día, escribir requiere continuidad, a fin de que nuestra mente se centralice en un tipo de ideas que van concretándose de un modo gradual. Es más útil la persistencia de quien dedica media hora a diario que una dedicación esporádica.
La receptividad
Hay pensadores que consideran que las ideas no solo se producen en la mente, sino que a veces se captan, porque se hallan en el ambiente y nos influyen, tal como nos alteran las emociones colectivas. Sea cierto o no, las ideas viene y van con rapidez, cruzan nuestra mente de un modo fugaz y, tal como diría W. Shakespeare, “se desvanecen como por arte de magia”. Cual cometas luminosos, dejan a su paso una estela sutil en nuestra mente, pero vagan raudas hacia otros confines. Apenas quedará un vago recuerdo de su paso para quienes duermen en la inconsciencia, ajenos al don que entrega la momentánea oportunidad.
El escritor que permanece alerta ante las ideas fugaces, que aguarda despierto en un mundo efímero y temporal, que se muestra receptivo y con el mayor grado de armonía posible, podrá captar las mejores ideas… según afirma el pensador N. Sri Ram. De este modo, las ideas se percibirán en su mente con mayor nitidez, tal como las imágenes que se reflejan en la superficie de un lago tranquilo.
Atenuando las discordancias que le perturban y las etapas de inestabilidad, manteniendo la mente centrada y la imaginación despierta, será más fácil que la intuición capte aquellos estados que habitualmente se encuentran fuera de su alcance, a fin de que las ideas fluyan sin obstáculos.
Toda obra literaria tiene las limitaciones de su autor
Hablar o escribir constituyen herramientas mediante las cuales se expresa nuestro pensamiento. Son sus hijos; una progenie genéticamente parecida a su artífice. De ahí que toda obra literaria es un reflejo del carácter del escritor y de su pensamiento. Podemos afirmar entonces, que una obra no puede llegar más alto que su propio autor, porque se apoya en sus capacidades, y pronto, se encontrará con sus mismas limitaciones. Y a menudo, sus personajes tampoco podrán ser más grandes que él mismo… pues no podrán concebir realidades más allá de las que capte su creador.
Autores clásicos como Homero, Cervantes, Shakespeare, Dante, Dostoievski, Tolstoi, Dickens, Borges, son admirados por diversos motivos: acaso por el ritmo de su escritura o la  forma concreta en que elaboran las frases y los párrafos, o bien, por la profundidad de sus argumentos y el modo en que enfocan el desenlace de la trama. Otros escritores “consagrados”, destacan por la capacidad de recrear un ambiente psicológico y la fuerza descriptiva de sus personajes, pero principalmente se les valora por su capacidad de análisis y comprensión del alma humana, por sus acertados juicios o reflexiones, y en suma, por la humanidad y las virtudes que se aprecian en los personajes.
Quizá los grandes clásicos llegaron a concebir personajes arquetípicos y atemporales, porque sus anhelos e ideales personales pretendían un mundo más humano, arquetípico y atemporal.  Dejaron atrás el mundo pequeño y subjetivo que observaban para ofrecernos un mundo de grandes sueños e ideales que en principio parecía utópico.
Analizar el mundo con objetividad
El escritor no puede pretender alcanzar verdades absolutas, porque ello es bastante inaccesible para el presente momento de la humanidad. Todo escritor ofrece un punto de vista particular, y debe entregarlo sin complejos: es lo mejor que posee, es algo personal, pero es su legado. Y en la medida que las pequeñas verdades de sus escritos, reflejen en sus temáticas los arquetipos que conciernen y afectan a todo ser humano, se acercará, paso a paso, a los valores esenciales de cualquier lector. El racismo y las pugnas entre clases sociales, el hambre y la guerra, el sexo y el amor, la amistad y la traición, el afán de poder y la corrupción, la fugacidad de la vida y la muerte, son temas interesantes que tratados en profundidad siempre despertarán reacciones atávicas en cualquier lector. 

El Bhagavad Gita

Reseña publicada en la Revista Esfinge Digital en Julio 2020, escrita por Raysan.

