El infinito en un junco – Irene Vallejo

 

EL INFINITO EN UN JUNCO. La invención de los libros en el mundo antiguo.

Autora: Irene Vallejo. Editorial Siruela, Madrid 2019. 452 páginas.

Reseña realizada por Ramón Sanchis Ferrándiz para la Revista Esfinge Digital.

El libro de Irene Vallejo El Infinito en un junco ya camina por la senda de la fama, porque aborda la historia de los libros y las bibliotecas con un cariño y delicadeza inusual. Sus palabras están cargadas de calidez y ensoñación, tal como si evocaran aquellos momentos en que los ancianos de épocas antiguas contaban historias junto al fuego, cuando el pueblo era analfabeto y la transmisión oral preservaba el saber ancestral del olvido.
En un tono de íntima confidencia, la autora comienza su libro narrando las aventuras de aquellos que antaño buscaban libros en cualquier país para nutrir la Biblioteca de Alejandría. Lo exigía el faraón Ptolomeo II para engrandecer su nueva ciudad, pues «perseguía el sueño de una biblioteca absoluta y perfecta, la colección en que reuniría todas las obras de todos los autores desde el principio de los tiempos». Al fin y al cabo, se dirá en el libro, «la pasión del coleccionista de libros se parece al viajero. Toda biblioteca es un viaje; todo libro es un pasaporte sin caducidad». Y de igual modo, tras aquel sueño de crear una gran biblioteca en Alejandría se fundaron otras similares, como las de Pérgamo y Éfeso, las de Hattusa y Nínive, la Biblioteca imperial de Constantinopla, la Riccardiana de Florencia, etcétera. Si no hubieran existido las bibliotecas, ¿cómo podría abarcar el ser humano semejante aluvión de conocimientos que en ellas se albergaba?
El infinito en un junco ha supuesto una revolución porque la autora se atrevió a narrar un ensayo, a inocularle una buena dosis de poesía, a trocar la austera letanía de toda investigación académica en una prosa alada que se expande sin límites, buscando la verdad que encierra una anécdota o la belleza de una máxima capaz de transformar el alma. Pero este libro ofrece algo más que una cuidada dicción y un lenguaje pulcro. Irene Vallejo (Zaragoza, 1973) nos hace partícipe de su profundo amor por la lectura, relatando su búsqueda personal, su necesidad de ir un paso más allá para descubrir entre los libros los confines del saber. En ella, los lectores han descubierto a una musa capaz de enardecer con su cantinela el corazón de todo buscador. Esta filóloga no tiene el perfil de un académico de pestañas chamuscadas por el tabaco y horas de estudio junto a un flexo, aunque debió dedicar a esta magna obra bastantes años.
La autora utiliza un lenguaje ágil, culto, bien cuidado, que roza la perfección y ha hechizado ya a los mejores literatos, seguramente porque vive instalada en un tiempo clásico, atemporal; ese que no pasa de moda y que tanto molesta a los culturetas actuales que no saben expresar varias frases seguidas sin cargarlas de tacos o expresiones vacías. Bastaría citar los premios cosechados por este libro o algunos halagos bien merecidos. Juan José Millas afirma que es uno de «esos libros que te desbravan, que te doman, que te imponen el ritmo de lectura, que te quitan los nervios, no suelen encontrarse pese a ser tan necesarios» y Jordi Carrión, en The New York Times, le secunda cuando dice: «Irene Vallejo acaba de firmar un libro genial, universal, único».
Es de los pocos libros que podría escribir la misma reseña dentro de veinte años. Nada habrá cambiado; las modas no podrán afectarlo.
Se trata de un «ensayo narrado». Una narración que tiene por entramado la estructura de un sólido ensayo, cuyas líneas encierran un tono poético cargado de profundidad y oficio. En suma, un libro cargado de datos y de historias entrañables, escrito con el cariño de una poetisa, de una vestal que guarda los misterios del saber antiguo. No en vano, se preguntaba la autora ante el papel en blanco, cómo lograr ese difícil equilibrio: «¿Cómo mantener diferenciado el esqueleto de los datos bajo el músculo y la sangre de la imaginación?».
Irene Vallejo, hace culto aquí a las bibliotecas, los libros y sus autores.
Tal como hizo Borges, quien supo recrear magistralmente en su Biblioteca de Babel el laberinto interminable de las bibliotecas modernas y sus infinitas ramificaciones, Irene Vallejo se adentra en ese mundo infinito del saber antiguo, vagando por aquellas bibliotecas que custodiaron las ideas y conductas que hoy constituyen nuestra «realidad física y virtual».
En ese viaje infinito que nos propone, por las páginas de este libro desfilan todos los personajes épicos que nos hubiera gustado conocer: el gran Alejandro, el legendario Aquiles, la desmedida Cleopatra, el poderoso Asurbanipal… Y una pléyade de sabios y literatos que contribuyeron a conformar nuestro imaginario colectivo: Sófocles y Esquilo, siempre al acecho del destino; los iniciados Plutarco y Marco Aurelio; Hipatia, la maestra preclara; Aspasia, Virgilio y Petrarca; Shakespeare, capaz de atrapar en sus obras el alma humana; Dickens, el escritor que dio voz a los desheredados; J.R.R. Tolkien, el creador de las mitologías modernas; Cavafis el peregrino, y otros tantos, como Virginia Wolf, Coetze, Hanna Arendt, etcétera.
Esos personajes que ahora conforman nuestro universo mental, al igual que los libros, están hechos tanto de realidades como de palabras. Quizá fueron mitificados para perdurar en el tiempo, como si una envoltura de palabras pudiera embalsamar sus cuerpos y conceder a sus ideas la facultad de convertirse en leyenda viva.
Entonces, nos dirá la autora, cuando aún se leían los textos en voz alta y de modo colectivo, cuando aún no se bisbiseaban para nuestra propia conciencia, el hombre se aventuró a fijar sus ideas en diversos materiales y soportes. Ya fuera en tablillas de arcilla con incisiones cuneiformes o en estelas de piedra, en juncos de papiro o en pergaminos, desde las épocas sumerias o egipcias, el hombre ha querido perdurar. Tanto la Piedra de Rosetta con sus enigmáticos jeroglíficos, como el Código de Hammurabi o La Ilíada, han contribuido al despertar del imaginario colectivo y de nuestro mundo interior. Desde entonces, y sobre todo con la invención de la imprenta, cada paso del hombre ha sido inmortalizado.
Parodiando a Monterroso, dirá la autora: «El libro ha superado la prueba del tiempo, ha demostrado ser un corredor de fondo. Cada vez que hemos despertado del sueño de nuestras revoluciones o de la pesadilla de nuestras catástrofes humanas, el libro seguía ahí». «No olvidemos que el libro ha sido nuestro aliado desde hace muchos siglos, en una guerra que no registran los manuales de historia. La lucha por preservar nuestras creaciones valiosas: las palabras…».
Sin duda, tomaré este libro como ejemplo para mis talleres de Escritura Creativa, pues su modo de escribir constituye un buen ejemplo de cómo se han de coser los capítulos de un libro para cohesionar un texto, pues su narración retorna una y cien veces al mismo tema, hasta componer un relato completo de los sucesos, como si cada cita compusiera un nuevo punto de vista, trazando un nuevo hilo de una perfecta telaraña. Y más aún: mantiene un equilibrio perfecto entre los textos que muestra del mundo antiguo y los ejemplos actuales que cita. En su texto conviven en franca armonía Eurípides y Faulkner, Homero y Goethe, Cicerón y Walt Disney.
Es obvio que Irene Vallejo reverencia el mundo clásico, pues tuvo la fortuna de que la acunaran con la lectura de cuentos y obras inmortales. Afirma que sus libros preferidos son La Ilíada y La Odisea: el primero, intuyo, porque señala en camino de la gesta heroica a seguir, aunque sea tan penosa y difícil como la conquista de Troya; el segundo, quizá porque propone la aventura y la obligación de retornar a Ítaca, esa sabiduría perdida que se teje y desteje cada día.
En El infinito en un junco, la literatura recobra la dimensión sagrada que tuvo antaño, cuando los bardos y juglares narraban poemas o canciones de gesta, cuentos y fábulas, mitos y leyendas, reforzando así la identidad de sus pueblos.
Finalmente, dirá Vargas Llosa: «El amor a los libros y a la lectura son la atmósfera en la que transcurren las páginas de esta obra maestra. Tengo la seguridad absoluta de que se seguirá leyendo cuando sus lectores de ahora estén ya en la otra vida».

