Banzai (Cuento)

 

El joven Yuki pedaleaba sin descanso aferrado a su bicicleta estática. Su rostro oriental no delataba cansancio alguno, pero ello no era extraño, pues nunca dejaba traslucir sus emociones. Para un japonés, expresar sentimientos es una muestra ostensible de fragilidad psicológica. Junto a él, en la bicicleta de al lado, sonreía como un cerezo en flor su compañera Sayuri, “pequeña y agraciada”.

Al frente, el profesor, ataviado con un maillot multicolor plagado de vistosas pegatinas y un estrecho culotte diseñado para marcar cuerpo, incitaba a pedalear con más fuerza…

-¡Vamos…más carga!¡Poned más carga!, que apenas estamos subiendo una colina…¡Qué será cuando llegue la alta montaña!

Entonces miré de refilón al japonés… Era delgado como un junco pero fibroso y pedaleaba como si la vida le fuera en ello. No obstante, comenzaba a bambolearse a uno y otro costado de la bicicleta; la forma en que sus dientes apresaban los labios ya era indicio suficiente de que lo estaba pasando mal. De pronto, una rampa virtual, y la música se vino arriba espoleando al grupo, cargada de adrenalina. Entonces Yuki se puso de pie sobre la bicicleta, pedaleando sin descanso. Una música atronadora anulaba los gritos del monitor:

-¡Vamos, vamos, no seáis mojigatos! ¡Parecéis monjitas! ¡Quiero hacer de vosotros una máquina de matar!

Y todos los alumnos, en exceso aplicados, replicaron con silbidos de protesta por tan insultantes palabras… Yuki, con sus ojos semientronados y la mirada perdida en el horizonte, lanzó un rotundo y seco ¡banzai!, y siguió a lo suyo…

Unos minutos después, cuando la clase llegaba a su fin, el profesor dio tregua, ordenando sentarse y quitar carga. Pero Yuki pareció no escucharlo… Siguió pedaleando sin parar, como un endemoniado, con un ritmo creciente y febril.

Le observé de nuevo: su rostro permanecía impasible, su mirada traspuesta, como si hubiera entrado en trance… La música fue remitiendo, pero él cayó de bruces sobre el manillar de la bicicleta mientras sus piernas seguían pedaleando. Por un instante, la gente quedó aturdida; nos sentimos consternados, como en suspenso, a punto de naufragar… Tal vez Yuki ya no sentía nada y aquel pedaleo fuera un acto maquinal del cuerpo; seguramente siguió pedaleando hasta arrollar a quienes estaban alojados en las últimas filas del Nirvana…

Por la ventana, casualmente, se escuchaba el vozarrón del monitor de la clase contigua…

-¡Bien, chicos; habéis hecho un buen trabajo!… ¡Ahora respetemos un minuto de silencio por las calorías que hemos quemado!

Cuando el médico llegó, diez minutos después, ya nada podía hacerse: se limitó a certificar la muerte de Yuki. Junto al cadáver permanecía su compañera, desconsolada, aunque con rostro impasible, balbuceando unas torpes palabras…

-Él quiso morir así; era lo que le hacía feliz… Seguramente sería su karma.

Ante lo cual no pude evitar una espontánea contestación…

-Sí, pero karma por estupidez.

Anuncios

Un comentario el “Banzai (Cuento)

  1. Qué triste! Morir bailando o haciendo el amor, no es lo mismo que perder la vida pedaleando en una bicicleta que no va a ninguna parte. En este caso se desplazaba hasta la muerte.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s