Signos y símbolos, de Vladimir Nabokov.

La vida sencilla de un matrimonio ruso que emigra a América constituye un relato soberbio en manos de Nabokov. Su hijo se encuentra en un sanatorio, aquejado de una dolencia extraña: «manía referencial». Cuando van a visitarlo, una enfermera se lo impide, aduciendo que su hijo ha tratado de suicidarse. Regresan a su casa, bajo la lluvia, repitiéndose que deben sacarlo de aquel lugar. Esta decisión parece devolverles un poco de luz a sus vidas. Pero unas llamadas de teléfono, de alguien desconocido, nos dejan un final de relato abierto… De este modo, el lector puede imaginar como cambiarían sus vidas si lograran llevar a su hijo a casa, o bien, especular sobre la procedencia de las llamadas telefónicas. ¿Se trata de una equivocación o alguien pretende comunicarles que el hijo se ha suicidado y la madre simula ante el marido que se han equivocado de número?
Nabokov no sustenta la fuerza narrativa en directas y detalladas descripciones de sus personajes, sino en el modo en que va tejiendo su atmosfera psicológica, mostrándonos sus actitudes ante la vida, preocupaciones y miedos.
El autor se descubre aquí como un gran narrador, capaz de recrear la frustración y la impotencia de los inmigrantes: su desconfianza con respecto a lo que les rodea, su aislamiento y soledad, ese modo de asumir que nunca serán considerados como ciudadanos de igual a igual. En Signos y símbolos, un matrimonio ruso de avanzada edad se encuentra ante un país desconocido que no entienden bien, enfrentados a situaciones que no saben resolver, como la enfermedad del hijo, lo cual provoca en ellos una sensación de impotencia y amargura.  Tal ocurre, cuando en el sanatorio no se les deja ver y acompañar a su hijo que ha intentado suicidarse. Un sanatorio «en el que las cosas se extraviaban o se traspapelaban tan fácilmente» que no se atreven a dejar allí ni el regalo de cumpleaños el hijo. Tal vez ellos ya no pueden decidir sobre la vida del hijo, pues tal como se apunta en el relato, esto ocurriría «¡si el interés que provoca [el hijo] estuviera tan solo limitado a su entorno inmediato! Pero lamentablemente no es así», porque su caso, «había sido objeto de un estudio muy elaborado en una revista científica».
El título. Signos y símbolos:
El título, que en manos de un buen escritor siempre aporta sentido al relato, ya nos predispone a encontrar signos y símbolos.  Es decir: signos que a modo de emblemas nos muestran una realidad social, aportándonos la visión temporal que es propia de una cultura, elementos que son utilizados de modo convencional para comunicarnos… y símbolos que actúan como cofres que encierran verdades más profundas, psicológicas o míticas. En realidad, todo gran autor añade a sus textos un nivel simbólico, subyacente, oculto a primera vista, en donde trasmite un contenido emocional, profundamente vivencial.
El propio Nabokov afirmará que algunos de sus relatos, citando el texto que nos ocupa, «se caracterizan por tener “una historia secundaria (principal) entretejida dentro, o puesta detrás de otra superficial, semitransparente”».
A modo de ejemplo, cuando el matrimonio espera en la parada de autobús para ir al sanatorio, la mujer observa que «bajo un árbol que goteaba lluvia y se mecía al viento, había un diminuto pájaro medio muerto que se debatía sin plumas e indefenso en un charco tratando de alzar el vuelo», lo cual es un símbolo profundo, un claro ejemplo de «sincronicidad», a la par que premonición maternal de lo que le ocurre en ese momento al hijo que está a punto de morir.
Considero también como simbólico que el autor no cite el nombre propio de los tres personajes principales (la tríada formada por padre, madre e hijo), cuando sí se da nombra a algunos personajes secundarios (Isaac, la tía Rosa, Rebeca Borisovna, Elsa…), aquellos que en cambio sirven de teloneros de la escena, lo cual nos indica que se trata de un relato con personajes genéricos. Son personajes tipo que reflejan las condiciones del inmigrante en aquella sociedad.
Y hay otros signos que aparecen a lo largo de todo el relato para dar sustento a este relato simbólico: los días grises, el color negro de los vestidos de ella, la lluvia intensa, el árbol de ramas desnudo, el paraguas y la marquesina del autobús que les sirven de cobijo… Y otros signos y símbolos más complejos, como la bajada al metro, viaje a través del submundo en donde se encuentran con la realidad de la vida, de la gente, con casos desdichados que provocan «compasión y asombro»; el corte de fluido eléctrico en el metro, un viernes en que todo se tuerce (cuando el día viernes, relacionado con Venus, la diosa del amor, debía ser día de alegría y felicidad). Y los tarros de mermelada… donde cabe preguntarse al respecto: ¿por qué se relaciona en el relato la última llamada telefónica con la fruta de la manzana? ¿Es por su significado bíblico como conocimiento del bien y del mal? ¿Es la última llamada la que debía aportarnos la clave de este relato?
Pero Nabokov mismo viene a salvarnos de caer en una exagerada visión simbolista. De hecho, cuando se refiere a la enfermedad del hijo, «la manía referencial», en el relato se dirá que «los árboles, que gesticulan en la oscuridad (…) las piedras, las manchas y también los rayos del sol forman esquemas y cuadros que representan de un modo obsesionante y espantoso mensajes que él debe interceptar. Todo es una cifra y él constituye el tema de todo». Todos los objetos y seres parecen dispuestos a atacarle, a lincharle y tienen opinión sobre su persona, por ello «no puede bajar la guardia y debe dedicar cada minuto y cada módulo de su vida a descifrar las ondas de las cosas». Lo cual nos hace pensar que, más allá de la historia principal que subyace bajo el relato superficial, de esas grandes líneas simbólicas que encierra, no podemos caer tampoco en la «enfermedad» de creer que todas las cosas nos hablan, nos acechan con sus significados, a riesgo de una locura intelectual, desenfocada y absurda.  
Los personajes:
El matrimonio, que vive en un humilde piso de dos habitaciones, situado en una tercera planta sin ascensor, ha emigrado desde Rusia a causa de la revolución. 
La mujer, a diferencia de otras mujeres de su edad, mantiene un buen aspecto y puede mostrar su rostro desnudo, sin aditamentos. Recuerda con añoranza su tierra y el paso por diversas ciudades, Minsk, Berlín, Leipzig, hasta recalar en el sueño americano. Cuando el marido se acuesta —mascando su disgusto y frustración—, ella se entretiene tirando las cartas (acaso buscando interpretación sobre el futuro en el juego de azar), observando las fotos del álbum de familia. Mira con detenimiento la evolución del hijo ahora enfermo, sus primeros dibujos, el colegio especial, la neumonía, cuando ya empezaba a crear en su mente fobias y quiméricas ilusiones sin sentido, a temer a cualquier animal u objeto; a la tía Rosa, la cual había vivido toda suerte de zozobras «hasta que los alemanes la enviaron a la muerte, junto con toda la gente de la que se había preocupado. 
El relato, que adopta un narrador omnisciente (escrito en tercera persona, aunque tomando un punto de vista muy cercano a los personajes), dibuja con maestría la sensación de resignada fortaleza ante los duros embates de la vida. «Esto y mucho más, ella lo aceptaba, porque vivir no era sino la aceptación de la perdida de una alegría tras otra, en su caso ni siquiera se trataba de alegrías, meras posibilidades de progreso». En suma, la madre que permanece en vela, representa la vigilancia interior de aquel que quiere ver en la oscuridad de la noche, en la oscuridad de los acontecimientos que atraviesan; ella es esperanzada resignación y fortaleza callada.
El marido, venido a menos ahora, había sido un gran empresario en su país, sin embargo, «dependía ahora por completo de la ayuda de su hermano Isaac, un verdadero americano desde hacía cuarenta años». Su dentadura postiza es un signo de vejez, pero es también un símbolo freudiano típico, que representa a quien ha perdido la capacidad de “masticar por sí mismo”, de alimentarse con sus propios medios (“de comerse el mundo”, como se diría en argot actual), en clara alusión a la dependencia económica que tienen de su hermano Isaac, «El príncipe» (¿quizá porque se percibe a sí mismo como un mendigo?). Según la visión que de él nos ofrece su mujer, se nos muestra abatido por el peso de los años, las expectativas y esperanzas frustradas en uno y otro país, la imposibilidad de medrar en ese nuevo país, y sobre todo, ante los hechos y circunstancias que viven con la enfermedad de sus hijo. Aparece en el relato más envejecido que ella (ya sea real o psicológicamente) y la mujer «que contemplaba las manos ya viejas de su marido (las venas hinchadas, la piel con manchas pardas), cerradas y crispadas en torno al mango del paraguas, ella sentía la presión creciente de las lágrimas». El trata de mantener el paraguas bien aferrado para protegerla (como símbolo de protección, elemento que les cobija de las inclemencias, y también, de la firmeza que él pretende, de la estabilidad familiar que ha de mantener, del eje vertical en el que trata de mantenerse). Sin embargo, dirá hacia el final del relato que no puede dormir «porque me estoy muriendo», porque necesita sacar al hijo de aquel sanatorio y vencer su impotencia, porque se siente frustrado como padre y en cierto modo culpable por la dejación de su responsabilidad: «Tenemos que sacarlo de allí a toda prisa. De otra manera seremos responsables de lo que pase. ¡Responsables!».
El hijo, al que no se nos muestra directamente, pero que conocemos por lo que cuentan los padres, es el vórtice o centro oculto alrededor del cual gira todo el relato, pues condiciona la vida de sus progenitores. Perdido en su mundo de abstracciones, atacado «por gigantes invisibles que herían a su niño de maneras inimaginables» el hijo había intentado suicidarse «porque lo que realmente quería hacer era abrir un agujero en su mundo y escapar».
Los apartados del relato:
El relato se halla dividido en tres partes. En la primera, se nos presenta a los tres personajes principales y se nos plantea la situación de la enfermedad del hijo y su intento de suicidio. En la segunda: es el retorno al hogar sin la presencia del hijo, es la fase en donde analizan su vida, repasan los recuerdos, momentos de disgusto, abatimiento e impotencia. Es su propia bajada a los infiernos. Por ello se dirá al respecto: «Pensó en las infinitas olas de dolor que por una u otra razón habían tenido que soportar ella y su marido». En la tercera: en donde retorna el humor y la esperanza a sus vidas cuando deciden rescatar al hijo del sanatorio y hacen planes de futuro.
En suma, un relato profundo, cargado de contenidos, capaz de deleitar por sus palabras y de plantearnos eternas cuestiones que afectan al comportamiento humano.    