El Bhagavad Gita

El Bhagavad Gita

Este no es meramente un libro hindú que sirva para entretener y sin nada que aportar a la mentalidad occidental, sino más bien un libro de enseñanzas válidas y además necesarias para el momento actual. Ni es tan solo un libro milenario más antiguo que casi todos los libros conocidos, escrito al menos hace 5000 años, y para algunos autores, unos 27.000 años atrás. Ni es tan solo un libro sagrado de una religión, la hinduista, que perdida en los albores de nuestra historia escrita apenas nos dice nada… Ni es tan solo una joya literaria inigualable que rozó la frente de la juventud de las últimas décadas, ansiosa de una libertad real, despertando conciencias dormidas. No busques en él tan solo el exótico Oriente, ni el capricho de una moda pasajera. Este es un libro dormido desde el fondo de los tiempos en el corazón de la Humanidad, que tiene el poder de despertar el alma dormida, de liberar al alma prisionera.
Es un libro del que se puede aprender a vivir. A través de una guerra entre dos bandos contrarios, los pandavas y los kuravas, en la que figuran hermanos, primos y parientes en distinto grado, que pugnan por conseguir una ciudad, se muestra la lucha del ser humano por conseguir su propia evolución, en combate con aquellos elementos que pretende vencer y que viven en su propio corazón, como cercanos parientes que, no obstante, debe vencer. Así aparecen las dudas, los miedos, las angustias, el orgullo, la envidia, la pasión, la mentira, las miserias humanas en general y las ancestrales preguntas: ¿quién soy?, ¿qué es la muerte?, ¿adónde vamos?, ¿qué es la evolución del hombre?…
Al leer este libro nos identificaremos con el personaje central, Arjuna, príncipe pandava que es el reflejo de los anhelos y cuestiones que se plantea un hombre cuando su alma aflora, cuando su conciencia se despereza y se pregunta por el propio destino y el destino de la Humanidad, por el sentido de la muerte, por su concepción de Dios, por la existencia de vida más allá de la vida actual, por el valor que tienen distintas acciones realizadas con mejor o peor actitud, y si estas nos llevan realmente a evolucionar corno seres humanos.
Krishna, portador en la batalla del carro de Arjuna, como maestro, como voz que alecciona a Arjuna y no tanto como avatar fundador de una religión, le mostrará el camino del yoga para llegar a la unión consigo mismo y los demás seres, pero no un yoga de posturas físicas, sino de profundidad filosófica, en que priman las vivencias sobre las concepciones vacías y retóricas de los libros sagrados.
Le mostrará asimismo «el secreto de la acción», la manera correcta de actuar, siguiendo lo que nos dicta nuestra conciencia más elevada, nuestra concepción más alta del deber. Para lograr estar más allá de los éxitos y fracasos de nuestra conducta, para alcanzar un desapego de las preocupaciones que nos atenazan, se propugna la renuncia a los frutos de nuestras acciones, el hacer lo que se debe sin esperar otro premio que la propia satisfacción en la conducta correcta. Este es un modo profundo de vivir la dación, la generosidad, en contra del utilitarismo de nuestro mundo actual, que no hace sino aquello de lo que obtiene siempre algo material, siendo esta visión el medio de encontrar el propio centro, es decir, una estabilidad que no depende de lo externo, una armonía sinónimo de alcanzar una sabiduría aplicada y efectiva.
Abunda el Bhagavad Gita en las leyes que rigen la naturaleza y sus ciclos, en la verdadera concepción de la reencarnación —más allá de la ligereza o pobreza mental con que Occidente ha adornado estas concepciones—, la verdadera evolución como fin gradual al que lleva la conquista de sí mismo, la paz o quietud interior de quien logra el equilibrio entre lo que se piensa y cómo se actúa, y se rige por lo más elevado. Se muestra el modo de dominar los vaivenes emocionales a fuerza de encauzar aquello que deseamos, el modo de vencer la mente inquieta y especulativa a través de una disciplina mental, de una voluntad y perseverancia inalterables.
En una visión ecléctica, este libro nos dice que su esencia proviene de la fuente común en la que beben las diversas religiones, y que, alternativamente, cuando se entroniza la impiedad y la injusticia entre los hombres, son dadas a la luz por un avatar, un enviado, un maestro espiritual.
Pero no temas, lector, adentrarte en las sendas de otra religión, sino en los laberintos de la sabiduría; no dejes que te engorden con miedos con que unas religiones se apantallan para preservarse contra la expansión de las otras. El saber no es patrimonio de un tiempo y un espacio, el saber tan solo alcanza a aquellos que poseen la altivez de la libertad interior, a aquellos que saltan las aparentes diferencias en busca de la sabiduría que nos une a todos los seres, que nos da una patria común.
Dirá el Bhagavad Gita de sí mismo que, procediendo de la Divinidad, fue transmitido a los espíritus más altos, a los primeros guías de la Humanidad, a Manu, y fue dado a los reyes aún conocedores de la magia, de la «magna ciencia», del saber milenario y atemporal, aun antes de la era actual del Kali Yuga (de la edad oscura, de la edad de hierro) hace al menos 5000 años. Posteriormente, estos reyes con conocimiento de las siete claves guardadas en el mismo texto dieron paso a reyes tal vez más humanos, pero más alejados de la divinidad, y de este modo sus claves se fueron difuminando en el tiempo.
Fue transmitido al principio como un relato oral, como un misterio que acariciar en las noches junto al fuego bajo un cielo estrellado. Cuando fue compilado por Vyasa, corrió de mano en mano, como un cántaro, para mitigar la sed de generaciones, hasta llegar ante ti, lector, que tal vez nada sepas de claves, pero que al menos atisbas, cuando la intuición levanta la espesa cortina del olvido, que estás ante un libro de enseñanza, y no tan solo un libro sagrado de una religión perdida en un vórtice del tiempo, sino sagrado por ser un ave delicada que palpita en tus manos y despierta la conciencia cuando roza tus sienes con sus alas doradas, con sus etéreas palabras.
* Reseña publicada anteriormente en la revista Cuadernos de Cultura, en la sección de El libro dormido.

Ojo por ojo… y el mundo acabará ciego

 

Publicado con motivo del 1 de mayo de 2020 en el facebook personal de Ramón Sanchis Ferrándiz.

Ojo por ojo… y el mundo acabará ciego.
Fomentar el odio de clases mantiene siempre abiertas las heridas. No te extrañes pues si no cicatrizan.
Las sociedades siempre se encuentran, como un funambulista, cruzando el abismo sobre un delgado cable, en la eterna duda de elegir entre el pasado y el futuro.
Un instante de duda puede ser peligroso.
Siempre es más fácil mirar hacia el pasado y regodearse en sus defectos que construir un futuro, porque el pasado es una foto fija que siempre podremos analizar, en cambio, el futuro es un pez inquieto que se escurre de las manos.
Lo difícil es sembrar nuevas iniciativas y conductas que estén libres del odio. Porque solo quienes saben desembarazarse del odio pueden construir un nuevo horizonte. Nos conviene recordar los hechos, extraer la experiencia de lo ocurrido para no repetir errores; recordarla si, pero no rumiarla, ni lamernos nuestras heridas, porque debemos levantar el ancla y seguir navegando.
Fomentemos el desarrollo personal y la formación humana, para impulsar una sana convivencia, basada en el respeto y la comprensión, que pueda estar más allá de la condición social, de las diferencias de sexo, raza o color.
Fomentemos la capacidad de razonar, la formación profesional, informática o técnica, el trabajo en equipo, pero también la formación en valores, el sentido ético, la empatía, la imaginación, la creatividad y la iniciativa personal, y veremos aumentar la capacidad de decisión e independencia económica, a la par que la profundidad humana.
Y aunque los políticos no estuvieran a la altura de ese reto, ojalá cada ser humano aprenda a modelar con el barro del pasado la figura de su porvenir, individual y colectivo. Porque el mundo es también nuestra propia responsabilidad.

