El proceso – Franz Kafka

Reseña realizada por Ramón Sanchis Ferrándiz.
Se dice que esta magnífica obra literaria de Franz Kafka no está acabada, pues su amigo, Max Brod, la compuso juntando las notas dejadas por su autor, sin tener una guía cierta de la prelación de sus capítulos. Tal vez por ello, el proceso seguido contra Joseph K. que se nos muestra en esta obra, no llega a las Altas Instancias del Tribunal y parece no terminar nuca. De ahí la solución que el pintor oficial de los jueces, Titorelli, le propone a Joseph K: “Quizá le convenga más el aplazamiento indefinido”.
En la obra se muestra la angustia de K. (Joseph K.) al verse sometido a un proceso en el que no puede llegar a conocer de qué se le acusa. F.Kafka nos presenta la gran maquinaria judicial que va anulando la voluntad del acusado, minando sus deseos y su libertad psicológica, destruyendo su confianza en sí mismo, humillándolo hasta el extremo de degradarse, procurando su entrega y total sumisión al proceso. El hombre, el acusado, acaba siendo parte de una gran máquina, es triturado por ella, pero a su vez, forma parte de ella.
Los guardianes no conocen a otros guardianes situados más hacia el interior de la Ley, en puestos más relevantes; los jueces subalternos no conocen a sus jefes jerárquicos, ni estos a los grandes magistrados, los Jueces superiores. Todo es un engranaje jerárquico que llega hasta lo infinito.
“¿De qué se asombra?”, le dice el pintor cuando tras una puerta situada junto a su cama hace pasar a K. por un corredor. “Son las oficinas del Tribunal (…) La Justicia tiene oficinas situadas en casi todos los desvanes”, como un monstruo que se ramifica sin parar. Es una representación de la hidra de la “burocratización” de comienzos del siglo XX. Y el hombre como máquina de deseo enfrentado a ella.
Hay indudables paralelismos con la vida de Kafka, pues él también se siente inmerso en un mundo absurdo que somete al individuo, lleno de leyes, normas y tradiciones injustas, juzgado por un tribunal desconocido. K. está muy influenciado por su niñez, en la que el padre murió pronto y la madre no se prodigo en mimos ni ternura con su hijo, al igual que le ocurrió a Franz Kafka. Siendo el hijo mayor, su padre quiere que se haga cargo de la fábrica de asbestos, pero Kafka no lo acepta, pues sabe que no podrá dedicarse a escribir. No ha hecho nada malo, pero es repudiado por su entorno familiar, lo cual queda reflejado también en su libro La metamorfosis, en que el personaje Gregor Samsa, de la noche a la mañana se transforma en un monstruoso insecto.
Y al final, en la obra, Kafka hace morir a K. asesinado en una cantera próxima a la ciudad, a mano de dos sicarios, con un vulgar cuchillo de carnicero: “«¡Como un perro!», dijo; fue como si la vergüenza debiera sobrevivirlo”. Y aquel proceso injusto, sin garantías ni notificaciones, sin documentación ni testigos, sin haber podido ver nunca al juez superior ni al Alto tribunal, es el reflejo de la administración decadente del imperio Austrohúngaro que Kafka conoció, la cual gobernaba por decreto y sin que el pueblo conociera las leyes promulgadas. Y más grave aún: antesala de lo que sucederá en Europa veinte años después con el Holocausto.
El texto de Kafka tiene la habilidad de sembrar la duda sobre la culpabilidad de K., dado que a muchos lectores les parece improbable que se acuse a alguien que no ha hecho nada, o tal fuera denunciado por algún motivo que no recuerda. Incluso, le asaltan tales dudas a personaje, Joseph K., puesto que se encuentra tan presionado por el proceso que, un instante antes de morir, aún se atormenta pensando si debía haber hecho algo más para defender su inocencia: “¿Cabía esperar ayuda aún? ¿Había objeciones que se hayan olvidado?”. Sin duda, tiene la gran propiedad de situarse entre lo real y lo fantástico.
Las descripciones de los lugares son oscuras, agobiantes, sin ventilación ni luz natural, con corredores largos y extraños, en donde el aire viciado es agobiante, pues el autor busca transmitir esa sensación de angustia y desasosiego que siente el protagonista por verse frente a una acusación injusta. Esa impresión se trasmite cuando se describen las oficinas que se encargan del proceso de K. situadas en un barrio marginal:
“Era un largo pasillo, desde el que una serie de puertas toscamente acabadas conducían a las distintas dependencias del desván. A pesar de que la luz no llegaba directamente, no estaba por completo oscuro, porque algunas dependencias no estaban separadas del corredor por paredes uniformes hechas de tablas, sino simples rejas de madera que, por otra parte, llegaban hasta el techo; a través de ellas entraba un poco de luz y se podía ver también a algunos empleados que escribían en mesas o estaban de pie junto a la celosía, observando por los intersticios a la gente que esperaba en el corredor”.