 

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La visión antropológica de Satin Island, de Tom MacCarthy.

La visión antropológica de Satin Island, de Tom MacCarthy.

El presente libro de Tom MacCarthy desconcierta a la mayoría de lectores porque es novela y ensayo a la vez. Para unos, es un libro de culto plagado de enigmas y simbolismos que descifrar, para otros es un libro aburrido y difícil de leer. En realidad, Satin Island, presenta muchas facetas y admite variadas lecturas… pero nos centraremos aquí en la visión que ofrece de la Antropología actual y, en consecuencia, en la interpretación que realiza del mundo en que vivimos.
El personaje principal, U., es un antropólogo contratado por una empresa, La Compañía, para realizar un Gran Informe que defina la realidad de nuestra época. Dicha empresa asesora a sus clientes ayudándoles a definir sus agendas, políticas de venta, estrategias de marketing, ideas y proyectos, ya se trate de empresas, ayuntamientos, la prensa, gobiernos e instituciones. Pero U., descubre la imposibilidad de traducir a un informe la inmensa cantidad de aspectos y sucesos que va recopilando, así como la dificultad de elegir el medio más adecuado para representarlo.  
Entre otros aspectos a considerar, Satin Island nos presenta la visión actual de la Antropología, a la par que pretende ofrecer una visión global de nuestro tiempo… Pero, tal como ocurre en el Gran Informe que La Compañía le encarga, a medida que recopila miles de fotos y videos, noticias, artículos, anécdotas, avances sociales e inventos, realidades políticas con sus errores, fracasos y manipulaciones… descubre la imposibilidad de realizar una radiografía completa y exhaustiva sobre el mundo actual. En cierto modo, el autor, Tom MacCarthy, se conforma con dar unas pinceladas firmes sobre el lienzo, imitando la pintura impresionista, a fin de que, con la debida perspectiva, pueda intuirse la esquiva realidad.
La Antropología actual, nos muestra un etnógrafo que ya no precisa sumergirse en una cultura o tribu, convivir con ella durante meses para estudiar sus ritos, costumbres y mitos, porque al realizar su trabajo etnográfico de campo, el antiguo antropólogo tenía la desventaja de afectar, con su mera presencia, la naturalidad e inocencia de las reacciones de los nativos. Es decir, al igual que ocurre con las partículas del ensayo de la doble rendija de Feyman o con la paradoja del gato de Srödinger, el etnógrafo era parte del experimento, no un mero observador, sino un actor que participaba en la experiencia. En la actualidad, sabemos por dichos estudios de la física contemporánea, que el observador afecta al resultado, lo condiciona, e incluso, no podemos afirmar si el experimento ocurre en realidad o no cuando no existe un observador que lo contempla.
La realidad, nos dirá la física cuántica, no existe como entidad absoluta e inamovible, sino en función de todo lo que nos rodea y de aquellos a priori que sustentamos. Es lo que se deduce también del experimento científico de los gatos que viven en una amplia sala, lisa y sin obstáculos, cuando se introducen sillas y mesas: ellos se golpean repetidas veces contra sus patas, porque no son capaces de verlas; dado que tan solo conocen un espacio abierto, libre y bidimensional, no pueden comprender esa realidad en “tres dimensiones” mientras no tomen conciencia de ella; solo al cabo de un tiempo, tras golpearse múltiples veces contra las patas de los muebles, pueden dar como posible la tercera dimensión y finalmente concebirla.   
Quizá al hombre actual le ocurre algo semejante: sabe mirar, pero no es capaz de ver la realidad de un mundo en decadencia, porque no concibe una realidad tridimensional que otros pocos ya vislumbran. Su modo de mirar, demasiado plano, bidimensional, le impide ver el mundo con la debida profundidad, porque ha de aprender a reunir los fragmentos dispersos de nuestra realidad, aquellos que se encuentran esparcidos entre los sucesos, noticias, avances técnicos, patrones de comportamiento humano, paradigmas e ideas sociales… Cuando esos fragmentos multicolores se agrupan y consideran con cierta distancia y objetividad, puede contemplarse la realidad de nuestro mundo como en un moderno caleidoscopio. Sin esta visión descontaminada y sincrética, no puede apreciarse la verdad de nuestro mundo.
Y esta es la visión que nos ofrece Satin Island cuando habla de fragmentos dispersos de la realidad de nuestro tiempo, aparentemente desconectados y sin interés aparente. Un lector superficial se preguntará ¿dónde está la trama? ¿quiénes son los personajes reales de esta historia?… Tal vez por ello, este libro tiene una acogida dispar, pues exige una lectura atenta, profunda y analítica para ser bien comprendido.
Sin duda, Satin Island, representa una visión moderna de la Caverna de Platón, mostrando los antivalores e intereses de un sistema que atenaza y degrada al hombre: el exceso de información en los medios que lo aleja de una verdadera formación, la manipulación interesada de las corrientes de opinión, los manejos sociopolíticos, el estudio de sus patrones de conducta y de consumo para ofrecerle nuevos productos e ideas enlatadas, la moderna arquitectura de redes que todo lo detecta, aglutina y reconduce. Un mundo que ha de convivir con los vertidos de petróleo provocados por intereses comerciales, los coches bomba en los mercados, las manifestaciones ante polémicos acuerdos del G8, las hambrunas y migraciones, el fanatismo religiosos, la superpoblación, los atascos en las grandes ciudades, las actividades nocturnas de dudosa legalidad, los extraños asesinatos de paracaidistas y tantas otras cuestiones, aparentemente deslavazadas e inconexas, que U., el etnógrafo cultural, observa y analiza. En este sentido, U. , haciendo suyas las palabras del famoso antropólogo Lèvy-Satraus, afirma que “todos los aspectos que se estudian y recogen de las diversas culturas son como partes correlacionadas de sistemas mayores ocultos no solo tras una sola tribu sino tras la tribu común de la humanidad”.
El personaje principal de Satin Island, llega a decir que «aunque mi supuesta tarea, mi función “oficial”, como etnógrafo empresarial, era obtener significado de todo tipo de situaciones (…) en ocasiones, mi labor era dar significado al mundo, no cogerlo de este (…) Desempeñar, una variedad de tareas encubiertas que pasan desapercibidas para la mayoría de la población, pero de las cuales depende el bienestar, incluso la supervivencia».
En la antropología clásica, dirá U., «hay una rígida distinción entre el “campo” de estudio y tu “medio natural”», sin embargo, tal distinción no se da en la antropología del presente. El antropólogo actual no es un etnógrafo que hace el trabajo de campo en una isla remota: él comparte la vida con sus propios “informantes”, pues todo su entorno es su campo de estudio. Lo cual exige, descubrir los lazos invisibles que unen a las personas de diversos lugares, las ideas culturales y contraculturales que mueven sus hilos de pensamiento, las líneas de desarrollo y expansión de las grandes empresas, sus soterrados proyectos e intenciones…  
¿Para qué? ¿Qué pretende la Compañía con ello? Quién sabe, todo es susceptible de ser utilizado para crear esa gran telaraña en la que se enreda el hombre, esa red que tejen las grandes multinacionales a las que el etnógrafo sirve, de modo que, «pese a su gran escala gigantesca» resulten «invisibles para la población en general». Para los antropólogos, afirmará U., «hasta lo exótico no es exótico». Todo lo extraño forma parte de nuestra realidad, pues aquellas manifestaciones humanas que parecen diferentes, tarde o temprano descubren su esencia común, pues encaja en unos pocos patrones y paradigmas actuales.
La Compañía, busca aquello que preocupa e interesa a todas las personas… aquello que aúna a los hombres para crearles necesidades, venderles productos e ideas, a fin de conocerlos, o más bien manipularlos. Por ello, el antropólogo U., se adhiere al principio a ese proyecto, aunque más adelante, descubre que es malévolo y perverso, porque hay una única visión a la que apunta: lograr que todos los seres vean tan sol aquello que se les muestra, al igual que aquellos esclavos que en la caverna de Platón se hallan forzados a ver las imágenes distorsionadas que se les muestran en la caverna, haciéndoles creer que son realidades.
Pero lo que antaño era ciencia ficción pronto se convierte en actualidad… Tal vez por ello, U., nos recuerda la visión que sustentaba el antropólogo Lèvy-Strauss: «al estudiar una cultura siempre se tiene la sensación de llegar “demasiado tarde”, porque el mundo que va descubriendo ya le parece decadente si lo compara con una etapa o época anterior». La Compañía tiene como emblema la Torre de Babel, símbolo bíblico de la arrogancia del hombre que pretendía alcanzar a Dios, motivo por el cual la humanidad fue castigada con la dispersión. Aquella dispersión dio lugar a la diversidad de lenguas y criterios, al olvido de sus costumbres y conocimientos… Por ello, el antropólogo actual, ante ese caos de vida, de costumbres e ideas, busca aquello que subyace en todas las culturas y seres humanos, aquello que le permita entender a las personas de esa cultura global que agrupa a casi todos los seres de este planeta. Ya no se dedica como antaño a recopilar objetos, herramientas y utensilios, arpones y acederas, sino a recuperar esas claves perdidas que le permitan entender el mundo y la realidad oculta de esa gran tribu que llamamos “humanidad”, ya sea utilizado para bien o para mal, según la ética de quien lo realiza.                                                                          Ramón Sanchis Ferrándiz (Raysan)

