Herramientas del escritor (VIII): “Mostrar” antes que “decir”.

(Extracto del libro “El Arte de ser escritor”, de Ramón Sanchis, publicado en Librando Mundos).

VIII. “Mostrar” antes que “decir”.

Decir que “la tarde era agradable” o “el tiempo era suave”, que “nuestro guía estaba enfurecido” o “aquellas ruinas eran horrorosas”, son frases que no muestran la realidad de lo que sucede; “explican” en un tono de veredicto lo que ocurre o sienten los personajes, pero no “muestran” en detalle su realidad psicológica, ni perfilan el entorno en que se encuentran. Son frases genéricas, tópicos que se utilizan a menudo, pero que no construyen verdaderos relatos.

El escritor avezado no se limita a “decir” aquello que sucede, sino que se recrea en “mostrar” los detalles ocultos que permiten al lector comprender la profundidad de las situaciones que se narran. Porque el lector inteligente prefiere descubrir la historia y no que se la cuenten ya resuelta, como si la narrara una voz en off, aséptica y fría. A menudo, los matices ocultos que se encierran en cada historia y en sus personajes, los gestos y muecas imperceptibles, los sueños contenidos y las emociones sofocadas, indican tanto más sobre aquello que sucede que lo mencionado en una frase demasiado evidente.

Cuando el escritor “muestra” aquello que sucede en vez de “explicarlo”, el lector puede “percibir” la historia por sí mismo. Esta técnica, se utiliza en el cine cuando la cámara nos presenta una escena, por ejemplo, de alguien que espera en una vieja estación de tren, y se detiene en pequeños detalles:

las manecillas de un reloj que se acerca a las doce, el vendedor de periódicos que vocea su mercancía, el silbido de un tren que suena a lo lejos, los avisos insistentes de la megafonía y las manos que pajarean en el aire su triste despedida; los ojos extraviados que leen una carta, la mano huesuda que repiquetea sobre el mármol blanco de la mesa, que aprieta una taza y se recompone el cabello una y otra vez; el barman que limpia con parsimonia la barra y tararea una canción de Glen Miller, un reloj que no avanza, el mobiliario de madera añeja, los ojos tristes que releen de nuevo la misiva, las lágrimas que afloran, y se escapan…”.

Por ello, el verdadero escritor construye “escenas visuales”, describe lo que sucede tal como si pintara un cuadro, solazándose en los detalles, en los gestos y las actitudes, en el entorno y la realidad social… En suma, creando un cuadro con paisaje de fondo, lleno de vida, tal como hicieran los pintores miniaturistas flamencos, y no un retrato inmóvil, frío y aséptico.

Todo ello se logra combinando los factores que se citan a continuación:

  1. El uso de los cinco sentidos en las descripciones:

Una de las herramientas más eficaces que dispone un escritor es la utilización de los cinco sentidos en las descripciones. Mostrar aquello que se percibe con los sentidos, evoca en la imaginación del lector un universo de sensaciones inspiradoras que le traen recuerdos personales y cotidianos. Incluir aromas, colores, sonidos, texturas y sabores en una narración, permite el lector “sentir” aquello que se le muestra.

La ciudad está dormida y acariciada por la música de sus románticos ríos…
El color es plata y verde oscuro… y la sierra besada por la luna, es una turquesa inmensa. La niebla está saliendo de las aguas y agrandando el paisaje. Los cipreses están despiertos y moviéndose lánguidos inciensan la atmósfera… y el viento convierte en órgano a Granada, sirviéndole de tubos sus calles estrechas… El Albayzín tiene sonidos vagos y apasionados y está envuelto en oropeles suaves de luz oscura… Sus casas tristes y soñadoras que mueve la niebla, parece que quieren contarnos algo de lo mucho grande que miraron… La vega es acero y polvo gris, nada se oye que retumbe en el silencio… el río de oro gime al perderse por el túnel absurdo… el espejo del Generalife corre a desposarse con su novio el Genil… Sobre las torres cobre y bronce de la Alhambra flota el espíritu de Zorrilla. El viento tiembla y el bosque tiene sonidos metálicos y de violonchelos, las esquilas de los conventos están llorando lágrimas de hierro y castidad… La campana de la Vela está diciendo una melodía tan grave y augusta, que los cipreses y los rosales tiemblan nerviosamente”. (Fantasía simbólica. Federico García Lorca).
  1. El uso de las imágenes y los colores:

Insertar imágenes poéticas, cargadas de colorido, torna más visuales los textos. Las metonimias, metáforas, símiles y analogías, dibujan en la mente del lector otra realidad paralela, más bella y sugerente:

Allí sobre el mar, de un amarillo aceitoso cerca de la costa y un verde vítreo en la lejanía, una vela transitaba sobre las aguas como un cadáver amortajado…”. (Extracto de Cuentos, del escritor Isaac Bashevis Singer).
“Caminaba así a través de una comarca de fuentes y jardines, contemplando los bueyes que recorrían los fértiles barbechos alargando sus cuellos robustos bajo el yugo opresor; la tierra feraz brotaba y se enrollaba en largas olas suaves detrás del arado, y el labrador apoyaba los dos pies en la reja para hacer más profundo el surco. Entre las palmeras, burbujeantes arroyos murmuraban, y la tierra gozosa bordaba sus márgenes de balsaminas y toronjiles de hojas barbadas. (La luz de Asia. Arnold Edwin).

