Reflexiones sobre la vida y la muerte.

Cualquier escritor es vitalista, y como escritor me sumo al manifiesto en pro de la existencia plena y consciente. Porque todo escritor se aúna con la vida, con los sueños, con la esperanza, con la proyección de futuro y los mejores anhelos para su mundo y sus gentes. Porque la vida se siente, se enseñorea de nuestra existencia y la sentimos vibrar bajo nuestra piel con toda su carga telúrica, mágica, mensajera palpable de la fuerza primigenia que puso los mundos en movimiento. La vida es lo que está siempre presente, al menos mientras nos quede una gota de su maravilloso elixir y una mínima hebra que nos mantenga aferrados a ella. Mientras perdure un cordón de sustancia, en tanto quede en nuestro pecho una pequeña brizna de aliento, la vida será todo, será dueña…

Universo_04Pero si algún día la vida termina, no desesperes, pues cuando ya se retire el manto de materia que nos encubre, tal vez la esencia que eres, tendrá que aprender de nuevo a gatear por otros caminos de luz, surcando las rutilantes estrellas de un mundo inmaterial semejante a los luceros que ahora te embelesan… Y quizás, cuando el velo de lo material se deshaga tan solo quede aquello que atesoras en tus profundos sueños del alma…

Sin duda, cuando duermes, tu cáscara de materia permanece aletargada, y sin embargo sueñas, transportado en un bajel que surca las galaxias insondables, las emociones más bellas y azules, los pensamientos más elegantes y elevados. Cuando cada noche te conviertes en vigía de tus sueños, apostado en las amuras de tu barco celeste, pareciera que has muerto para el mundo de los cuerdos, y sin embargo viajas como un loco enajenado por sus ensoñaciones, en un mundo de estelares vientos e irisadas olas, tan real para ti como las olas del mar que ahora te reciben en la playa. Pero recuerda, cuando navegues por ese mundo de ensueños, que eres mortal, que los sueños también acaban y tus deseos habrán de proyectarte de nuevo a la vida rutinaria que llamas ahora real… Y quizás, al igual que ocurre cuando los ensueños se desvanecen, en que debemos regresar a nuestro mundo de cotidianas realidades, tal vez ocurra en el trance hacia la otra orilla. Porque siempre se dijo que «igual es arriba que es abajo».

images_08En mi humilde opinión, no creo que tan solo exista lo que llamamos vida desde nuestra perspectiva física, pues he comprendido demasiadas cosas del pasado y el futuro en algún «sueño lúcido»; he convivido con gente noble que tenía capacidad de clarividencia; he escuchado el relato de quien ha retornado de un coma, esperanzado y luminoso, tan alejado del temor en que nos han educado; conozco los experimentos médicos sobre el trance de muerte que han logrado retornar a quienes, pasados varios minutos, ya se daba por muertos… todos ellos narrando una misma historia. Y considero, tal como decían los sabios de la antigüedad, que la vida y la muerte son dos caras de una misma moneda. Es decir, una misma realidad, a la que denominaban la Vida-Una, vista desde ángulos diferentes.

 

Reconocer

Reconocer es un palíndromo, es decir, una palabra que puede leerse igual en ambos sentidos, de izquierda a derecha o viceversa. Así, a veces es tiempo de conocer, con ese ímpetu que nos lleva hacia adelante, en una búsqueda fructífera que nos permitirá ampliar nuestros horizontes colectivos e individuales y, a continuación, viene el momento que nos obliga a reconocer los conocimientos que quedaron olvidados, las buenas prácticas que ya no aplicamos, los principios traicionados, por olvido e indolencia.

La palabra reconocer describe por igual la necesidad de explorar territorios nuevos con el afán de un buscador de oro, o bien, de bucear en los propios defectos con propósito de enmienda. Me atrevo a decir que expresa la capacidad de encarar tanto el pasado como el futuro, lo propio o ajeno, lo interno y externo, con la misma intensidad y entusiasmo.

Mientras la palabra «conocer» parece mirar hacia el futuro que nos aguarda con la actitud de ir un paso más allá de nosotros mismos, «reconocer» apunta hacia nuestro pasado o nuestro mundo interior. Visto así, el conocer abre caminos desconocidos que nos permitirán entender la vida y la naturaleza; podemos conocer las leyes que esconde el universo o las claves para desactivar un virus; las propiedades de los átomos y el magnetismo o la naturaleza del color; las proporciones que hacen bella una obra de arte o el modo de sintetizar las algas marinas.

Sin embargo, la palabra «re-conocer», que significa volver a conocer, expresa la necesidad de recuperar algo que ya poseíamos, es decir, un conocimiento perdido u olvidado. A modo de ejemplo, al investigar una lengua antigua no descifrada, un buen día, un investigador reconoce patrones comunes que ya eran conocidos en otras lenguas; o tal vez, descubramos en la conducta de un niño ciertas carencias educativas, reconociendo que no hemos sabido educarlo bien. En el ámbito de lo personal, a menudo es necesario actualizar un conocimiento que poseíamos de un modo tibio o indolente, unos principios de conducta que se fueron difuminando en nuestra lucha por la existencia. Y en ese aspecto, es necesario reconocer los errores cometidos, levantarse una y mil veces más para seguir de nuevo la senda que nos fijamos. No tendría sentido reconocer un error para atormentarnos con el sentido de culpa, sino para enmendar lo que hicimos y reparar nuestra falta.