 Satin Island. Tom MacCarthy. Editorial Pálido Fuego, S.L. Málaga; 2016.

Tom MacCarthy, (1969, Londres) es conocido en el mundo artístico por los informes, manifiestos e intervenciones mediáticas. Hasta el momento ha publicado las novelas ResiduosHombres en el espacioC y Satin Island. En 2006 publicó además el ensayo Tintín y el secreto de la literatura y, en 2017, el libro de ensayos literarios Typewriters, Bombs, Jellyfish. Ha sido dos veces finalista del Man Booker Prize, y en 2013 recibió el primer Windham-Campbell Literature Prize de la Universidad de Yale.

La Isla (de Giani Stuparich) y El chico de Pedersen (de William H.Gass).

Análisis comparado de los libros, La Isla (de Giani Stuparich) y El chico de Pedersen (de William H.Gass), en torno a las relaciones padre-hijo.

En el presente texto se analizan dos relatos que abordan las relaciones entre padre e hijo. Aparentemente son relatos dispares que no presentan puntos de conexión, sin embargo, desde registros totalmente opuestos, podemos ahondar en una misma problemática.
En el relato breve de La Isla, del escritor italiano Giani Stuparich (1), se muestra la relación entre un padre e hijo que, tras años sin verse, intentan reencontrarse de nuevo. El padre, aquejado de una enfermedad incurable, propone al hijo pasar unos días en la isla de la cual son originarios, en un intento de disfrutar de aquellos parajes añorados y de recomponer la comunicación perdida entre ellos. Por un lado, el padre desea retornar a la placidez de isla no tan solo como tierra natal añorada, sino de un modo inconsciente, anhelando encontrar su propia raíz existencial; el hijo, en cambio, prefiere las montañas, pero acude ante la llamada paterna. Hay un aura de misterio en ese viaje que el padre emprende hacia la isla, tal como si se dispusiera a enfrentarse consigo mismo, con sus miedos, con sus errores y angustias, preparándose para el tránsito hacia la otra orilla… anhelante en ese trance de la compañía del hijo para sentirse amado, para reivindicar ante él su propia conducta, a fin de que el hijo entienda el sentido de su vida, de trasmitirle su legado vital. Un legado que se engarza fuertemente con “la isla”.
Es un texto de una gran belleza plástica, en donde los sentimientos de ambos protagonistas discurren en paralelo a las vivencias en la isla: el coraje, la fuerza interior, el afán de aventura que se expresan en la bravura de las olas y el furor del mar abierto; la calma y el sosiego que se experimenta en las recónditas calas y en los muelles; el barullo y la algazara de la vida que se respira en el ajetreo de los forasteros y las risas de las terrazas y veladores; la inseguridad ante la propia travesía, reflejada en el bamboleo de un bote inestable; el hedor del puerto cuando se acerca el fin…
En El chico de Pedersen (2), del estadounidense William H. Gass, la vida de una familia que permanece aislada por la nieve en plena montaña, se ve alterada cuando aparece el cadáver del chico de Pedersen, su vecino, congelado junto al pesebre. ¿Cómo ha llegado hasta allí, solo, caminando en plena ventisca? ¿Por qué no vienen los Pedersen en su busca? ¿Han sido asesinados por algún extraño? A partir de aquí, la posibilidad de que alguien haya asesinado a los Pedersen, creará una expectativa que marca toda la narración.
En el relato de W.H. Gass —acaso menos lírico que el texto de Stuparich—, se expresa como en ningún otro la lucha del hombre contra las inclemencias del invierno, las ventiscas, el frío y la nieve. Porque la naturaleza impone sus ritmos, sus silencios, su letargo… y ante esa naturaleza poderosa, el hombre se siente acorralado e indefenso, frágil, pequeño, viéndose obligado incluso a una relación humana que poco a poco se va deteriorando hasta tornarse agresiva. No en vano se nos presenta a los personajes como fieras enjauladas que se odian, se temen, se insultan y agreden con saña. Aquí no se trata de una naturaleza amable que acompaña los sentimientos de los personajes, como se presupone del medio rural, sino de un entorno extremo que los condiciona y enloquece.
En ambas historias se mantiene la tensión narrativa basada en el miedo de los personajes ante lo que podría ocurrir: la soledad y el abandono, el frío extremo, el tabaco y el alcohol que se adueñan de la persona e imponen su ley, el agresor desconocido que ronda afuera, la enfermedad incurable, la muerte… En consecuencia, hay una lucha psicológica entre “lo que la realidad es” y “lo que se pretende que sea”, más remarcada en El chico de Pedersen. Los personajes se nos muestran atrapados en sus vaivenes emocionales, con sus quimeras e ilusiones, sus angustias y frustraciones, sueños e ilusiones, aquejados de especulaciones mentales siempre contaminadas por dichos temores.
En ambos relatos se nos muestran, desde las primeras páginas, unas relaciones entre padre e hijo difíciles, deterioradas, aunque tal vez fueran satisfactorias tiempo atrás. En La Isla, el padre es un hombre de mar que no se sentía ligado a nadie, acostumbrado “a los fugaces retornos al hogar familiar”, “donde le parecía haber dejado algún que otro objeto personal, algún que otro recuerdo, pero nada que estuviera vivo”. Hasta un momento en que comenzó a sentirse unido a aquel niño “de ojos asustados y suplicantes” al que no podía traicionar “sin envilecer su más íntima esencia”.
