Taller de escritura creativa Ítaca-ELD (El libro durmiente)

Un año más, a mediados de septiembre arrancará nuestro Taller de Escritura Creativa realizado conjuntamente por Ítaca (Espacio Cultural) y ELD (El Libro Durmiente). Ambas asociaciones, Ítaca-Espacio Cultural de Valencia y ELD del Centro Imaginalia de Alicante, han unido sus esfuerzos para continuar esta labor formativa movidas por inquietudes similares.

Después de ocho años de rodaje, nuestro taller tiene experiencia suficiente para enseñar a escribir a cualquiera que se lo proponga seriamente. Cada año comienza a finales de septiembre y termina a finales de junio del año siguiente. Tenemos un programa bastante completo que imparten tres profesores: Rosario Olivar, Lilia Gª Chiavassa y Ramón Sanchis. Estamos enfocados a la narrativa, aunque no desdeñamos la incursión en poesía u otros géneros, aunque la base es la narración. No obstante, igual se aprende a redactar un microrrelato, escribir una columna de opinión, un artículo, la reseña de un libro, un cuento o un poema. Se parte de la enseñanza de descripciones, personajes, reglas básicas de la narración, diferencias entre relato, cuento, novela breve, novela, microrrelato, para pasar a las figuras literarias (metáforas, comparaciones, metáforas de situación, etcétera), el tono, el ritmo, la musicalidad, el simbolismo en los textos, etcétera. A esto se añaden píldoras literarias, cortas, directas, que nos recuerdan los errores y correcciones necesarias del modo de escribir (o sea, técnicas básicas de escritura).

Este año pretendemos incluir un módulo de Escritura en internet, dado que no se utiliza el mismo estilo cuando se escribe en la red, y también, modalidad periodística. Para ello vamos invitando a autores especializados en cada tema. Aunque esta temporada que ahora comienza el taller será presencial en Ítaca-Espacio cultural de Valencia, se mantendrá la conexión online que tantas alegrías nos ha dado últimamente, pues ha permitido que haya un total de unos 40 alumnos de varias ciudades españolas, e incluso, de Sudamérica.

Nuestras cuotas son muy económicas, porque son promovidas por asociaciones culturales cuya finalidad altruista entronca con una real difusión de la cultura. Hay apuntes de base para el taller que conformaron en su día un libro ya publicado en 2015: El arte de ser escritor, de la editorial Librando Mundos. Se imparten, al menos, dos sesiones de taller al mes con clases quincenales, en sábados alternos. La duración de cada clase es de unas 2:30h, que abarcan de 11h a 13:30h de los sábados. La palabra «taller» indica que las enseñanzas que se dan son prácticas y que requieren una actitud proactiva en el aula; no son clases solo teóricas, por lo cual en algún tramo de la clase se proponen ejercicios de redacción, se leen en voz alta (quien lo desee) y se dan indicaciones sobre la redacción.

Al final del curso se emitirán los diplomas correspondientes a quienes hayan asistido al taller con dedicación. No se trata de un curso inicial, pues hay alumnos que ya tienen un recorrido en la escritura, pero conviven perfectamente niveles más o menos experimentados. Los alumnos que tienen continuidad, de modo natural, acaban publicando sus relatos, reseñas de libros, poemas, ganan algún concurso. En este último curso, una alumna ha publicado un libro de poemas. Los alumnos que han mantenido su aprendizaje unos dos o tres años, ya tienen libros publicados con soltura, participan en blogs, colaboran con instituciones, etcétera. Esa es nuestra mejor recompensa.

Los límites del mundo (Artículo)

LOS LÍMITES DEL MUNDO.

Artículo publicado en la Revista Esfinge en Marzo de 2002.   

Ciudades de leyenda como Tartessos, Biblos o Samarcanda; rutas del ámbar y de la seda; mares boreales y tierras umbrías. Viajeros de todos los tiempos han hecho retroceder los límites del mundo más allá de los confines de lo desconocido.

Nos llama profundamente la atención seguir en un moderno atlas los recorridos de las gestas de Alejandro Magno, a la par que se lee el relato y sus detalles. Siempre se dijo que conquistó las dos terceras partes del mundo conocido en su época, pero resulta más sorprendente aún ver en un mapa actual hasta dónde llegó en apenas ocho años, a caballo, seguido de 50.000 hombres, que fueron asentándose en aquellas tierras lejanas.

Los relatos homéricos de “La Ilíada” sobre Troya y las aventuras de Aquiles, Ajax, Agamenón, y tantos otros libros, como “La India” de Ctesias, la “Anábasis” o “Expedición de los Diez Mil” de Jenofonte, alentaron la curiosidad y el afán de aventura del mundo helénico.

Alejandro fundó ciudades tan lejanas y desconocidas como Alejandría de Aria o Alejandría del Cáucaso, que corresponden a las actuales Herat o Kabul, en los recientes escenarios de las batallas de Afganistán. Hoy sabemos las dificultades que tiene recorrer esas tierras acarcavadas y secas, rodeadas de picachos nevados a gran altitud.

La vieja ciudad helénica de Maracanda, en la linde con las tribus escitas, es hoy conocida como Samarcanda, en el corazón de Uzbekistán. Los pies de Alejandro hollaron también la meseta del Pamir, en la actual Tayikistán y en China; se adentraron en las cordilleras del Paropámiso (el Cáucaso persa), alcanzando el actual Pakistán y los montes del Hindu-Kush; llegaron a ciudades fronterizas hindúes como la actual Lahore, a los afluentes más alejados del río Indo, como el Stanley,  a Cachemira y a las estribaciones himaláyicas del Tibet.

Las fronteras del Oriente desconocido fueron alejándose cada vez más con el paso de los siglos, a medida que las guerras, los intrépidos jinetes-correo o simplemente las caravanas de camelleros en busca de sedas y especias, fueron expandiéndose como una mancha de aceite.

Cuando Pitágoras, en el siglo VI a.C., cita la constelación de la Cruz del Sur, aquella cruz perfecta que marca la dirección del Sur y que tan sólo puede verse desde el hemisferio austral, denota que ya era conocida en su tiempo y que tal vez él mismo la había visto.

Siempre hemos pensado, y así lo han dicho respetables científicos, que los griegos creían en un mundo plano, limitado por altas montañas y un océano que todo lo circundaba.

Sin embargo, ciertos conocimientos en la antigüedad no eran de dominio público. Para algunos sabios como Anaximandro (618-545 a.C.) era una evidencia que el mundo era redondo, y él mismo afirmaba que  bastaba para ello observar desde la costa cómo se alejaban los barcos en el horizonte del mar, viendo desaparecer primero la quilla y posteriormente el velamen.

El mundo helénico por Occidente tenía otro límite infranqueable: las columnas de Hércules, en el sur de Iberia. Éste fue durante siglos el último confín para los marinos desde la antigüedad remota. En parte porque los cartagineses bloquearon su paso a partir de la segunda mitad del siglo VI a.C., tras las luchas con Roma, aunque por otro lado la tradición, apoyada en innumerables pruebas escritas, presenta otra versión.

Cuenta dicha tradición que tras el hundimiento del archipiélago atlante, las aguas plagadas de lodazales del Mar de los Sargazos y el miedo ancestral a un recuerdo que  quedó impreso en la conciencia de todos los pueblos de las costas atlánticas, hicieron que nadie se atreviese a ir más allá del resguardo y protección de las costas de Hesperia. Las huellas del cataclismo quedaron fijadas en innumerables mitos sobre un diluvio universal, más cercanos a la realidad que a la leyenda.

Tan sólo algunas islas, llamadas por ello Afortunadas, quedaron como mudo testigo de una época ancestral que quedó sepultada bajo el mar, según Platón hace ya 11.600 años.

La mítica acepción del Jardín de las Hespérides, tal como se conocía al vergel atlante, quedó asociada con el nombre de Iberia cuando ésta pasó a ser el límite natural del mundo conocido, el mundo del ocaso, donde cada día se guarecía el sol y donde vagaban las almas de los desencarnados. Cuentan que incluso Julio César, en sus guerras de conquista en el noroeste de Hispania, sentía tal temor y reverencia por las tierras del Finisterre hispano, el fin del mundo conocido y seguro, que estando tan sólo a unos días de marcha declinó llegar a las costas gallegas.

Habría que citar también aquí ciertos textos cuyo contenido parece ficción, y que una vez desvelados acaso encierren más de una pequeña joya de conocimiento oculto. Como ejemplo,  el relato de La Odisea, del que ciertos investigadores señalan que, siguiendo los vientos y las jornadas de viaje que allí se citan, se narra un viaje de carácter “iniciático” al corazón del océano, donde se hallaba la Atlántida.

