Personas humanas (III): Malú.

Mujeres Tristes 28En aquella noche sombría en que el viento aullaba con voz de fiera, su padre, que había pasado la tarde en la taberna, se dirigió tambaleándose por las callejas. Abrió la puerta de la casa con dificultad y cuando los niños fueron a recibirlo, los separó de su lado a empujones. Subió con dificultad las empinadas escaleras hasta la salita de estar en que se encontraba su mujer. Y allí, bajo el vaivén de una solitaria lámpara de carburo que espantaba las sombras de una casa fría, ella, sentada en una escueta silla, tarareaba una vieja nana para conjurar la soledad y el miedo. Mientras esperaba, deshilachando el tiempo, se frotaba la barriga con ternura como si amasara la harina de un trigo nuevo. Él la miró desde el quicio de la puerta con esa mirada torva que une ambas cejas, y entonces ella supo que su hombre venía cruzado…

Avanzó hacia ella mientras se quitaba el cinturón; después, lo hizo silbar en el aire repetidas veces. Harto de su faz tranquila y luminosa, la zurró con saña. Ella intentó erguirse a duras penas, pero no pudo hacerlo; se protegió con sus gritos, y cubrió, sobre todo, su vientre, mientras la hebilla del cinto le arañaba repetidamente el rostro y los muslos. Lo cataron sus carnes, lo temieron hasta las ratas… hasta que él se envainó la rabia por aquel día. Entonces, la silla en donde ella se encontraba se venció, cayendo al suelo su cuerpo inerte. Él, impasible, siguió amenazando con sus bravatas sin obtener respuesta. Los dos críos, de apenas tres y seis años, lloraban en un rincón iniciándose en el sabor de la impotencia.

imagen niño de espaldasMárcelo, el hombrecillo de la casa, arremetió contra el padre como un toro, dándole golpes con sus pequeñas manos como un molino que aventara la ira, mientras su hermana, Andrea, salió corriendo llamando a arrebato. La vecina de por cima, Catalina, llegó a la casa apresuradamente, mascullando entre dientes un si ya se veía venir… Él la miró con rabia, como a una intrusa que irrumpe en la vida privada, pero la pelirroja le soltó un pagarás por esto y él se arrugó; de sobras sabía que no bromeaba. Y así fue como aquel gallo de pelea, el bravucón de escasa catadura moral, se encajó detrás de la puerta, junto a la leña, y dejándose caer hasta el suelo se dispuso a rumiar la borrachera.

La pureza es vidaEl parto era inminente… El viento, afuera, subía por la calle de los muertos despavorido, aullando malos augurios, sin embargo, la pelirroja era una mujer resuelta. Hizo salir a los niños de aquel sitio, buscó toallas y una palangana, y poniendo agua a calentar se dispuso a la tarea. Al pronto llegaron Amalia y Cósimo, los vecinos de por bajo, alertados también por los golpes y gritos, y al poco, los guardias del tricornio en pos del marido.

Las dos mujeres se pusieron manos a la obra, asistiendo el parto de Chayo, mientras Cósimo salía flechado para traer al médico, pero aquella criatura venía con el reloj adelantado y antes de que Cosimo llegara a golpear la puerta de Don Celso asomó a la vida… Los gritos del bebé rompieron la entristecida atmósfera de aquella casa; vino con luz en la mirada aunque pronto constataron que tampoco aquella niña traía un pan bajo el brazo.

Inocencia_36f84b1a-809e-4a22-a0a2-6e0cc18537feLa niña, Andrea, se repuso de aquello como pudo… aunque no supo qué decir desde entonces a quienes preguntaban con la mirada, ni qué sentir, ni supo jamás donde se alindaba aquel dolor que sentía tan adentro. Nada, nada comparable a aquel vacío de adentro, pero algo sabía seguro: era un vacío que no podría rellenarse nunca, un dolor que tiznaba más, si cabe, sus ojos tristes.

Ya decía la abuela Cristina que “la vida en Monfragüe siempre sale adelante con renuncios, y no se equivocaba, pensó Chayo. Nada es como se sueña al principio, pero a ella le habían enseñado a respetar al marido, tanto si llueve como si escampa. Por eso retiró la denuncia.

A la mañana siguiente él salió del cuartelillo, una vez advertido en que no reincidiera, pero no fue a la casa. Esta vez había sido la primera, y dios sabe por qué sucedió; nunca antes le había puesto las manos encima, pero no fue capaz de ir a la casa; se fue donde la madre. El no recordaba nada, aunque Diego, el guardia civil, le dijo que había pegado a la Chayo, delante de los zagales.

Definitivamente ya no había vuelta atrás… Se había hecho un nudo en la cuerda del tiempo y no se podía retroceder; un nudo en la vida de las personas.

Pero él se refugió en casa de la madre por siete días, maldiciendo su estrella. Allí, donde madre, al menos comió unas buenas morcillas y chorizo de la matanza hasta recuperarse de lo sucedido. Madre sí cocinaba bien, pensaba,  y además, ¡le comprendía como nadie! Estaba harto de aquella vida sin sentido, de los críos, que correteaban todo el día sin dar tregua. Harto de aquel puchero de patatas o de garbanzos que hacía la Chayo, apenas cocido en una olla con agua… ¡harto de tantas penurias! Al fin y a la postre no tendría más remedio que aceptar aquel trabajo de recoger las ovejas en los praos. Por qué se habría casado… para verse con dos zagales siempre había tiempo, y ahora, además, venía un tercero. 

Catalina, la pelirroja, siempre tan presente en su vida, le dio la noticia gritando como una desaforada desde la calle. ¡Que tienes una niña!, le dijo, y debes anotarla en el registro. Esa no es mi hija, le contestó con desdén. Esa no es mi hija, rumió entre dientes.

Gabriela 2Así comenzó su singladura Malú, esa niñita morocha que siempre bailaba sevillanas sonriente, ajena a su desgracia. Pero la pobreza siguió viviendo en aquella casa; la hermana y la madre lavaban la ropa de los señoritos y la zurcían, sin tener apenas nada que llevarse a la boca. El padre, acodado en la barra de la taberna se refugiaba del viento y tal vez de sí mismo; mientras él hacía planes con el aguardiente, el chico, a su corta edad tenía que cuidar las ovejas en la sierra durante la noche; en derredor aullaban los lobos su desconsuelo.

Poco tiempo después, Malú fue entregada en dación a otra familia del pueblo que tenía posibles. Ella siguió viendo a diario a sus hermanos, pero de lejos, pues no le era permitido acercarse a ellos. Su rumbo ya era otro, su familia, la ausencia… Pero es sabido que las desgracias vienen en racimos acompañando a la pobreza, y tal vez por ello su padre adoptivo murió pronto. Entonces, la madre tuvo que migrar para servir en casa de unos señoritos, y la niña morena y alegre paso varios años en un internado de monjas, alternando los libros con el duro trabajo.

Y de ahí en más, cuando ya dispuso de su vida, Malú construyó con los maderos sobrantes de la desgracia un futuro sonriente y luminoso… Porque hay personas que desafían a la miseria y los contratiempos, que se amarran con las cuerdas de la voluntad al mástil de su barca cuando más arrecia la tormenta… y aprietan los dientes decididos y desafiantes. Tales personas, henchidas de humildad y firmeza, aún en ausencia de vientos favorables, saben hallar los derroteros que habrán de llevarlos hacia su buena estrella… ese destino luminoso que siempre aguarda a quienes caminan con decisión y bondad.

(https://raysan2012.wordpress.com/) (twitter.com/RAYSAN2012).

Ramón Sanchis Ferrándiz ©

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