En La Isla, el hijo, que había idealizado la personalidad del padre, observa cómo la enfermedad va minando su fortaleza y seguridad, lo cual le afecta, porque siente “la fría palidez de la muerte” que ronda como si le persiguiera a él mismo. De este modo se dirá que “un sentimiento de incertidumbre y de miserable compromiso con la fatalidad lo invadía todo”, pues “quien asiste impotente a la trágica lucha, y tiene en sus venas la misma sangre que la víctima, sufre un horror reprimido y todos sus minutos están envenenados”. Por qué no se los llevó antaño aquella ola traicionera, se pregunta el hijo, cuando vivían en un estado de plena armonía… “ahorrándoles el ir hundiéndose lentamente entre ilusorios restablecimientos y humillantes abandonos”.
En El chico de Pedersen, más allá del miedo a ser asaltados por un asesino, en toda la historia subyace la problemática de las tensas relaciones del padre, Magnus, con el hijo y protagonista principal, Jorge, de unos doce años. El padre, es un alcohólico que siempre está de mal humor, un déspota que mantiene a todos atemorizados con sus reacciones agresivas, un machista que ha anulado la voluntad de Hed, su mujer, y del peón que trabaja para ellos, Big Hans… Al respecto, su hijo Jorge dirá: “lo único que le importa es el wisky y la cicatriz que lleva en la cara. Lo que quiere es emborracharse como un cerdo. Lo demás le da igual. No le importa nada”. Y cuando la madre, descubre el escondrijo en donde guarda la botella de wisky, el personaje nos advierte de que: “Si averigua que lo había descubierto madre —mala cosa—. Estaba orgulloso de sus escondrijos. Lo único que le producían era orgullo. Supongo que no resultaba fácil engañarnos a Hans y a mí. Pero a madre no la consideraba gran cosa. Y si lo averigua —que la había descubierto una mujer— iba a haber problemas”.
Sin embargo, cada relato adopta una salida diferente a esta situación…
En La Isla, el hijo enfocará la relación con su padre por la senda del respeto y la comprensión, tratando de recomponer la relación perdida, perdonando sus ausencias y aprendiendo a valorarlo. Incluso se reprochará a sí mismo su excesiva tristeza y preocupación por la enfermedad “corriendo el riesgo de convertirse en un peso para su padre antes que en un consuelo”, o bien, por no haberle hablado con mayor franqueza y ternura en sus últimos momentos en la isla: “habría debido animarlo y confortarlo en el espíritu”.
En cambio, en El chico de Pedersen, Jorge acaba odiando a su padre y en algunos momentos hasta intenta matarlo, aunque no queda bien definido en el relato si lo hace en realidad (tal vez “sueña” con matarlo, en sentido freudiano, es decir, porque detesta sus defectos): “Le odiaba. Joder, de qué manera. Pero ya no como a un padre. Como al espacio rutilante”. Y a pesar de no desear ese viaje hasta la casa de los Pedersen —que en cierto modo es un viaje en que deja atrás la inocencia—, Jorge lo llevará a cabo, saliendo triunfante de la empresa. Después, percibirá con mayor realismo la pobre personalidad del padre, de la cual quiere alejarse; también la de Hans, que se encamina a ser un calco de Magnus; y la pasiva e indolente indiferencia de la madre, que le muestra un modelo nefasto que merma su firmeza con su nociva permisividad. Y Jorge, tras esa prueba, se sentirá bien “como me habían dicho que debería sentirse uno en la iglesia”. “El invierno, por fin, había terminado con ellos”, pensará.
Son dos enfoques diferentes los que se nos muestran en estos relatos, dos caminos que divergen y un punto en común, pues se trata de intensos pasajes plasmados con maestría, cargados de vida, de significados profundos, de simbolismos por descubrir.

                                                                                                                                   Ramón Sanchis Ferrándiz (Raysan)

(1)    La Isla, relato breve de Gino Stuparich. Traducción de José Ángel González Sainz. Editorial Minúscula S.L.; Barcelona; 2012.
(2)    El chico de Pedersen: relato breve incluido en el libro En el corazón del corazón del país, de William H. Gass. Traducción de Rebeca García Nieto. Editorial: La navaja suiza; 2017.
Cita

 

“¿Sueñas con ser escritor?… ¡No desfallezcas nunca, hermano!… Que tus pasos te lleven siempre hacia el lugar en que mereces estar, ¡arriba, siempre arriba!

Has decidido ser un artesano de la imaginación, un centinela de las palabras… ¡permanece pues en tu lugar almenado, guardián de las historias que el mundo precisa, vigía de un nuevo amanecer!…”.

 

¿Sueñas con ser escritor?

Por un hilillo de agua…

¡Ay, qué no daría yo por un hilillo de agua! Así podría lavar esta ropa mugrienta y llena de barro que se nos pega a la piel con insidia, y la niña podría vestir de blanco-blanco el día de su primera comunión…

Sí, y Juanita se lo merece, tal como se merecen las flores sus vestidos de vivos colores en primavera.

¡Ay, qué no daría yo por un hilillo de gua, aquí mismo, junto a la casa! Así Juanita no tendría que destrozarse el calzado ni las manos yendo a la hondonada del cauce, y la niña no tendría esos dolores incrustados en su delicada espalda de princesa.

Sí, Juanita se lo merece, tal como se merecen los juncos el agua, para cimbrearse sobre ella y contemplarla.

¡Ay, qué no daría yo por un hilillo de agua, aquí mismo en la trasera de la casa!

Así Juanita me ayudaría a plantar un maizal prolijo y dorado entre los surcos de la tierra, y la niña podría crecer más, enrasando su estatura con el penacho de las mazorcas.

Sí, Juanita se lo merece, tal como se merecen los dorados maizales su belleza y color.

¡Ay, qué no daría yo por un hilillo de agua, aquí mismo junto a la cerca de los chanchos! Así Juanita no tendría que pastorear a los animales hasta la ribera del río… Y la niña podría garabatear con lápices las páginas de esos cuadernos con rayas que dan en la escuela.

Sí, Juanita se lo merece, tal como se merecen las aves que emigran saber orientarse para llegar a la calidez del Sur.

¡Ay, qué no daría yo para que no se fuera hacia el Sur sin regreso!