De aquellos lejanos archipiélagos y de los posteriores asentamientos en los finisterres de las costas occidentales de Europa, provenían durante siglos las oleadas de los pueblos de piel rojiza que de un modo vago se citan siempre en los textos como “los pueblos del mar”. Fundaron colonias estables aún antes de que el continente europeo tuviera la forma definida que reconocemos en los mapas, y de sus asentamientos surgieron pueblos navegantes como los fenicios, con técnicas, conocimientos y construcciones que en teoría surgen de repente.

Pero los viajes de intrépidos y valerosos marinos fueron dando claridad al panorama de la geografía terrestre, alejando  sombras, ambigüedades y  miedos, convirtiendo el conocimiento oculto de los Iniciados en una urgente posibilidad de comercio, de aventura y de expansión humana.

Sorprende pensar que ya en el año 3000 a.C., tribus árabes del país de Punt, en el estrecho de Abisinia, se asentaron en las costas hindúes.

Los marinos egipcios, apenas acostumbrados a cortos trayectos fluviales, con sus alargadas barcas, surcaron 1500 años a.C. el mar Rojo llegando al país de Punt, bajo el mando de Pa-Nehesi en el reinado de  Hatsepshut. Con las crecidas del Nilo, y ayudado de la construcción de portentosos canales, uno de los brazos del Nilo desembocaba directamente en el mar Rojo, y sus barcos de 22 metros de eslora trajeron marfil, madera de incienso, especies y pieles exóticas.

Pero los egipcios,  pueblo que vivió casi de espaldas al mar, dejaron su lugar  a otras gentes que lo tenían como algo propio. Tal vez por ello el Faraón Nekao, a inicios del siglo VI a.C., formó una escuadra mercenaria de marinos fenicios para ir más allá del Mediterráneo y bordear África. Los marineros debían rodear el continente y volver a Egipto. Cuentan las crónicas que viajaron durante tres años hasta cruzar el cerco cartaginés de las columnas de Herakles, y continuaron la navegación teniendo el sol a su derecha, con largas estadías de descanso para sembrar la tierra y poder alimentarse por sí mismos.

En cambio cretenses, troyanos, micenos y aqueos vivieron teniendo al mar como escenario, y sin embargo pasaron fugazmente.  El tiempo devoró sus hazañas hasta que fueron rescatadas por arqueólogos como Schliemann que apostaron por la veracidad de los supuestos “cuentos”.

Las colonias griegas como Mileto dominaron el mar Negro y fundaron poderosas colonias en el Mediterráneo occidental: Mainake (Málaga), Massalia (Marsella), Hemeroscopión (Denia, Diana),  que pronto dieron renombre a sus progenitores.

Los fenicios de Tiro, Sidón y Biblos, hechos ya a la diáspora, conformaron otras tantas colonias en Malta, en Sicilia y en el norte de África, (Cirene y Tinis, donde fundaron la destacada Cartago con su bello y singular puerto circular), Gades (Cádiz) y Lixus más allá de las columnas, bajo los vientos favorables del dios Melkart.

A partir de aquí muchos fueron los viajes que ensancharon la geografía del mundo, haciendo retroceder los límites de lo desconocido. La figura del rostro de la madre Gea dejó de ser un secreto celosamente guardado por iniciados como Homero, Solón o Platón, que debían hablar con sigilo y con un doble sentido insertado en las narraciones, para iluminar el corazón de las gentes en noches pasadas junto al fuego, con relatos inimaginables que rozaban las sienes de fantasía.

Una flota massaliota en el siglo VI a.C. realizó un periplo a las umbrías tierras del norte, que citan Eutymenes y posteriormente Eforo de Cumas. Aquel maravilloso suceso fue dos siglos después la base del relato que hace Avieno en su “Ora Marítima”, en el que se describen las costas desde Massalia a Tartessos, y desde allí a Albión (Inglaterra), y la ruta del ámbar, en el mar boreal.

La relevante Tartessos, la que fuera destruida por Cartago o tal vez sepultada como dicen las leyendas, cual perla perdida en la desembocadura del Guadalquivir que volviera al regazo azulado del mar,  con el correr del tiempo llegó a confundirse en los sueños de los hombres con la perdida Atlántida.

También Piteas, griego de Massalia, en el siglo IV a.C. se adentró en el mar  y describió las costas atlánticas con tal detalle que denota haber llegado ciertamente hasta Morbihan y las islas Casitérides (Islas Británicas), donde habitaban entonces los oestrymnios, citando  Hibernia (Irlanda) y Albión, y llegando incluso a la isla de Thule. Con respecto a esta mítica isla, los historiadores dudan si se refiere a Islandia o Noruega, aunque tal vez podía ser la antigua capital groenlandesa, que aún conserva dicho nombre.

Un marino púnico, Hannon, en el año 500 a.C., acompañado de 30.000 hombres y mujeres, inició un viaje bordeando las costas de África para fomentar, como era propio del carácter fenicio-cartaginés, nuevas colonias y agencias comerciales. A su regreso, los cuernos de elefante, las plumas de pavo real, el oro de las riberas de los ríos Senegal y Muni (Río de Oro), y las pieles de leopardos y otros felinos, fueron pruebas fehacientes de la existencia de países remotos.

El Mediterráneo fue el escenario en los siguientes siglos de luchas entre Cartago y Roma, que apagaron el afán por la búsqueda de las riberas del mundo conocido. Cuando la pax romana se desmembró, en el siglo IV d.C., dio paso al poder de la Roma oriental: Bizancio. Pero los pueblos llegados de la bruma de las estepas al calor de la riqueza, los vándalos, los hunos, los visigodos, los persas, los otomanos, ocuparon el viejo imperio y las costas del mar interior.

 Más tarde, desde el siglo VIII d.C. los marinos normandos con sus drakars y los daneses de Jutlandia extendieron sus aventuras y su poder en la Europa norte por Escandinavia, Islandia, Irlanda e Inglaterra, en luchas con los sajones y los francos y descendiendo incluso hasta España y el Mediterráneo occidental. También los suecos abrieron rutas a través del Báltico, por los ríos de la estepa rusa hacia Bizancio, y desde allí prosperó el comercio con India y China.

Pese a no poder orientarse bien por las estrellas  ni disponer de brújulas, sino de unas extrañas piedras (probablemente  una turmalina que cambiaba de color ante la luz solar, aunque éste se escondiera generalmente tras las nubes) en el año 982 d.C. Erik el Rojo descubrió con sus vikingos la helada  isla de Groenlandia. Diez años más tarde su hijo Leif, navegando hacia el Oeste descubrió Terranova, y descendiendo en latitud llegó a la desembocadura de un  gran río (el San Lorenzo), y lejos ya de los hielos contempló una tierra fértil en que eran abundantes las uvas salvajes, y la llamó Vinland.

En el siglo XIII comenzará la época de los grandes navegantes ibéricos, iniciada con la Corona de Aragón, que se anexionó la mayoría de las islas y costas mediterráneas llegando a Anatolia, en pugna con el poder comercial de Venecia, que recogió el testigo en el siglo XV.

Fueron sus avezados continuadores en ese siglo tanto los castellanos como los portenses de Portugal. El Imperio turco, que se anexionó Bizancio, llegando al Mar Negro, al Danubio y a las puertas de Italia, cerraba las rutas terrestres hacia Asia, al tiempo que los árabes impedían las rutas del Océano Índico.

Había que buscar otras formas de llegar a la India y Cipango (China).

Los portugueses bordearon África llegando a las costas hindúes, Ceylán, Malasia, y dominaron las islas atlánticas y el Brasil de la mano de Vasco de Gama, Pérez de Covilha, Almeida y Albuquerque, etc.

Colón insistió infructuosamente ante la corte del rey portugués Juan II. Eran su aval los textos antiguos de Plutarco,  Pausanias,  Estrabón, y los relatos de Marco Polo y de un marino náufrago que recogió en su casa, que afirmaba haber sido empujado por la mar hacia  el oeste regresando sano y salvo, pero se dice también que contaba con los textos templarios de la época, que aseguraban que existía una probada ruta oceánica. Un puñado de conjeturas,  intuiciones,  relatos extraños, y la confianza puesta en antiguos textos.

Recibido finalmente en la corte castellana, Colón y los hermanos Pinzón descubrirán oficialmente el continente americano para los Reyes Católicos, a bordo de tres carabelas armadas con noventa marinos.