El acto de reconocer sería así un mecanismo de la conciencia para resituar nuestros pasos hacia el sendero correcto, esa línea que une el nacimiento y la muerte, quizá prefijada en nuestro ser como una promesa, una necesidad interior a la que a veces llamamos destino.

Si tomamos la palabra conocer en su acepción de «buscar, indagar, averiguar», ella exige de nosotros una actitud esforzada y valiente que ha de llevarnos a descubrir la verdad que ahora desconocemos. Es decir, no podemos conocer el mundo sin un espíritu aventurero y soñador que persiga cada nuevo horizonte que nos ofrezca la vida. Ahora bien, tras ese primer afán de conquista, viene la necesidad de asentar las ideas y emociones vividas para transformarlas en verdaderos conocimientos. Aparece entonces una nueva acepción de la palabra conocer: «comprender o entender la verdad». Y ello no puede lograrse sin un esfuerzo continuado, mediante un aprendizaje que involucre nuestro cerebro, nuestro corazón y nuestras manos. En dicha tarea conviene que vayan unidos el pensamiento, los sentimientos y las acciones. Por ello, conocer es el fruto de una vivencia profunda y consciente, más que una mera destreza o capacidad utilizada a la ligera.

Sin embargo, la naturaleza del ser humano está sometido a ciclos. A veces, el tiempo, la rutina o el cansancio hacen mella en nosotros y logran que ese conocimiento adquirido con tanto esfuerzo se olvide. Es entonces cuando aparece la necesidad de reconocer, pues necesitamos retornar de nuevo a los orígenes, ahondar en el olvido en busca de los conocimientos que tuvimos, mirar hacia el pasado con entereza y retomar lo perdido.

No en vano, «reconocer» tiene la acepción de «rescatar el conocimiento olvidado o de revisar constantemente lo aprendido». Sin duda, las grandes ideas se tornan a veces en «letra muerta», el hábito anula la conciencia, la pereza limita nuestro empuje inicial, y los conocimientos se diluyen en nuestra mente como un azucarillo en el agua. Entonces, hay que volver sobre nuestros propios paso, con renovado ímpetu, recogiendo la alegría y el entusiasmo perdidos, para abrirnos paso entre esa maleza de conocimientos olvidados. Es preciso renacer con humildad, sentirnos huérfanos, emocionarnos de nuevo con las pequeñas cosas, y vivir, no los grandes principios hieráticos, sino las pequeñas certezas cotidianas. Es necesario reconstruirse aunque nuestros pies, torpemente, hayan perdido la capacidad de caminar. Y tal como un avispado detective, con la intuición bien despierta, vigilantes, aplicarnos de nuevo a revisar aquello que decíamos conocer.

Los arquetipos de Platón: la verdad (1ª parte)

Artículo publicado por Ramón Sanchis Ferrándiz en la Revista Esfige, en la sección de Filosofía — 1 de marzo de 2021 at 00:00

Mundo sensible-mundo inteligible

Según Platón, hay unas ideas primordiales que presidieron el mundo desde su creación. Estas ideas tipo que están presentes en el pensamiento divino son llamadas arquetipos.

La filosofía platónica expone que, frente al mundo material, al que Platón llama el «mundo sensible» porque solo podemos percibirlo mediante los sentidos, se contrapone un «mundo de las ideas», que solo podemos captar con la mente. Es obvio que un alfarero concibe primero en su mente la vasija que quiere modelar; por tanto, la vasija no sería nada sin esa idea previa que concibe su autor. La idea le sirve de modelo y el alfarero trata de que su pieza cerámica se aproxime a esa idea. Sin embargo, todo artista sabe lo difícil que es ejecutar una vasija semejante a la idea perfecta que concibe en su mente.

Algunos autores creen que esos mundos son opuestos, pues uno representa lo concreto y otro lo abstracto. Obviamente, ellos tan solo le dan realidad a aquello que pueden tocar y medir y, en esa categoría, no incluyen a las ideas. Esta es una visión pobre de la realidad, pues hoy sabemos que la luz es onda y partícula a la vez; que las partículas pueden reducir sus diminutas proporciones hasta ser consideradas como aromas o colores. Con el desarrollo de la razón, el ser humano ya no puede vivir sin pensar; cuando observa los objetos, plantas o animales, no puede dejar de sentir, ni acallar su mente; no percibe tan solo una envoltura material, sino su color, textura, aroma, gusto y, sobre todo, las características formales que los definen. Sus medidas y proporciones nos muestran el diseño que subyace en ellos, la perfección que encierran. Y tras esas proporciones hay números e ideas que Leonardo intentaba atrapar con sus cálculos y dibujos del hombre de Vitrubio.

El mundo de las ideas

Para Platón, las ideas radican en el mundo de las ideas, pero dicho mundo no es un paraíso abstracto alejado de nosotros: un cuchillo o un tenedor, una cuchara, un anzuelo, un botón, un puente o una rueda, son grandes ideas materializadas en objetos prácticos. A decir verdad, las ideas nos circundan y envuelven, nos asaltan en mitad de la noche reclamando pasar a formar parte de la realidad material.