 

Sara Jaramillo Klinkert – Entrevista

 

Entrevista publicada en El Libro Durmiente el 20 de agosto de 2020, realizada por Ramón Sanchis. https://ellibrodurmiente.org/jaramillo-klinkert-sara-entrevista/

Sara Jaramillo Klinkert, (Medellín, 1979), es una periodista y comunicadora social que ha colaborado en los principales medios de comunicación colombianos. Sin embargo, tras realizar un Máster de Narrativa en la Escuela de Escritores de Madrid, ha comenzado a cosechar sus merecidos éxitos como escritora. En diciembre de 2019, la editorial colombiana Angosta publicó su primera novela Cómo maté a mi padre, que Lumen ha editado en España en junio de 2020. Además, Lumen prepara ya la publicación su segunda novela, titulada Donde cantan las ballenas.
En Cómo maté a mi padre narra una historia impactante basada en hechos reales. A sus once años un sicario mató a su padre y tuvo que rehacer toda su vida de nuevo. Aunque no había escrito antes sobre aquel hecho, este libro se fue conformando, al inicio, como un conjunto de textos dispersos que fue entregando para su Máster de Narrativa que fueron tomando cuerpo. Con un lenguaje delicado y sensible, tal como ve el mundo una niña, adornado con bellas imágenes y acertadas reflexiones, las páginas de este libro ofrecen un mundo sugerente y despiertan un sinfín de emociones.
El Libro Durmiente, de la mano de Ramón Sanchis, ha querido entrevistar a esta escritora cuya calidad le augura un futuro brillante.
¿Venía escribiendo ese libro en su mente desde aquel momento fatídico?
No, jamás pensé en escribir sobre lo que me había pasado. No me creía capaz de hacerlo porque, de hecho, ni siquiera me atrevía a hablar de ello. Mucha gente cercana se enteró de cosas después de publicado el libro, lo cual denota lo poco que yo hablaba del tema. Sin embargo, llegué a la Escuela de Escritores y allá me impulsaron, me movieron fibras, desataron recuerdos, hicieron salir a flote sentimientos que tenía muy ocultos. Todo se fue dando de una manera muy orgánica, muy honesta, muy cruda y hoy me doy cuenta de que esa es, precisamente, la gran virtud de la novela.
¿Se escribe para conjurar los recuerdos del pasado, intentando olvidarlos, o para asignarles un lugar en un nuevo orden de vida?
Se escribe para ambas cosas. En mi caso, con el proceso de escritura conseguí sanar muchas heridas que aún tenía abiertas. No fue fácil, no fue cómodo, no fue agradable: me implicó un desgaste emocional inmenso. Lloré cada línea del libro una y mil veces. También fue muy difícil darme cuenta de lo mucho que ese suceso nos había afectado como familia. Era algo en lo que simplemente no había pensado antes, pero ocurre que para escribir sí tuve que hacerlo y mucho. Siempre será doloroso darse cuenta de que aquello que ocultamos es justamente lo que más nos revela. Sin embargo ahora tras el libro publicado y todas las cosas buenas que me han ocurrido a raíz de ello, percibo esos mismos sucesos desde un lugar muy diferente al dolor, la rabia o la angustia. Escribirlos fue una especie de liberación para mí.
En la Colombia de 1991, esa terrible experiencia, era algo cotidiano. ¿Cómo se convive con ese deterioro moral y social?
El ser humano tiene una capacidad de adaptación impresionante. Tristemente uno termina por acostumbrarse a esas cosas antes la imposibilidad misma de cambiarlas. Se toman medidas de seguridad, se tiene una gran consciencia acerca del autocuidado. Al final, terminan normalizándose cosas que no son para nada normales. Uno termina anestesiado al punto de que aquellas cosas terribles que muestran en las noticias son parte del paisaje. Igual cada uno está ocupado intentando seguir con sus propias tragedias a cuestas. Creo que de esa época no hay ni una sola familia en Colombia que no haya sido tocada por la violencia.
Sin duda, tal como El año del pensamiento mágico de Joan Didion, su libro puede ser útil para aquellos lectores que pasan por una situación de duelo. Pero en Cómo maté a mi padre, narra el proceso que siguió una niña que se vio privada del afecto del padre. ¿Cómo encuentra una niña la entereza necesaria para seguir adelante?
Creo que la ausencia paterna a tan corta edad me trajo una de las revelaciones más grandes y crudas de la existencia y es la certeza de saber que estamos solos en el mundo. Suelo decir que uno crece el día en que se percata de ello. Hay gente que nunca lo hace y se le pasa la vida esperando a que alguien más le solucione todos sus asuntos. Esa es la gente que nunca crece. Pero cuando tienes once años y matan a tu padre es inevitable pensar que te va a tocar enfrentar solo aquello que normalmente los demás enfrentarían con la ayuda de sus padres. Recuerdo que me parecía muy injusto y que sentía mucha rabia e impotencia. Entendí lo que mi padre quiso decir tantas noches en torno a la mesa del comedor cuando le contaba a la mamá los casos que llevaba en curso: «la justicia no existe», decía. Y eso que era abogado.
Cada vez que veía a alguna de mis amigas con sus papás, tenía que esforzarme para no ponerme a llorar. Es un sentimiento indescriptible ver en otros aquello que a ti te han arrancado a la fuerza. Algo que no vas a poder recuperar jamás. Jugué softball todo el bachillerato y los papás iban a menudo a ver jugar a sus hijas, pero a mí no fue nadie a verme nunca. Nadie iba a las reuniones de padres de familia, nadie aparecía a recoger mis notas. Me quedé tardes enteras olvidada en el patio del colegio. Rápidamente entendí que yo era la única responsable de tomar las riendas de mi vida.
Un libro ha dado paso a otro. Tras publicar Cómo maté a mi padre, la editorial Lumen prepara ya la edición de su segunda novela. ¿Qué se siente ante este éxito repentino? Habrá quien piense que es un golpe de suerte, pero ¿es fruto de un esfuerzo silencioso o de la intuición?