Pero es en 1521 cuando Magallanes, un marinero portugués, que no fue escuchado  por su propio rey, recala en la corte del Emperador Carlos V y acaba dando la vuelta al mundo y demostrando su redondez.

Con trescientos ochenta marinos, algunos de ellos expresidiarios, en cinco carabelas se hacen a la mar. Como marino portugués tuvo que soportar junto a él a un veedor (el que ve o revisa las acciones de los otros) en nombre del rey. También sufrió revueltas de algunas carabelas, los fríos australes, la desesperanza, las insidias y la difamación, que llevaron a destituciones, ajusticiamiento y muerte de algunos de sus mandos.

Magallanes contaba también con un extraño mapa mundi dibujado por un cartógrafo, Schöner, que 35 años antes ya dibujó un paso al sur de América luego conocido como “Estrecho de Magallanes”. ¿Cómo podía conocerlo?

Un enigmático mapa atribuido a un marino turco, Piri Reis, que se suele datar como del siglo XV o XVI y que parece ser realmente egipcio, ya reflejaba las costas del Brasil y, con todo detalle, los hielos del continente antártico. ¿Son parte de ese desconocido conocimiento iniciático que de tanto en tanto aflora?  ¿Fruto de una vieja herencia de desconocidos y esforzados marinos de las riberas atlánticas? ¿Juegos del destino, de la estrella que guía a los grandes personajes, que les lleva siempre a buscar nuevos horizontes vedados?

Muchos de aquellos nuevos horizontes y sus productos, como las tierras del ámbar,  las estepas umbrías donde vivían los apreciados caballos escitas, las espadas de los bretones, la púrpura de las islas Allizut (Canarias), los árboles de incienso de Punt o las minas de Tarssis, se perdieron siglos después  en el olvido, tal como pasan las estaciones, en una felina continuidad que devora la conciencia de los hombres.

Decía Estrabón hablando de una civilización perdida en los recodos del tiempo, Tartessos, que ya tenía “anales escritos y poemas, incluso leyes en verso desde hace seis mil años”. Cuenta la leyenda que las famosas minas de Tarssis fueron fundadas por un nieto de Noé,  e incluso ya son citadas en los antiguos textos bíblicos y datadas ya entonces con una antigüedad de 3000 años, pero el olvido de la memoria histórica nos hace creer que detrás de los mitos y  de los extraños mapas y relatos tan sólo está la fantasía de unos seres que nunca existieron.

¿Nos mirarán tal vez estas figuras silentes, desde su olvido, con ojos atónitos?

Hoy nosotros lo tenemos todo, sabemos dónde acaba la tierra y dormimos tranquilos, como si ya comprendiéramos el destino del hombre. Tal vez ese destino sea proyectarse hacia delante, y por eso hay olvido, y por eso hay misterios y tierras que descubrir.

Tal vez de niños nos acunaron con cuentos junto al fuego. Cuentos en donde acaso los héroes, más allá de las zarzas y los bosques tenebrosos, o apostados en la proa de sus barcos, con escudos ornados con bellas serpientes enroscadas, conservaban la mirada dirigida hacia delante.

Ramón Sanchis Ferrándiz

El arte de ser escritor

 