Tal como se dice ahora, los arquetipos son ideas-fuerza, modelos o formas primeras que sirvieron de inspiración para el mundo sensible, aunque Platón no definió ese mundo sensible como contrapuesto al mundo inteligible. Ambos coexisten, aunque pertenezcan a dimensiones diferentes. De hecho, cuántas veces queremos comer más y nuestra mente nos aconseja no hacerlo porque atenta contra la salud. Y, dado que la mente puede controlar el cuerpo, no es posible que esas ideas de autocontrol provengan del cerebro, dado que el cerebro es parte integrante del cuerpo.

Los arquetipos de Platón

Cuatro son los grandes arquetipos de Platón: lo Bueno, lo Bello, lo Justo y lo Verdadero.

Todos ellos guardan relación entre sí, pues son aspectos parciales de la idea del Bien, ese concepto elevado que podemos intuir, aunque las palabras no siempre atinan a expresarlo, y al que Platón le daba la cualidad que otros reservan solo para Dios. Más tarde, Goethe afirmará que los arquetipos son las grandes ideas que guían nuestra inteligencia, faros lejanos e inalcanzables cuyo resplandor ilumina nuestra ruta hacia la idea del Bien.

Todos los arquetipos persiguen la idea del Bien y el desarrollo de uno propicia la comprensión de los otros. Por ejemplo, quien busca la verdad se aleja de lo subjetivo y se reviste de objetividad; en virtud de ello, adquiere una mayor comprensión del ser humano, descubre un sentimiento ético y se torna más bondadoso y justo, desarrollando así su belleza interior. Y de igual modo ocurre cuando se potencia otro arquetipo diferente: quien es justo se torna ecuánime, honesto, recto y no puede comportarse de modo incorrecto. De este modo, su manera de ser se acerca a la verdad y su comportamiento adecuado le acerca a la belleza y la bondad.

La filosofía

La filosofía, entendida como «amor a la sabiduría», no puede dejar de preguntarse por aquello que define la realidad material de nuestro mundo, aunque las ciencias físicas y naturales hayan centrado en ello su búsqueda, y, cómo no, de preguntarse por aquellos arquetipos que inspiran todo cuanto existe. Como buscador de certezas y enamorado de la verdad, el filósofo no tiene ningún campo vedado.

El filósofo quiere saber, va en pos del conocimiento, se busca a sí mismo, quisiera comprender al ser humano, pretende la verdad, busca a Dios.

La verdad

Y es obvio que la verdad ha de llevarnos desde la ignorancia hasta el saber. Por ello, parecería que la verdad es el arquetipo que es propio del filósofo, su anhelo natural, aunque hemos dicho que todos los arquetipos guardan relación entre sí y son varios los caminos que llevan a la realización de nuestro ser.

La comprensión de la verdad no siempre requiere de arduos razonamientos, sino de alimentar nuestra capacidad de observación. Hay verdades simples que concebimos intuitivamente y que todos admiten, tal como aceptamos de modo natural un axioma matemático (por ejemplo: por un punto pasan infinitas rectas). Igual ocurre cuando se afirma que todo ser humano aspira a ser feliz, o que nuestra libertad termina cuando su ejercicio daña a otros.

Así, debemos recurrir a esas verdades sencillas, pero de peso, que todos podemos comprender y hacer nuestras, como por ejemplo ocurre con los derechos humanos.

Sin duda, necesitamos la verdad para comprender las leyes de la naturaleza, para entender los movimientos de los astros o los fenómenos atmosféricos, los ecosistemas y especies que pueblan la vida, las combinaciones de los gases, virus, bacterias y átomos.

arquetipos de platón

Perseguimos la verdad cuando nos preguntamos también por el sentido de nuestra existencia: «¿quién soy?, ¿existe un destino?, ¿para qué vivimos?, ¿por qué morimos? y ¿quién o qué leyes han dispuesto que eso sea así? ¿Hay un Dios que lo rige todo, existe un destino inamovible o todo se mueve por casualidad?». Sin embargo, es difícil ponerse de acuerdo en aquellas verdades esenciales que definen nuestra existencia, porque exigen de nosotros destilar las leyes que lo explican a partir de nuestra propia experiencia y evolución interior.

No obstante, al poco de formular estas verdades, nos damos cuenta de que tal vez nunca podremos descubrir la gran Verdad que se esconde tras ese enigma que llamamos Dios, o el misterio de la vida o de la muerte. Sin embargo, a menudo, bastaría con encontrar algún indicio de verdad que diera sentido a nuestra vida, una verdad relativa y suficiente para nuestra imperfecta condición, aunque ella tan solo fuera la sombra de la sombra de esa gran Verdad platónica.

No obstante, con nuestro aprendizaje filosófico, podemos ir dando sentido a nuestra vida. Cada pequeña verdad atesorada suplanta una duda, una inquietud, aleja un temor, nos centra y equilibra, aportándonos una fuerza interior que no conocíamos. Descubrir certezas nos aleja de las conjeturas y refuerza el criterio propio, nos afianza y da solidez de pensamiento.