 

La pandemia

Publicado el 22 de julio de 2020, tras la primera ola de la pandemia del COVID-19, en el facebook personal de Ramón Sanchis Ferrándiz.

Esta pandemia del Covid-19, provocada por el nuevo virus Sars-Cov-2, no es la primera que sucede. Las más letales han sido la viruela, que se cobró hasta 300 millones de muertes, el sarampión con 200 millones, la gripe española de 1918-19, la peste negra de 1588-1600, las oleadas del cólera y el virus del Sida desde 1980. Junto a ellas han habido otras de menor importancia, tales como la gripe asiática de 1957, la gripe de Hong-Kong de 1968, la gripe porcina de 2009-10 y el virus Ébola de 2014-16.
En la actualidad estas enfermedades se trasmiten con gran rapidez, debido a la globalización y sus poderosos medios de comunicación. En cambio, el desarrollo de las vacunas suele detener su expansión con rapidez.
Pero a la luz de los datos científicos, puede decirse que hay algo habitual en esas pandemias víricas: por una parte, todas se controlan con higiene personal, desinfectantes, cuarentenas y el distanciamiento de otras personas; por contra, todas ellas se repiten en el tiempo, dando lugar a expansiones sucesivas. Es decir, estas epidemias suelen tener tres oleadas de similar intensidad. Cada una de ellas se representa por una curva en la que se dibuja el crecimiento con el paso del tiempo del número de infectados y fallecidos. Esta curva en forma de campana crece muy rápido al inicio, luego va aplanándose hasta que al final desciende.
A veces, estas nuevas infecciones son de menor intensidad, pero los datos de epidemias pasadas indican que la segunda y tercera oleada presentan picos de similar virulencia. Por ese motivo, desde hace unos meses se advierte que la pandemia podría retornar con la entrada del otoño. Los datos de rebrotes en España, más de 200 a 21 de agosto, parecen seguir esta senda. No obstante, pocos se imaginan viviendo una segunda cuarentena que abarque otros 100 días. La parálisis de la economía podría ser letal y, sin embargo, vivimos inmersos en un exceso de optimismo, lastrados por nuestra inconsciencia, como si ya estuviéramos a salvo.
Tan solo una vacuna podría aliviar o vencer este mal. Pero se sabe que la vacuna de Oxford, la que se encuentra en fase más avanzada, no estará disponible en el mercado antes de la primavera de 2021.
A nivel mundial la pandemia crece de modo exponencial, imperceptible, sigilosa e imparable. A mitad de junio, había 9 millones de contagiados y cada quincena se contabilizaba 1 millón más. Ahora, ya hemos rebasado los 14 millones y cada 3 o 4 días aumenta 1 millón más. Dentro de unos meses, las fronteras de los países no podrán detener la expansión de la pandemia. ¿Estamos preparados psicológicamente? ¿Estamos realmente alerta para aplicar los medios sanitarios que nos recomiendan? ¿Podemos dejar de abrazarnos durante algunos meses y renunciar a nuestras terrazas de bar?
Buena parte depende de nuestra actitud, aunque también dependemos de cómo se actúe en otros países. ¿Por qué no se han reunido todavía los grandes “líderes” (¿?) mundiales para compartir ideas?
Los partidarios del “buenismo” dirán que todo irá bien, aunque los datos y las gráficas lo contradigan. Los dirigentes que negaban la realidad del virus son quienes han visto sufrir más a sus países.
Pero siempre se dice que nunca es bueno alarmar a la gente, ni contarles la verdad. ¡Pobre gente!, piensan algunos, ¡hay que ir llevándolos de la mano y dándoles de comer con la cuchara! Pero quizá, si hubieran visto más de cerca la realidad del combate diario en los hospitales y el desfile de cajas hacia los cementerios, la gente se responsabilizaría ahora un poco más. No siempre es una buena solución mantener a los ciudadanos en el limbo de los justos, ajenos a la realidad. Las enfermedades no se curan dándole a beber a la gente un líquido blanco e indefinido que solo actúa en el cuerpo como placebo. Porque los sanitarios lucharon protegidos con sus plásticos y bolsas de basura contra una enfermedad real. Ellos sí la han visto: ¡el virus existe! ¡No lo ningunees! A menos que quieras que él te multiplique por cero, a ti y a tus familiares.
Ahora ya no harán falta aplausos de esos que se olvidan enseguida. Necesitamos una segunda toma de conciencia y seguramente una tercera en el futuro. Tal como se decía en “La historia interminable” de Michael Ende: ¡la Nada avanza!