Ya no tañe la campaña… (poema).

Sotres_Picos-de-Europa

Ya no tañe la campana…

El camino se adelgaza a lo lejos, sinuoso,

buscando la egregia muralla que encierra la aldea.

En el promontorio, un llamativo campanario de tejas oscuras

sobresale por entre las azoteas de las sombrías casas;

a su lado un esbelto ciprés acaricia el cielo brumoso y gris.

En el entumecido valle, las retamas alzan sus manos fibrosas

persiguiendo la niebla, mientras las espadañas

se cimbrean orgullosas de su esbelto talle.

El río serpentea sigiloso por entre los cañaverales

canturreando murmullos antiguos;

los rojizos campos, sedientos de gestas pasadas,

aguardaban la siembra.

A las cinco de la tarde…

cuando los campos se aletargan,

una campana olvidada tañe a muertos,

mientras la bóveda de la tarde repite su bisbiseo.

Allá arriba, en los cerros,

las encinas se encaraman a las peñas

disputándole al difunto la luz y el aire broncíneo.

A las cinco de la tarde…

cuando ya no gime la campana su desconsuelo

y la aldea huérfana se aquieta y arrellana,

las chimeneas fabrican con sus bucles de humo

historias que contarle al viento.

Tendida en el valle, descansa ya la sementera.

A lo lejos se divisan los nogales de porte majestuoso;

entre sus ramas quedan los murmullos pretéritos

que alguna vez escuchamos pronunciar al difunto.

Ya no tañe la campana…

y en el aire trenzan cintas multicolores los silencios.

Las horas, al igual que la tramontana,

empujan suavemente los recuerdos hacia el olvido.

Ya no tañe la campana…

                                                                              (Raysan).

El libro mágico (Cuento).

El libro mágico.

Cuando a los siete años su padre consideró que tenía uso de razón le regaló un libro. Era un ejemplar de tapas duras y páginas amarillentas, ajado y misterioso. Este libro, dijo, me lo entregó mi padre… Y a este se lo entregó a su vez, su padre. Verás que es un libro que habla por sí solo; en cada página se condensa toda una vida. El libro se titula “El joven de carácter”.

Libros antiguos_04—Que las máximas que aquí se recogen te ayuden a convertirte en un hombre —afirmó en un tono solemne—. Son vivencias que han recopilado tus ancestros, pues eso y no otra cosa constituye un buen libro.

El niño, que apenas intuía lo que significaba la palabra máxima, lo abrió con respeto y admiración.

—Entonces, ¿aquí están las cosas que les ocurrieron a mis tíos, a mis abuelos y demás parientes?

—Sí, hijo, en este libro se hallan sus pasos, sus ilusiones y temores, aquello que aprendieron con mucho esfuerzo, a veces a golpes, cuando eran jovencitos… como tú.

Al principio, el padre leyó aquellas páginas extrañas con el hijo, unos minutos antes de dormir, en aquella duermevela en donde la conciencia aún no ha replegado sus velas y no se ha dejado llevar, río abajo, hacia el mundo invisible de los sueños. Allí, en aquellos momentos en que los buenos jardineros plantan sus mejores semillas, aquel padre amoroso sembraba en su alma aún modelable el amor y la elocuencia, el orgullo de ser y el esfuerzo, la generosidad y el pundonor, la defensa del débil y la justicia, la dación de lo que aún incluso nosotros precisamos y del afecto sincero. Pero no lo hizo con sus propias palabras, porque sabía que acaso no estuvieran a la altura de las que emplean los verdaderos pedagogos, sino con las certeras palabras de aquel libro cargado de sapiencia y de bondad.

Manuscrito antiguo_01Al mediodía, antes de comer, el padre le hacía leer una máxima en voz alta: «No huyas, ningún lugar está bastante lejos como para que puedas esconderte de ti mismo» —rezaba el libro en su primera página—. La comida era entonces reposada y reflexiva, alegre y fraterna. Las formas eran elegantes, como si aquella humilde casa fuera un pequeño palacio dorado perdido en medio de las colinas. El libro era también el castigo que el padre le imponía cuando se comportaba de un modo indebido…

—Ponte de pie y mirando a la pared y lee tu libro en voz alta, para que todos lo escuchemos. Lee como si te hablara a ti mismo, como si hubiera sido escrito para ti, que es a quién más falta le hace entender lo que dice.

Y aquel reproche sonaba a una caricia más que a una reprimenda.

Desde entonces, el libro siempre le acompañó en su vida como una reliquia. Cada noche, leía en sus páginas la luz eterna que alumbró a otros seres, las sombras que les persiguieron y su capacidad de revertirlas en momentos inspiradores. Pero a medida que fue creciendo y su padre dejó de guiar sus pasos, las lecturas se fueron espaciando. Lejos de la casa familiar, el tumulto de la vida, los continuos viajes, le alejaron de aquella meditación profunda.

Manuscritos antiguos_10_Virgilio romanaEntonces, las páginas de aquel enigmático libro se fueron difuminando y las letras quedaron disgregadas e ilegibles; quedaron tan solo algunas palabras dispersas, de modo que el trazado de las líneas ya no era congruente. El viejo libro de páginas deslucidas quedó sobre su anaquel, durmiendo el sueño de los justos; el carácter ya no era un objeto de culto sino un recuerdo que agobiaba su mente.

Vinieron los años en que la conciencia se atenúa y dispersa con el quehacer diario, pero tal como indica la ley de la vida, pasaron. Un tiempo después, la vida le regaló con la dádiva excelsa de un hijo. Entonces comprendió que él no podía permitir que su hijo floreciera cada día sin los cuidados de un buen jardinero.

Rescató su libro y quiso leer en sus páginas en blanco, pero ya no era posible. Se sentó, sin embargo, ante sus páginas cada atardecer durante algunos minutos. Contempló con detenimiento sus páginas impolutas cada noche, meditando sobre los acontecimientos de su vida. Poco a poco, su mente retornó a la pujanza interior que antaño tuvo y sin proponérselo fue recordando las antiguas máximas, aquellas que escondían los rostros expectantes de sus antepasados.

Y las ideas, debidamente requeridas, retornaron poco a poco de aquel lugar en que duermen un sueño sin ensueños, una duermevela que les mantiene expectantes ante los anhelos de los hombres. Primero se acercaron, un tanto temerosas, las más vivaces y curiosas; al tiempo, como si fueran racimos que tiran unas de otras, aparecieron aquellas que sustentaban las máximas eternas que siempre alumbraron al hombre, señoriales y egregias. Entonces reclamaron su sitial preferente en la bóveda insomne de la conciencia.

 

Presentación del libro “El Arte de ser escritor”.

“El arte de ser escritor” de Ramón Sanchis Ferrándiz – 6 de mayo de 2016

Crónica de Maria Ángeles Álvarez, publicada en el blog de El Libro Durmiente el 9 mayo, 2016.

Presentación del libro editado por Librando Mundos en diciembre de 2015.