Desgraciadamente, hoy en día vivimos en el mundo de la opinión. Hemos suplantado la verdad con opiniones vagas, cambiantes, poco acertadas, aunque nosotros queremos creerlas como si fueran verdades elevadas.

Por tanto, la filosofía es más necesaria que nunca, porque nos aleja del subjetivismo actual, y nos acerca, paso a paso, a una verdad que no sea cambiante, conformista, mediocre.

Porque hoy en día, en nuestra cultura de la posverdad, hay demasiadas verdades a medias, palabras interesadas que esconden parte de la verdad, como ocurre cuando queremos justificar nuestros errores y mentiras.

Vivimos en un mundo que disfraza las mentiras con ropaje de verdad. No faltan las promesas electorales que nunca se cumplen, los bulos (o fake news), los asesinatos que nunca se resuelven, las noticias maquilladas, los partidos que creen en el pensamiento único y las religiones que siempre se consideran poseedoras de la verdad y, en nombre de esa verdad, acaban odiando a los demás.

Por ello, no en vano acabamos pensando que las verdades no son planta de este mundo. Sin embargo, la filosofía no se conforma con esa verdad descafeinada y llena de remiendos, con esa verdad mediocre que no conforma a quienes buscan lo ético, lo elevado.

Hemos dicho que hay verdades ciertas que todos entendemos, simples y profundas como la luz del sol. Todos sabemos, por ejemplo, que el sol nace por igual en todos los lugares del planeta y que, igualmente, todos tenemos derecho a la dignidad, al respeto, a la vida, a un poco de pan, un techo en que guarecerse y a creer en lo que nos plazca mientras nuestra libertad no atente a los derechos de los demás.

Y aunque no tengamos todas las respuestas, porque aún no somos sabios, como filósofos aspirantes a la verdad, formularnos preguntas nos mantiene vivos por dentro. No debemos olvidar la verdad que encierra el célebre poema de A. Machado cuando dice: «Caminante, no hay camino: se hace camino al andar».

El Bhagavad Gita

Reseña publicada en la Revista Esfinge Digital en Julio 2020, escrita por Raysan.

El Bhagavad Gita

El Bhagavad Gita

Este no es meramente un libro hindú que sirva para entretener y sin nada que aportar a la mentalidad occidental, sino más bien un libro de enseñanzas válidas y además necesarias para el momento actual. Ni es tan solo un libro milenario más antiguo que casi todos los libros conocidos, escrito al menos hace 5000 años, y para algunos autores, unos 27.000 años atrás. Ni es tan solo un libro sagrado de una religión, la hinduista, que perdida en los albores de nuestra historia escrita apenas nos dice nada… Ni es tan solo una joya literaria inigualable que rozó la frente de la juventud de las últimas décadas, ansiosa de una libertad real, despertando conciencias dormidas. No busques en él tan solo el exótico Oriente, ni el capricho de una moda pasajera. Este es un libro dormido desde el fondo de los tiempos en el corazón de la Humanidad, que tiene el poder de despertar el alma dormida, de liberar al alma prisionera.
Es un libro del que se puede aprender a vivir. A través de una guerra entre dos bandos contrarios, los pandavas y los kuravas, en la que figuran hermanos, primos y parientes en distinto grado, que pugnan por conseguir una ciudad, se muestra la lucha del ser humano por conseguir su propia evolución, en combate con aquellos elementos que pretende vencer y que viven en su propio corazón, como cercanos parientes que, no obstante, debe vencer. Así aparecen las dudas, los miedos, las angustias, el orgullo, la envidia, la pasión, la mentira, las miserias humanas en general y las ancestrales preguntas: ¿quién soy?, ¿qué es la muerte?, ¿adónde vamos?, ¿qué es la evolución del hombre?…
Al leer este libro nos identificaremos con el personaje central, Arjuna, príncipe pandava que es el reflejo de los anhelos y cuestiones que se plantea un hombre cuando su alma aflora, cuando su conciencia se despereza y se pregunta por el propio destino y el destino de la Humanidad, por el sentido de la muerte, por su concepción de Dios, por la existencia de vida más allá de la vida actual, por el valor que tienen distintas acciones realizadas con mejor o peor actitud, y si estas nos llevan realmente a evolucionar corno seres humanos.
Krishna, portador en la batalla del carro de Arjuna, como maestro, como voz que alecciona a Arjuna y no tanto como avatar fundador de una religión, le mostrará el camino del yoga para llegar a la unión consigo mismo y los demás seres, pero no un yoga de posturas físicas, sino de profundidad filosófica, en que priman las vivencias sobre las concepciones vacías y retóricas de los libros sagrados.
Le mostrará asimismo «el secreto de la acción», la manera correcta de actuar, siguiendo lo que nos dicta nuestra conciencia más elevada, nuestra concepción más alta del deber. Para lograr estar más allá de los éxitos y fracasos de nuestra conducta, para alcanzar un desapego de las preocupaciones que nos atenazan, se propugna la renuncia a los frutos de nuestras acciones, el hacer lo que se debe sin esperar otro premio que la propia satisfacción en la conducta correcta. Este es un modo profundo de vivir la dación, la generosidad, en contra del utilitarismo de nuestro mundo actual, que no hace sino aquello de lo que obtiene siempre algo material, siendo esta visión el medio de encontrar el propio centro, es decir, una estabilidad que no depende de lo externo, una armonía sinónimo de alcanzar una sabiduría aplicada y efectiva.
Abunda el Bhagavad Gita en las leyes que rigen la naturaleza y sus ciclos, en la verdadera concepción de la reencarnación —más allá de la ligereza o pobreza mental con que Occidente ha adornado estas concepciones—, la verdadera evolución como fin gradual al que lleva la conquista de sí mismo, la paz o quietud interior de quien logra el equilibrio entre lo que se piensa y cómo se actúa, y se rige por lo más elevado. Se muestra el modo de dominar los vaivenes emocionales a fuerza de encauzar aquello que deseamos, el modo de vencer la mente inquieta y especulativa a través de una disciplina mental, de una voluntad y perseverancia inalterables.
En una visión ecléctica, este libro nos dice que su esencia proviene de la fuente común en la que beben las diversas religiones, y que, alternativamente, cuando se entroniza la impiedad y la injusticia entre los hombres, son dadas a la luz por un avatar, un enviado, un maestro espiritual.
Pero no temas, lector, adentrarte en las sendas de otra religión, sino en los laberintos de la sabiduría; no dejes que te engorden con miedos con que unas religiones se apantallan para preservarse contra la expansión de las otras. El saber no es patrimonio de un tiempo y un espacio, el saber tan solo alcanza a aquellos que poseen la altivez de la libertad interior, a aquellos que saltan las aparentes diferencias en busca de la sabiduría que nos une a todos los seres, que nos da una patria común.
Dirá el Bhagavad Gita de sí mismo que, procediendo de la Divinidad, fue transmitido a los espíritus más altos, a los primeros guías de la Humanidad, a Manu, y fue dado a los reyes aún conocedores de la magia, de la «magna ciencia», del saber milenario y atemporal, aun antes de la era actual del Kali Yuga (de la edad oscura, de la edad de hierro) hace al menos 5000 años. Posteriormente, estos reyes con conocimiento de las siete claves guardadas en el mismo texto dieron paso a reyes tal vez más humanos, pero más alejados de la divinidad, y de este modo sus claves se fueron difuminando en el tiempo.
Fue transmitido al principio como un relato oral, como un misterio que acariciar en las noches junto al fuego bajo un cielo estrellado. Cuando fue compilado por Vyasa, corrió de mano en mano, como un cántaro, para mitigar la sed de generaciones, hasta llegar ante ti, lector, que tal vez nada sepas de claves, pero que al menos atisbas, cuando la intuición levanta la espesa cortina del olvido, que estás ante un libro de enseñanza, y no tan solo un libro sagrado de una religión perdida en un vórtice del tiempo, sino sagrado por ser un ave delicada que palpita en tus manos y despierta la conciencia cuando roza tus sienes con sus alas doradas, con sus etéreas palabras.
* Reseña publicada anteriormente en la revista Cuadernos de Cultura, en la sección de El libro dormido.