 

El miedo ante la pandemia

Hay gente que siempre necesita estar rodeada de gente, de bullicio, ruido y superficialidad; en cambio, hay personas que, rodeadas o no de gente, tan solo necesitan sentir viva su propia conciencia e identidad.
La gente que teme la soledad, que atesora compañías como si fueran pertenencias, aquellos que necesitan de la juerga continua porque no tienen un lugar interior en donde refugiarse, son presa fácil del coronavirus: así, hablan con horror de la pandemia, temen cruzarse con alguien en la escalera o infectarse con la sonrisa del frutero, evitan ir a la peluquería o a una cafetería para no exponerse, asaltan el supermercado por si acaso, cambian a menudo de humor, tienen altibajos espantosos, necesitan llorarle a alguien sus dramas, y en cambio, desconocen que sus propios miedos reducen sus defensas frente a la enfermedad y les hacen más propensos a ella.
Quién más la teme, quien más habla de ella, quien más pre-ocupado está por el virus, pronto cae en sus garras, dado que, aún sin caer enfermo, ya está atrapado psicológicamente. Sin embargo, quien atesora vivencias humanas, no se siente afectado por la reclusión de la cuarentena, pues necesita poco para sentirse realizado y feliz. Con un buen libro, buena música o una sana conversación con los suyos de cuando en cuando, se mantiene feliz.
Claro está que las actitudes positivas ante la vida no se aprenden ni improvisan en pocos días, pues fortalecernos por dentro no es fácil: sobrellevar con buen ánimo lo que nos depara la vida y poner ante el mal tiempo buena cara; analizar a diario nuestras propias reacciones, pensamientos y emociones; distinguir entre aquellas cosas que dependen de nosotros de las que no y preocuparse tan sólo de lo que podemos hacer; aportar siempre algo positivo a los demás, guardando adentro nuestras miserias, no es algo que cae del aire. Al fin y al cabo, quienes tienen bien claros sus fines y prioridades en la vida, tal como los médicos y sanitarios, afrontan cualquier contrariedad con altura de miras, y si viniera la muerte, la mirarían de frente, de igual a igual.

 

El suspiro

Como dice Carmen Martagon, un suspiro sirve para dar oxígeno a los recuerdos, para que no caigan en el olvido e insuflarles todo nuestro amor.
Hermoso sentimiento; vivencia pura.
Tienes razón Carmen, el amor es oxígeno que se cuela por los pulmones y se interna en el corazón y, cuando finalmente nos diluyamos en el infinito y seamos tan sólo un recuerdo, retornará al aire, libre y capaz de reanimar a otros.

 

Sobre los libros y la escritura 

 

Texto de las II Jornadas Literarias de ELD (El Libro Durmiente), celebradas en el Centro Imaginalia, Alicante, el 12 de septiembre de 2012, con motivo de la presentación de la VIIIª edición de los Talleres de Escritura Creativa ELD (modalidad online).
Un año más, mediante el Taller de Escritura Creativa, intentaremos que la gente saque de dentro aquello que atesora, ese potencial oculto de creatividad que les permitirá escribir… Y aunque no sepan por qué escriben, ese anhelo que sienten se inoculará en ellos poco a poco y se convertirá en una necesidad vital.
No en vano, hoy, en El Libro Durmiente hay varios alumnos que colaboran y producen obras maravillosas. Sin duda, escribir nos ayuda a estructurar la mente, a organizar nuestras ideas y crecer como personas.
Los libros, como dice Irene Vallejo en “El infinito en un junco”, nos permiten viajar, crean nuevos mundos irreales, aunque verosímiles, que pasan a formar parte de nuestro imaginario colectivo. ¿Acaso no nos parece real la Odisea, las obras de Dante o de Walt Whitman? ¿Podríamos concebir nuestro mundo sin ellas? Si, los libros son algo más que un pasatiempo; ellos son un pasaporte para viajar a otro tiempo y lugar. Nos permiten concebir nuevas ideas y modos de pensamiento. Nos entregan su belleza, pues son arte, sus enseñanzas éticas y morales, nos dan una visión profunda del hombre, de la vida y la sociedad y nos permiten conversar con los grandes personajes de la historia.
Los libros son un alimento para el alma; nos permiten atisbar infinitos universos que nos aguardan en el futuro. Por ello, quienes escriben tienen la capacidad de influir en otros. De hecho, tal como decía Goethe, si escribiéramos sobre lo que deberíamos ser, ayudaríamos a que la gente conciba lo que puede ser. Escribir con contenido es el espíritu que motivó la creación de El Libro Durmiente y motiva hoy sus talleres: redescubrir los libros que duermen olvidados, como si fuéramos arqueólogos de la literatura, a fin de recuperar sus ideas y principios para despertar su alma dormida, para entregarla a quienes están sedientos de saber.

 

El infinito en un junco – Irene Vallejo

 

EL INFINITO EN UN JUNCO. La invención de los libros en el mundo antiguo.

Autora: Irene Vallejo. Editorial Siruela, Madrid 2019. 452 páginas.

Reseña realizada por Ramón Sanchis Ferrándiz para la Revista Esfinge Digital.