La gente que no me conoce muy bien, a menudo, sugiere que tuve suerte. A mí esa afirmación me descoloca un poco porque la escritura ha sido mi sueño desde que era niña y me esforcé mucho por hacerlo realidad. Me he entregado en cuerpo y alma. Escribir siempre fue mi norte, no lo perdí jamás de vista. Ni cuando fui presentadora de televisión, ni cuando dirigí el departamento de relaciones públicas de la principal empresa textil del país, ni cuando trabajé como reportera en el canal de televisión más visto de toda Colombia. Nunca. La gente siempre pensó que ya había alcanzado el éxito profesional, yo, en cambio, recuerdo que solo pensaba: «qué estoy haciendo aquí, me estoy traicionando a mí misma, tengo que ponerme a escribir». El reto esta vez era diferente: por primera vez no me servían mis contactos, ni mis relaciones sociales, ni mi aspecto físico. Tal vez hubo algo de suerte, pero no fue el factor determinante, yo he trabajado muy duro por llegar hasta acá, he renunciado a muchas cosas, nadie me ha regalado nada.
¿Qué le mueve a escribir?
Escribir me ayuda a pensar mejor. Yo misma me sorprendo cuando leo mis propios textos y encuentro ideas que jamás habría podido expresar de otra manera. Me encanta la posibilidad de vivir otras vidas. Antes lo experimentaba a través de la lectura, pero ahora que escribo a tiempo completo me doy cuenta de que es aún mejor vivir esas vidas a través de personajes que uno mismo construye. Encuentro una gran paz en las horas de escritura. En ellas están las cosas que me más gustan: el silencio, la soledad, la imaginación desbordada, el transitar por caminos que ni siquiera sabes hacia dónde te llevan. Para mí la escritura es un gran acto de libertad. Cuando ejercía el periodismo me frustraba mucho que no hubiera espacio para la imaginación, que no pudiera expresar mis opiniones. Hoy que hago ficción adoro la idea de que mis personajes puedan hacer lo que les venga en gana, de que puedan decir todo lo que no puede decirse.
¿Qué le ha aportado su paso por la Escuela de Escritores?
Llegó un momento en que me di cuenta de que tenía un montón de proyectos literarios empezados y abandonados. No era capaz de terminarlos por falta de tiempo, de herramientas, de opiniones calificadas que me dijeran de una buena vez si todo ese esfuerzo estaba valiendo la pena. Fue entonces cuando decidí tomarme las cosas en serio. Pensé que matricularme en un programa académico en donde hubiera calificaciones, tareas y todas esas cosas formales ejercería algo de presión para escribir. En la Escuela de Escritores de Madrid encontré esa presión y adquirí músculo literario. Entendí que mis textos se quedaban sin aliento por falta de herramientas. Le debo todo a la Escuela. Si no hubiera pasado por sus aulas aún estaría empezando y tirando proyectos en igual medida.
¿Cuál es su forma de trabajo: usa mapa o brújula? ¿Elabora minuciosamente sus textos o se deja llevar por las musas?
Un poco de todo. Por lo general tengo más o menos claro de qué va la historia y cuál es el final. En eso soy como Poe, no soy capaz de avanzar si no sé exactamente el punto de llegada. No obstante en el camino para llegar a él me doy muchas licencias, dejo gran espacio para la improvisación.
¿Cómo se convierte un aprendiz en escritor?
Escribiendo. La única forma de ser escritor es esa. Hay una cantidad inmensa de tiempo oculto detrás de cualquier texto. Creo que escribir es una actividad muy demandante y muy poco reconocida. Por eso hay que pensárselo dos veces antes de dedicarse a ello. No hay nada que te asegure el éxito y aún así tienes que estar dispuesto a sentarte muchas horas a teclear. Hay que ser muy terco para meterse en algo como esto. Hay que estar muy decidido. Hay que estar seguro de que, habiendo mil actividades que te ofrecerían más reconocimiento, que son más lucrativas, más fáciles, más amables, tú no te imaginas haciendo otra cosa.
¿A qué autores ha plagiado a hurtadillas o ha mirado con envidia? ¿Quiénes son sus modelos literarios?
Hay una colombiana que admiro mucho y es Margarita García Robayo. Sus textos son claros y profundos. Ella hace un tipo de literatura que me encanta, llena de digresiones en torno a asuntos casi siempre muy cotidianos. Por estos días he estado leyendo también con fascinación a Rackel Cusk. Adoro esas historias que parecen no ir hacia ninguna parte y, que sin embargo, pasan de personaje en personaje dejándonos con más preguntas que respuestas. Por otro lado está Delphine de Vigan. La claridad en su escritura es tal que puedes devorarte un libro de una sentada sin percatarte del paso del tiempo. Su manejo de la tensión dramática es impresionante. Siempre te tiene al borde de la historia con ganas de seguir asomándote, pero sin darte lo suficiente para que te lances al vacío.
¿Qué le gustaría que perdurara de su obra en el futuro?
Me parece muy ambiciosa la idea de perdurar en el futuro. Me conformo con haber podido plasmar literariamente mis obsesiones y mis heridas, de haber sido capaz de hacerlo con absoluta honestidad y sin autocensura. Solo el tiempo dirá si son dignas de perdurar.
¿Para escribir bien hay que ser buen lector? Aconséjenos tres libros para disfrutar de la buena literatura.
Primero estaba el mar de Tomás González. Los pasos perdidos de Alejo Carpentier. La perra de Pilar Quintana.
¿Quién es Sara Jaramillo y qué cosas le motivan? 
Me motivan tantas cosas que, a veces, pienso que por eso me hice escritora: en las palabras cabe el mundo entero y todas sus posibilidades, puedo ser una y mil otras o no ser nadie en absoluto. Puedo tener siete vidas como Kafka o mi gato, o darle la vuelta al mundo buscando ingredientes raros para surtir mi tienda de especias: Ábrete sésamo. Puedo perderme en aquel sitio frente al mar que solo yo conozco, ese que no sale ni en los mapas. O meditar diez días con el fin de aprender a girar para ambos lados. Del yoga aprendí a andar patas arriba para que las ideas que anidan en los pies se vayan para la cabeza y de la panadería, que no es la levadura, sino la paciencia la que hace subir el pan. Me conformo con ver aves ante la imposibilidad de convertirme en una y tengo el proyecto de salvar guacamayas del tráfico de fauna. Adoro los animales, casi más que a las personas. Cocino mucho y como poco; me muevo mucho pero no me quedo en ninguna parte. Y en los entretiempos de todo eso escribo, escribo y vuelvo escribir.