Ojo por ojo… y el mundo acabará ciego

 

Publicado con motivo del 1 de mayo de 2020 en el facebook personal de Ramón Sanchis Ferrándiz.

Ojo por ojo… y el mundo acabará ciego.
Fomentar el odio de clases mantiene siempre abiertas las heridas. No te extrañes pues si no cicatrizan.
Las sociedades siempre se encuentran, como un funambulista, cruzando el abismo sobre un delgado cable, en la eterna duda de elegir entre el pasado y el futuro.
Un instante de duda puede ser peligroso.
Siempre es más fácil mirar hacia el pasado y regodearse en sus defectos que construir un futuro, porque el pasado es una foto fija que siempre podremos analizar, en cambio, el futuro es un pez inquieto que se escurre de las manos.
Lo difícil es sembrar nuevas iniciativas y conductas que estén libres del odio. Porque solo quienes saben desembarazarse del odio pueden construir un nuevo horizonte. Nos conviene recordar los hechos, extraer la experiencia de lo ocurrido para no repetir errores; recordarla si, pero no rumiarla, ni lamernos nuestras heridas, porque debemos levantar el ancla y seguir navegando.
Fomentemos el desarrollo personal y la formación humana, para impulsar una sana convivencia, basada en el respeto y la comprensión, que pueda estar más allá de la condición social, de las diferencias de sexo, raza o color.
Fomentemos la capacidad de razonar, la formación profesional, informática o técnica, el trabajo en equipo, pero también la formación en valores, el sentido ético, la empatía, la imaginación, la creatividad y la iniciativa personal, y veremos aumentar la capacidad de decisión e independencia económica, a la par que la profundidad humana.
Y aunque los políticos no estuvieran a la altura de ese reto, ojalá cada ser humano aprenda a modelar con el barro del pasado la figura de su porvenir, individual y colectivo. Porque el mundo es también nuestra propia responsabilidad.