 

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El pasado día 6 de mayo de 2016, tuvo lugar la presentación, en el Centro Imaginalia de Alicante, del Libro “El arte de ser escritor”, del autor Ramón Sanchis Ferrándiz, alicantino de nacimiento y madrileño de adopción, que habitualmente usa el pseudónimo Raysan.
En la presentación, Ramón Sanchis estuvo acompañado por Marcos Rodes, miembro fundador del Club de Lectura “El Libro Durmiente”. Tras una breve introducción de la mano de Begoña Benito, en la que ésta resumió la trayectoria literaria de Ramón Sanchis, no solo como escritor y miembro de diferentes foros culturales y literarios, sino también como profesor de diversos talleres de escritura creativa -entre ellos el Taller de Escritura Creativa “El Libro Durmiente”-, dio inicio a una charla coloquio con el escritor, que nos condujo de forma sutil, pero certera, desde sus inicios en el mundo de la escritura hasta su culminación con esta obra.
Para Ramón Sanchis, escribir es “una necesidad que surge del alma, de dentro, y que no se puede evitar”. Estas palabras dejan a la luz la emoción que el escritor siente cuando trabaja en su obra, ya sea un relato corto, una poesía o una novela. Una necesidad vital que Ramón Sanchis supo describir con palabras bellas y rotundas a lo largo del acto.
En su diálogo con Marcos Rodes nos dijo que, desde siempre, supo que quería ser escritor, pese a que la vida y las circunstancias lo llevaron a dedicarse a una disciplina científica que, en principio, poco o nada tenía que ver con la literatura. Hombre de humanidades, en cuyo corazón arraiga con fuerza la filosofía, nos explicó que, en realidad, no deberíamos hablar de dicotomía entre ciencias y humanidades, pues ambas son necesarias, e incluso complementarias, en la formación del alma humana.
Tomando como referencia un antiguo mito, nos habló del arco iris, elemento que une cielo y tierra. Quien vive en él se encuentra en medio de los dos mundos y eso es lo que le permite ver y conocer ambos. Ello no viene sino a enriquecer al hombre, al escritor, que sabe de uno y de otro. Como bien dijo Ramón Sanchis, al final son cosas que no se pueden separar.
“El arte de ser escritor” es un manual que se compone de dos tomos: el primero, dedicado a la “Escritura creativa”, nos revela los pasos fundamentales de la creación literaria; las diferentes formas de narración; la estructura narrativa; los personajes; los estilos…, en definitiva, los “trucos” que emplean los escritores. El segundo, “Técnicas”, tiene por objeto enseñarnos a todos las técnicas necesarias para poder escribir bien. No basta que surja una idea, que crezca en el interior del escritor, sino que, a fin de que llegue a los lectores es imprescindible saber cómo expresarla, cómo plasmarla correctamente sobre el papel. Y ahí es donde tienen un cometido esencial las técnicas de escritura.
Algo que a algunos puede parecer insignificante, como conocer bien la ortografía, los signos de puntuación, el uso de los verbos, el correcto empleo del lenguaje al fin y al cabo, es, no obstante, fundamental para que el escritor logre transmitir al público aquello que quiere decir.
De ahí que, cuando Ramón Sanchis se encontraba trabajando en el primer volumen que, inicialmente iba a ser único, se dio cuenta de que no era bastante, de que debía ir más allá y completar esta obra con un segundo volumen encaminado a instruirnos sobre las técnicas del lenguaje escrito.
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Al hilo de la cuestión planteada por Marcos Rodes, Ramón Sanchis nos expuso las cosas que, según él considera y que, desde luego puedo decir sin temor a equivocarme, los allí presentes compartimos, nos aporta aprender a escribir. Entre ellas, “aprender a estructurar nuestras ideas”, algo tan valioso no solo en la creación literaria, sino en cualquier faceta de la vida; “a afinar criterios, a obtener una visión amplia, rica y profunda del mundo”. Eso y mucho más es lo que nos proporciona aprender a escribir.
Tras esta enriquecedora charla, el autor respondió a las preguntas de los presentes, durante las que señaló que no hay un orden establecido para leer los dos tomos que componen su manual, aunque el orden natural, en todo caso, sería el que consta en ellos, para ir aprendiendo paso a paso.
De este intercambio con el público, podríamos quedarnos con una frase de Ramón Sanchis contestando a una cuestión planteada por uno de los asistentes: “El escritor juega con los cinco sentidos porque el mundo suena y hay que captar los sonidos, las imágenes, las texturas, para poder mostrárselo al lector…”. Algo que define muy bien el modo de crear de este autor.
Para finalizar, Marcos Rodes quiso que Ramón Sanchis nos explicara, a modo de reflexión, las razones por las que un lector, que todavía no es un escritor en ciernes y, tal vez no se ha planteado serlo, debería leer “El arte de ser escritor”. Ante tal cuestión, el autor puso de manifiesto que este manual es también una herramienta para que el lector entienda los “trucos” de los escritores, de los que hablaba al comienzo de la presentación, además de lograr enriquecer su lectura de los libros.
Por último, destacar una frase de Ramón Sanchis que repite a menudo a sus alumnos del taller de escritura creativa y que resume de forma magnífica la calidad literaria a la par que pedagógica de nuestro escritor y profesor: “Hay que escribir con contenido, aportar mensajes. Un escritor se tiene que distinguir de un juntapalabras que tan solo agrupa de un modo atractivo las palabras”.
Tras la charla presentación, el autor dedicó los libros a sus lectores, después de lo cual los alumnos del taller de escritura que asistimos al acto nos fotografiamos con nuestro maestro Ramón, para así tener un recuerdo gráfico de tan instructivo y cálido acto.

El arte de ser escritor – Presentación de libro.

El arte de ser escritor – Ramón Sanchis Ferrándiz

el arte de ser escritor

TÍTULOS DE LAS OBRAS: El arte de ser escritor. EL último manual de escritura. TOMO 1: Escritura Creativa. TOMO 2: Técnicas de Escritura.

AUTOR: Ramón Sanchis Ferrándiz.

EDITORIAL: LIBRANDO MUNDOS SC.

AÑO DE EDICIÓN: diciembre 2015.

ISBN Nº.: 9788494477317  /  9788494477300.

Nº DE PÁGINAS: 296  / 319.

TEMÁTICA: Literatura española.

El arte de ser escritor se compone de dos tomos, los cuales incorporan como subtítulos: El último manual de Escritura Creativa(tomo 1) y Técnicas en su segundo volumen. El primer libro se estructura en treinta y dos temas dedicados a la escritura creativa más un anexo que incluye cuarenta y dos ejercicios de redacción. El tomo segundo, dedicado a las técnicas de escritura, se divide en veintitrés capítulos, más treinta y dos prácticas propuestas para asentar los conocimientos adquiridos en la parte teórica de los contenidos. En conjunto, un compendio de conocimientos útiles para lectores críticos y escritores noveles desarrollado en 615 páginas. La presentación amena de las explicaciones vertidas en cada apartado hace de esta obra un manual con el que se disfruta mientras se aprende.

La exposición de los temas se complementa con citas y una selección de textos cuyo origen se encuentran repartidos entre escritores de reconocido prestigio, autores cuyas novelas se han convertido en bestsellers  y otros pertenecientes a los alumnos de las diferentes ediciones del Taller de Escritura Creativa de El Libro Durmiente. Ramón Sanchis se ha mantenido al margen de prejuicios sin realizar cesiones a quienes se arroban el derecho de valorar qué obra es de calidad y cuál otra debe ser rechazada. Cuando se trata de ilustrar un contenido teórico, igual cita a Cervantes, Dostoievski, Tolstoi,  Shakespeare, Antonio Muñoz Molina, Don Brown, Joël Dicker o a alguno de sus alumnos, siempre que el texto ayude en la exposición del tema.

La lectura de estos tomos se puede realizar seleccionando los temas según criterios de preferencia o de forma íntegra (es aconsejable esta segunda opción), prestando atención a los conceptos e ideas que nos despiertan el interés. A continuación, conviene ubicarlos en un lugar accesible de la estantería donde recurrir en caso de duda. De tal forma, dispondremos en nuestra biblioteca de un preciado manual de consulta sobre cuestiones de estilo, recursos y técnica de escritura.

Es una obra total, una recopilación de los saberes requeridos para iniciarse con garantías y rigor en la escritura. Lo único que no aporta es el talento personal de cada uno: “… siempre se podrá mejorar la manera de escribir, aunque hay un sello personal en cada ser que difícilmente puede alterarse”.

Es también una obra valiosa para quien desea convertirse en un lector con criterio que aspira reconocer las bondades de un escrito. Se trata de un salto cualitativo que va más allá de la lectura pasiva que se realiza, tan solo, por entretenimiento. La lectura comprensiva de este manual capacita para identificar el tipo de narrador, la cualidad de un personaje, la estructura de la trama, reconocer la belleza estética de sus figuras literarias, identificar el tema y explicar, a la vez que explicarse con claridad, el argumento de una obra.