 

Teoría de las ventanas rotas

Teoría de las Ventanas rotas
Si dejas un coche abandonado en una barrio pobre, alejado del paso de la gente y con poca iluminación, es obvio que en pocas horas le quitarán la antena, los espejos retrovisores, las llantas, ruedas y todo aquello que sea aprovechable. En cambio, si ese coche es abandonado en un barrio residencial de clase alta, ese deterioro no suele producirse. Obviamente, la pobreza induce a las personas a buscar una salida a su situación de subsistencia.
Sin embargo, según “La Teoría de las Ventanas Rotas” desarrollada en 1969 por Philip Zimbardo, un psicólogo de la Universidad de Stanford, si a ese coche abandonado en el barrio residencial le rompemos una ventana, en unos días alguien romperá otras, robará las llantas o los limpiacristales. Por tanto, esa actitud no guarda relación con el nivel de pobreza.
Es decir, más allá de la situación económica de la gente, si algo muestra un desperfecto que no se repara enseguida, transmite una sensación de abandono y dejadez que impulsa a la gente a dañar ese objeto. Es algo propio de nuestra psicología social.
Lo vemos a diario en las comunidades de vecinos, en el trabajo y la propia casa, en el metro y en las bolsas marginales de cualquier ciudad.
Los primeros graffitis de las fachadas, si no se borran, llaman a otros grafiteros; los primeros signos de desprecio y violencia en las palabras, si no se corrigen, llaman a los puños cerrados; las bombillas fundidas, las humedades y desconchones de las paredes, si no se reparan, pronto se instalarán en nuestra mirada y en nuestras emociones. Es en los pequeños detalles cotidianos en donde se aprecia la actitud profunda del alma. Así, todo paso, por pequeño que sea, cuando se desvía del camino recto nos saca del sendero.
En muchos casos, la pandemia habrá logrado que mucha gente no se vista a diario, ni se afeite o maquille, y ello, unido a la laxitud psicológica, poco a poco, les lleva a una dejadez peligrosa que tan solo apunta hacia el deterioro personal. En un ambiente de incertidumbre frente al futuro, en donde a diario se nos bombardea con mil noticias alarmantes, si uno se deja llevar por los bulos o el temor al futuro, pronto se convertirá en una persona frágil e insegura, apresada por un miedo visceral o el pánico paralizante.
Es preciso evitar los primeros signos de deterioro físico y moral, recuperando las actitudes y la fortaleza interior. ¿Pero qué hacer si nadie nos enseñó que había un mundo interior? ¿Cómo reconstruirnos, si nadie nos enseñó a conocer nuestro valores y defectos? A decir verdad, si no tenemos cada día un breve instante para pensar, para leer un libro, para conversar con las personas que queremos; si no aprendemos a fortalecernos por dentro, a valorar lo que la vida nos entrega y a restaurar todos los desperfectos que observemos, pronto, por esa ventana rota entrará una error mayor que acaso no podamos vencer.
A la sociedad no siempre le interesa que aprendamos a pensar por nosotros mismos; basta con ser buenos trabajadores que no se salgan de lo que se espera de ellos, del carril trazado. Y tampoco se trata de hacer ahora una revolución social, sino una re-evolución humana silenciosa e imparable. ¿Por qué le damos tanta importancia a enseñanzas mecánicas y tan poca cabida a la psicología, la ética, o la filosofía, esa madre que abarca a todas las demás ciencias?

 

En defensa de la poesía

En días como estos, le doy más valor a la poesía. Tal vez por la introspección a la que nos vemos obligados. Vienen a mi memoria los poemas de León Felipe o García Lorca, de Walt Whitman, del libanés Nissan Qabbani o del poeta bengalí Rabindranath Tagore (sobre todo estos). Necesito llenar el alma de cosas que no sean fugaces, ni demasiado cotidianas, porque el ruido que emite el mundo cansa. Hay que perderse entre las veredas interiores para hallar esa paz que nos falta.
Y de nuevo me he preguntado ¿qué es la poesía?, ¿por qué aparece como un susurro y se va de pronto por las esquinas del tiempo?
Al respecto, dirá la poetisa Raquel Lanseros II que la poesía se nos escurre entre los dedos cuando “nos vertemos hacia afuera, cuando salimos de nosotros mismos” y aconseja “retornar a la reflexión y la meditación, llegar a un equilibrio entre el silencio y el ruido”.
No hay duda de que la poesía nos ayuda a encontrar el propio centro, porque la mirada interior ha de descubrir las propias penumbras antes de transformarlas en luz que ofrecer a los demás. Y cuando perdemos ese centro, cuando nos atrapa lo cotidiano y la superficialidad de nuestra vida, se desvanece ese sentimiento poético.
La poesía requiere dedicación y oficio, aunque hay algo intuitivo que parece venir de afuera y llamar a nuestra puerta cuando nos encuentra receptivos. Así, el poeta ha de transformarse en un canal que se pone a disposición de un sentimiento y una verdad que le rebasa, y se entrega a esa tarea con devoción.
Raquel Lanseros lo expresa de modo magistral cuando nos dice que “el poeta es un artesano que trabaja con palabras, con el lenguaje, aunque la poesía no es un lenguaje propio, porque el poeta es transmisor de un conocimiento y de unas sensaciones que no son solo las suyas, sino que son las de la especie, las de la humanidad”.
La imaginación nos da esa capacidad de ver en lo invisible, de salir de lo cotidiano para crear en el mundo de las imágenes e ideas. Ella es la que nos reconstruye cuando estamos abatidos, la que traza nuevos rumbos y nos obliga a levantarnos. Pero no se trata de inventarnos un mundo fantasioso en el que poder refugiarse, lejos de la realidad, sino de construir sueños y principios que acaben ofreciendo mejores realidades. La imaginación ha de construir con una voluntad decidida, mientras la fantasía juega con peces de colores en la charca del mundo.
Sin duda, la poesía es maestra de vida, es pujanza y plenitud, es sentimiento, belleza y sabiduría. Es un lenguaje profundo que hermana a los pueblos en torno a la palabra; una herramienta con la que construir un futuro mejor. La poesía es un bagel que siempre despliega sus velas blancas en señal de paz y de buena voluntad.
(http://www.revistaesfinge.com/images/pdf/Esfinge-2015-07.pdf)
https://raysan2012.wordpress.com/…/croniria-raquel-lansero…/

Materia y Espíritu

La Naturaleza como expresión de la divinidad

Afirmaban las civilizaciones clásicas que el Universo era una Unidad que tiene un sentido y marcha en una única dirección. De igual modo, aunque concebimos la materia y al espíritu como polos opuestos, los grandes filósofos siempre han advertido que ambos son la expresión de una única realidad. Decía H.P. Blavatsky, que espíritu y materia eran dos aspectos de la Naturaleza que son inseparables y se complementan a la perfección, en cada gusano o bacteria, en la piedra o en la estrella, en el viento y el mar. Así, la divinidad se manifiesta ante nosotros en el esplendor y desarrollo de la Naturaleza, ya sea en una brizna de hierba o en el más ínfimo átomo. Los panteístas creían que toda la naturaleza participaba de Dios; según su concepción, la divinidad se esconde en cada partícula de materia, dado que, en caso contrario, esa porción de materia estaría al nivel de esa divinidad y se burlaría de ella.
Según el filósofo Jorge A. LIvraga, si entendemos a Dios como algo absoluto y omnipotente que todo lo abarca, la Naturaleza es la expresión de esa divinidad. A pesar de que en el mundo reconocemos la luz y la oscuridad, la bondad y maldad, afirmaba que no pueden existir dos absolutos cuyo poder fuera inmenso y de igual valor. No es posible hallar una roca indestructible y una fuerza incontenible al mismo tiempo; si la fuerza fuera realmente incontenible, destruiría la roca, pero entonces, ella dejaría de ser indestructible. De igual modo, siguiendo esa analogía, no existe la luz y la oscuridad como dos absolutos independientes, ni tampoco el bien y el mal. Solo existe la luz, y donde ella no llega, hay oscuridad, que es “la ausencia de luz”. Solo existe el Bien, y donde no llega aparece el Mal, pero el mal representa “la ausencia de bien”.
La materia y el espíritu son dos caras de una misma moneda. Uno de esos aspectos se manifiesta en mayor medida que el otro según el grado de vibración en que nos encontremos. También el hombre encierra una realidad espiritual, llamada por las diversas culturas y religiones como su esencia inmaterial,  el propio Ser o el Yo-superior, aunque se manifiesta en lo material en distintos grados de vibración (física, energética, emocional o mental), en una escala que va desde lo más denso a lo más espiritual.
Así, cuando el Espíritu adopta su nivel de vibración más denso adquiere su aspecto material. Esa esencia luminosa y divina, se lentifica entonces, se adensa, manifestándose como materia.
Toda la Naturaleza es la vestimenta con que se muestra la divinidad a nuestros ojos. Pero, aún bajo su aspecto material, la Naturaleza refleja los valores del espíritu: incluso la materia inerte e informal, está en constante movimiento (porque la energía que duerme en ella necesita manifestar su pujanza y poder); mantiene la solidez (se agrupa en estructuras firmes que resisten cualquier embate); se ejercita en la resiliencia (se deforma, cambia, muta, se transforma, pero intenta volver siempre a su ser); adopta siempre posiciones de estabilidad (aún dentro del cambio constante y el movimiento); tiende al equilibrio (tal como el agua, que va hacia los niveles más bajos y la horizontalidad); busca la estabilidad, como expresión de un orden interno que delata la mano del espíritu (aún dentro del caos y de lo informal, descubrimos leyes que organizan los átomos, las moléculas, células y los tejidos).
Tras ella se esconde la verdad (expresada en las leyes de la naturaleza, inflexibles, justas, imperturbables); se reviste de belleza y armonía (visible en los copos de nieve o la flexibilidad del junco); en sus rasgos se adivina la perfección (por ello crecen los girasoles siguen las series de Fibonacci, al igual que el perfil de las olas del mar); en sus gestos se esconde la bondad y el amor (por ello las crías indefensas tienen rasgos adorables que animan incluso a sus enemigos a respetarlos, por ello los hijos se parecen físicamente a los padres, para que estos vuelquen en ellos algo más que su amor propio).
Todo en la Naturaleza material danza el baile del espíritu, a la par que el todopoderoso espíritu baila al ritmo de la materia, porque la necesita para expresar la profundidad de sus leyes y principios.

