Taller de Escritura Creativa_Tema 1. El Lenguaje escrito

Tema1.- El lenguaje a utilizar en la Escritura Creativa.

Todo escritor es un observador del mundo que le rodea, a través del cual se pregunta por sí mismo, tratando de descubrir su propia verdad. Cuando percibe un atisbo de dicha verdad, y en su necesidad de transmitir la profundidad alcanzada, elaborará y destilará de nuevo en su propio atanor las imágenes y las vivencias acumuladas. Así, todo escritor se va modelando en la fragua de sus propias vivencias.

No obstante, se nos dirá que todo vale, que cualquier texto encierra algo útil, pero no debemos olvidar que un verdadero escrito debe poseer algo objetivamente válido que aportar a los demás, de modo que a través del ensueño de la ficción pueda enriquecer sus vidas: aprendices hay muchos, maestros hay pocos. Y aquellos que dan sus primeros pasos en el arte de la escritura creativa deben comenzar su camino con humildad, pues más allá del escritor que “nace” con un talento o genialidad natural, creemos que un escritor “se hace” a sí mismo, con pundonor y dedicación, hilvanando en la misma tela entusiamo y esfuerzo.

El autor consumado que tiene algo cierto que aportar a sus lectores, que alberga una íntima convicción sobre la utilidad de su escrito, tal vez guiándose por su intuición, su propia madurez interna, o fiando en su juicio, distinguirá fácilmente aquello que pueda resultar demasiado simple o superficial en su propio texto, evitando lo grosero, lo grandilocuente, y todo aquello que sirve de relleno sin aportar calidad alguna. Pero nada se aprende sin práctica. No se logra la maestría en una “disciplina” sin pasar por un cúmulo de ensayos que parecen interminables, cuyo fin es “disciplinar” la propia imperfección y lograr el pleno dominio de un arte.

Toda obra literaria es un reflejo del carácter del escritor y de su propia humanidad. Los grandes autores como Homero, Cervantes, Shakespeare, Dante, Dostoievski, Tolstoi, Borges, son admirados por el ritmo de su escritura, por su forma concreta de elaborar las frases o los párrafos, por la profundidad de sus argumentos y el modo en que se llega al desenlace de la trama, por la capacidad de recrear un ambiente psicológico, por la fuerza descriptiva de sus personajes, pero principalmente se les valora por su capacidad de análisis y comprensión del alma humana, por sus acertados juicios o reflexiones, y en suma, por la humanidad y las virtudes que se aprecian en los personajes.

En cambio, a falta de un buen “fondo” muchos escritores suelen recrearse cuidando excesivamente la forma de los textos, por lo cual resultan espesos, recargados de imágenes, repetitivos, o demasiado melosos. Un lenguaje excesivamente cuidado suele adormecer, y seguramente, su autor no entenderá por qué no gusta a los lectores.

Los escritores noveles tienden a utilizar un lenguaje chabacano o soez, lo cual puede aparentar cierta modernidad, pero no es sino una moda pasajera. Con el paso del tiempo, esta forma de escribir no dejará huella, pues no tiene consistencia y carece de profundidad. Se puede hacer hablar a un personaje con vocablos vulgares, con una expresión burda, complicada o farragosa, pero no porque ese sea nuestro modo habitual de escribir. No obstante, al igual que las cuerdas de una guitarra, todo autor atraerá a alguien que vibre en su mismo nivel. Un lenguaje grosero, malsonante, o bien, demasiado pueril o vacío de contenido siempre atraerá algunos lectores del mismo rango.

Vivimos en un entorno que construye su lenguaje con frases y expresiones predefinidas, señalando, por ejemplo, que algo era “recurrente” o sucedía “sin solución de continuidad”. Pero la creatividad exige romper las barreras de una serie de tópicos universales, ideas o palabras de uso común.

Del mismo modo que la sociedad nos induce a creer en una serie de ideas precocinadas y enlatadas —las cuales se propagan insistentemente a través de los medios de comunicación—, generalmente escuchamos en nuestro entorno un lenguaje plagado de “ideas hechas”, de “lugares comunes” que conviene evitar. Así se dice de alguien, por ejemplo, que estaba “rojo de ira”, o que nos acogió con su “cálida sonrisa”, regalándonos con su “agradable presencia”. Decimos también, de un sonido que “se repetía hasta la saciedad”, llegando a “martilletear nuestros oídos”.