Y también al describir la vivienda del pintor Titorelli dice: “En el tercer piso tuvo que moderar el paso, estaba totalmente sin aliento; tanto los escalones como los pisos eran desmesuradamente altos y, al parecer, el pintor vivía en lo más alto, en una buhardilla. Además, el aire era muy sofocante, no había hueco en la escalera, sino que los estrechos escalones estaban cerrados a ambos lados por paredes, en las que solo de vez en cuando y muy en alto se habían practicado ventanas”. Y ya en la casa dirá: “(…) nunca pensó que se podría llamar estudio a aquel cuartito miserable. Apenas se podía dar más de dos zancadas a lo largo y a lo ancho. Todo, suelo, paredes y techo, era de madera, y entre las tablas se veían pequeñas grietas. Frente a K., contra la pared, estaba la cama, cubierta de ropa de cama de distintos colores (…). Detrás de K. estaba la ventana, a través de la cual, en la niebla, no se podía ver otra cosa que el tejado cubierto de nieve de la casa vecina”.
Aparecen también distintos escenarios en que se desarrolla la novela que corresponden a barrios marginales, que se describen como sombríos, grises, “con casas oscuras, calles llenas de una suciedad que se desplazaba lentamente sobre la nieve fundida”, “ratas que salen huyendo hacia al canal cercano”, sometidos “al ruido ensordecedor de los talleres próximos”, etcétera.
Las dependencias donde se instruía el proceso eran tan insalubres que K. se sintió mareado mientras esperaba en los pasillos a ser atendido. Al reponerse, dos funcionarios lo acompañaron hacia la calle, aunque ellos “acostumbrados al aire de las oficinas, soportaban mal el aire relativamente fresco que venía de las escaleras. Apenas podían responder, y la muchacha se hubiera desplomado quizá si K. no hubiera cerrado la puerta con rapidez”. Pues lo beneficioso para unos no lo es para quienes están acostumbrados a lo contrario. De ahí que se diga también en otro pasaje de la novela que “la tradición es que la ropa blanca pertenece a los guardianes, siempre ha sido esa, creedme; al fin y al cabo, es comprensible”
Kafka utiliza también algunas alegorías, como la pintura que hace Titorelli sobre la Justicia, en donde aparece ataviada con la venda en los ojos y la balanza en sus manos, pero con alas en los talones y corriendo. “Sí”, dijo el pintor, “tengo que pintarla así por encargo; en realidad es la Justicia y la diosa de la Victoria al mismo tiempo”. A lo cual replicó K. sonriendo, “No es una buena combinación”, “la justicia tiene que reposar; si no, se moverá la balanza y será imposible una sentencia justa”.
Y sin duda, uno de los pasajes más impactantes del libro es la alegoría del Guardián de la ley que narra el enigmático sacerdote de la Catedral que dice ser un miembro del Tribunal. En ella se expone lo sucedido cuando una persona que proviene del campo le pide al guardián acceso a la Ley. Allí se expone el código ético que sigue un guardián de la puerta, su actitud moral, aquello que puede conceder o no, sus reflexiones y respuestas.
El sentido general que la obra nos trasmite es la de que un individuo inocente puede caer bajo las redes de la justicia sin saber de qué se le acusa ni qué hizo en realidad para ser llevado ante los tribunales: “Una organización que no solo emplea guardianes corruptos, inspectores ridículos y jueces de instrucción que, en el mejor de los casos son mediocres, sino que mantienen a unos jueces de grado superior y supremo, con su séquito innumerable de ujieres, escribientes, gendarmes y otros ayudantes; incluso tal vez verdugos, no me asusta la palabra. ¿Y cuál es el sentido de esa gran organización, señores? Consiste en detener a personas inocentes e instruir contra ellas procesos absurdos y la mayoría de las veces, como en mi caso, sin éxito”. Y, por ende, el individuo se encuentra desvalido frente a la arbitrariedad de los poderes públicos, cuyos mecanismo pueden fallar, ya sea por algún interés particular, por desidia o corrupción.
La presenta novela tiene la propiedad de situarse entre lo real y lo fantástico. Kafka supo dibujar el mundo moderno y postmoderno que vendría después, su inconsistencia y falta de ética.
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