Mirando hacia el futuro

Publicado: el 01 de mayo de 2020.  Enlace: https://www.facebook.com/ramon.sanchisferrandiz
Ojo por ojo… y el mundo acabará ciego.
Fomentar el odio de clases mantiene siempre abiertas las heridas. No te extrañes pues si no cicatrizan.
Las sociedades siempre se encuentran, como un funambulista, cruzando el abismo sobre un delgado cable, en la eterna duda de elegir entre el pasado y el futuro.
Un instante de duda puede ser peligroso.
Siempre es más fácil mirar hacia el pasado y regodearse en sus defectos que construir un futuro, porque el pasado es una foto fija que siempre podremos analizar, en cambio, el futuro es un pez inquieto que se escurre de las manos.
Lo difícil es sembrar nuevas iniciativas y conductas que estén libres del odio. Porque solo quienes saben desembarazarse del odio pueden construir un nuevo horizonte. Nos conviene recordar los hechos, extraer la experiencia de lo ocurrido para no repetir errores; recordarla si, pero no rumiarla, ni lamernos nuestras heridas, porque debemos levantar el ancla y seguir navegando.
Fomentemos el desarrollo personal y la formación humana, para impulsar una sana convivencia, basada en el respeto y la comprensión, que pueda estar más allá de la condición social, de las diferencias de sexo, raza o color.
Fomentemos la capacidad de razonar, la formación profesional, informática o técnica, el trabajo en equipo, la eficacia, pero también la formación en valores, el sentido ético, la empatía, la imaginación, la creatividad y la iniciativa personal, y veremos aumentar la capacidad de decisión e independencia económica, a la par que la profundidad humana.
Y aunque los políticos no estuvieran a la altura de ese reto, ojalá cada ser humano aprenda a modelar con el barro del pasado la figura de su porvenir, individual y colectivo. Porque el mundo es también nuestra propia responsabilidad.

El coronavirus y la fortaleza interior

Publicado el 15 de abril de 2020.  Enlace: https://www.facebook.com/ramon.sanchisferrandiz/posts/2801639553218290
Vivimos una preocupante pandemia, que tendrá efectos económicos importantes, y también, en lo humano. Pero es este segundo aspecto el que me preocupa.
En la última crisis importante, la de 2007, nadie pensó que nuestro país podía tardar diez años en salir de ella. Y no todos salieron aún de aquel socavón. Habíamos llegado a un déficit del 9% del producto interior bruto.
Sabemos ahora que, esta epidemia del coronavirus hará caer este año la economía el mismo porcentaje, con un 20% de paro. Y no solo España tendrá problemas, sino todos los países que nos rodean de corte occidental; por tanto, poco nos va ayudar la mejora de la economía de otros, lo cual conlleva bajas exportaciones y paralización del comercio en general.
Aún tardaremos meses a recobrar una normalidad, pero apenas en cuanto a salir de casa habitualmente, como antes.
Pero no apunto estos datos para que cunda el desaliento, sino llamar la atención sobre lo que podemos hacer. No lo digo para que salgamos corriendo a comprar papel higiénico, ni harina o levadura, porque cuando acaparamos suministros se los estamos mermando a quienes están a nuestro lado, y ese egoísmo, tarde o temprano se volverá en nuestra contra. Cuando al inicio de la crisis del coronavirus, algunos países poderosos relativizaban sobre la importancia de la pandemia, su egoísmo y despreocupación les lleva ahora a cosechar los peores resultados. Y algunos países aún no se imaginan lo que les caerá encima dentro de unos meses, como EE.UU., África o Sudamérica.
Este es un año en que se pondrá a prueba la fortaleza de la gente. Tendremos que ejercitar la capacidad de aguante para cumplir las restricciones, de lo cual nos dan ejemplos los más niños; la paciencia para vivir las restricciones con una sonrisa y amabilidad, la solidaridad con los vecinos, el control de los egoísmos instintivos. Necesitaremos creatividad para reinventarnos, tal como han hecho muchas empresas, que han variado su antigua producción para fabricar batas o mascarillas.
Dentro de poco, será prioritario el tener la mente despierta para pensar en soluciones más que deprimirnos por el zapato que nos aprieta. Porque las obsesiones se controlan poniendo nuestro punto de vista en otra preocupación más elevada. De ese modo, cuando estamos viendo una buena película nos olvidamos de la necesidad de fumar; cuando estamos distraídos jugando al ajedrez o charlando con los amigos nos olvidamos de un dolor de cabeza.
Por ello, debemos comprender que hay acontecimientos que no podremos evitar, simplemente porque no está en nuestra mano cambiarlos. Sin embargo, hay muchos factores que dependen de nosotros, como nuestras actitudes, sentimientos e ideas.
En cuanto a las actitudes, evitando el inmovilismo, la pereza y la desidia que llevan al abatimiento general y la inactividad, trabajar con ilusión o buscar trabajo con el mismo afán cuando no se tiene, evitar la desconfianza o el odio que es propia de quien se encuentra tocado o hundido, el recelo ante los vecinos infectados, la creciente intolerancia ante los inmigrantes cuando hay poco trabajo. En los sentimientos, la irascibilidad, el malhumor y las malas contestaciones, evitando la angustia sobre el porvenir propio y de los hijos, el miedo a la enfermedad y la muerte, pues lo que haya de venir no siempre depende de nosotros. En cuanto a las ideas, pensar las cosas detenidamente, evitando caer en la vorágine de las circunstancias, manteniendo una estabilidad y solidez. Nos repetimos siempre que hay que estar centrados, pero no es fácil. En estas épocas es fundamental tener buenas lecturas que nos aporten buenas actitudes y pensamientos (antes que malas películas que nos distraen pero nada aportan), escribir un diario en que se recoja lo hecho en el día, dado que nos ayuda a reflexionar, conversar con los demás (en el viejo sentido de aportarnos ideas y escuchar otros modos de ver lo que ocurre).
Toca pues, lidiar con nosotros mismos, meternos en cintura, estar ágiles en lo físico y lo psicológico, ser sanamente alegres para transmitir confianza a otros, dando apoyo e ilusión a los demás, porque cuando nos empeñamos en dar luz menos posibilidades tendremos de caer en la propia oscuridad.

