La pandemia

Publicado el 22 de julio de 2020, tras la primera ola de la pandemia del COVID-19, en el facebook personal de Ramón Sanchis Ferrándiz.

Esta pandemia del Covid-19, provocada por el nuevo virus Sars-Cov-2, no es la primera que sucede. Las más letales han sido la viruela, que se cobró hasta 300 millones de muertes, el sarampión con 200 millones, la gripe española de 1918-19, la peste negra de 1588-1600, las oleadas del cólera y el virus del Sida desde 1980. Junto a ellas han habido otras de menor importancia, tales como la gripe asiática de 1957, la gripe de Hong-Kong de 1968, la gripe porcina de 2009-10 y el virus Ébola de 2014-16.
En la actualidad estas enfermedades se trasmiten con gran rapidez, debido a la globalización y sus poderosos medios de comunicación. En cambio, el desarrollo de las vacunas suele detener su expansión con rapidez.
Pero a la luz de los datos científicos, puede decirse que hay algo habitual en esas pandemias víricas: por una parte, todas se controlan con higiene personal, desinfectantes, cuarentenas y el distanciamiento de otras personas; por contra, todas ellas se repiten en el tiempo, dando lugar a expansiones sucesivas. Es decir, estas epidemias suelen tener tres oleadas de similar intensidad. Cada una de ellas se representa por una curva en la que se dibuja el crecimiento con el paso del tiempo del número de infectados y fallecidos. Esta curva en forma de campana crece muy rápido al inicio, luego va aplanándose hasta que al final desciende.
A veces, estas nuevas infecciones son de menor intensidad, pero los datos de epidemias pasadas indican que la segunda y tercera oleada presentan picos de similar virulencia. Por ese motivo, desde hace unos meses se advierte que la pandemia podría retornar con la entrada del otoño. Los datos de rebrotes en España, más de 200 a 21 de agosto, parecen seguir esta senda. No obstante, pocos se imaginan viviendo una segunda cuarentena que abarque otros 100 días. La parálisis de la economía podría ser letal y, sin embargo, vivimos inmersos en un exceso de optimismo, lastrados por nuestra inconsciencia, como si ya estuviéramos a salvo.
Tan solo una vacuna podría aliviar o vencer este mal. Pero se sabe que la vacuna de Oxford, la que se encuentra en fase más avanzada, no estará disponible en el mercado antes de la primavera de 2021.
A nivel mundial la pandemia crece de modo exponencial, imperceptible, sigilosa e imparable. A mitad de junio, había 9 millones de contagiados y cada quincena se contabilizaba 1 millón más. Ahora, ya hemos rebasado los 14 millones y cada 3 o 4 días aumenta 1 millón más. Dentro de unos meses, las fronteras de los países no podrán detener la expansión de la pandemia. ¿Estamos preparados psicológicamente? ¿Estamos realmente alerta para aplicar los medios sanitarios que nos recomiendan? ¿Podemos dejar de abrazarnos durante algunos meses y renunciar a nuestras terrazas de bar?
Buena parte depende de nuestra actitud, aunque también dependemos de cómo se actúe en otros países. ¿Por qué no se han reunido todavía los grandes «líderes» (¿?) mundiales para compartir ideas?
Los partidarios del «buenismo» dirán que todo irá bien, aunque los datos y las gráficas lo contradigan. Los dirigentes que negaban la realidad del virus son quienes han visto sufrir más a sus países.
Pero siempre se dice que nunca es bueno alarmar a la gente, ni contarles la verdad. ¡Pobre gente!, piensan algunos, ¡hay que ir llevándolos de la mano y dándoles de comer con la cuchara! Pero quizá, si hubieran visto más de cerca la realidad del combate diario en los hospitales y el desfile de cajas hacia los cementerios, la gente se responsabilizaría ahora un poco más. No siempre es una buena solución mantener a los ciudadanos en el limbo de los justos, ajenos a la realidad. Las enfermedades no se curan dándole a beber a la gente un líquido blanco e indefinido que solo actúa en el cuerpo como placebo. Porque los sanitarios lucharon protegidos con sus plásticos y bolsas de basura contra una enfermedad real. Ellos sí la han visto: ¡el virus existe! ¡No lo ningunees! A menos que quieras que él te multiplique por cero, a ti y a tus familiares.
Ahora ya no harán falta aplausos de esos que se olvidan enseguida. Necesitamos una segunda toma de conciencia y seguramente una tercera en el futuro. Tal como se decía en «La historia interminable» de Michael Ende: ¡la Nada avanza!

 

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