El libro mágico (Cuento).

El libro mágico.

Cuando a los siete años su padre consideró que tenía uso de razón le regaló un libro. Era un ejemplar de tapas duras y páginas amarillentas, ajado y misterioso. Este libro, dijo, me lo entregó mi padre… Y a este se lo entregó a su vez, su padre. Verás que es un libro que habla por sí solo; en cada página se condensa toda una vida. El libro se titula “El joven de carácter”.

Libros antiguos_04—Que las máximas que aquí se recogen te ayuden a convertirte en un hombre —afirmó en un tono solemne—. Son vivencias que han recopilado tus ancestros, pues eso y no otra cosa constituye un buen libro.

El niño, que apenas intuía lo que significaba la palabra máxima, lo abrió con respeto y admiración.

—Entonces, ¿aquí están las cosas que les ocurrieron a mis tíos, a mis abuelos y demás parientes?

—Sí, hijo, en este libro se hallan sus pasos, sus ilusiones y temores, aquello que aprendieron con mucho esfuerzo, a veces a golpes, cuando eran jovencitos… como tú.

Al principio, el padre leyó aquellas páginas extrañas con el hijo, unos minutos antes de dormir, en aquella duermevela en donde la conciencia aún no ha replegado sus velas y no se ha dejado llevar, río abajo, hacia el mundo invisible de los sueños. Allí, en aquellos momentos en que los buenos jardineros plantan sus mejores semillas, aquel padre amoroso sembraba en su alma aún modelable el amor y la elocuencia, el orgullo de ser y el esfuerzo, la generosidad y el pundonor, la defensa del débil y la justicia, la dación de lo que aún incluso nosotros precisamos y del afecto sincero. Pero no lo hizo con sus propias palabras, porque sabía que acaso no estuvieran a la altura de las que emplean los verdaderos pedagogos, sino con las certeras palabras de aquel libro cargado de sapiencia y de bondad.

Manuscrito antiguo_01Al mediodía, antes de comer, el padre le hacía leer una máxima en voz alta: «No huyas, ningún lugar está bastante lejos como para que puedas esconderte de ti mismo» —rezaba el libro en su primera página—. La comida era entonces reposada y reflexiva, alegre y fraterna. Las formas eran elegantes, como si aquella humilde casa fuera un pequeño palacio dorado perdido en medio de las colinas. El libro era también el castigo que el padre le imponía cuando se comportaba de un modo indebido…

—Ponte de pie y mirando a la pared y lee tu libro en voz alta, para que todos lo escuchemos. Lee como si te hablara a ti mismo, como si hubiera sido escrito para ti, que es a quién más falta le hace entender lo que dice.

Y aquel reproche sonaba a una caricia más que a una reprimenda.

Desde entonces, el libro siempre le acompañó en su vida como una reliquia. Cada noche, leía en sus páginas la luz eterna que alumbró a otros seres, las sombras que les persiguieron y su capacidad de revertirlas en momentos inspiradores. Pero a medida que fue creciendo y su padre dejó de guiar sus pasos, las lecturas se fueron espaciando. Lejos de la casa familiar, el tumulto de la vida, los continuos viajes, le alejaron de aquella meditación profunda.

Manuscritos antiguos_10_Virgilio romanaEntonces, las páginas de aquel enigmático libro se fueron difuminando y las letras quedaron disgregadas e ilegibles; quedaron tan solo algunas palabras dispersas, de modo que el trazado de las líneas ya no era congruente. El viejo libro de páginas deslucidas quedó sobre su anaquel, durmiendo el sueño de los justos; el carácter ya no era un objeto de culto sino un recuerdo que agobiaba su mente.

Vinieron los años en que la conciencia se atenúa y dispersa con el quehacer diario, pero tal como indica la ley de la vida, pasaron. Un tiempo después, la vida le regaló con la dádiva excelsa de un hijo. Entonces comprendió que él no podía permitir que su hijo floreciera cada día sin los cuidados de un buen jardinero.

Rescató su libro y quiso leer en sus páginas en blanco, pero ya no era posible. Se sentó, sin embargo, ante sus páginas cada atardecer durante algunos minutos. Contempló con detenimiento sus páginas impolutas cada noche, meditando sobre los acontecimientos de su vida. Poco a poco, su mente retornó a la pujanza interior que antaño tuvo y sin proponérselo fue recordando las antiguas máximas, aquellas que escondían los rostros expectantes de sus antepasados.

Y las ideas, debidamente requeridas, retornaron poco a poco de aquel lugar en que duermen un sueño sin ensueños, una duermevela que les mantiene expectantes ante los anhelos de los hombres. Primero se acercaron, un tanto temerosas, las más vivaces y curiosas; al tiempo, como si fueran racimos que tiran unas de otras, aparecieron aquellas que sustentaban las máximas eternas que siempre alumbraron al hombre, señoriales y egregias. Entonces reclamaron su sitial preferente en la bóveda insomne de la conciencia.

 

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