El coronavirus y las actitudes humanas

Publicado el 12 de marzo en facebook:
Enlace:https://www.facebook.com/ramon.sanchisferrandiz
El coronavirus va corriendo. En la empresa, en algunos amigos, conocidos, ya hay varios casos que han dado positivo, lo cual obliga a cuarentena total entre sus allegados. Sin embargo, la reacción de las autoridades es tímida aún y teñida de visión política. Cuesta anular las fiestas y las manifestaciones, las próximas elecciones y congresos. Las empresas no se atreven aún a permitir el teletrabajo de modo global. Están perdiendo días preciosos para impedir que se expanda la epidemia.
Pocos se toman en serio el tema. Se molestan porque no pueden ir a su partido favorito o seguir su vida habitual. Los restaurantes siguen igual de llenos que siempre, porque no sabemos renunciar a vivir compartiendo codo con codo cualquier momento de la vida. Nos cuesta dejar de saludarnos con efusividad. Somos gente de abrazos, lo cual no es malo.
Otros, los excesivos, miedosos compulsivos que enseguida entran en modo pánico, vienen asaltando el supermercado hace ya días. Los excesos de unos obligan a que otros noten una carencia de alimentos que no debieran sentir. Pocos se toman en serio la recomendación de aislarse, de quedarse en casa tranquilos, leyendo, viendo la televisión. Los corrillos para comentar lo que ocurre se dan de continuo, donde la mayoría admite sentirse bloqueado psicológicamente, imposibilitado de trabajar. La verdad es que no estamos acostumbrados a superar grandes problemas y nos bloqueamos ante la menor incidencia.
Pero sobre todo, asistimos a la pugna entre aquellos que creen que lo individual está por encima del bien publico o viceversa. Se dan muchos debates entre compañeros criticando medidas, opinando sobre si el estado tiene derecho o no para acordonar ciudades o imponer conductas. China puede aplicar estas medidas, dicen algunos, porque es una dictadura. Se olvidan de que, siendo la cultura más antigua, desde hace cuatro mil años saben que procurar por el bien de la colmena siempre es bueno para la abeja.
En fin, la vida siempre es una prueba donde cada cual muestra su educación, su solidez y entereza para superar adversidades, su comprensión del mal ajeno, su código moral y su responsabilidad frente a lo que la colectividad pide de cada uno de nosotros. En estos momentos es cuando se nota la necesidad de la filosofía, de la verdadera formación humana.

Las dimensiones de la construcción

Se reproduce aquí artículo que fue publicado por primera vez el 31-10-2018 en la Revista Esfinge digital, en su sección de Ciencia.

 

Las dimensiones de la construcción.  

Autor: Ramón Sanchis Ferrándiz

La construcción es una labor creativa, y por lo tanto abarca desde el mundo de las ideas hasta el mundo de la realización. Las ideas encaminadas a transformar los recursos en aplicaciones prácticas, son útiles en sí mismas, pero suponen un beneficio colectivo añadido cuando se plasman.

Construir es una actividad de transformación del entorno material encaminada a la realización de objetos, enseres, máquinas, caminos, puentes, edificaciones, y cuanto conlleva una utilización de los recursos naturales o artificiales para producir algo inexistente previamente, que es susceptible de introducir una utilidad, un progreso en la vida del hombre.

Cierto es que muchas máquinas o inventos son susceptibles de introducir discordia, guerra, aunque supongan un ejercicio de creatividad, pero el arte de construir siempre podrá ser utilizado para bien o para mal. Por construcción entenderemos más bien elementos positivos que introducen una realización con una utilidad objetiva, susceptible de ser entregada al uso individual o colectivo, ya sea salvar un río, realizar una techumbre, construir un horno, etc…, tendentes a mejorar el hábitat del hombre. La construcción es una labor creativa, y por lo tanto abarca desde el mundo de las ideas hasta el mundo de la realización. Las ideas encaminadas a transformar los recursos en aplicaciones prácticas, son útiles en sí mismas, pero suponen un beneficio colectivo añadido cuando se plasman.

De este modo, la construcción abarca distintos niveles de la conciencia humana, desde los más etéreos a los más densos. Todo surge desde las concepciones más inmateriales, las ideas, hasta la plasmación en lo físico. Cuanto más se implique la persona que plasma una obra en su tarea, involucrando un mayor número de sentidos y dimensiones propias del hombre, y con un mayor nivel de conciencia en ellas, más completa y más profunda será su realización.

La construcción en lo físico

Requiere orden en la ejecución, elaborando un organigrama de lo menos urgente y accesorio, resolviendo dicho organigrama en unas fases de construcción. El orden implica una relación entre las tareas a realizar y el tiempo que precisan tanto individual como conjuntamente, enlazando espacio y tiempo. Esto implica un análisis previo de las tareas críticas que pueden dificultar o retrasar a las que con ellas se encadenan.

Por ello no es indiferente comenzar una obra por un aspecto o por otro, dado que ciertas tareas pueden impedir la realización de otras, y a veces no se pueden realizar sin la ejecución previa de otras. Implica previsión en la plasmación, haciendo acopio previo de los materiales, su almacenamiento para evitar su deterioro, el correcto mantenimiento de medios y maquinarias, etc.

La labor en la que se contrasta si lo que se analizó previamente encaja con la realidad física es el replanteamiento. Así, en el lugar de la obra se miden desniveles, longitudes, etc., comprobando que es materializable lo que se proyectó. La idea ha llegado al plano de lo denso y se puede realizar.

Cuando las obras se inician, es necesaria la limpieza que denota una mente organizada, una voluntad rectora, que permite hallar rápidamente herramientas y materiales y que consiga la ejecución de la obra en el menor tiempo posible. Hay que conocer la estructura interna de los materiales, el modo en que sus átomos conforman estructuras moleculares de mayor tamaño y solidez, para conocer su capacidad como soporte de cargas, los reiterados ciclos de tensión y deformación al que pueden ser sometidos sin llegar a la fatiga o la rotura, su capacidad de recuperación tras el esfuerzo continuado y sus potencialidades internas, como sus posibles zonas de fallas o fracturas preferentes y su capacidad de ser trabajados, estirados o doblados, para comprender cuánto podemos acercarnos con su concurso a la idea inspiradora que queremos plasmar, y despertar las capacidades que yacen dormidas en su interior. Conocerlos es ayudarlos a ser, a mostrar su parte más bella, sus aspectos más estéticos y útiles, a la par que nosotros hacemos nuestro aprendizaje al descubrirlos.

La construcción en lo energético o vital

Toda construcción ha de tener un ritmo de ejecución. Cuando el ritmo se mantiene se rompe la inercia inicial y se avanza de modo exponencial, como llevados en andas de la mano de las realizaciones parciales que se consiguen. Hay una secreta relación emocional con el ritmo que se mantiene, así cada vez pesan menos los esfuerzos, la entrega es más fácil porque se atisban los resultados, y el propio ritmo nos lleva, de la mano de la emoción creciente que se produce.

Se debe disponer de una energía mínima para romper el umbral, la inercia que presenta la materia antes de ser transformada. Aquí se hallan relacionados la idoneidad de los medios empleados, la disponibilidad de los mismos en el lugar en que se realiza la construcción, el número de personas que se dedican a la ejecución y su capacidad, así como aquellos que deben impulsar la realización con su cualificación y su capacidad de gestionar elementos, como de dirigir y motivar al grupo humano.