 

El miedo ante la pandemia

Hay gente que siempre necesita estar rodeada de gente, de bullicio, ruido y superficialidad; en cambio, hay personas que, rodeadas o no de gente, tan solo necesitan sentir viva su propia conciencia e identidad.
La gente que teme la soledad, que atesora compañías como si fueran pertenencias, aquellos que necesitan de la juerga continua porque no tienen un lugar interior en donde refugiarse, son presa fácil del coronavirus: así, hablan con horror de la pandemia, temen cruzarse con alguien en la escalera o infectarse con la sonrisa del frutero, evitan ir a la peluquería o a una cafetería para no exponerse, asaltan el supermercado por si acaso, cambian a menudo de humor, tienen altibajos espantosos, necesitan llorarle a alguien sus dramas, y en cambio, desconocen que sus propios miedos reducen sus defensas frente a la enfermedad y les hacen más propensos a ella.
Quién más la teme, quien más habla de ella, quien más pre-ocupado está por el virus, pronto cae en sus garras, dado que, aún sin caer enfermo, ya está atrapado psicológicamente. Sin embargo, quien atesora vivencias humanas, no se siente afectado por la reclusión de la cuarentena, pues necesita poco para sentirse realizado y feliz. Con un buen libro, buena música o una sana conversación con los suyos de cuando en cuando, se mantiene feliz.
Claro está que las actitudes positivas ante la vida no se aprenden ni improvisan en pocos días, pues fortalecernos por dentro no es fácil: sobrellevar con buen ánimo lo que nos depara la vida y poner ante el mal tiempo buena cara; analizar a diario nuestras propias reacciones, pensamientos y emociones; distinguir entre aquellas cosas que dependen de nosotros de las que no y preocuparse tan sólo de lo que podemos hacer; aportar siempre algo positivo a los demás, guardando adentro nuestras miserias, no es algo que cae del aire. Al fin y al cabo, quienes tienen bien claros sus fines y prioridades en la vida, tal como los médicos y sanitarios, afrontan cualquier contrariedad con altura de miras, y si viniera la muerte, la mirarían de frente, de igual a igual.

 

Teoría de las ventanas rotas

Teoría de las Ventanas rotas
Si dejas un coche abandonado en una barrio pobre, alejado del paso de la gente y con poca iluminación, es obvio que en pocas horas le quitarán la antena, los espejos retrovisores, las llantas, ruedas y todo aquello que sea aprovechable. En cambio, si ese coche es abandonado en un barrio residencial de clase alta, ese deterioro no suele producirse. Obviamente, la pobreza induce a las personas a buscar una salida a su situación de subsistencia.
Sin embargo, según «La Teoría de las Ventanas Rotas» desarrollada en 1969 por Philip Zimbardo, un psicólogo de la Universidad de Stanford, si a ese coche abandonado en el barrio residencial le rompemos una ventana, en unos días alguien romperá otras, robará las llantas o los limpiacristales. Por tanto, esa actitud no guarda relación con el nivel de pobreza.
Es decir, más allá de la situación económica de la gente, si algo muestra un desperfecto que no se repara enseguida, transmite una sensación de abandono y dejadez que impulsa a la gente a dañar ese objeto. Es algo propio de nuestra psicología social.
Lo vemos a diario en las comunidades de vecinos, en el trabajo y la propia casa, en el metro y en las bolsas marginales de cualquier ciudad.
Los primeros graffitis de las fachadas, si no se borran, llaman a otros grafiteros; los primeros signos de desprecio y violencia en las palabras, si no se corrigen, llaman a los puños cerrados; las bombillas fundidas, las humedades y desconchones de las paredes, si no se reparan, pronto se instalarán en nuestra mirada y en nuestras emociones. Es en los pequeños detalles cotidianos en donde se aprecia la actitud profunda del alma. Así, todo paso, por pequeño que sea, cuando se desvía del camino recto nos saca del sendero.
En muchos casos, la pandemia habrá logrado que mucha gente no se vista a diario, ni se afeite o maquille, y ello, unido a la laxitud psicológica, poco a poco, les lleva a una dejadez peligrosa que tan solo apunta hacia el deterioro personal. En un ambiente de incertidumbre frente al futuro, en donde a diario se nos bombardea con mil noticias alarmantes, si uno se deja llevar por los bulos o el temor al futuro, pronto se convertirá en una persona frágil e insegura, apresada por un miedo visceral o el pánico paralizante.
Es preciso evitar los primeros signos de deterioro físico y moral, recuperando las actitudes y la fortaleza interior. ¿Pero qué hacer si nadie nos enseñó que había un mundo interior? ¿Cómo reconstruirnos, si nadie nos enseñó a conocer nuestro valores y defectos? A decir verdad, si no tenemos cada día un breve instante para pensar, para leer un libro, para conversar con las personas que queremos; si no aprendemos a fortalecernos por dentro, a valorar lo que la vida nos entrega y a restaurar todos los desperfectos que observemos, pronto, por esa ventana rota entrará una error mayor que acaso no podamos vencer.
A la sociedad no siempre le interesa que aprendamos a pensar por nosotros mismos; basta con ser buenos trabajadores que no se salgan de lo que se espera de ellos, del carril trazado. Y tampoco se trata de hacer ahora una revolución social, sino una re-evolución humana silenciosa e imparable. ¿Por qué le damos tanta importancia a enseñanzas mecánicas y tan poca cabida a la psicología, la ética, o la filosofía, esa madre que abarca a todas las demás ciencias?