El libro de Irene Vallejo El Infinito en un junco ya camina por la senda de la fama, porque aborda la historia de los libros y las bibliotecas con un cariño y delicadeza inusual. Sus palabras están cargadas de calidez y ensoñación, tal como si evocaran aquellos momentos en que los ancianos de épocas antiguas contaban historias junto al fuego, cuando el pueblo era analfabeto y la transmisión oral preservaba el saber ancestral del olvido.
En un tono de íntima confidencia, la autora comienza su libro narrando las aventuras de aquellos que antaño buscaban libros en cualquier país para nutrir la Biblioteca de Alejandría. Lo exigía el faraón Ptolomeo II para engrandecer su nueva ciudad, pues «perseguía el sueño de una biblioteca absoluta y perfecta, la colección en que reuniría todas las obras de todos los autores desde el principio de los tiempos». Al fin y al cabo, se dirá en el libro, «la pasión del coleccionista de libros se parece al viajero. Toda biblioteca es un viaje; todo libro es un pasaporte sin caducidad». Y de igual modo, tras aquel sueño de crear una gran biblioteca en Alejandría se fundaron otras similares, como las de Pérgamo y Éfeso, las de Hattusa y Nínive, la Biblioteca imperial de Constantinopla, la Riccardiana de Florencia, etcétera. Si no hubieran existido las bibliotecas, ¿cómo podría abarcar el ser humano semejante aluvión de conocimientos que en ellas se alberga?
El infinito en un junco ha supuesto una revolución porque la autora se atrevió a narrar un ensayo, a inocularle una buena dosis de poesía, a trocar la austera letanía de toda investigación académica en una prosa alada que se expande sin límites, buscando la verdad que encierra una anécdota o la belleza de una máxima capaz de transformar el alma. Pero este libro ofrece algo más que una cuidada dicción y un lenguaje pulcro. Irene Vallejo (Zaragoza, 1973) nos hace partícipe de su profundo amor por la lectura, relatando su búsqueda personal, su necesidad de ir un paso más allá para descubrir entre los libros los confines del saber. En ella, los lectores han descubierto a una musa capaz de enardecer con su cantinela el corazón de todo buscador. Esta filóloga no tiene el perfil de un académico de pestañas chamuscadas por el tabaco y horas de estudio junto a un flexo, aunque debió dedicar a esta magna obra bastantes años.
La autora utiliza un lenguaje ágil, culto, bien cuidado, que roza la perfección y ha hechizado ya a los mejores literatos, seguramente porque vive instalada en un tiempo clásico, atemporal; ese que no pasa de moda y que tanto molesta a los culturetas actuales que no saben expresar varias frases seguidas sin cargarlas de tacos o expresiones vacías. Bastaría citar los premios cosechados por este libro o algunos halagos bien merecidos. Juan José Millas afirma que es uno de «esos libros que te desbravan, que te doman, que te imponen el ritmo de lectura, que te quitan los nervios, no suelen encontrarse pese a ser tan necesarios» y Jordi Carrión, en The New York Times, le secunda cuando dice: «Irene Vallejo acaba de firmar un libro genial, universal, único».
Es de los pocos libros que podría escribir la misma reseña dentro de veinte años. Nada habrá cambiado; las modas no podrán afectarlo.
Se trata de un «ensayo narrado». Una narración que tiene por entramado la estructura de un sólido ensayo, cuyas líneas encierran un tono poético cargado de profundidad y oficio. En suma, un libro cargado de datos y de historias entrañables, escrito con el cariño de una poetisa, de una vestal que guarda los misterios del saber antiguo. No en vano se preguntaba la autora ante el papel en blanco, cómo lograr ese difícil equilibrio: «¿Cómo mantener diferenciado el esqueleto de los datos bajo el músculo y la sangre de la imaginación?».
Irene Vallejo, hace culto aquí a las bibliotecas, los libros y sus autores.
Tal como hizo Borges, quien supo recrear magistralmente en su Biblioteca de Babel el laberinto interminable de las bibliotecas modernas y sus infinitas ramificaciones, Irene Vallejo se adentra en ese mundo infinito del saber antiguo, vagando por aquellas bibliotecas que custodiaron las ideas y conductas que hoy constituyen nuestra «realidad física y virtual».
En ese viaje infinito que nos propone, por las páginas de este libro desfilan todos los personajes épicos que nos hubiera gustado conocer: el gran Alejandro, el legendario Aquiles, la desmedida Cleopatra, el poderoso Asurbanipal… Y una pléyade de sabios y literatos que contribuyeron a conformar nuestro imaginario colectivo: Sófocles y Esquilo, siempre al acecho del destino; los iniciados Plutarco y Marco Aurelio; Hipatia, la maestra preclara; Aspasia, Virgilio y Petrarca; Shakespeare, capaz de atrapar en sus obras el alma humana; Dickens, el escritor que dio voz a los desheredados; J.R.R. Tolkien, el creador de las mitologías modernas; Cavafis el peregrino, y otros tantos, como Virginia Wolf, Coetze, Hanna Arendt, etcétera.
Esos personajes que ahora conforman nuestro universo mental, al igual que los libros, están hechos tanto de realidades como de palabras. Quizá fueron mitificados para perdurar en el tiempo, como si una envoltura de palabras pudiera embalsamar sus cuerpos y conceder a sus ideas la facultad de convertirse en leyenda viva.
Entonces, nos dirá la autora, cuando aún se leían los textos en voz alta y de modo colectivo, cuando aún no se bisbiseaban para nuestra propia conciencia, el hombre se aventuró a fijar sus ideas en diversos materiales y soportes. Ya fuera en tablillas de arcilla con incisiones cuneiformes o en estelas de piedra, en juncos de papiro o en pergaminos, desde las épocas sumerias o egipcias, el hombre ha querido perdurar. Tanto La Piedra de Rosetta con sus enigmáticos jeroglíficos, como el Código de Hammurabi o La Ilíada, han contribuido al despertar del imaginario colectivo y de nuestro mundo interior. Desde entonces, y sobre todo con la invención de la imprenta, cada paso del hombre ha sido inmortalizado.
Parodiando a Monterroso, dirá la autora: «El libro ha superado la prueba del tiempo, ha demostrado ser un corredor de fondo. Cada vez que hemos despertado del sueño de nuestras revoluciones o de la pesadilla de nuestras catástrofes humanas, el libro seguía ahí». «No olvidemos que el libro ha sido nuestro aliado desde hace muchos siglos, en una guerra que no registran los manuales de historia. La lucha por preservar nuestras creaciones valiosas: las palabras…».
Sin duda, tomaré este libro como ejemplo para mis talleres de Escritura Creativa, pues su modo de escribir constituye un buen ejemplo de cómo se han de coser los capítulos de un libro para cohesionar un texto, pues su narración retorna una y cien veces al mismo tema, hasta componer un relato completo de los sucesos, como si cada cita compusiera un nuevo punto de vista, trazando un nuevo hilo de una perfecta telaraña. Y más aún: mantiene un equilibrio perfecto entre los textos que muestra del mundo antiguo y los ejemplos actuales que cita. En su texto conviven en franca armonía Eurípides y Faulkner, Homero y Goethe, Cicerón y Walt Disney.
Es obvio que Irene Vallejo reverencia el mundo clásico, pues tuvo la fortuna de que la acunaran con la lectura de cuentos y obras inmortales. Afirma que sus libros preferidos son La Ilíada y La Odisea: el primero, intuyo, porque señala el camino de la gesta heroica a seguir, aunque sea tan penosa y difícil como la conquista de Troya; el segundo, quizá porque propone la aventura y la obligación de retornar a Ítaca, esa sabiduría perdida que se teje y desteje cada día.
En El infinito en un junco, la literatura recobra la dimensión sagrada que tuvo antaño, cuando los bardos y juglares narraban poemas o canciones de gesta, cuentos y fábulas, mitos y leyendas, reforzando así la identidad de sus pueblos.
Finalmente, valga citar aquello que dice Vargas Llosa: «El amor a los libros y a la lectura son la atmósfera en la que transcurren las páginas de esta obra maestra. Tengo la seguridad absoluta de que se seguirá leyendo cuando sus lectores de ahora estén ya en la otra vida».