En este plano hay que tener en cuenta los ciclos de las personas tanto energéticos como emocionales, para encauzar esa energía al fin propuesto. Hay personas que se motivan con la noche, y personas estrictamente ritmadas al ciclo solar. Hay altibajos estacionales, debido a que no siempre sabemos sobreponernos al frío o al calor y mantener un ritmo continuado, sin incluir otros biorritmos de carácter más personal. No siempre la voluntad está presta a salvar esta ciclicidad y habrá que tenerla en cuenta, aunque deben lograrse unos niveles mínimos de realización. Estos niveles mínimos son los que se fijan al hablar de rendimientos. No es útil una acción continuada sin descansos, ni un descanso prolongado que rompa el ritmo de plasmaciones, puesto que implican a la larga un descenso del rendimiento. El rendimiento atiende más a los logros conseguidos que a las horas de trabajo realizadas.

La realización rápida de una construcción implica ahorro de tiempo, que por ser una forma de energía podrá ser dedicada a otras realizaciones. La eficacia implica ahorro energético, aunque demande para ello mayor esfuerzo y atención.

Es también necesaria una realización eficiente, es decir, la correcta armonización de medios y de recursos encaminada a lograr el fin último propuesto con eficacia y economía de gastos. Es necesaria una correcta ponderación de tiempos, energías y gastos empleados, a fin de evitar pérdidas inútiles de energía, dado que ésta es a su vez fuente de vida.

El conocimiento de las leyes naturales hace que podamos aprovechar la energía natural en nuestro provecho, como al represar el agua en un dique que al caer mediante un salto moverá unas turbinas y producirá energía eléctrica. En cambio, elevar esa misma agua de nivel requiere un gasto energético y costosas bombas impulsoras. Todo tiende entrópicamente a los niveles más bajos de energía, pero el hombre y los seres vivos se oponen a esta ley termodinámica, manteniendo un equilibrio energético que, aunque inestable, propicia la vida.

Por ello el trabajo implica energía, y sin energía no se puede transformar la tendencia natural a la quietud energética. No basta con pensar en que el mundo sea mejor, hay que plasmarlo. No basta con soñarse civilizador, hay que levantar una a una cada piedra, cada camino, cada ley. Los barcos tienen sogas que nada parecen tener en común con el hecho de navegar, y sin embargo son indispensables para ser amarrados a puerto y para izar el ancla.

La construcción en lo emocional

Construir supone implicarse emocionalmente en la realización de una obra, porque se hace aquello que se ama o se aprende a amar aquello que se hace. La implicación emocional ayuda a lograr mayor dedicación, mayor atención en lo que se hace, y una concepción agradable del trabajo, alejándonos de su concepto como maldición bíblica para acercarnos al placer de realizar. El hombre así se siente creador de elementos que aún están en el acaso, con la satisfacción que ello lleva aparejada.

Debe acompañarse la realización con concepciones estéticas, que tendrán en cuenta la calidez de los materiales introducidos, puesto que por ejemplo la madera y la piedra son más cálidos que el acero y el vidrio; también deberá tenerse en cuenta su textura, si van a estar en contacto directo con las personas, puesto que una mesa no está bien hecha si presenta un acabado rugoso; la armonía de coloridos, puesto que los colores intensos exaltan emocionalmente, y los fríos aplacan o relajan. A modo de ejemplo, diremos que la policía de Los Ángeles ha comprobado que una persona muy violenta introducida en una habitación pintada de rosa, a los veinte escasos minutos presenta niveles muy bajos de agresividad sin que medie actuación alguna.

Toda ejecución debe ser armónica, teniendo en cuenta que toda parte de la construcción debe mantener un equilibrio con el conjunto. En sí misma, cada parte debe ser armónica, pero la armonía del conjunto se basa en un equilibrio de proporciones. En el caso de una persona, un rostro armónico no presupone una correcta proporción general. Es fundamental tener un cierto concepto de rectitud y perfectibilidad, de modo que se realice lo que se debe hacer con un criterio de perfección. Hay quien trabaja una silla y no barniza la parte inferior de la misma alegando que no se ve. Los procesos productivos en serie, como se basan en la economía, han hecho perder la concepción de una realización correcta, y se ha perdido la implicación afectiva de la persona en el proceso de realización. Se pierde así el alma de las cosas, y las realizaciones adolecen del encanto necesario y son frías e impersonales.

Deben jerarquizarse unos elementos sobre otros, exigiéndose mayores controles en la ejecución a aquellos que se consideren fundamentales. Así, la correcta ejecución de la estructura de un edificio asegura la durabilidad de la construcción. Es fundamental para la calidad de vida el esmero en los acabados, sin pretender por ello que escondan defectos y vicios ocultos. La superficie de los objetos es la que crea una relación afectiva con el usuario, y cuando no están bien logrados éste siente que «aquello no le dice nada». A tal fin hay que lograr que la ejecución final exprese la belleza del diseño, equilibrio y armonía.

Debe existir en el hombre un cariño por lo que se hace, un sentimiento profundo, una conexión íntima con aquello que se construye, y en definitiva con los materiales con que elabora su obra. Debe captar sus vibraciones y mostrar hacia ellos cierta forma de cortesía. A su vez los materiales son agradecidos cuando se les trata y cuida con esmero, como la madera, que nos regala el brillo intenso de sus vetas cuando se lija con paciencia.

Reconocer las cualidades profundas de un material no es tan solo distinguir su apariencia externa, su textura y colorido, sino su ductilidad, su maleabilidad, su elasticidad, sus líneas de máxima tensión, fractura y fisuración, y en definitiva sus estados límites y de rotura, es decir, su resistencia interna.

Trabajar los materiales para ejecutar algo es al mismo tiempo construirse, restaurarse. Lo que hacemos con los materiales refleja nuestro propio estado de ánimo, la inconsciencia, la premura, la agresividad, la eficacia, etc. Cuando estamos heridos por dentro, herimos a su vez aquello que elaboramos, lo agredimos con nuestro estrés, con nuestra tensión acumulada, con nuestra torpe inconsciencia. Lijamos la madera haciendo círculos caóticos cuando nos sentimos caóticos, rayamos las paredes al masillarlas cuando estamos agresivos, admitimos ver un cartel o un cuadro torcido en casa cuando hay grados de disarmonía en nosotros, inclinaciones, torceduras, etc. Hay un genio que duerme en cada material que hay que descubrir. Éste pasa a habitar un bello diseño, le da vida, fuerza, atractivo. Por eso hay lugares que sentimos como cargados de vida, formas y diseños que están vivos, y en cambio hay otros sin alma, que no han descubierto su genio.

Las virtudes de la construcción en el mundo de las emociones son la elegancia, la sencillez, la humildad, la calidez, la armonía de color, etc.

Sus antivalores son en cambio lo grotesco, lo recargado, lo ostentoso, lo desproporcionado, lo no armónico, lo frío, lo falto de ritmo y gracia, etc.

La construcción en lo mental

Toda construcción tiene un camino lógico a descubrir, pues responde a leyes mentales. La razón tiene sus leyes que gobiernan las de la materia densa. Los materiales creados por el hombre también tienen sus leyes y su lógica. Unos, por ejemplo, resisten fuertes contracciones, como el hormigón, pero resisten mal las tracciones. Otros dan calidez estética pero no son útiles para resistir esfuerzos, como el vidrio. Hay que saber descubrir las leyes que los rigen. Un desafío mental de los más importantes es descubrir el lado «mágico» que descansa en las cosas. Hay que entender las herramientas, los objetos, los materiales para poder transformarlos. Entender sus relaciones entre sí, sus aspectos, su carácter, pues en cierto modo son seres vivos.