 

Materia y Espíritu

La Naturaleza como expresión de la divinidad

Afirmaban las civilizaciones clásicas que el Universo era una Unidad que tiene un sentido y marcha en una única dirección. De igual modo, aunque concebimos la materia y al espíritu como polos opuestos, los grandes filósofos siempre han advertido que ambos son la expresión de una única realidad. Decía H.P. Blavatsky, que espíritu y materia eran dos aspectos de la Naturaleza que son inseparables y se complementan a la perfección, en cada gusano o bacteria, en la piedra o en la estrella, en el viento y el mar. Así, la divinidad se manifiesta ante nosotros en el esplendor y desarrollo de la Naturaleza, ya sea en una brizna de hierba o en el más ínfimo átomo. Los panteístas creían que toda la naturaleza participaba de Dios; según su concepción, la divinidad se esconde en cada partícula de materia, dado que, en caso contrario, esa porción de materia estaría al nivel de esa divinidad y se burlaría de ella.
Según el filósofo Jorge A. LIvraga, si entendemos a Dios como algo absoluto y omnipotente que todo lo abarca, la Naturaleza es la expresión de esa divinidad. A pesar de que en el mundo reconocemos la luz y la oscuridad, la bondad y maldad, afirmaba que no pueden existir dos absolutos cuyo poder fuera inmenso y de igual valor. No es posible hallar una roca indestructible y una fuerza incontenible al mismo tiempo; si la fuerza fuera realmente incontenible, destruiría la roca, pero entonces, ella dejaría de ser indestructible. De igual modo, siguiendo esa analogía, no existe la luz y la oscuridad como dos absolutos independientes, ni tampoco el bien y el mal. Solo existe la luz, y donde ella no llega, hay oscuridad, que es «la ausencia de luz». Solo existe el Bien, y donde no llega aparece el Mal, pero el mal representa «la ausencia de bien».
La materia y el espíritu son dos caras de una misma moneda. Uno de esos aspectos se manifiesta en mayor medida que el otro según el grado de vibración en que nos encontremos. También el hombre encierra una realidad espiritual, llamada por las diversas culturas y religiones como su esencia inmaterial,  el propio Ser o el Yo-superior, aunque se manifiesta en lo material en distintos grados de vibración (física, energética, emocional o mental), en una escala que va desde lo más denso a lo más espiritual.
Así, cuando el Espíritu adopta su nivel de vibración más denso adquiere su aspecto material. Esa esencia luminosa y divina, se lentifica entonces, se adensa, manifestándose como materia.
Toda la Naturaleza es la vestimenta con que se muestra la divinidad a nuestros ojos. Pero, aún bajo su aspecto material, la Naturaleza refleja los valores del espíritu: incluso la materia inerte e informal, está en constante movimiento (porque la energía que duerme en ella necesita manifestar su pujanza y poder); mantiene la solidez (se agrupa en estructuras firmes que resisten cualquier embate); se ejercita en la resiliencia (se deforma, cambia, muta, se transforma, pero intenta volver siempre a su ser); adopta siempre posiciones de estabilidad (aún dentro del cambio constante y el movimiento); tiende al equilibrio (tal como el agua, que va hacia los niveles más bajos y la horizontalidad); busca la estabilidad, como expresión de un orden interno que delata la mano del espíritu (aún dentro del caos y de lo informal, descubrimos leyes que organizan los átomos, las moléculas, células y los tejidos).
Tras ella se esconde la verdad (expresada en las leyes de la naturaleza, inflexibles, justas, imperturbables); se reviste de belleza y armonía (visible en los copos de nieve o la flexibilidad del junco); en sus rasgos se adivina la perfección (por ello crecen los girasoles siguen las series de Fibonacci, al igual que el perfil de las olas del mar); en sus gestos se esconde la bondad y el amor (por ello las crías indefensas tienen rasgos adorables que animan incluso a sus enemigos a respetarlos, por ello los hijos se parecen físicamente a los padres, para que estos vuelquen en ellos algo más que su amor propio).
Todo en la Naturaleza material danza el baile del espíritu, a la par que el todopoderoso espíritu baila al ritmo de la materia, porque la necesita para expresar la profundidad de sus leyes y principios.

Mirando hacia el futuro

Publicado: el 01 de mayo de 2020.  Enlace: https://www.facebook.com/ramon.sanchisferrandiz
Ojo por ojo… y el mundo acabará ciego.
Fomentar el odio de clases mantiene siempre abiertas las heridas. No te extrañes pues si no cicatrizan.
Las sociedades siempre se encuentran, como un funambulista, cruzando el abismo sobre un delgado cable, en la eterna duda de elegir entre el pasado y el futuro.
Un instante de duda puede ser peligroso.
Siempre es más fácil mirar hacia el pasado y regodearse en sus defectos que construir un futuro, porque el pasado es una foto fija que siempre podremos analizar, en cambio, el futuro es un pez inquieto que se escurre de las manos.
Lo difícil es sembrar nuevas iniciativas y conductas que estén libres del odio. Porque solo quienes saben desembarazarse del odio pueden construir un nuevo horizonte. Nos conviene recordar los hechos, extraer la experiencia de lo ocurrido para no repetir errores; recordarla si, pero no rumiarla, ni lamernos nuestras heridas, porque debemos levantar el ancla y seguir navegando.
Fomentemos el desarrollo personal y la formación humana, para impulsar una sana convivencia, basada en el respeto y la comprensión, que pueda estar más allá de la condición social, de las diferencias de sexo, raza o color.
Fomentemos la capacidad de razonar, la formación profesional, informática o técnica, el trabajo en equipo, la eficacia, pero también la formación en valores, el sentido ético, la empatía, la imaginación, la creatividad y la iniciativa personal, y veremos aumentar la capacidad de decisión e independencia económica, a la par que la profundidad humana.
Y aunque los políticos no estuvieran a la altura de ese reto, ojalá cada ser humano aprenda a modelar con el barro del pasado la figura de su porvenir, individual y colectivo. Porque el mundo es también nuestra propia responsabilidad.