El Libro Durmiente ocupa un lugar destacado en esta obra. Ramón Sanchis ha contribuido significativamente en su desarrollo y, de forma simbiótica, se ha nutrido de experiencias y saberes literarios que, con posterioridad, ha sabido utilizar en los contenidos del manual.

Ramón ha volcado su experiencia y conocimientos en cada tema. En la obra es el profesor el que habla-escribe y el alumno el que escucha la lección mientras lee. En ocasiones se atisba al maestro solícito y atento que aconseja a su discípulo. Como podrá comprobar el lector, este manual no está escrito por un preceptor de lengua sino por el profesor de un taller de escritura. Atendiendo a la dimensión poliédrica del autor (cuya formación e intereses aúnan las facetas científicas y humanistas), en el presente manual encontramos:

  • Su naturaleza filosófica, cuando aboga por el compromiso y profundidad de ideas exigible al escritor en sus expresiones literarias.

  • Su condición técnico-científica, observable en la estructuración y composición de los temas, en su agrupamiento por materias similares, así como en el estilo descriptivo y expositivo que busca la precisión y claridad de sus explicaciones.

  • En su vertiente didáctica, nos encontramos al profesor que explica de manera comprensible los temas más arduos, mostrando al lector lo más significativo de cada materia. De tal forma, el lector-alumno puede seguir las clases a su ritmo según su disponibilidad de tiempo e intereses.

  • De su cualidad literaria destacamos su estilo sencillo y directo en el que cada palabra se inserta en el conjunto con la precisión de un relojero, logrando que su lectura sea ágil y entretenida.

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Estética sin ética no es una opción para el autor. Ramón Sanchis impele a sus alumnos a que elijan adecuadamente cada palabra de su biografía para convertirse en buenos escritores y mejores personas: “…desde nuestro enfoque humanista creemos que el escritor debe estar comprometido con el ser humano y la Naturaleza, con su tiempo histórico y sus gentes, tanto como ha de estar comprometido consigo mismo y los valores éticos”.

Sobre el vasto contenido de ambos volúmenes no es posible entrar en detalle dada la extensión de este artículo. Aún con todo, presentaremos algunos de los temas que en ellos concurren anhelando despertar el interés por su lectura.

Tomo 1

Este volumen está dedicado a las técnicas de escritura creativa y en él se analizan las técnicas narrativas: “la descripción, la creación de atmósferas y personajes, los tipos de narrador y sus puntos de vista; las diferencias entre relato, cuento y novela; el ritmo y el tono narrativo; la escena, la acción, los saltos temporales y reflexiones; el suspense y la intriga…”

En la “Introducción”,  así como en el Tema 1 “El arte de escribir” y en el 31 “El escritor comprometido” Ramón Sanchis sintetiza sus fundamentos acerca del noble arte de la escritura. Son sus capítulos más personales, imprescindibles si se quiere conocer al autor.

El apartado segundo de la Introducción del Tomo 1 (y más tarde en los Temas 3 “Uso inapropiado del lenguaje (I)” y 4 “Uso inapropiado del lenguaje (II)” del Tomo2) lo dedica a los “Errores frecuentes al escribir”. Es posible que, tras su lectura, el escritor novel sienta un cierto estupor: ¡No sé escribir! ¡Cuántos errores cometo! ¡Esto es muy difícil! En este punto se empieza a tomar contacto con la realidad, a la vez que permite esclarecer si el deseo de convertirse en escritor corresponde a un arrebato pasajero o representa un motivo existencial. En el segundo caso, se despierta un denodado ahínco por superar las propias limitaciones sabedores de que lo bueno está por llegar.

Tomo 2

Dedicado a las técnicas de escritura: “… se expone el modo en que se ha de planificar un escrito y su presentación ante una editorial, la estructura de frases y párrafos, el uso adecuado de conectores, verbos y signos de puntuación. Se analizan los errores frecuentes y usos incorrectos del lenguaje, los tipos de textos…”

En el Tema 1 del Tomo II “Planificar un escrito”, nos encontramos al autor metódico que plantea los elementos para la construcción de una estructura literaria sólida, capaz de soportar los vaivenes de la inspiración y las ausencias de las escurridizas musas.

El profesor insiste, reiteradamente, en que el estilo debe ser cuidado, sencillo, elegante y directo, aún se trate de un ensayo. Siendo así, podemos decir que Ramón predica con el ejemplo. Incluso en el Tomo 2, en el que se sirve de un lenguaje descriptivo y expositivo, se observa el esmero en las palabras elegidas en cada una de sus frases.

Muchos de los temas, en especial de este segundo tomo, sirven para actualizar conocimientos. Hay conceptos que se dominan de forma implícita aunque, probablemente, se habrán olvidado sus fundamentaciones teóricas. Releerlos ahora representa una ocasión para incorporar herramientas útiles, del tipo que hacen la vida (y sus escritos), más fácil.

Si existe un tema que resulta de especial importancia para los escritores noveles es el número 23 “El escritor y la editorial”. El contenido de este capítulo bien podría ser el propio de una Master Class impartida en el marco del Taller de Escritura. Leerlo, ahorrará esfuerzos y sinsabores innecesarios.

Cabría terminar el análisis de esta obra con una breve semblanza del autor. Quienes hemos compartido conversaciones, anhelos y proyectos con Ramón Sanchis sabemos de su inagotable generosidad. Esta obra es el resultado de sacrificar tiempo a asuntos personales, de reducir las horas de descanso y aminorar la ocupación en otros divinos ocios. Antes que el reconocimiento personal, Ramón ha estado animado por el ideal de una Escuela de Autores que pueda replicarse en otras ciudades. Para ello, para ellos, queda ahora este manual. Gracias por tus clases, por tus incontables idas y venidas entre Madrid y Alicante, por tus desvelos e interés mostrado por cada uno de tus alumnos, en el afán de que lleguen a convertirse en la mejor versión (personal y literaria) de sí mismos.

(http://ellibrodurmiente.org/el-arte-de-ser-escritor-ramon-sanchis-ferrandiz/)

Herramientas del escritor (VIII): “Mostrar” antes que “decir”.

(Extracto del libro “El Arte de ser escritor”, de Ramón Sanchis, publicado en Librando Mundos).

VIII. “Mostrar” antes que “decir”.

Decir que “la tarde era agradable” o “el tiempo era suave”, que “nuestro guía estaba enfurecido” o “aquellas ruinas eran horrorosas”, son frases que no muestran la realidad de lo que sucede; “explican” en un tono de veredicto lo que ocurre o sienten los personajes, pero no “muestran” en detalle su realidad psicológica, ni perfilan el entorno en que se encuentran. Son frases genéricas, tópicos que se utilizan a menudo, pero que no construyen verdaderos relatos.

El escritor avezado no se limita a “decir” aquello que sucede, sino que se recrea en “mostrar” los detalles ocultos que permiten al lector comprender la profundidad de las situaciones que se narran. Porque el lector inteligente prefiere descubrir la historia y no que se la cuenten ya resuelta, como si la narrara una voz en off, aséptica y fría. A menudo, los matices ocultos que se encierran en cada historia y en sus personajes, los gestos y muecas imperceptibles, los sueños contenidos y las emociones sofocadas, indican tanto más sobre aquello que sucede que lo mencionado en una frase demasiado evidente.

Cuando el escritor “muestra” aquello que sucede en vez de “explicarlo”, el lector puede “percibir” la historia por sí mismo. Esta técnica, se utiliza en el cine cuando la cámara nos presenta una escena, por ejemplo, de alguien que espera en una vieja estación de tren, y se detiene en pequeños detalles:

las manecillas de un reloj que se acerca a las doce, el vendedor de periódicos que vocea su mercancía, el silbido de un tren que suena a lo lejos, los avisos insistentes de la megafonía y las manos que pajarean en el aire su triste despedida; los ojos extraviados que leen una carta, la mano huesuda que repiquetea sobre el mármol blanco de la mesa, que aprieta una taza y se recompone el cabello una y otra vez; el barman que limpia con parsimonia la barra y tararea una canción de Glen Miller, un reloj que no avanza, el mobiliario de madera añeja, los ojos tristes que releen de nuevo la misiva, las lágrimas que afloran, y se escapan…”.