 

Sara Jaramillo Klinkert – Entrevista

 

Entrevista publicada en El Libro Durmiente el 20 de agosto de 2020, realizada por Ramón Sanchis. https://ellibrodurmiente.org/jaramillo-klinkert-sara-entrevista/

Sara Jaramillo Klinkert, (Medellín, 1979), es una periodista y comunicadora social que ha colaborado en los principales medios de comunicación colombianos. Sin embargo, tras realizar un Máster de Narrativa en la Escuela de Escritores de Madrid, ha comenzado a cosechar sus merecidos éxitos como escritora. En diciembre de 2019, la editorial colombiana Angosta publicó su primera novela Cómo maté a mi padre, que Lumen ha editado en España en junio de 2020. Además, Lumen prepara ya la publicación su segunda novela, titulada Donde cantan las ballenas.
En Cómo maté a mi padre narra una historia impactante basada en hechos reales. A sus once años un sicario mató a su padre y tuvo que rehacer toda su vida de nuevo. Aunque no había escrito antes sobre aquel hecho, este libro se fue conformando, al inicio, como un conjunto de textos dispersos que fue entregando para su Máster de Narrativa que fueron tomando cuerpo. Con un lenguaje delicado y sensible, tal como ve el mundo una niña, adornado con bellas imágenes y acertadas reflexiones, las páginas de este libro ofrecen un mundo sugerente y despiertan un sinfín de emociones.
El Libro Durmiente, de la mano de Ramón Sanchis, ha querido entrevistar a esta escritora cuya calidad le augura un futuro brillante.
¿Venía escribiendo ese libro en su mente desde aquel momento fatídico?
No, jamás pensé en escribir sobre lo que me había pasado. No me creía capaz de hacerlo porque, de hecho, ni siquiera me atrevía a hablar de ello. Mucha gente cercana se enteró de cosas después de publicado el libro, lo cual denota lo poco que yo hablaba del tema. Sin embargo, llegué a la Escuela de Escritores y allá me impulsaron, me movieron fibras, desataron recuerdos, hicieron salir a flote sentimientos que tenía muy ocultos. Todo se fue dando de una manera muy orgánica, muy honesta, muy cruda y hoy me doy cuenta de que esa es, precisamente, la gran virtud de la novela.
¿Se escribe para conjurar los recuerdos del pasado, intentando olvidarlos, o para asignarles un lugar en un nuevo orden de vida?
Se escribe para ambas cosas. En mi caso, con el proceso de escritura conseguí sanar muchas heridas que aún tenía abiertas. No fue fácil, no fue cómodo, no fue agradable: me implicó un desgaste emocional inmenso. Lloré cada línea del libro una y mil veces. También fue muy difícil darme cuenta de lo mucho que ese suceso nos había afectado como familia. Era algo en lo que simplemente no había pensado antes, pero ocurre que para escribir sí tuve que hacerlo y mucho. Siempre será doloroso darse cuenta de que aquello que ocultamos es justamente lo que más nos revela. Sin embargo ahora tras el libro publicado y todas las cosas buenas que me han ocurrido a raíz de ello, percibo esos mismos sucesos desde un lugar muy diferente al dolor, la rabia o la angustia. Escribirlos fue una especie de liberación para mí.
En la Colombia de 1991, esa terrible experiencia, era algo cotidiano. ¿Cómo se convive con ese deterioro moral y social?
El ser humano tiene una capacidad de adaptación impresionante. Tristemente uno termina por acostumbrarse a esas cosas antes la imposibilidad misma de cambiarlas. Se toman medidas de seguridad, se tiene una gran consciencia acerca del autocuidado. Al final, terminan normalizándose cosas que no son para nada normales. Uno termina anestesiado al punto de que aquellas cosas terribles que muestran en las noticias son parte del paisaje. Igual cada uno está ocupado intentando seguir con sus propias tragedias a cuestas. Creo que de esa época no hay ni una sola familia en Colombia que no haya sido tocada por la violencia.
Sin duda, tal como El año del pensamiento mágico de Joan Didion, su libro puede ser útil para aquellos lectores que pasan por una situación de duelo. Pero en Cómo maté a mi padre, narra el proceso que siguió una niña que se vio privada del afecto del padre. ¿Cómo encuentra una niña la entereza necesaria para seguir adelante?
Creo que la ausencia paterna a tan corta edad me trajo una de las revelaciones más grandes y crudas de la existencia y es la certeza de saber que estamos solos en el mundo. Suelo decir que uno crece el día en que se percata de ello. Hay gente que nunca lo hace y se le pasa la vida esperando a que alguien más le solucione todos sus asuntos. Esa es la gente que nunca crece. Pero cuando tienes once años y matan a tu padre es inevitable pensar que te va a tocar enfrentar solo aquello que normalmente los demás enfrentarían con la ayuda de sus padres. Recuerdo que me parecía muy injusto y que sentía mucha rabia e impotencia. Entendí lo que mi padre quiso decir tantas noches en torno a la mesa del comedor cuando le contaba a la mamá los casos que llevaba en curso: «la justicia no existe», decía. Y eso que era abogado.
Cada vez que veía a alguna de mis amigas con sus papás, tenía que esforzarme para no ponerme a llorar. Es un sentimiento indescriptible ver en otros aquello que a ti te han arrancado a la fuerza. Algo que no vas a poder recuperar jamás. Jugué softball todo el bachillerato y los papás iban a menudo a ver jugar a sus hijas, pero a mí no fue nadie a verme nunca. Nadie iba a las reuniones de padres de familia, nadie aparecía a recoger mis notas. Me quedé tardes enteras olvidada en el patio del colegio. Rápidamente entendí que yo era la única responsable de tomar las riendas de mi vida.
Un libro ha dado paso a otro. Tras publicar Cómo maté a mi padre, la editorial Lumen prepara ya la edición de su segunda novela. ¿Qué se siente ante este éxito repentino? Habrá quien piense que es un golpe de suerte, pero ¿es fruto de un esfuerzo silencioso o de la intuición?