Es conveniente alejarse de expresiones hechas tales como “la pátina del tiempo”, “me llegó al ama”, y de redundancias que son obvias como describir los “largos colmillos” de un animal, o detallar que sintió ante aquella bestia “un sudor frío” que le recorrió el cuerpo.

El lenguaje literario tampoco requiere de grandes complejidades barrocas. No se escribe mejor por hacerlo de un modo pomposo, solemne, enrevesado y confuso, ni utilizando excesivas metáforas e imágenes, ni tampoco alardeando pedantemente de palabras rebuscadas. Dado que en un texto literario hay apenas algunas palabras que desconocemos, de ello se deduce que se puede escribir con palabras de nuestro vocabulario habitual. Hay que utilizar palabras que generalmente se entiendan, dado que lo importante es comunicar adecuadamente aquello que queremos transmitir.

La sencillez en el lenguaje se logra escribiendo con naturalidad, combinando las mismas palabras que ya conocemos de otra forma, sin emular el modo de hablar de otros, ni combinar las palabras tal como las hemos leído en algún libro. Palabras aparentemente sencillas, tales como falacia, ufanos, inerme, acunados, indemne, maltrechos, exégeta… de uso habitual en un lenguaje culto, son para muchos lectores desconocidas o requieren del uso del diccionario para su comprensión. Pero el uso del lenguaje llano no impide que un escrito tenga fuerza: puede decirse… “nos saludó de lejos con su mano de monja a modo de parabrisas”, o bien, “la estranguló relajadamente, como quien repite un ejercicio de yoga, con ese aire de misticismo ramplón en la mirada que pronto adoptó su víctima”…

En cambio, corregir un escrito para hacer su entrega final, generalmente requiere pacientes revisiones, puliendo las aristas de aquello que pueda resultar demasiado retórico, enrevesado, burdo, o tal vez superfluo. Quien tiene la vivencia y la necesidad de escribir lo mejor posible para transmitir sus ideas, sabe lo mucho que cuesta perfilar un texto antes de admitir que está completo, y del que pueda sentirse satisfecho.

Los retoques, los cambios podrían alargarse sin fin, pero siempre hay un momento exacto en que el texto está terminado, y debemos aprender a reconocerlo. Para algunos escritores es muy difícil recortar frases de un texto pues son como hijos lanzados a la escena del presente; a otros, en cambio, les parece imposible que una historia pueda crecer, pero toda narración es susceptible de terminar de modos diferentes, de aligerar la trama o acelerar el ritmo de la narración, o bien, de enfocar la atención del lector sobre un nuevo personaje… Toda historia puede ser modificada hasta que el autor asume que el texto expresa aquello que pretendía decir.

Finalmente, a pesar de lo dicho debe aconsejarse una cierta capacidad de romper moldes y fronteras, alejándose de una estructura demasiado tradicional, a fin de hallar su propio ritmo, su propia forma de narrar, que a su vez proviene de su modo de observar, analizar y contemplar la realidad. El escritor debe observar su entorno con atención, analizando su mundo y los acontecimientos, contemplando las personas y sus actitudes, para poder describir las circunstancias de un modo que otros no apreciaron. Escribir exige, por tanto, contemplar la realidad con ojos de sorpresa y admiración, captando imágenes certeras a fin de que el lector pueda elaborar con ellas sus propios conceptos. Es indispensable ser atrevidos para decir aquello que debemos transmitir. Escribir con el corazón, pues ello siempre hace vibrar a quienes mantienen vivos sus sueños y su necesidad de aprender a través de la lectura.

Escribir es una forma de enfrentarse al mundo y a sí mismo, de aportar algo a los demás a la par que nos descubrimos a nosotros mismo entrelineas. Pero todo camino comienza con los primeros pasos. Atrévete a caminar, a equivocarte, a dar, aunque para ello te arriesgues a mostrar algo de ti. Anímate a pulir la tosca piedra permitiendo que asome ese escritor que tal vez se encuentre agazapado en tu interior… ¡Escribir es una aventura maravillosa que sin duda merece contarse!

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