  • Extracto del libro con el mismo título, publicado por la editorial Librando Mundos, del autor R.Sanchis Ferrándiz.
El arte de escribir
Se denomina “escritura creativa” a aquella que se utiliza en la creación literaria, sea de ficción o no, la cual pretende conformar un verdadero “arte de escribir”. Aunque la mayoría de las personas saben escribir, no alcanzan a hacerlo de un modo artístico; para ello se requiere un prolongado aprendizaje. Pero el arte de escribir y su técnica, configuran una herramienta necesaria para la expresión humana, y por tanto, deberían estar presentes en la formación y el desarrollo integral de cualquier persona. Sin embargo, tan solo unos pocos se adentran en el territorio de la escritura creativa. Esta es una dedicación abnegada para quienes sienten un verdadero amor por la escritura, la vocación de contar historias, por transmitir sueños, ideas y emociones que aporten algo a los demás.
En ocasiones, en lo más recóndito de nosotros mismos se hallan anhelos sublimes del alma, emociones elevadas e ideas brillantes, que bien pudieran constituir una bella historia, un legado que dejar a los que han de seguirnos. Entonces, escribir se convierte en una necesidad ineludible, que exige de nosotros el paso de la potencia al acto —tal como dijera Aristóteles—, convirtiendo en frutos de la imaginación aquellas fantasías que nos asaltaban en sueños.
El oficio de escritor
Escribir no siempre guarda relación con la perspectiva idealizada de “llegar a ser escritor”. Es más bien una actividad individual y solitaria, que requiere de cierta tranquilidad de ánimo y atención. En consecuencia, el escritor precisa rodearse de un ambiente que no le perturbe. Sin embargo, dicho entorno tampoco ha de ser, por necesidad, un lugar paradisíaco en mitad de la naturaleza; bastará con que el escritor sepa refugiarse en un ámbito discreto y apacible, de modo que pueda entrar en su propio mundo para hallar el hilo de una historia.
El escritor es como un corredor de fondo que entrena a diario, esforzándose por superar sus propias limitaciones, probando su habilidad con constancia y perseverancia. Ante él afloran los miedos y las incertidumbres propias de quien realiza un trabajo a solas, enfrentado a sí mismo. Algunas veces, se acrecientan sus fantasmas interiores, pareciendo más poderosos de lo que en realidad son; otras, se diluyen en una euforia pasajera, en una producción fácil, cuando las ideas se presentan de modo espontáneo y acceden a nosotros ante un mero chasquido de dedos. Sin embargo, todo artista —y el escritor lo es— ha de enfrentarse a los vaivenes propios del proceso creativo, al reconocimiento de las propias emociones y el miedo al fracaso, al bloqueo ante el papel en blanco, al temor ante las opiniones ajenas….
Escribir exige capacidad de análisis y de introspección, porque la escritura es un viaje hacia nuestro mundo interior, y tan solo algunos lograrán encontrarse a sí mismos utilizando esta herramienta…
En realidad, el oficio de escritor es bastante ingrato, pues no siempre entrega la recompensa que se busca. Recurriendo a un concepto propio de la filosofía hindú diremos que escribir es una actividad que debe realizarse por “recta acción”, sin apegarse a los frutos que se derivan de ella. Aunque se ejerza el oficio de la escritura esperando una remuneración, en cierta manera, el escritor debe sentir ese desapego interior que le sitúa más allá de los resultados que le acarree su trabajo, esa necesidad que le reclama la propia obra que necesita ser plasmada. Y sin duda, todo artista que compone una nueva obra sabe que ella le reclama el derecho a la vida con su propia voz… Una voz inaudible y vacilante al principio pero impetuosa y exigente cuando la obra va tomando cuerpo.
El lugar y el momento adecuado para escribir
Sería magnífico encontrar un refugio que pudiera aislarnos de todo aquello que nos rodea, y a ser posible, un lugar bello y gratificante… pero nada puede ocultarnos de nosotros mismos. En el proceso creativo conviene asumir que la tranquilidad y el momento apropiado para escribir van con nosotros, pues depende de nuestras decisiones: saber alejarnos del bullicio, apagar la televisión con sus ruidos de fondo, rodearnos de una bella música que nos inspire, preparar con antelación un café o nuestra bebida favorita, y tener a mano un buen libro… son circunstancias favorables que siempre podemos elegir. Cualquier lugar sencillo que nos predisponga a pensar, a leer, a sumergirnos en nuestra imaginación, puede servir también como guarida para un escritor.
De igual manera, podemos elegir el momento más idóneo para dedicarnos a la escritura. De nosotros depende llevar a mano siempre un papel y un lápiz en donde anotar las ideas fugaces que nos asaltan, ya sea en un autobús, en el metro, en la tranquilidad de un parque o en una cafetería bulliciosa. No siempre se escribe de noche y a la luz de una lámpara mortecina; algunos escritores se levantan temprano para lograr la tranquilidad necesaria; otros graban sus pensamientos mientras salen a correr, y no siempre tienen un momento establecido para ello. No hay una regla de oro, sino un instante fugaz que conviene atrapar: lo cual requiere paciencia y tenacidad. Aunque tal vez convenga recordar aquí una frase del dramaturgo inglés Oscar Wilde que dice: “el aplazamiento es el asesinato de la  oportunidad”.
Este es un aprendizaje que no dispone de un manual previo, sino de meras recomendaciones: un camino que todo escritor aprende a recorrer por sí mismo…
El éxito en la escritura      
La mayoría de los escritores no pueden vivir de la escritura, porque no siempre se alcanza el éxito soñado, o bien, los honorarios de dicho oficio no están a la altura del esfuerzo que se realiza. Conviene anhelar, antes que el éxito, el reconocimiento y respeto por el trabajo realizado, porque a menudo es un premio más justo que el éxito.
No obstante, algunos escritores que son seguidos por un público fiel, alcanzan la fama, aunque no logran el reconocimiento en su oficio, porque en realidad no son buenos escritores. En la actualidad, los lectores conforman un conjunto muy complejo y heterogéneo, de ahí que los libros más vendidos no siempre tienen la calidad que se les presupone. A menudo, la propaganda de las editoriales inclina pareceres y fabrica autores de la nada, porque el firmamento de la literatura precisa estrellas que le den brillo y animen las ventas.
La vocación de escribir
La actividad de escribir ha de ser vocacional; se escribe en realidad para sí mismo, por una necesidad anímica. Se buscan las ideas lanzando el sedal al fondo de la mente, allí donde residen nuestras experiencias, aunque no solo se procuran para entregarlas a otros, sino por la mera necesidad de hallarlas.  
Por tanto, debemos alentar a quienes pretenden recorrer la senda de la escritura creativa, si bien, conviene persuadirles a escribir sin especulaciones ni conjeturas, manteniéndose alejados de baldías presunciones de llegar a ser un gran escritor o alcanzar la fama. Conviene escribir por la propia necesidad interior de expresar aquellos sentimientos e ideas  que se llevan dentro, disfrutando de dicha actividad. Porque si no se logra cierta felicidad en dicho oficio, no se puede trasmitir felicidad a otros; si no se halla satisfacción en el hecho de escribir, sin duda, ello se reflejará en nuestros escritos.
Observar para escribir
El escritor ha de poseer, también, cierta capacidad de observación; virtud privilegiada que le permite adivinar aquellos matices de la vida que otros no alcanzan a ver. Porque todo escritor es un observador del mundo que le rodea, a través del cual se pregunta por sí mismo, tratando de descubrir su propia verdad. De hecho, cuando el escritor percibe un atisbo de dicha verdad, siente el deber de transmitirla, para lo cual reelabora y destila en su propio atanor las imágenes y experiencias atesoradas. Así, todo escritor, tal como dijera el poeta Antonio Machado, a la par que recorre un camino externo de realización personal va construyendo su propia senda interior; se modela, también, a golpes, en la fragua de sus propias vivencias.
He aquí, al respecto, un comentario extraído del libro Barba Azul, de Amélie Nothomb, que demuestra la capacidad de observación de un escritor:
“—No tiene usted los hábitos de un fotógrafo. Le he estado observando. Nunca enfoca con los ojos, nunca permanece en silencio ante una imagen. Al contrario, habla y habla sin descanso. Apostaría a que nunca ha tocado una cámara fotográfica…”.
Tener algo que aportar
No obstante, se dirá que todo vale, que cualquier texto encierra algo útil, aunque no debemos olvidar que un buen escrito o relato debe poseer algo objetivamente válido que aportar a los demás, de modo que a través del ensueño de la ficción pueda enriquecer sus vidas: aprendices hay muchos, pero maestros pocos… Y aquellos que dan sus primeros pasos en el arte de la escritura creativa, deben comenzar su camino con humildad, pues más allá del escritor que “nace” con un talento o genialidad natural, creemos que un escritor “se hace” a sí mismo, con pundonor y dedicación, hilvanando en la misma tela entusiasmo y esfuerzo.
El autor consumado que tiene algo cierto que aportar a sus lectores, que alberga una íntima convicción sobre la utilidad de su escrito —tal vez guiándose por su intuición, su propia madurez interna, o fiando en su juicio—, distinguirá fácilmente aquello que pueda resultar demasiado simple o superficial en su propio texto, evitando lo grosero, lo grandilocuente, y todo aquello que sirve de relleno sin aportar calidad alguna.
Ejercitarse constantemente
Pero nada se aprende sin práctica. No se logra la maestría en una “disciplina” sin pasar por un cúmulo de ensayos que parecen interminables, cuyo fin consiste en “disciplinar” la propia imperfección y lograr la excelencia en un arte. Si el dominio de un instrumento musical exige cuanto menos una dedicación de una hora al día, escribir requiere continuidad, a fin de que nuestra mente se centralice en un tipo de ideas que van concretándose de un modo gradual. Es más útil la persistencia de quien dedica media hora a diario que una dedicación esporádica.
La receptividad
Hay pensadores que consideran que las ideas no solo se producen en la mente, sino que a veces se captan, porque se hallan en el ambiente y nos influyen, tal como nos alteran las emociones colectivas. Sea cierto o no, las ideas viene y van con rapidez, cruzan nuestra mente de un modo fugaz y, tal como diría W. Shakespeare, “se desvanecen como por arte de magia”. Cual cometas luminosos, dejan a su paso una estela sutil en nuestra mente, pero vagan raudas hacia otros confines. Apenas quedará un vago recuerdo de su paso para quienes duermen en la inconsciencia, ajenos al don que entrega la momentánea oportunidad.
El escritor que permanece alerta ante las ideas fugaces, que aguarda despierto en un mundo efímero y temporal, que se muestra receptivo y con el mayor grado de armonía posible, podrá captar las mejores ideas… según afirma el pensador N. Sri Ram. De este modo, las ideas se percibirán en su mente con mayor nitidez, tal como las imágenes que se reflejan en la superficie de un lago tranquilo.
Atenuando las discordancias que le perturban y las etapas de inestabilidad, manteniendo la mente centrada y la imaginación despierta, será más fácil que la intuición capte aquellos estados que habitualmente se encuentran fuera de su alcance, a fin de que las ideas fluyan sin obstáculos.
Toda obra literaria tiene las limitaciones de su autor
Hablar o escribir constituyen herramientas mediante las cuales se expresa nuestro pensamiento. Son sus hijos; una progenie genéticamente parecida a su artífice. De ahí que toda obra literaria es un reflejo del carácter del escritor y de su pensamiento. Podemos afirmar entonces, que una obra no puede llegar más alto que su propio autor, porque se apoya en sus capacidades, y pronto, se encontrará con sus mismas limitaciones. Y a menudo, sus personajes tampoco podrán ser más grandes que él mismo… pues no podrán concebir realidades más allá de las que capte su creador.
Autores clásicos como Homero, Cervantes, Shakespeare, Dante, Dostoievski, Tolstoi, Dickens, Borges, son admirados por diversos motivos: acaso por el ritmo de su escritura o la  forma concreta en que elaboran las frases y los párrafos, o bien, por la profundidad de sus argumentos y el modo en que enfocan el desenlace de la trama. Otros escritores “consagrados”, destacan por la capacidad de recrear un ambiente psicológico y la fuerza descriptiva de sus personajes, pero principalmente se les valora por su capacidad de análisis y comprensión del alma humana, por sus acertados juicios o reflexiones, y en suma, por la humanidad y las virtudes que se aprecian en los personajes.
Quizá los grandes clásicos llegaron a concebir personajes arquetípicos y atemporales, porque sus anhelos e ideales personales pretendían un mundo más humano, arquetípico y atemporal.  Dejaron atrás el mundo pequeño y subjetivo que observaban para ofrecernos un mundo de grandes sueños e ideales que en principio parecía utópico.
Analizar el mundo con objetividad
El escritor no puede pretender alcanzar verdades absolutas, porque ello es bastante inaccesible para el presente momento de la humanidad. Todo escritor ofrece un punto de vista particular, y debe entregarlo sin complejos: es lo mejor que posee, es algo personal, pero es su legado. Y en la medida que las pequeñas verdades de sus escritos, reflejen en sus temáticas los arquetipos que conciernen y afectan a todo ser humano, se acercará, paso a paso, a los valores esenciales de cualquier lector. El racismo y las pugnas entre clases sociales, el hambre y la guerra, el sexo y el amor, la amistad y la traición, el afán de poder y la corrupción, la fugacidad de la vida y la muerte, son temas interesantes que tratados en profundidad siempre despertarán reacciones atávicas en cualquier lector. 

El suspiro

Como dice Carmen Martagon, un suspiro sirve para dar oxígeno a los recuerdos, para que no caigan en el olvido e insuflarles todo nuestro amor.
Hermoso sentimiento; vivencia pura.
Tienes razón Carmen, el amor es oxígeno que se cuela por los pulmones y se interna en el corazón y, cuando finalmente nos diluyamos en el infinito y seamos tan sólo un recuerdo, retornará al aire, libre y capaz de reanimar a otros.