Hay también unas virtudes platónicas que conviene tener presentes en todo diseño y en su posterior plasmación práctica, puesto que la armonía lograda en el diseño aportará también armonía a la plasmación:

  • En un diseño apropiado hay un grado de justicia, ni sobran ni faltan elementos, y cada material ocupa el lugar apropiado, donde se le ha dado la importancia correcta y se le hace trabajar de acuerdo a su naturaleza.
  • Hay además un grado de valor en una obra, para afrontar ciertos retos sin quedarse atrás, sin evadirlos, enfrentando la cara al viento de lo incierto.
  • Hay una templanza interna que debe traslucirse, un dominio del espíritu y lo elevado sobre lo instintivo y emocional. Debe primar la fuerza del diseño y de las ideas sobre la plasmación, dado que la realización improvisada no puede llevarnos a un final inesperado y no deseado. Debe surgir lo que se quiere que resulte, y no lo que empuja hacia nosotros el acaso.
  • La armonía, la belleza de una obra radica en un diseño perfecto, en una composición proporcionada. Dicha composición ha de ser «óptima», realizada con mínimo coste y tensión, reflejo de un orden mental, de una sensibilidad, reflejo de un bello cálculo y de unas cuidadas proporciones, rescatando los viejos conceptos áuricos siempre que fuera posible, puesto que son cánones captados de la Naturaleza.

Como antivalores a tener en cuenta está la improvisación, la premura, la indecisión, la desmesura, la fantasía, la superficialidad, el riesgo no calculado para las personas, lo caótico, los criterios no definidos, la variabilidad al plasmar, la falta de una concepción clara y unitaria, etc.

La mente es el punto de arranque de una obra. Ha de plasmar un proyecto ejecutable antes de lanzarse a la conquista del mundo denso. Nunca estarán todos los detalles contenidos en ese primer esbozo, pero las grandes líneas directrices han de estar trazadas. El esquema director ha de ser ya pergeñado. Los matices, los detalles, las florituras vendrán a la hora de ejecutar. Por ello un buen proyecto es un buen trecho de camino realizado, aunque no asegura el éxito de la ejecución. La mente ha de estar atenta hasta el final, cuando ya se entrega la idea plasmada.

La mente ha de ver con anterioridad lo que ha de realizarse, anticiparse, viendo con los ojos de la imaginación que no de la obra, debe recrearse previamente en un estado mental para que puedan bajar las ideas al mundo de la plasmación. La mente es el verdadero motor oculto con que se construye, aunque en el descenso de esa idea primera las obras se comienzan a plasmar con el alma, cuando se «viven», cuando nos entregamos a ellas, cuidándolas como a un hijo, cuando nos inclinamos con las manos tendidas sobre el barro, como un alfarero que olvidará su idea tan solo cuando pase a ser un objeto acabado. Las adversidades, la carencia de materiales y recursos, de medios físicos y económicos no son obstáculo para una mente realmente decidida a crear.

La creación es una forma de inspiración que llega de lo alto y nos posee, una convicción arrebatada que llega del mundo de las ideas y roza nuestra frente, disipando todas las dudas, los miedos, los vaivenes.No debemos temer destapar el misterio que duerme tras la materia. Abrir nuevos caminos de ejecución, nuevos métodos, incluso crear nuevos materiales a partir de los existentes. Todo esto es propio de quien confía en su labor creativa, como un cirujano confía en que podrá vencer una enfermedad, aunque el trecho que falte hasta la curación sea largo, penoso y cargado de esfuerzo.

Construir es un modo de crear, de asemejarse al gran Demiurgo al inicio de los tiempos, cuando la materia sin forma vagaba a la espera de la idea primigenia. En la antigüedad era una ciencia reservada a los iniciados, a quienes accedían al conocimiento como un modo de hacer mejor al mundo y a los demás. Plasmar es un alto don que no siempre sabemos agradecer. Aún hoy, que se ha perdido la relación de cada oficio con las leyes de la naturaleza y los elementos, es un alto don. Debemos ofrecer lo mejor de nosotros mismos como material que la Vida moldea para crear nuevas formas, nuevas líneas de fuerza, nuevos caminos con que se recree un mundo nuevo y mejor.

* * *

Este trabajo es tan solo una línea de fuerza, una pauta general que pretende marcar rumbos por los cuales incitar a la investigación. las fuerzas que crean y definen las formas llegan desde lo más alto a lo más bajo y dan su tónica a cada vibración. Aquellos que construyen han de saber manejar todos los registros y pliegues de la naturaleza. Su conciencia ha de ascender a lo más alto para atisbar después los detalles más insignificantes de la forma. Construir es recrear, un viejo don que se nos ofrece de nuevo.

de raysan2012 Publicado en Ciencia

Pensamientos (3):

36. Escribir sin contenido, es como regalar una hermosa caja de navidad, adornada con lazos brillantes, pero sin bombones ni sorpresa alguna…
35. Escribir es una necesidad imperiosa que surge del interior. Expresar ideas organiza la mente y ayuda a ver de frente las propias emociones.
34. El acto de escribir nos ayuda a desvelar nuestra propia naturaleza..
33. Escribir es, algunas veces, un acto de dación, pues debemos dar no lo que nos gusta sino aquello que puede ser útil a otros…
32. Los años solo pasan para quienes gustan de estar desocupados. Quienes tienen inquietudes, sueños e ideales, los hacen fructificar.
31. La vejez comienza con la pérdida de los sueños, de la curiosidad, del afán por hacer cosas y lograr nuevas metas.
30. Leemos para descubrir la vida vista por otros ojos, a fin de contrastar nuestras opiniones baldías y llenarnos de conocimientos.
29. La lectura de un libro actuaría como un mágico imán, atrayendo ideas ajenas que habrán de alentar nuestra vida en el futuro.
28. La lectura de un libro abre nuevos surcos en nuestra mente y nos permite atisbar infinitos universos que nos aguardan en el futuro.
27. Los grandes escritores son los encargados de verticalizar el horizonte plano en que viven los hombres cotidianos.
26. La escritura no es un fin en sí misma, sino un medio de expresar aquello que surge del interior y que de otro modo se perdería en la nada.
25. Escribir es una forma de enfrentarse al mundo y a sí mismo, de aportar algo a los demás a la par que nos descubrimos entrelineas.
24. Escribir es un modo de encontrar el hilo de Ariadna que nos conecta con nuestro mundo interior, hasta lograr desenredarlo.
23. Si te asalta a diario la necesidad de escribir, ya has comenzado a recorrer un camino: construye a partir de ello una vocación.
22. En literatura, los diálogos dan realidad a los personajes, la acción impulsa al lector a hacer, las imágenes a soñar y las ideas a pensar.
21. El escritor busca con afán en la miseria y belleza de cada instante, de las personas y del mundo, para ofrecer una visión renovadora.
20. Escribir es una labor cotidiana y necesaria para aquellos que buscan siempre un nuevo horizonte que descubrir en si mismos.
19. Cuando se descubre una verdadera historia que contar, de esas que parecen tener vida propia, ella misma tira de nosotros para ver la luz.
18. La escritura actúa como una forma de introspección, de análisis profundo sobre nosotros mismos, las personas y el mundo que nos rodea.
17. Al escribir afloran de nuevo las ideas, el amor y la belleza que otros sembraron en nuestro interior.