El coronavirus y la fortaleza interior

Publicado el 15 de abril de 2020.  Enlace: https://www.facebook.com/ramon.sanchisferrandiz/posts/2801639553218290
Vivimos una preocupante pandemia, que tendrá efectos económicos importantes, y también, en lo humano. Pero es este segundo aspecto el que me preocupa.
En la última crisis importante, la de 2007, nadie pensó que nuestro país podía tardar diez años en salir de ella. Y no todos salieron aún de aquel socavón. Habíamos llegado a un déficit del 9% del producto interior bruto.
Sabemos ahora que, esta epidemia del coronavirus hará caer este año la economía el mismo porcentaje, con un 20% de paro. Y no solo España tendrá problemas, sino todos los países que nos rodean de corte occidental; por tanto, poco nos va ayudar la mejora de la economía de otros, lo cual conlleva bajas exportaciones y paralización del comercio en general.
Aún tardaremos meses a recobrar una normalidad, pero apenas en cuanto a salir de casa habitualmente, como antes.
Pero no apunto estos datos para que cunda el desaliento, sino llamar la atención sobre lo que podemos hacer. No lo digo para que salgamos corriendo a comprar papel higiénico, ni harina o levadura, porque cuando acaparamos suministros se los estamos mermando a quienes están a nuestro lado, y ese egoísmo, tarde o temprano se volverá en nuestra contra. Cuando al inicio de la crisis del coronavirus, algunos países poderosos relativizaban sobre la importancia de la pandemia, su egoísmo y despreocupación les lleva ahora a cosechar los peores resultados. Y algunos países aún no se imaginan lo que les caerá encima dentro de unos meses, como EE.UU., África o Sudamérica.
Este es un año en que se pondrá a prueba la fortaleza de la gente. Tendremos que ejercitar la capacidad de aguante para cumplir las restricciones, de lo cual nos dan ejemplos los más niños; la paciencia para vivir las restricciones con una sonrisa y amabilidad, la solidaridad con los vecinos, el control de los egoísmos instintivos. Necesitaremos creatividad para reinventarnos, tal como han hecho muchas empresas, que han variado su antigua producción para fabricar batas o mascarillas.
Dentro de poco, será prioritario el tener la mente despierta para pensar en soluciones más que deprimirnos por el zapato que nos aprieta. Porque las obsesiones se controlan poniendo nuestro punto de vista en otra preocupación más elevada. De ese modo, cuando estamos viendo una buena película nos olvidamos de la necesidad de fumar; cuando estamos distraídos jugando al ajedrez o charlando con los amigos nos olvidamos de un dolor de cabeza.
Por ello, debemos comprender que hay acontecimientos que no podremos evitar, simplemente porque no está en nuestra mano cambiarlos. Sin embargo, hay muchos factores que dependen de nosotros, como nuestras actitudes, sentimientos e ideas.
En cuanto a las actitudes, evitando el inmovilismo, la pereza y la desidia que llevan al abatimiento general y la inactividad, trabajar con ilusión o buscar trabajo con el mismo afán cuando no se tiene, evitar la desconfianza o el odio que es propia de quien se encuentra tocado o hundido, el recelo ante los vecinos infectados, la creciente intolerancia ante los inmigrantes cuando hay poco trabajo. En los sentimientos, la irascibilidad, el malhumor y las malas contestaciones, evitando la angustia sobre el porvenir propio y de los hijos, el miedo a la enfermedad y la muerte, pues lo que haya de venir no siempre depende de nosotros. En cuanto a las ideas, pensar las cosas detenidamente, evitando caer en la vorágine de las circunstancias, manteniendo una estabilidad y solidez. Nos repetimos siempre que hay que estar centrados, pero no es fácil. En estas épocas es fundamental tener buenas lecturas que nos aporten buenas actitudes y pensamientos (antes que malas películas que nos distraen pero nada aportan), escribir un diario en que se recoja lo hecho en el día, dado que nos ayuda a reflexionar, conversar con los demás (en el viejo sentido de aportarnos ideas y escuchar otros modos de ver lo que ocurre).
Toca pues, lidiar con nosotros mismos, meternos en cintura, estar ágiles en lo físico y lo psicológico, ser sanamente alegres para transmitir confianza a otros, dando apoyo e ilusión a los demás, porque cuando nos empeñamos en dar luz menos posibilidades tendremos de caer en la propia oscuridad.