Las serpientes de Melkart – Folco Quilici (reseña).

Crítica Literaria escrita por Raysan para la Revista Aqueloo en enero de 2006.

“LAS SERPIENTES DE MELKART” de Folco Quilici. Traducción de Jorge Rizzo.

Roca Editorial de libros, S.L. Colección “Misterio” (nº 69). 349 páginas.
Melkart002Hace ya mucho tiempo, una nave fenicia partió de Qart Hadasht, la nueva Cartago* situada en el sureste de Iberia, para adquirir productos exóticos en las lejanas costas del gran continente africano… La nave procedía de la metrópoli, en la tierra de Canaán, y el capitán había aceptado de un mercader el encargo de aquel viaje secreto siguiendo la ruta del padre Hannón, pues al regresar serían ricos. Nadie debía saber su destino para que otras naves no pudieran seguirles.
La embarcación se hallaba bajo la protección del dios Melkart. Cada día…“la primera actividad de la tripulación consistía en realizar un sacrificio a Melkart, representado por un pequeño bronce con los ojos pintados de verde, los cabellos de rojo y los labios de azul. El cuerpo filiforme estaba encajado en un pedestal de madera bajo el puente de proa…”
Según había dicho Hannón, el cual “confió su secreto antes de morir al padre del padre de nuestro patrón”, “la ruta es fácil: la tierra queda del lado donde nace el sol, y el horizonte donde se pone”. No tenían que enfrentarse al Más Allá, sino bordear las costas. La tripulación era experta: había desafiado grandes temporales, y navegaban juntos desde hacía muchos años, consiguiendo siempre llegar a puerto… “Nunca nada les había atemorizado, y no lo iban a conseguir las aguas y los vientos que venían del Más Allá, revolviendo el río Océano, en el que se adentraban tras superar las Columnas dedicadas al dios Melkart. Y aún menos tras haber alcanzado y superado Mogador, en la tierra de Cam.”
Pero nada fue como había previsto el capitán. Tell Surash…“se maldijo también a sí mismo y el momento en que había aceptado la propuesta de desafiar aquellas aguas para surcar lo desconocido, cegado por el deseo de llegar a los mercados de los hombres negros, donde se podía conseguir marfil por bien poco.”
Ithobal, el timonel jefe del barco, nunca había creído a los marineros griegos, “son falsos y mentirosos, y cuentan esta fábula para atemorizar a los que quieren ir más allá de las columnas” —decía—, ni tampoco creía en los cantos del poeta Píndaro sobre los peligros que acechan a quienes querían traspasar las puertas del mundo. Sabía que no se podía emprender ruta sin el beneplácito de Melkart, pero aquel día, “aprovechando el favorable viento largo, habían evitado la parada ritual en las Columnas y, pasando el Estrecho, se habían dirigido hacia la Tierra de Cam”
El huracán les sorprendió, y “a causa de la tormenta desencadenada por Baal Shamem, señor del cielo, más poderoso que Melkart en sus momentos de furia” los mástiles se rompieron, quedando el gaulos fenicio a merced de las corrientes que le arrastraban en dirección al sol poniente. Cuando la tormenta amainó, habían perdido de vista la referencia de la costa, hallándose sometidos a un mar en calma, en la que los vientos no venían en su ayuda. Y cuando dejaron de ver en el cielo nocturno su habitual referencia, “la Estrella, luz siempre inmóvil y amiga del cielo”, la polar, aquella que “infundía seguridad el contramaestre Ithobal” se sintieron perdidos y un gran terror les recorrió el cuerpo. Comprendieron entonces que no volverían a ver nunca Qart Hadasht.
Años después, transcurridos más de dos milenios, unas prospecciones de la empresa VODC destinadas a la extracción de diamantes, acometían la exploración de una gruta submarina, cuando de pronto, el pequeño robot pareció descubrir una extraña estatuilla de ojos verdosos, que respondieron con un fulgor ancestral a los reflectores del pequeño artefacto. Esto sucedía en Teimada, una pequeña isla volcánica próxima a la costa brasileña, que pronto iba a ser famosa, aunque realmente no era más que…“un escupitajo en mitad del océano”. De ser cierto que la pequeña figura de bronce era de origen fenicio, habría que escribir de nuevo algunas páginas de la historia, llegando a ser un descubrimiento arqueológico sin precedentes…
La novela, escrita por Folco Quilici, tiene por tanto todos los ingredientes para atrapar la atención del lector desde el primer momento. Planea sobre ella una duda histórica: ¿pudieron las naves púnicas alcanzar las costas americanas anteriormente a Colón?, siendo este un tema sugerente por sí mismo. Escrita en un lenguaje ágil, aunque no se adorne de excesivas galas literarias, el autor sabe mantener el suspense y la emoción hasta la última de sus páginas. No en vano Folco Quilici, como buen director cinematográfico, fue laureado a mediados de los años cincuenta con varios galardones.
En la actualidad, Folco Quilici compagina su amor por la investigación científica submarina con la escritura y su labor periodística, colaborando en varias publicaciones europeas. En “Las Serpientes de Melkarth”, el bello relato inicial del periplo fenicio, y el misterio que lo envuelve, nos lleva finalmente, de la mano del enigma y el suspense, hasta la cruda realidad del momento actual, plagado de intereses en puja, siempre dispuestos a presentar batalla.
Esta novela constituye una buena muestra de los trasfondos del mundo actual. En ella se mezclan las intrigas suscitadas por los intereses comerciales, la banca y las grandes multinacionales; los sobornos y las presiones gubernamentales, disimuladas bajo un falso patriotismo; las rivalidades académicas de los expertos en arqueología submarina junto a la necesidad de adornar las noticias mediáticas.
Tras el ejercicio constante de falsedad que realiza parte de nuestro mundo, en esta recomendable novela se muestras los restos de extraños valores humanos, y un bello aroma que asciende desde el mundo antiguo hasta la superficie del presente.

(*) La actual Cartagena, antigua colonia púnica. 

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