Hoy en día, sabemos por la ciencia, que aquello que se observa con la imaginación es registrado por el cerebro como si lo hubiéramos vivido, pues la conciencia no halla diferencia entre lo real y la ficción, como tampoco la encuentra entre la vigilia y el sueño. Así mismo, los colores tienen una influencia determinada en aquel que los observa, porque tras su aspecto físico encierran un componente psicológico, provocan sensaciones y despiertan estímulos, pues sabemos, por ejemplo, que el color naranja aporta energía y el rosa apacigua, el color verde transmite esperanza e ilusión y el amarillo alegría, etcétera. De este modo, el escritor influye mediante las imágenes y el colorido en la percepción que tienen de la realidad los lectores. Tal vez por ello afirmaba  Petrarca que… “los ojos abren camino al corazón”.

Veamos el colorido texto que nos ofrece Alejo Carpentier sobre el carnaval veneciano:

“…entre los difuminios de acuarela muy lavada que desdibujaban el contorno de las iglesias y palacios, con una humedad que se definía en tonos de alga sobre las escalinatas y los atracaderos, en llovidos reflejos sobre el embaldosado de las plazas, en brumosas manchas puestas a lo largo de las paredes lamidas por pequeñas olas silenciosas; entre evanescencias, sordinas, luces ocres y tristezas de moho a la sombra de los puentes abiertos sobre la quietud de los canales; al pie de los cipreses que eran como árboles apenas esbozados; entre grisuras, opalescencias, matices crepusculares, sanguinas apagadas, humos de un azul pastel, había estallado el carnaval, el gran carnaval de Epifanía, en amarillo naranja y amarillo mandarina, en amarillo canario y en verde de rana, en rojo granate, rojo de petirrojo, rojo de cajas chinas, trajes ajedrezados en añil, y azafrán, moñas y escarapelas, listado de caramelos y palo de barbería, bicornios y plumajes, tornasol de sedas metido en turbamulta de rasos y cintajos, turquerías y mamarrachos, con tal estrépito de címbalos y matracas, de tambores, panderos y cornetas, que todas las palomas de la ciudad, en un solo vuelo que por segundos ennegreció el firmamento, huyeron hacia orillas lejanas…”. (Concierto barroco. Alejo Carpentier).
  1. Los diálogos atrevidos e inteligentes:

Aunque los diálogos tienen la finalidad de “expresar” aquello que hablan los personajes, su verdadero poder estriba en “mostrar” sus gestos y actitudes, su carácter, cultura y perfil social, sus emociones, creencias o ideales. Las voces de los diálogos muestran a los personajes tal cual son, burdos e indolentes, zafios o ruines.

Por tal motivo, los diálogos no pueden servir de relleno en un relato, ni perderse en conversaciones vanas que no impulsen el avance de la acción. El buen escritor, construye diálogos inteligentes y atrevidos, punzantes e irónicos, sensibles y reflexivos, y en suma, cargados de profundidad. Ellos se dirigen hacia su fin sin titubeos, de un modo directo, añadiendo siempre un factor sorpresa que les confiere en una aureola de misterio.

Veamos un ejemplo sacado del libro El caso de Harry Queberck, de Jöel Dicker:

“Me miró y me agarró por los hombros:
—Han pasado años desde que nos conocimos. Ha cambiado usted mucho, se ha convertido en un hombre. Estoy deseando leer su primer libro.
Nos miramos fijamente durante un momento y añadió:
—En el fondo, ¿por qué quiere usted escribir, Marcus?
—No tengo ni idea.
—Eso no es una respuesta. ¿Por qué escribe usted?
—Porque lo llevo en la sangre… Y cuando me levanto por la mañana, es la primera cosa que me viene a la mente. Es todo lo que puedo decir. ¿Y usted, por qué se convirtió en escritor, Harry?
—Porque escribir dio un sentido a mi vida. Por si no se ha dado cuenta todavía, la vida, en términos generales, no tiene sentido. Salvo si se esfuerza usted en dárselo y lucha cada día que Dios nos da para llegar a ese fin. Tiene usted talento, Marcus: dele sentido a su vida, que el viento de la victoria haga ondear su nombre. Ser escritor es estar vivo.
—¿Y si no lo consigo?
—Lo conseguirá. Será difícil pero lo conseguirá. El día en el que escribir dé un sentido a su vida, será un verdadero escritor. Hasta entonces, sobre todo, no tenga miedo de caer”.
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