Por ello, el verdadero escritor construye “escenas visuales”, describe lo que sucede tal como si pintara un cuadro, solazándose en los detalles, en los gestos y las actitudes, en el entorno y la realidad social… En suma, creando un cuadro con paisaje de fondo, lleno de vida, tal como hicieran los pintores miniaturistas flamencos, y no un retrato inmóvil, frío y aséptico.

Todo ello se logra combinando los factores que se citan a continuación:

  1. El uso de los cinco sentidos en las descripciones:

Una de las herramientas más eficaces que dispone un escritor es la utilización de los cinco sentidos en las descripciones. Mostrar aquello que se percibe con los sentidos, evoca en la imaginación del lector un universo de sensaciones inspiradoras que le traen recuerdos personales y cotidianos. Incluir aromas, colores, sonidos, texturas y sabores en una narración, permite el lector “sentir” aquello que se le muestra.

La ciudad está dormida y acariciada por la música de sus románticos ríos…
El color es plata y verde oscuro… y la sierra besada por la luna, es una turquesa inmensa. La niebla está saliendo de las aguas y agrandando el paisaje. Los cipreses están despiertos y moviéndose lánguidos inciensan la atmósfera… y el viento convierte en órgano a Granada, sirviéndole de tubos sus calles estrechas… El Albayzín tiene sonidos vagos y apasionados y está envuelto en oropeles suaves de luz oscura… Sus casas tristes y soñadoras que mueve la niebla, parece que quieren contarnos algo de lo mucho grande que miraron… La vega es acero y polvo gris, nada se oye que retumbe en el silencio… el río de oro gime al perderse por el túnel absurdo… el espejo del Generalife corre a desposarse con su novio el Genil… Sobre las torres cobre y bronce de la Alhambra flota el espíritu de Zorrilla. El viento tiembla y el bosque tiene sonidos metálicos y de violonchelos, las esquilas de los conventos están llorando lágrimas de hierro y castidad… La campana de la Vela está diciendo una melodía tan grave y augusta, que los cipreses y los rosales tiemblan nerviosamente”. (Fantasía simbólica. Federico García Lorca).
  1. El uso de las imágenes y los colores:

Insertar imágenes poéticas, cargadas de colorido, torna más visuales los textos. Las metonimias, metáforas, símiles y analogías, dibujan en la mente del lector otra realidad paralela, más bella y sugerente:

Allí sobre el mar, de un amarillo aceitoso cerca de la costa y un verde vítreo en la lejanía, una vela transitaba sobre las aguas como un cadáver amortajado…”. (Extracto de Cuentos, del escritor Isaac Bashevis Singer).
“Caminaba así a través de una comarca de fuentes y jardines, contemplando los bueyes que recorrían los fértiles barbechos alargando sus cuellos robustos bajo el yugo opresor; la tierra feraz brotaba y se enrollaba en largas olas suaves detrás del arado, y el labrador apoyaba los dos pies en la reja para hacer más profundo el surco. Entre las palmeras, burbujeantes arroyos murmuraban, y la tierra gozosa bordaba sus márgenes de balsaminas y toronjiles de hojas barbadas. (La luz de Asia. Arnold Edwin).

Hoy en día, sabemos por la ciencia, que aquello que se observa con la imaginación es registrado por el cerebro como si lo hubiéramos vivido, pues la conciencia no halla diferencia entre lo real y la ficción, como tampoco la encuentra entre la vigilia y el sueño. Así mismo, los colores tienen una influencia determinada en aquel que los observa, porque tras su aspecto físico encierran un componente psicológico, provocan sensaciones y despiertan estímulos, pues sabemos, por ejemplo, que el color naranja aporta energía y el rosa apacigua, el color verde transmite esperanza e ilusión y el amarillo alegría, etcétera. De este modo, el escritor influye mediante las imágenes y el colorido en la percepción que tienen de la realidad los lectores. Tal vez por ello afirmaba  Petrarca que… “los ojos abren camino al corazón”.

Veamos el colorido texto que nos ofrece Alejo Carpentier sobre el carnaval veneciano:

“…entre los difuminios de acuarela muy lavada que desdibujaban el contorno de las iglesias y palacios, con una humedad que se definía en tonos de alga sobre las escalinatas y los atracaderos, en llovidos reflejos sobre el embaldosado de las plazas, en brumosas manchas puestas a lo largo de las paredes lamidas por pequeñas olas silenciosas; entre evanescencias, sordinas, luces ocres y tristezas de moho a la sombra de los puentes abiertos sobre la quietud de los canales; al pie de los cipreses que eran como árboles apenas esbozados; entre grisuras, opalescencias, matices crepusculares, sanguinas apagadas, humos de un azul pastel, había estallado el carnaval, el gran carnaval de Epifanía, en amarillo naranja y amarillo mandarina, en amarillo canario y en verde de rana, en rojo granate, rojo de petirrojo, rojo de cajas chinas, trajes ajedrezados en añil, y azafrán, moñas y escarapelas, listado de caramelos y palo de barbería, bicornios y plumajes, tornasol de sedas metido en turbamulta de rasos y cintajos, turquerías y mamarrachos, con tal estrépito de címbalos y matracas, de tambores, panderos y cornetas, que todas las palomas de la ciudad, en un solo vuelo que por segundos ennegreció el firmamento, huyeron hacia orillas lejanas…”. (Concierto barroco. Alejo Carpentier).
  1. Los diálogos atrevidos e inteligentes:

Aunque los diálogos tienen la finalidad de “expresar” aquello que hablan los personajes, su verdadero poder estriba en “mostrar” sus gestos y actitudes, su carácter, cultura y perfil social, sus emociones, creencias o ideales. Las voces de los diálogos muestran a los personajes tal cual son, burdos e indolentes, zafios o ruines.

Por tal motivo, los diálogos no pueden servir de relleno en un relato, ni perderse en conversaciones vanas que no impulsen el avance de la acción. El buen escritor, construye diálogos inteligentes y atrevidos, punzantes e irónicos, sensibles y reflexivos, y en suma, cargados de profundidad. Ellos se dirigen hacia su fin sin titubeos, de un modo directo, añadiendo siempre un factor sorpresa que les confiere en una aureola de misterio.

Veamos un ejemplo sacado del libro El caso de Harry Queberck, de Jöel Dicker:

“Me miró y me agarró por los hombros:
—Han pasado años desde que nos conocimos. Ha cambiado usted mucho, se ha convertido en un hombre. Estoy deseando leer su primer libro.
Nos miramos fijamente durante un momento y añadió:
—En el fondo, ¿por qué quiere usted escribir, Marcus?
—No tengo ni idea.
—Eso no es una respuesta. ¿Por qué escribe usted?
—Porque lo llevo en la sangre… Y cuando me levanto por la mañana, es la primera cosa que me viene a la mente. Es todo lo que puedo decir. ¿Y usted, por qué se convirtió en escritor, Harry?
—Porque escribir dio un sentido a mi vida. Por si no se ha dado cuenta todavía, la vida, en términos generales, no tiene sentido. Salvo si se esfuerza usted en dárselo y lucha cada día que Dios nos da para llegar a ese fin. Tiene usted talento, Marcus: dele sentido a su vida, que el viento de la victoria haga ondear su nombre. Ser escritor es estar vivo.
—¿Y si no lo consigo?
—Lo conseguirá. Será difícil pero lo conseguirá. El día en el que escribir dé un sentido a su vida, será un verdadero escritor. Hasta entonces, sobre todo, no tenga miedo de caer”.