Personas humanas (IV). Secundarios de lujo.

Personas_03Algunas personas aparecen en nuestra vida en los momentos cruciales, tal como si cumplieran una extraña misión; empujan las puertas del refugio en que nos guarecemos y entran allí decididas a quedarse. Se instalan en el centro de la escena, enfocadas por la luz de nuestra conciencia, y toman las riendas de los hechos hasta hacerse un lugar en nuestro mundo.

En cambio, hay personas de ida y vuelta que asoman de un modo esporádico e intermitente; los trae la marea de la vida con su fluir; vienen y van, como si tuvieran derechos adquiridos sobre nuestra existencia que ejercen a menudo. A veces, tan solo siembran un buen pensamiento, una actitud y desaparecen de nuevo; sin embargo, nos favorecen con sus dádivas de un modo misterioso y se sientan a un lado, cerca pero en la fila de atrás, donde la penumbra ya difumina su rostro.

Personas en la estaciónSin duda, debemos reconocer que hay personas que dan color a nuestra vida aunque no estén en el punto principal de la escena, porque siempre están ahí, en esa  trastienda velada y silenciosa que antecede al olvido, esperando que las necesitemos. Retornan cada tanto, como la primavera o la tramontana; se instalan en nuestro campanario por una época, como las cigüeñas, y entonces sabemos que el buen tiempo viene con ellas.

Son personas en tránsito que siempre se dirigen a otra terminal; traen noticias de terceros, de los amigos del pueblo y del primo que se fue a trabajar allende los mares. Acuden de inmediato a nuestra llamada, y a veces, acompañan nuestro extravío cuando caemos en las simas de la apatía y la indolencia. Nos entregan los saludos del amigo poeta que va de un lugar a otro pregonando sus versos, y por un momento, disfrutamos de su amistad, intacta y entusiasmada, como si el pasado fuera apenas un ayer… A menudo, nos regalan la nostalgia por los recuerdos, esa melancólica ternura que hace florecer el alma abatida y siempre nos devuelven el cariño que les entregamos multiplicado por cien, sin exigencia alguna. Tales personas, son secundarios de lujo que no podrían faltar en el relato de nuestra vida.

Santiago Soriano_04En el baúl donde se apilan los recuerdos de las personas que han marcado hitos en nuestra propia historia, a menudo se encuentran, extrañamente amalgamados, tanto el primer amor de coletas y piernas largas, como los amigos de ojos grandes y flequillos revoltosos con quienes descubrimos la güija por primera vez… Allí residen, el pitagorín que estudiaba física atómica a ratos libres y nos ayudaba en los deberes, o el amigo motorista eternamente enfundado en su chupa de cuero que perdió la vida en la primera curva mal trazada. En ese cofre de oro en que se guardan los recuerdos esplendentes del pasado, habita, también, el profesor que nos enseñó a amar la filosofía con sus reflexiones, pero esa filosofía que se mastica y se vive a cada instante y no aquella otra, rancia y teórica, que se deshace en los libros que nadie hojea.  

En el libro del tiempo, aquel cuyas letras aparecen escritas con tinta indeleble a medida que ejecutamos nuestra vida, se encuentran dibujados muchos rostros que nos miran impávidos, distantes, acaso impresos con esa tinta roja que ha surgido de nuestras venas, ya sea como fruto del dolor o del gozo. Esos rostros, son las estrellas luminosas de nuestro pequeño firmamento; ese manto protector que acuna nuestros sueños.

Sin embargo, algunos de esos rostros ya no pueden visitarnos de nuevo, pues han pasado a la otra orilla, aunque siguen estando cerca, agazapados en la penumbra de nuestras emociones, escondidos entre los pliegues del tiempo. En ocasiones, nos miran con ojos de asombro, expectantes, distraídos con nuestro quehacer, tal como un padre que preguntara a menudo por qué hacemos esto o lo otro. Sí, los rostros de nuestros padres siempre están presentes en ese fondo tachonado de estrellas que está sobre nuestras cabezas, aquel que sirve de frontera entre lo visible e invisible. Y también el de nuestros maestros… aquellos que tuvimos la suerte de encontrarlos.

Faro al atardecer_02Quizá la verdadera vida que nos tenía reservada el destino, siempre pasa de puntillas a nuestro lado, tal como pasan de largo algunas personas, porque nosotros nos empeñamos en vivir una cosa diferente. En realidad, no siempre sabemos comprender los designios de la vida, y acaso por ello, hemos desperdiciado la amistad y el amor de tantas personas, su confianza y calidez. Seguramente somos como un faro intermitente que emite luz a ráfagas; un faro que alerta de peligros o hace guiños amistosos, tan solo de vez en cuando… Ese faro misterioso en que nos gusta guarecernos a escuchar el rumor del mar o contemplar el brillo de las estrellas.    

Valoramos sobremanera a los actores principales de nuestra propia historia, relegando al olvido a todos aquellos que llenaron los pequeños instantes que nos hicieron simplemente felices. Tal vez, debamos contemplar con otros ojos a quienes nos rodean, buscando aquellas personas que siempre estuvieron presentes en nuestra vida, tan cerca y tan lejanas a la vez, próximas pero resguardadas en el silencio de la distancia.

Firmamento estrellado_02Sin duda, hay personas que aparecen en nuestra vida de un modo extraño y misterioso; los trae la marea de la existencia con su fluir; arriban a nuestras costas y parten con facilidad, como el incesante rumor de las olas… Proceden de aquel horizonte infinito en donde se unen el cielo y la tierra, donde los crepúsculos regalan los coloridos más intensos antes de adormecerse en el regazo de la noche, pues son hijos del destino, que siempre regala aquello que merecemos… Son las estrellas que iluminan y dan sentido a nuestro universo cercano, porque ninguna persona es invisible o insignificante: todas reunidas conforman el cuadro de nuestra vida… Un cuadro en que los ausentes tienen su lugar reservado, a los distantes se les espera, y a los ofendidos se les pide perdón por los agravios… Un cuadro que debemos trazar con trazo firme, pues en él no sobra nadie.  

Personas_02Ten presente, que eres el capitán que dirige la nave de tu existencia hacia su destino. Cuida de que en ese bajel no haya grumetes inservibles, ni polizones escondidos en la sentina… pues si todos los maderos sirven para mantener el barco a flote, ¿serían menos las personas? No, en nuestra vida no hay seres insignificantes que pasen desapercibidos, pues toda persona es digna de amor y respeto… 

(https://raysan2012.wordpress.com/) (twitter.com/RAYSAN2012).

Ramón Sanchis Ferrándiz ©

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