Carta a un amigo que ya no cree en la política

Carta a un amigo que ya no cree en la política

Los políticos no saben asumir sus errores, y nosotros no hemos sabido exigirles entereza, determinación, capacidad de resolver, eficacia y eficiencia, y ni mucho menos sentido histórico, profundidad humana en sus decisiones, propuestas sinceras para un mundo mejor, etcétera… Eso llegará, como diría Platón, cuando los filósofos gobiernen (ojo, no me refiero a los que estudian Filosofía en la facultad, que tiene tanto derecho a gobernar como los que estudian políticas, historia, abogacía o medicina), sino a los que buscan la sabiduría, el bien común, los que anteponen el sentido de lo general y universal antes que el de lo local y particular…

Y siguiendo este pensamiento imagino qué podrían hacer por mejorar el mundo esos grandes sabios, ya sean filósofos, científicos o matemáticos, a los que el magnífico pintor Rafael Sanzio representó en su célebre cuadro de La Escuela de Atenas. De seguro que Sócrates, Pitágoras, Platón, Aristóteles, Heráclito, Parménides, Anaximandro, Zoroastro, Zenón, Averroes, Claudio Ptolomeo, Jenofonte, o la gran Hipatia de Alejandría, tendrían mucho que aportar para gobernar una sociedad.

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Durante muchos años consideré a una persona como mi maestra de vida (pues además era mujer), y para cada nueva etapa de la vida le pedía siempre al destino (o quien rija nuestro caminar) una virtud muy desconocida: “discernimiento”. Al principio me extrañaba oír esta petición -o declaración de intenciones-, pero con el tiempo considero que todos los mandamientos se resumen en este: estar atentos a lo que trae la vida y reaccionar siempre con discernimiento, de este modo sabremos cómo obrar, con rectitud, altura de miras, elevación moral suficiente, eligiendo entre lo útil y lo inútil, lo práctico o lo teórico y carente de aplicación, lo necesario y lo superfluo, lo urgente y lo que puede esperar, etcétera…

¡Qué bueno es saber aquello en que hemos errado! Y a tantos políticos que no comprenden el significado de esta palabra y la consiguiente reparación del daño causado, más bien habría que “herrarlos”, es decir, clavarles y ajustarles las herraduras, o según otra acepción del diccionario… marcar con un hierro candente para señalar su condición y también como castigo.

Escuela de Atenas_Platón_800px-Raffael_067Por todo ello, mi buen amigo, te aconsejo que te revistas de paciencia (que no está exenta de paz y ciencia), y revestido con el mejor de los discernimientos sepas soportar la incongruencia de quienes no son políticos por su exuberante preparación para gestionar la vida de otros y del bien común, sino por su capacidad para medrar en un oficio que desconocen y en el que hay que dar demasiados codazos para situarse en primera línea. Nosotros también diremos, pasados los años, que la política no es lo que nos habían dicho, “que era puro engaño”, pero la verdad es que la política con mayúsculas no tiene la culpa. Me refiero a esa Política del mundo clásico, considerada antaño como el arte de conducir a los pueblos hasta las más altas cumbres de su realización personal y humana, en lo individual y colectivo. Tal vez, el día en que nosotros podamos decir que comenzamos a ser aquello que soñábamos ser podremos exigirles a los políticos que sean como debieran ser. Si nosotros nos olvidamos de aplicar en nuestra vida el discernimiento, si admitimos una brecha, un desfase entre lo que somos y lo que debíamos haber llegado a ser, acabaremos aguantando a una serie de políticos mediocres cuyos actos quedan muy lejos de la buena praxis política, y de los mejores valores que ha de alcanzar nuestra sociedad.

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Sin duda en la política actual falta actitud de diálogo, capacidad de acuerdo, respeto por las ideas de los demás, sentido de la importancia histórica del momento, comprensión de los deberes de Estado, capacidad de entrega generosa por los mayores ideales posibles, humildad, sentido del honor, capacidad de servicio, austeridad, rectitud, sentido de la dignidad personal y del Estado, etcétera…, pues se hallan atrapados en el egocentrismo, en los intereses de partido (que siempre son partidistas y por tanto incompletos), en la verborrea mental y la demagogia, en lo temporal, en las presiones de los grupos de poder, en el miedo a la opinión de las gentes (generalmente manipulada por otros intereses ocultos), en la falta de visión clara de los objetivos a seguir, y tantas otras cosas que podrían apuntarse.

Pero algún día retornarán aquellos que con su saber habrán de levantar de nuevo el edificio de la gran Política, esa ciencia alejada de los pobres planteamientos que ahora nos rigen. Aunque no surgirán por generación espontánea, pues los grandes políticos provendrán de los mejores hombres que compongan nuestra sociedad. Si lográramos forjar en nuestra sociedad hombres cabales, rectos, coherentes, lúcidos en sus ideas y pragmáticos en sus decisiones, dignos, nobles, virtuosos… de esos hombres resultarían los grandes líderes de nuestra patria. Sin duda, no podremos exigir en otros aquello que no seamos capaces de lograr. Apostemos por la educación profunda de las nuevas generaciones y cosecharemos en el mañana conciencias esclarecidas y limpias de mácula.

Sí, mi buen amigo, pidamos sobre todo, discernimiento, y apliquémonos a ello con determinación si algún día queremos llegar a algún lugar antes de que nos alcance la desidia y el desinterés por el bien público. 

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