 

Sobre los libros y la escritura 

 

Texto de las II Jornadas Literarias de ELD (El Libro Durmiente), celebradas en el Centro Imaginalia, Alicante, el 12 de septiembre de 2012, con motivo de la presentación de la VIIIª edición de los Talleres de Escritura Creativa ELD (modalidad online).
Un año más, mediante el Taller de Escritura Creativa, intentaremos que la gente saque de dentro aquello que atesora, ese potencial oculto de creatividad que les permitirá escribir… Y aunque no sepan por qué escriben, ese anhelo que sienten se inoculará en ellos poco a poco y se convertirá en una necesidad vital.
No en vano, hoy, en El Libro Durmiente hay varios alumnos que colaboran y producen obras maravillosas. Sin duda, escribir nos ayuda a estructurar la mente, a organizar nuestras ideas y crecer como personas.
Los libros, como dice Irene Vallejo en «El infinito en un junco», nos permiten viajar, crean nuevos mundos irreales, aunque verosímiles, que pasan a formar parte de nuestro imaginario colectivo. ¿Acaso no nos parece real la Odisea, las obras de Dante o de Walt Whitman? ¿Podríamos concebir nuestro mundo sin ellas? Si, los libros son algo más que un pasatiempo; ellos son un pasaporte para viajar a otro tiempo y lugar. Nos permiten concebir nuevas ideas y modos de pensamiento. Nos entregan su belleza, pues son arte, sus enseñanzas éticas y morales, nos dan una visión profunda del hombre, de la vida y la sociedad y nos permiten conversar con los grandes personajes de la historia.
Los libros son un alimento para el alma; nos permiten atisbar infinitos universos que nos aguardan en el futuro. Por ello, quienes escriben tienen la capacidad de influir en otros. De hecho, tal como decía Goethe, si escribiéramos sobre lo que deberíamos ser, ayudaríamos a que la gente conciba lo que puede ser. Escribir con contenido es el espíritu que motivó la creación de El Libro Durmiente y motiva hoy sus talleres: redescubrir los libros que duermen olvidados, como si fuéramos arqueólogos de la literatura, a fin de recuperar sus ideas y principios para despertar su alma dormida, para entregarla a quienes están sedientos de saber.

 

El infinito en un junco – Irene Vallejo

 

EL INFINITO EN UN JUNCO. La invención de los libros en el mundo antiguo.

Autora: Irene Vallejo. Editorial Siruela, Madrid 2019. 452 páginas.

Reseña realizada por Ramón Sanchis Ferrándiz para la Revista Esfinge Digital.

El libro de Irene Vallejo El Infinito en un junco ya camina por la senda de la fama, porque aborda la historia de los libros y las bibliotecas con un cariño y delicadeza inusual. Sus palabras están cargadas de calidez y ensoñación, tal como si evocaran aquellos momentos en que los ancianos de épocas antiguas contaban historias junto al fuego, cuando el pueblo era analfabeto y la transmisión oral preservaba el saber ancestral del olvido.
En un tono de íntima confidencia, la autora comienza su libro narrando las aventuras de aquellos que antaño buscaban libros en cualquier país para nutrir la Biblioteca de Alejandría. Lo exigía el faraón Ptolomeo II para engrandecer su nueva ciudad, pues «perseguía el sueño de una biblioteca absoluta y perfecta, la colección en que reuniría todas las obras de todos los autores desde el principio de los tiempos». Al fin y al cabo, se dirá en el libro, «la pasión del coleccionista de libros se parece al viajero. Toda biblioteca es un viaje; todo libro es un pasaporte sin caducidad». Y de igual modo, tras aquel sueño de crear una gran biblioteca en Alejandría se fundaron otras similares, como las de Pérgamo y Éfeso, las de Hattusa y Nínive, la Biblioteca imperial de Constantinopla, la Riccardiana de Florencia, etcétera. Si no hubieran existido las bibliotecas, ¿cómo podría abarcar el ser humano semejante aluvión de conocimientos que en ellas se alberga?
El infinito en un junco ha supuesto una revolución porque la autora se atrevió a narrar un ensayo, a inocularle una buena dosis de poesía, a trocar la austera letanía de toda investigación académica en una prosa alada que se expande sin límites, buscando la verdad que encierra una anécdota o la belleza de una máxima capaz de transformar el alma. Pero este libro ofrece algo más que una cuidada dicción y un lenguaje pulcro. Irene Vallejo (Zaragoza, 1973) nos hace partícipe de su profundo amor por la lectura, relatando su búsqueda personal, su necesidad de ir un paso más allá para descubrir entre los libros los confines del saber. En ella, los lectores han descubierto a una musa capaz de enardecer con su cantinela el corazón de todo buscador. Esta filóloga no tiene el perfil de un académico de pestañas chamuscadas por el tabaco y horas de estudio junto a un flexo, aunque debió dedicar a esta magna obra bastantes años.
La autora utiliza un lenguaje ágil, culto, bien cuidado, que roza la perfección y ha hechizado ya a los mejores literatos, seguramente porque vive instalada en un tiempo clásico, atemporal; ese que no pasa de moda y que tanto molesta a los culturetas actuales que no saben expresar varias frases seguidas sin cargarlas de tacos o expresiones vacías. Bastaría citar los premios cosechados por este libro o algunos halagos bien merecidos. Juan José Millas afirma que es uno de «esos libros que te desbravan, que te doman, que te imponen el ritmo de lectura, que te quitan los nervios, no suelen encontrarse pese a ser tan necesarios» y Jordi Carrión, en The New York Times, le secunda cuando dice: «Irene Vallejo acaba de firmar un libro genial, universal, único».
Es de los pocos libros que podría escribir la misma reseña dentro de veinte años. Nada habrá cambiado; las modas no podrán afectarlo.
Se trata de un «ensayo narrado». Una narración que tiene por entramado la estructura de un sólido ensayo, cuyas líneas encierran un tono poético cargado de profundidad y oficio. En suma, un libro cargado de datos y de historias entrañables, escrito con el cariño de una poetisa, de una vestal que guarda los misterios del saber antiguo. No en vano se preguntaba la autora ante el papel en blanco, cómo lograr ese difícil equilibrio: «¿Cómo mantener diferenciado el esqueleto de los datos bajo el músculo y la sangre de la imaginación?».
Irene Vallejo, hace culto aquí a las bibliotecas, los libros y sus autores.
Tal como hizo Borges, quien supo recrear magistralmente en su Biblioteca de Babel el laberinto interminable de las bibliotecas modernas y sus infinitas ramificaciones, Irene Vallejo se adentra en ese mundo infinito del saber antiguo, vagando por aquellas bibliotecas que custodiaron las ideas y conductas que hoy constituyen nuestra «realidad física y virtual».
En ese viaje infinito que nos propone, por las páginas de este libro desfilan todos los personajes épicos que nos hubiera gustado conocer: el gran Alejandro, el legendario Aquiles, la desmedida Cleopatra, el poderoso Asurbanipal… Y una pléyade de sabios y literatos que contribuyeron a conformar nuestro imaginario colectivo: Sófocles y Esquilo, siempre al acecho del destino; los iniciados Plutarco y Marco Aurelio; Hipatia, la maestra preclara; Aspasia, Virgilio y Petrarca; Shakespeare, capaz de atrapar en sus obras el alma humana; Dickens, el escritor que dio voz a los desheredados; J.R.R. Tolkien, el creador de las mitologías modernas; Cavafis el peregrino, y otros tantos, como Virginia Wolf, Coetze, Hanna Arendt, etcétera.
Esos personajes que ahora conforman nuestro universo mental, al igual que los libros, están hechos tanto de realidades como de palabras. Quizá fueron mitificados para perdurar en el tiempo, como si una envoltura de palabras pudiera embalsamar sus cuerpos y conceder a sus ideas la facultad de convertirse en leyenda viva.
Entonces, nos dirá la autora, cuando aún se leían los textos en voz alta y de modo colectivo, cuando aún no se bisbiseaban para nuestra propia conciencia, el hombre se aventuró a fijar sus ideas en diversos materiales y soportes. Ya fuera en tablillas de arcilla con incisiones cuneiformes o en estelas de piedra, en juncos de papiro o en pergaminos, desde las épocas sumerias o egipcias, el hombre ha querido perdurar. Tanto La Piedra de Rosetta con sus enigmáticos jeroglíficos, como el Código de Hammurabi o La Ilíada, han contribuido al despertar del imaginario colectivo y de nuestro mundo interior. Desde entonces, y sobre todo con la invención de la imprenta, cada paso del hombre ha sido inmortalizado.
Parodiando a Monterroso, dirá la autora: «El libro ha superado la prueba del tiempo, ha demostrado ser un corredor de fondo. Cada vez que hemos despertado del sueño de nuestras revoluciones o de la pesadilla de nuestras catástrofes humanas, el libro seguía ahí». «No olvidemos que el libro ha sido nuestro aliado desde hace muchos siglos, en una guerra que no registran los manuales de historia. La lucha por preservar nuestras creaciones valiosas: las palabras…».
Sin duda, tomaré este libro como ejemplo para mis talleres de Escritura Creativa, pues su modo de escribir constituye un buen ejemplo de cómo se han de coser los capítulos de un libro para cohesionar un texto, pues su narración retorna una y cien veces al mismo tema, hasta componer un relato completo de los sucesos, como si cada cita compusiera un nuevo punto de vista, trazando un nuevo hilo de una perfecta telaraña. Y más aún: mantiene un equilibrio perfecto entre los textos que muestra del mundo antiguo y los ejemplos actuales que cita. En su texto conviven en franca armonía Eurípides y Faulkner, Homero y Goethe, Cicerón y Walt Disney.
Es obvio que Irene Vallejo reverencia el mundo clásico, pues tuvo la fortuna de que la acunaran con la lectura de cuentos y obras inmortales. Afirma que sus libros preferidos son La Ilíada y La Odisea: el primero, intuyo, porque señala el camino de la gesta heroica a seguir, aunque sea tan penosa y difícil como la conquista de Troya; el segundo, quizá porque propone la aventura y la obligación de retornar a Ítaca, esa sabiduría perdida que se teje y desteje cada día.
En El infinito en un junco, la literatura recobra la dimensión sagrada que tuvo antaño, cuando los bardos y juglares narraban poemas o canciones de gesta, cuentos y fábulas, mitos y leyendas, reforzando así la identidad de sus pueblos.
Finalmente, valga citar aquello que dice Vargas Llosa: «El amor a los libros y a la lectura son la atmósfera en la que transcurren las páginas de esta obra maestra. Tengo la seguridad absoluta de que se seguirá leyendo cuando sus lectores de ahora estén ya en la otra vida».

