Personas humanas (X): Santiago.

Personas humanas (X): Santiago.

Santiago Soriano_04

Santiago era, como dicen los tópicos, un viejo lobo de mar, y tenía ese porte que presentan las personas solitarias que no han sabido encontrar la forma de compartir su vida con los demás. Mientras observaba el transcurrir de la vida, se mesaba constantemente el bigote, y fumaba en su vieja pipa, como si aspirara cada instante. Sus ojos azules, cristalinos, parecían estar siempre buscando respuestas, y tras aquella mirada limpia se le podía adivinar el alma.

Desde su atalaya de hombre bueno, contemplaba a la gente en silencio, casi con admiración, pues era un ser gregario que había aprendido a recluirse en sí mismo; era un gran observador que disfrutaba de una sonrisa como si del mejor regalo se tratara; amaba las charlas profundas y de todo parecía aprender. Su corazón era tan grande como insondable.

Se dedicaba a la hostelería, y en ello era el mejor. Había cruzado medio mundo hasta recalar en Suecia, ese país frío que tenía incrustado como una espina en el corazón, pues allí nació su hija Jennie, y allí la dejó. Pero la añoranza le hizo retornar a tierras más cálidas, recalando en Alicante. Caminaba teniéndola siempre consigo; se desvivía por ella, aunque tal vez no supiera expresarlo bien.

Santiago vino a despedirse un mes atrás. Me dijo que ya no podía venir más a la clase del Taller de Escritura, aunque no me dijo por qué. Yo sabía que el cáncer le había dado una dentellada por dentro, pero su dignidad le impidió decirme por qué se despedía de mí. Supe que se me estaba yendo y me daba un abrazo con la mirada… 

La gente muere como vive…

Y se fue ayer también, en silencio… mirando la vida con sus ojos limpios, su sonrisa y su noble corazón. Había hablado aquella tarde por teléfono con su hija y se sentía feliz.  Ya en el lecho de muerte, en el hospital, le dijo a una amiga que se estaba preparando para el Gran Viaje, sin más, con alegría… A la noche ya no reconocía las voces y su cerebro ya estaba ausente; por un instante y de un modo extraño, entreabrió los ojos torpemente y aferró mi mano… Su mirada parecía sonreír.

No temas, hermano, le dije en silencio, despliega el velamen de tu bajel y viaja por el mar de la tranquilidad hacia los confines de la existencia. Ve siempre recto. Ya encontrarás quien te guíe…

Si te pasas la vida creyendo que la muerte no existe, y no aprendes a mirarla de frente, recuerda que ella te dará la espalda en el último minuto. Si la miras de frente, con la mirada limpia, como Santiago, seguramente ella cogerá tu mano y en ese último minuto te ayudará a “vivir de pie”, cuando otros simplemente mueren.

No le temas a la muerte; que ella te tema a ti.

(https://raysan2012.wordpress.com/) (twitter.com/RAYSAN2012).
Ramón Sanchis Ferrándiz ©
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