La gente que no me conoce muy bien, a menudo, sugiere que tuve suerte. A mí esa afirmación me descoloca un poco porque la escritura ha sido mi sueño desde que era niña y me esforcé mucho por hacerlo realidad. Me he entregado en cuerpo y alma. Escribir siempre fue mi norte, no lo perdí jamás de vista. Ni cuando fui presentadora de televisión, ni cuando dirigí el departamento de relaciones públicas de la principal empresa textil del país, ni cuando trabajé como reportera en el canal de televisión más visto de toda Colombia. Nunca. La gente siempre pensó que ya había alcanzado el éxito profesional, yo, en cambio, recuerdo que solo pensaba: «qué estoy haciendo aquí, me estoy traicionando a mí misma, tengo que ponerme a escribir». El reto esta vez era diferente: por primera vez no me servían mis contactos, ni mis relaciones sociales, ni mi aspecto físico. Tal vez hubo algo de suerte, pero no fue el factor determinante, yo he trabajado muy duro por llegar hasta acá, he renunciado a muchas cosas, nadie me ha regalado nada.
¿Qué le mueve a escribir?
Escribir me ayuda a pensar mejor. Yo misma me sorprendo cuando leo mis propios textos y encuentro ideas que jamás habría podido expresar de otra manera. Me encanta la posibilidad de vivir otras vidas. Antes lo experimentaba a través de la lectura, pero ahora que escribo a tiempo completo me doy cuenta de que es aún mejor vivir esas vidas a través de personajes que uno mismo construye. Encuentro una gran paz en las horas de escritura. En ellas están las cosas que me más gustan: el silencio, la soledad, la imaginación desbordada, el transitar por caminos que ni siquiera sabes hacia dónde te llevan. Para mí la escritura es un gran acto de libertad. Cuando ejercía el periodismo me frustraba mucho que no hubiera espacio para la imaginación, que no pudiera expresar mis opiniones. Hoy que hago ficción adoro la idea de que mis personajes puedan hacer lo que les venga en gana, de que puedan decir todo lo que no puede decirse.
¿Qué le ha aportado su paso por la Escuela de Escritores?
Llegó un momento en que me di cuenta de que tenía un montón de proyectos literarios empezados y abandonados. No era capaz de terminarlos por falta de tiempo, de herramientas, de opiniones calificadas que me dijeran de una buena vez si todo ese esfuerzo estaba valiendo la pena. Fue entonces cuando decidí tomarme las cosas en serio. Pensé que matricularme en un programa académico en donde hubiera calificaciones, tareas y todas esas cosas formales ejercería algo de presión para escribir. En la Escuela de Escritores de Madrid encontré esa presión y adquirí músculo literario. Entendí que mis textos se quedaban sin aliento por falta de herramientas. Le debo todo a la Escuela. Si no hubiera pasado por sus aulas aún estaría empezando y tirando proyectos en igual medida.
¿Cuál es su forma de trabajo: usa mapa o brújula? ¿Elabora minuciosamente sus textos o se deja llevar por las musas?
Un poco de todo. Por lo general tengo más o menos claro de qué va la historia y cuál es el final. En eso soy como Poe, no soy capaz de avanzar si no sé exactamente el punto de llegada. No obstante en el camino para llegar a él me doy muchas licencias, dejo gran espacio para la improvisación.
¿Cómo se convierte un aprendiz en escritor?
Escribiendo. La única forma de ser escritor es esa. Hay una cantidad inmensa de tiempo oculto detrás de cualquier texto. Creo que escribir es una actividad muy demandante y muy poco reconocida. Por eso hay que pensárselo dos veces antes de dedicarse a ello. No hay nada que te asegure el éxito y aún así tienes que estar dispuesto a sentarte muchas horas a teclear. Hay que ser muy terco para meterse en algo como esto. Hay que estar muy decidido. Hay que estar seguro de que, habiendo mil actividades que te ofrecerían más reconocimiento, que son más lucrativas, más fáciles, más amables, tú no te imaginas haciendo otra cosa.
¿A qué autores ha plagiado a hurtadillas o ha mirado con envidia? ¿Quiénes son sus modelos literarios?
Hay una colombiana que admiro mucho y es Margarita García Robayo. Sus textos son claros y profundos. Ella hace un tipo de literatura que me encanta, llena de digresiones en torno a asuntos casi siempre muy cotidianos. Por estos días he estado leyendo también con fascinación a Rackel Cusk. Adoro esas historias que parecen no ir hacia ninguna parte y, que sin embargo, pasan de personaje en personaje dejándonos con más preguntas que respuestas. Por otro lado está Delphine de Vigan. La claridad en su escritura es tal que puedes devorarte un libro de una sentada sin percatarte del paso del tiempo. Su manejo de la tensión dramática es impresionante. Siempre te tiene al borde de la historia con ganas de seguir asomándote, pero sin darte lo suficiente para que te lances al vacío.
¿Qué le gustaría que perdurara de su obra en el futuro?
Me parece muy ambiciosa la idea de perdurar en el futuro. Me conformo con haber podido plasmar literariamente mis obsesiones y mis heridas, de haber sido capaz de hacerlo con absoluta honestidad y sin autocensura. Solo el tiempo dirá si son dignas de perdurar.
¿Para escribir bien hay que ser buen lector? Aconséjenos tres libros para disfrutar de la buena literatura.
Primero estaba el mar de Tomás González. Los pasos perdidos de Alejo Carpentier. La perra de Pilar Quintana.
¿Quién es Sara Jaramillo y qué cosas le motivan? 
Me motivan tantas cosas que, a veces, pienso que por eso me hice escritora: en las palabras cabe el mundo entero y todas sus posibilidades, puedo ser una y mil otras o no ser nadie en absoluto. Puedo tener siete vidas como Kafka o mi gato, o darle la vuelta al mundo buscando ingredientes raros para surtir mi tienda de especias: Ábrete sésamo. Puedo perderme en aquel sitio frente al mar que solo yo conozco, ese que no sale ni en los mapas. O meditar diez días con el fin de aprender a girar para ambos lados. Del yoga aprendí a andar patas arriba para que las ideas que anidan en los pies se vayan para la cabeza y de la panadería, que no es la levadura, sino la paciencia la que hace subir el pan. Me conformo con ver aves ante la imposibilidad de convertirme en una y tengo el proyecto de salvar guacamayas del tráfico de fauna. Adoro los animales, casi más que a las personas. Cocino mucho y como poco; me muevo mucho pero no me quedo en ninguna parte. Y en los entretiempos de todo eso escribo, escribo y vuelvo escribir.