 

Sara Jaramillo Klinkert – Entrevista

 

Entrevista publicada en El Libro Durmiente el 20 de agosto de 2020, realizada por Ramón Sanchis. https://ellibrodurmiente.org/jaramillo-klinkert-sara-entrevista/

Sara Jaramillo Klinkert, (Medellín, 1979), es una periodista y comunicadora social que ha colaborado en los principales medios de comunicación colombianos. Sin embargo, tras realizar un Máster de Narrativa en la Escuela de Escritores de Madrid, ha comenzado a cosechar sus merecidos éxitos como escritora. En diciembre de 2019, la editorial colombiana Angosta publicó su primera novela Cómo maté a mi padre, que Lumen ha editado en España en junio de 2020. Además, Lumen prepara ya la publicación su segunda novela, titulada Donde cantan las ballenas.
En Cómo maté a mi padre narra una historia impactante basada en hechos reales. A sus once años un sicario mató a su padre y tuvo que rehacer toda su vida de nuevo. Aunque no había escrito antes sobre aquel hecho, este libro se fue conformando, al inicio, como un conjunto de textos dispersos que fue entregando para su Máster de Narrativa que fueron tomando cuerpo. Con un lenguaje delicado y sensible, tal como ve el mundo una niña, adornado con bellas imágenes y acertadas reflexiones, las páginas de este libro ofrecen un mundo sugerente y despiertan un sinfín de emociones.
El Libro Durmiente, de la mano de Ramón Sanchis, ha querido entrevistar a esta escritora cuya calidad le augura un futuro brillante.
¿Venía escribiendo ese libro en su mente desde aquel momento fatídico?
No, jamás pensé en escribir sobre lo que me había pasado. No me creía capaz de hacerlo porque, de hecho, ni siquiera me atrevía a hablar de ello. Mucha gente cercana se enteró de cosas después de publicado el libro, lo cual denota lo poco que yo hablaba del tema. Sin embargo, llegué a la Escuela de Escritores y allá me impulsaron, me movieron fibras, desataron recuerdos, hicieron salir a flote sentimientos que tenía muy ocultos. Todo se fue dando de una manera muy orgánica, muy honesta, muy cruda y hoy me doy cuenta de que esa es, precisamente, la gran virtud de la novela.
¿Se escribe para conjurar los recuerdos del pasado, intentando olvidarlos, o para asignarles un lugar en un nuevo orden de vida?
Se escribe para ambas cosas. En mi caso, con el proceso de escritura conseguí sanar muchas heridas que aún tenía abiertas. No fue fácil, no fue cómodo, no fue agradable: me implicó un desgaste emocional inmenso. Lloré cada línea del libro una y mil veces. También fue muy difícil darme cuenta de lo mucho que ese suceso nos había afectado como familia. Era algo en lo que simplemente no había pensado antes, pero ocurre que para escribir sí tuve que hacerlo y mucho. Siempre será doloroso darse cuenta de que aquello que ocultamos es justamente lo que más nos revela. Sin embargo ahora tras el libro publicado y todas las cosas buenas que me han ocurrido a raíz de ello, percibo esos mismos sucesos desde un lugar muy diferente al dolor, la rabia o la angustia. Escribirlos fue una especie de liberación para mí.
En la Colombia de 1991, esa terrible experiencia, era algo cotidiano. ¿Cómo se convive con ese deterioro moral y social?
El ser humano tiene una capacidad de adaptación impresionante. Tristemente uno termina por acostumbrarse a esas cosas antes la imposibilidad misma de cambiarlas. Se toman medidas de seguridad, se tiene una gran consciencia acerca del autocuidado. Al final, terminan normalizándose cosas que no son para nada normales. Uno termina anestesiado al punto de que aquellas cosas terribles que muestran en las noticias son parte del paisaje. Igual cada uno está ocupado intentando seguir con sus propias tragedias a cuestas. Creo que de esa época no hay ni una sola familia en Colombia que no haya sido tocada por la violencia.
Sin duda, tal como El año del pensamiento mágico de Joan Didion, su libro puede ser útil para aquellos lectores que pasan por una situación de duelo. Pero en Cómo maté a mi padre, narra el proceso que siguió una niña que se vio privada del afecto del padre. ¿Cómo encuentra una niña la entereza necesaria para seguir adelante?
Creo que la ausencia paterna a tan corta edad me trajo una de las revelaciones más grandes y crudas de la existencia y es la certeza de saber que estamos solos en el mundo. Suelo decir que uno crece el día en que se percata de ello. Hay gente que nunca lo hace y se le pasa la vida esperando a que alguien más le solucione todos sus asuntos. Esa es la gente que nunca crece. Pero cuando tienes once años y matan a tu padre es inevitable pensar que te va a tocar enfrentar solo aquello que normalmente los demás enfrentarían con la ayuda de sus padres. Recuerdo que me parecía muy injusto y que sentía mucha rabia e impotencia. Entendí lo que mi padre quiso decir tantas noches en torno a la mesa del comedor cuando le contaba a la mamá los casos que llevaba en curso: «la justicia no existe», decía. Y eso que era abogado.
Cada vez que veía a alguna de mis amigas con sus papás, tenía que esforzarme para no ponerme a llorar. Es un sentimiento indescriptible ver en otros aquello que a ti te han arrancado a la fuerza. Algo que no vas a poder recuperar jamás. Jugué softball todo el bachillerato y los papás iban a menudo a ver jugar a sus hijas, pero a mí no fue nadie a verme nunca. Nadie iba a las reuniones de padres de familia, nadie aparecía a recoger mis notas. Me quedé tardes enteras olvidada en el patio del colegio. Rápidamente entendí que yo era la única responsable de tomar las riendas de mi vida.
Un libro ha dado paso a otro. Tras publicar Cómo maté a mi padre, la editorial Lumen prepara ya la edición de su segunda novela. ¿Qué se siente ante este éxito repentino? Habrá quien piense que es un golpe de suerte, pero ¿es fruto de un esfuerzo silencioso o de la intuición?
La gente que no me conoce muy bien, a menudo, sugiere que tuve suerte. A mí esa afirmación me descoloca un poco porque la escritura ha sido mi sueño desde que era niña y me esforcé mucho por hacerlo realidad. Me he entregado en cuerpo y alma. Escribir siempre fue mi norte, no lo perdí jamás de vista. Ni cuando fui presentadora de televisión, ni cuando dirigí el departamento de relaciones públicas de la principal empresa textil del país, ni cuando trabajé como reportera en el canal de televisión más visto de toda Colombia. Nunca. La gente siempre pensó que ya había alcanzado el éxito profesional, yo, en cambio, recuerdo que solo pensaba: «qué estoy haciendo aquí, me estoy traicionando a mí misma, tengo que ponerme a escribir». El reto esta vez era diferente: por primera vez no me servían mis contactos, ni mis relaciones sociales, ni mi aspecto físico. Tal vez hubo algo de suerte, pero no fue el factor determinante, yo he trabajado muy duro por llegar hasta acá, he renunciado a muchas cosas, nadie me ha regalado nada.
¿Qué le mueve a escribir?
