Reconocer

Reconocer es un palíndromo, es decir, una palabra que puede leerse igual en ambos sentidos, de izquierda a derecha o viceversa. Así, a veces es tiempo de conocer, con ese ímpetu que nos lleva hacia adelante, en una búsqueda fructífera que nos permitirá ampliar nuestros horizontes colectivos e individuales y, a continuación, viene el momento que nos obliga a reconocer los conocimientos que quedaron olvidados, las buenas prácticas que ya no aplicamos, los principios traicionados, por olvido e indolencia.

La palabra reconocer describe por igual la necesidad de explorar territorios nuevos con el afán de un buscador de oro, o bien, de bucear en los propios defectos con propósito de enmienda. Me atrevo a decir que expresa la capacidad de encarar tanto el pasado como el futuro, lo propio o ajeno, lo interno y externo, con la misma intensidad y entusiasmo.

Mientras la palabra «conocer» parece mirar hacia el futuro que nos aguarda con la actitud de ir un paso más allá de nosotros mismos, «reconocer» apunta hacia nuestro pasado o nuestro mundo interior. Visto así, el conocer abre caminos desconocidos que nos permitirán entender la vida y la naturaleza; podemos conocer las leyes que esconde el universo o las claves para desactivar un virus; las propiedades de los átomos y el magnetismo o la naturaleza del color; las proporciones que hacen bella una obra de arte o el modo de sintetizar las algas marinas.

Sin embargo, la palabra «re-conocer», que significa volver a conocer, expresa la necesidad de recuperar algo que ya poseíamos, es decir, un conocimiento perdido u olvidado. A modo de ejemplo, al investigar una lengua antigua no descifrada, un buen día, un investigador reconoce patrones comunes que ya eran conocidos en otras lenguas; o tal vez, descubramos en la conducta de un niño ciertas carencias educativas, reconociendo que no hemos sabido educarlo bien. En el ámbito de lo personal, a menudo es necesario actualizar un conocimiento que poseíamos de un modo tibio o indolente, unos principios de conducta que se fueron difuminando en nuestra lucha por la existencia. Y en ese aspecto, es necesario reconocer los errores cometidos, levantarse una y mil veces más para seguir de nuevo la senda que nos fijamos. No tendría sentido reconocer un error para atormentarnos con el sentido de culpa, sino para enmendar lo que hicimos y reparar nuestra falta.

El acto de reconocer sería así un mecanismo de la conciencia para resituar nuestros pasos hacia el sendero correcto, esa línea que une el nacimiento y la muerte, quizá prefijada en nuestro ser como una promesa, una necesidad interior a la que a veces llamamos destino.

Si tomamos la palabra conocer en su acepción de «buscar, indagar, averiguar», ella exige de nosotros una actitud esforzada y valiente que ha de llevarnos a descubrir la verdad que ahora desconocemos. Es decir, no podemos conocer el mundo sin un espíritu aventurero y soñador que persiga cada nuevo horizonte que nos ofrezca la vida. Ahora bien, tras ese primer afán de conquista, viene la necesidad de asentar las ideas y emociones vividas para transformarlas en verdaderos conocimientos. Aparece entonces una nueva acepción de la palabra conocer: «comprender o entender la verdad». Y ello no puede lograrse sin un esfuerzo continuado, mediante un aprendizaje que involucre nuestro cerebro, nuestro corazón y nuestras manos. En dicha tarea conviene que vayan unidos el pensamiento, los sentimientos y las acciones. Por ello, conocer es el fruto de una vivencia profunda y consciente, más que una mera destreza o capacidad utilizada a la ligera.

Sin embargo, la naturaleza del ser humano está sometido a ciclos. A veces, el tiempo, la rutina o el cansancio hacen mella en nosotros y logran que ese conocimiento adquirido con tanto esfuerzo se olvide. Es entonces cuando aparece la necesidad de reconocer, pues necesitamos retornar de nuevo a los orígenes, ahondar en el olvido en busca de los conocimientos que tuvimos, mirar hacia el pasado con entereza y retomar lo perdido.

No en vano, «reconocer» tiene la acepción de «rescatar el conocimiento olvidado o de revisar constantemente lo aprendido». Sin duda, las grandes ideas se tornan a veces en «letra muerta», el hábito anula la conciencia, la pereza limita nuestro empuje inicial, y los conocimientos se diluyen en nuestra mente como un azucarillo en el agua. Entonces, hay que volver sobre nuestros propios paso, con renovado ímpetu, recogiendo la alegría y el entusiasmo perdidos, para abrirnos paso entre esa maleza de conocimientos olvidados. Es preciso renacer con humildad, sentirnos huérfanos, emocionarnos de nuevo con las pequeñas cosas, y vivir, no los grandes principios hieráticos, sino las pequeñas certezas cotidianas. Es necesario reconstruirse aunque nuestros pies, torpemente, hayan perdido la capacidad de caminar. Y tal como un avispado detective, con la intuición bien despierta, vigilantes, aplicarnos de nuevo a revisar aquello que decíamos conocer.

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