 

Teoría de las ventanas rotas

Teoría de las Ventanas rotas
Si dejas un coche abandonado en una barrio pobre, alejado del paso de la gente y con poca iluminación, es obvio que en pocas horas le quitarán la antena, los espejos retrovisores, las llantas, ruedas y todo aquello que sea aprovechable. En cambio, si ese coche es abandonado en un barrio residencial de clase alta, ese deterioro no suele producirse. Obviamente, la pobreza induce a las personas a buscar una salida a su situación de subsistencia.
Sin embargo, según “La Teoría de las Ventanas Rotas” desarrollada en 1969 por Philip Zimbardo, un psicólogo de la Universidad de Stanford, si a ese coche abandonado en el barrio residencial le rompemos una ventana, en unos días alguien romperá otras, robará las llantas o los limpiacristales. Por tanto, esa actitud no guarda relación con el nivel de pobreza.
Es decir, más allá de la situación económica de la gente, si algo muestra un desperfecto que no se repara enseguida, transmite una sensación de abandono y dejadez que impulsa a la gente a dañar ese objeto. Es algo propio de nuestra psicología social.
Lo vemos a diario en las comunidades de vecinos, en el trabajo y la propia casa, en el metro y en las bolsas marginales de cualquier ciudad.
Los primeros graffitis de las fachadas, si no se borran, llaman a otros grafiteros; los primeros signos de desprecio y violencia en las palabras, si no se corrigen, llaman a los puños cerrados; las bombillas fundidas, las humedades y desconchones de las paredes, si no se reparan, pronto se instalarán en nuestra mirada y en nuestras emociones. Es en los pequeños detalles cotidianos en donde se aprecia la actitud profunda del alma. Así, todo paso, por pequeño que sea, cuando se desvía del camino recto nos saca del sendero.
En muchos casos, la pandemia habrá logrado que mucha gente no se vista a diario, ni se afeite o maquille, y ello, unido a la laxitud psicológica, poco a poco, les lleva a una dejadez peligrosa que tan solo apunta hacia el deterioro personal. En un ambiente de incertidumbre frente al futuro, en donde a diario se nos bombardea con mil noticias alarmantes, si uno se deja llevar por los bulos o el temor al futuro, pronto se convertirá en una persona frágil e insegura, apresada por un miedo visceral o el pánico paralizante.
Es preciso evitar los primeros signos de deterioro físico y moral, recuperando las actitudes y la fortaleza interior. ¿Pero qué hacer si nadie nos enseñó que había un mundo interior? ¿Cómo reconstruirnos, si nadie nos enseñó a conocer nuestro valores y defectos? A decir verdad, si no tenemos cada día un breve instante para pensar, para leer un libro, para conversar con las personas que queremos; si no aprendemos a fortalecernos por dentro, a valorar lo que la vida nos entrega y a restaurar todos los desperfectos que observemos, pronto, por esa ventana rota entrará una error mayor que acaso no podamos vencer.
A la sociedad no siempre le interesa que aprendamos a pensar por nosotros mismos; basta con ser buenos trabajadores que no se salgan de lo que se espera de ellos, del carril trazado. Y tampoco se trata de hacer ahora una revolución social, sino una re-evolución humana silenciosa e imparable. ¿Por qué le damos tanta importancia a enseñanzas mecánicas y tan poca cabida a la psicología, la ética, o la filosofía, esa madre que abarca a todas las demás ciencias?