Escribir me ayuda a pensar mejor. Yo misma me sorprendo cuando leo mis propios textos y encuentro ideas que jamás habría podido expresar de otra manera. Me encanta la posibilidad de vivir otras vidas. Antes lo experimentaba a través de la lectura, pero ahora que escribo a tiempo completo me doy cuenta de que es aún mejor vivir esas vidas a través de personajes que uno mismo construye. Encuentro una gran paz en las horas de escritura. En ellas están las cosas que me más gustan: el silencio, la soledad, la imaginación desbordada, el transitar por caminos que ni siquiera sabes hacia dónde te llevan. Para mí la escritura es un gran acto de libertad. Cuando ejercía el periodismo me frustraba mucho que no hubiera espacio para la imaginación, que no pudiera expresar mis opiniones. Hoy que hago ficción adoro la idea de que mis personajes puedan hacer lo que les venga en gana, de que puedan decir todo lo que no puede decirse.
¿Qué le ha aportado su paso por la Escuela de Escritores?
Llegó un momento en que me di cuenta de que tenía un montón de proyectos literarios empezados y abandonados. No era capaz de terminarlos por falta de tiempo, de herramientas, de opiniones calificadas que me dijeran de una buena vez si todo ese esfuerzo estaba valiendo la pena. Fue entonces cuando decidí tomarme las cosas en serio. Pensé que matricularme en un programa académico en donde hubiera calificaciones, tareas y todas esas cosas formales ejercería algo de presión para escribir. En la Escuela de Escritores de Madrid encontré esa presión y adquirí músculo literario. Entendí que mis textos se quedaban sin aliento por falta de herramientas. Le debo todo a la Escuela. Si no hubiera pasado por sus aulas aún estaría empezando y tirando proyectos en igual medida.
¿Cuál es su forma de trabajo: usa mapa o brújula? ¿Elabora minuciosamente sus textos o se deja llevar por las musas?
Un poco de todo. Por lo general tengo más o menos claro de qué va la historia y cuál es el final. En eso soy como Poe, no soy capaz de avanzar si no sé exactamente el punto de llegada. No obstante en el camino para llegar a él me doy muchas licencias, dejo gran espacio para la improvisación.
¿Cómo se convierte un aprendiz en escritor?
Escribiendo. La única forma de ser escritor es esa. Hay una cantidad inmensa de tiempo oculto detrás de cualquier texto. Creo que escribir es una actividad muy demandante y muy poco reconocida. Por eso hay que pensárselo dos veces antes de dedicarse a ello. No hay nada que te asegure el éxito y aún así tienes que estar dispuesto a sentarte muchas horas a teclear. Hay que ser muy terco para meterse en algo como esto. Hay que estar muy decidido. Hay que estar seguro de que, habiendo mil actividades que te ofrecerían más reconocimiento, que son más lucrativas, más fáciles, más amables, tú no te imaginas haciendo otra cosa.
¿A qué autores ha plagiado a hurtadillas o ha mirado con envidia? ¿Quiénes son sus modelos literarios?
Hay una colombiana que admiro mucho y es Margarita García Robayo. Sus textos son claros y profundos. Ella hace un tipo de literatura que me encanta, llena de digresiones en torno a asuntos casi siempre muy cotidianos. Por estos días he estado leyendo también con fascinación a Rackel Cusk. Adoro esas historias que parecen no ir hacia ninguna parte y, que sin embargo, pasan de personaje en personaje dejándonos con más preguntas que respuestas. Por otro lado está Delphine de Vigan. La claridad en su escritura es tal que puedes devorarte un libro de una sentada sin percatarte del paso del tiempo. Su manejo de la tensión dramática es impresionante. Siempre te tiene al borde de la historia con ganas de seguir asomándote, pero sin darte lo suficiente para que te lances al vacío.
¿Qué le gustaría que perdurara de su obra en el futuro?
Me parece muy ambiciosa la idea de perdurar en el futuro. Me conformo con haber podido plasmar literariamente mis obsesiones y mis heridas, de haber sido capaz de hacerlo con absoluta honestidad y sin autocensura. Solo el tiempo dirá si son dignas de perdurar.
¿Para escribir bien hay que ser buen lector? Aconséjenos tres libros para disfrutar de la buena literatura.
Primero estaba el mar de Tomás González. Los pasos perdidos de Alejo Carpentier. La perra de Pilar Quintana.
¿Quién es Sara Jaramillo y qué cosas le motivan? 
Me motivan tantas cosas que, a veces, pienso que por eso me hice escritora: en las palabras cabe el mundo entero y todas sus posibilidades, puedo ser una y mil otras o no ser nadie en absoluto. Puedo tener siete vidas como Kafka o mi gato, o darle la vuelta al mundo buscando ingredientes raros para surtir mi tienda de especias: Ábrete sésamo. Puedo perderme en aquel sitio frente al mar que solo yo conozco, ese que no sale ni en los mapas. O meditar diez días con el fin de aprender a girar para ambos lados. Del yoga aprendí a andar patas arriba para que las ideas que anidan en los pies se vayan para la cabeza y de la panadería, que no es la levadura, sino la paciencia la que hace subir el pan. Me conformo con ver aves ante la imposibilidad de convertirme en una y tengo el proyecto de salvar guacamayas del tráfico de fauna. Adoro los animales, casi más que a las personas. Cocino mucho y como poco; me muevo mucho pero no me quedo en ninguna parte. Y en los entretiempos de todo eso escribo, escribo y vuelvo escribir.

 

Pensamientos (2)

15. Vivir es fácil; tan solo hay que empujar los días. Estar despierto es lo realmente difícil; requiere tomar conciencia de lo vivido.
14. La atención es una forma de vigilancia hacia afuera; la concentración es la capacidad de atención sobre lo que ocurre en nuestro interior.
13. La fantasía despliega las alas de nuestra psique, sin saber adonde irá. La imaginación conduce su aleteo con mano firme.
12. Leemos para descubrir la vida vista por otros ojos, a fin de contrastar nuestras opiniones baldías y llenarnos de conocimientos.
11. A menudo descubro que ese cúmulo de casualidades que conforman la causalidad van llevándome en una dirección que he elegido mucho antes.
10. La literatura es un arma cargada de futuro: con ella se despiertan conciencias, se alimentan ideales y se aviva el alma.
9.Los idealistas son la argamasa con que se construyen los sueños de la humanidad… Sus pasos decididos rebasan todas las utopías.
8. Quien da aquello que le sobra no da con el corazón sino con la razón; verdadera renuncia es aventurarse a dar aquello que nos es necesario.
7. El silencio no necesita hablar pero los hombres precisan sus palabras; el viento no necesita aullar, pero los árboles adoran sus canciones.

Firmado Lejárraga

https://ellibrodurmiente.org/firmado-lejarraga-escrita-por-vanessa-montfort-y-dirigida-por-miguel-angel-lamata/

Firmado Lejárraga. Textos: Vanessa Montfort. Director: Miguel Ángel Lamata. Centro Dramático Nacional. Teatro Valle Inclán. Actores: Gerald B. Filmore, Cristina Gallego, Eduardo Noriega-Miguel Ángel Muñoz, Alfredo Noval y Jorge Usón. Documentalista: Carmela Nogales.

Del año de 2019 que ahora termina, merece destacarse la obra teatral Firmado Lejárraga, escrita por Vanessa Montfort y dirigida por Miguel Ángel Lamata. En ella se hace justo homenaje a María de la O Lejárraga (1874-1974), una escritora casi desconocida que, por vivir a la sombra de su marido, pasó por la vida sin apenas dejar rastro de sus obras, aunque estaba a la altura de los mejores literatos españoles del siglo XX. Vaya por delante nuestro agradecimiento al equipo de creadores que ahora nos ofrece la posibilidad de recuperar y conocer a esta maravillosa autora que fue María Lejárraga.

Detrás de esta obra se adivina un trabajo inmenso de documentación, rastreando opiniones de historiadores, críticos, familiares y gente allegada a María Lejárraga. Con una narración vibrante y una puesta en escena magistral, cálida y cercana, el espectador irá descubriendo a una autora que, pese a su centenar de obras fue injustamente olvidada. Los actores, que han de representar a varios personajes, están soberbios en cada papel. Y el espectador lo aprecia y aplaude con pasión.

En Firmado Lejárraga, cuatro amigos escritores hablarán de ella, debatirán sobre sus ideas políticas feministas, indagarán en su vida, aportando pruebas documentales sobre su creación artística, a fin de demostrar la autoría de sus obras.

Novelista, dramaturga, poeta, articulista, traductora, conferenciante y ensayista de la Edad de Plata de la literatura española,María Lejárraga vio como sus obras alcanzaban el éxito aunque se presentaban con la firma de su marido, Gregorio Martínez Sierra, quien ejercía de empresario teatral. Tal es el caso de la famosa Canción de Cuna.

El machismo imperante a primeros del siglo XX, no veía con agrado que una mujer fuera la dramaturga de una veintena de obras que se representaban en ese momento. No obstante, ella fue la musa inspiradora o estaba detrás de las creaciones de otros importantes autores. Muchos poemas de Juan Ramón Jiménez o de F. García Lorca fueron bosquejados por ella, al igual que los libretos de varias obras de Marquina, los hermanos Quintero, Carlos Arniches, Manuel de Falla y Joaquín Turina, tales como El amor Brujo, El sombrero de tres picos, Margot o Las Golondrinas. Sin embargo, salvo en contadas ocasiones, no quedó constancia de sus colaboraciones. Tan sólo en la correspondencia personal con sus amigos o su marido, se aportan detalles sobre las obras surgidas de su imaginación.

Incluso una de sus obras entregada a la compañía de Walt Disney, tras ser rechazada, años más tarde vio la luz con otro nombre: La Dama y el vagabundo.

La relación con su marido terminará cuando éste se enamora de la actriz Cristina Bárcenas, en 1922, sin embargo, su colaboración teatral con él continuará hasta 1930. Años más tarde, en 1949, comenzará a firmar sus propias obras como María Martínez Sierra y después, como María Lejárraga.

Como feminista convencida participará en política, llegando a ser diputada en tiempos de la segunda República, motivo por el que tuvo que exiliarse al acabar la Guerra Civil, primero en Niza y finalmente en Buenos Aires. Como educadora, representó a España en varias instituciones y foros internacionales, siempre promoviendo el desarrollo igualitario de la mujer y la mejora de condiciones para la clase obrera.

Aunque Gregorio Martínez Sierra afirmará por escrito que ella había colaborado en sus obras, la dejará al margen de los derechos de autor, pasando María sus últimos años en Buenos Aires en la pobreza.

En suma, Firmado Lejárraga es un obra teatral de excepción que no deja a nadie indiferente. Una obra que devuelve a María Lejárraga al lugar principal en que siempre debió estar. Una obra singular escrita por Vanessa Montfort con mimo y manifiesta admiración por la autora olvidada, dirigida por Miguel Ángel Lamata con un cuidado trabajo de la escena y la interpretación de los actores, dado que se suceden cambios cronológicos y de papeles que exigen de ellos dar la talla en diversos registros. Esperamos, por ello, la pronta reposición de esta magnífica obra, sensible y profunda, que recupera una parte significativa de nuestra memoria histórica.

Mi padre (Relato autobiográfico).

Mi padre.

Relato publicado en la revista La Rompedora de la Escuela de Escritores, en 2019.

Cara A

Aquel verano hubo una plaga de nubes bajas y los girasoles dejaron de orbitar en torno al sol.  Quizá se extraviaron mientras buscaban su mecanismo o simplemente se aburrieron de ser perfectos. Mi padre hizo lo mismo. Comenzó a vagar por la casa como un alma en pena, con su artificio interior pasado de vueltas.
Se empeñaba en salir a la calle a toda costa, como si estuviera poseído: «Tengo que ir a la fábrica», decía, «quedan muchas tareas pendientes». Y nos veíamos obligados a cerrar la puerta con llave para que no escapase. Cuando se le dijo que en la fábrica solo quedaba un solar vacío, que tuvimos que vender la empresa, no pudo creerlo. Nos miró con esos ojos vivos, rumiando extrañas palabras y adelantando los dedos hacia nosotros, como un santo Tomás necesitado de certezas. Pero en aquel verano las certezas no llegaron a florecer en los cañaverales de su mente.
Permaneció así un año más, enrocado sobre sí mismo, como un reloj al que le hubiera fallado su mecanismo. Aún le recuerdo sentado junto a la mesa de la cocina, a solas, trenzando silencios con sus dedos callosos bajo una lámpara de luz intensa, como si estuviera sometido a un interrogatorio perpetuo.
Más adelante, cuando los temblores y los olvidos fueron a más, le instalamos en una de esas camas articuladas que no presagian nada bueno. Y allí, desde aquella atalaya silenciosa, contemplaba a diario el desfile de las horas mirándonos con esos ojos mansos que incomodan a los cuerdos. Hasta que se fue apagando, poco a poco, tras esas sonrisas de cartón que encubren un dolor intenso.

Cara B

¿Quién es esa que está ahí? Ayer también vino. Habla con una voz muy fuerte.  ¡Ay, Dios!, ¡cómo me duelen las piernas! ¿Quién será? Me mira como si me conociera. Este reloj adelanta. Chilla como si mandase en mi casa. Su pala…, no, su brazo; no, no sé el nombre. Alfiler, creo. La mano larga corre mucho, adelanta a la otra. La mano chica es muy corta, por eso no puede correr bien.

¡Cómo me cuesta andar hoy! Tengo que hacer cuentas y facturas. ¡Por qué cierran la puerta! ¡Abrid, joder!

Los niños no vienen mucho; si siguen así los voy a despedir. Y no están los tiempos para perder el trabajo. ¡Qué buena esta fruta! Me miran como a un extraterrestre. Están extraños. La niña está muy mayor… ¿cómo se llama? No me acuerdo. «Tráeme la llave, niña». Esa mujer extraña les dice algo que… Me miran con ojos de cordero degollado. No me hacen caso.

Hace mucho calor. Me molesta la camisa. ¿De qué se ríen estos bichos? Ahora mejor; esa camisa me agobia. El abuelo, se quita la camisa, dicen. «¡Chivatos!». Y me duele la rodilla. Ahora me besan; ¿a cuento de qué? ¿Por qué se sientan todos frente a mí? Van de domingo. Parecen tranquilos. Y cuando les digo: «Estáis locos, dejadme salir de esta jaula», no me hacen ni caso, se miran entre ellos y se ríen. ¡Joder qué tropa! ¿No ven que hay que revisar los pedidos? Si, claro que hablo de la fábrica. ¡Cómo no! No tengo ganas de sentarme ahora. Como si no tuviera otra cosa que hacer que sentarme. Ya me paso el día sentado. Estas galletas viudas son de cartón.  La Navidad está cerca. Los pedidos, albaranes, ¡hay mucha tarea! «¡Dejadme salir!» ¡No sé por qué dicen que ya no está la fábrica! Todo es bla, bla, bla.  No sé qué pinta ella aquí. «Ábreme».  «Sí, te digo a ti». «¿Tu nombre? ¡Yo qué sé! No puedo acordarme de todo». Y no te acerques, que no me ayudas nunca. ¿Por qué me besas? ¿Tú quién eres?» «Niños, ¡vamos a dar un paseo!». Me miran con ojos de pescado, los muy canallas. ¡Qué calor hace! «Vamos, niños, salimos ya». ¡Ni caso! ¡Para qué vienen! ¡Nadie me quiere! ¡Pobre chico, estás más solo que un reloj!

El mundo está loco; ya nadie quiere salir de casa; todos se pasan las horas viendo el cajón de las imágenes. Y uno que quiere irse, no lo dejan. El mundo está loco: «Cabrones». Esto no se le hace a nadie en su sano juicio.

¡Qué calor hace hoy! Y este reloj va a gatas: ¡no ayuda!  La manilla larga corre más; la pequeña pierde. Antes, yo corría como la grande, pero ahora no: ¡hasta la pequeña me gana!

Me dejan siempre aquí solo, en la cocina. Estoy triste; no sé bien por qué. Estoy triste… y solo. La silla y yo, mano a mano. Solos los dos en este internado… ¡Más tristes que el reloj!