La Isla (de Giani Stuparich) y El chico de Pedersen (de William H.Gass).

Análisis comparado de los libros, La Isla (de Giani Stuparich) y El chico de Pedersen (de William H.Gass), en torno a las relaciones padre-hijo.

En el presente texto se analizan dos relatos que abordan las relaciones entre padre e hijo. Aparentemente son relatos dispares que no presentan puntos de conexión, sin embargo, desde registros totalmente opuestos, podemos ahondar en una misma problemática.
En el relato breve de La Isla, del escritor italiano Giani Stuparich (1), se muestra la relación entre un padre e hijo que, tras años sin verse, intentan reencontrarse de nuevo. El padre, aquejado de una enfermedad incurable, propone al hijo pasar unos días en la isla de la cual son originarios, en un intento de disfrutar de aquellos parajes añorados y de recomponer la comunicación perdida entre ellos. Por un lado, el padre desea retornar a la placidez de isla no tan solo como tierra natal añorada, sino de un modo inconsciente, anhelando encontrar su propia raíz existencial; el hijo, en cambio, prefiere las montañas, pero acude ante la llamada paterna. Hay un aura de misterio en ese viaje que el padre emprende hacia la isla, tal como si se dispusiera a enfrentarse consigo mismo, con sus miedos, con sus errores y angustias, preparándose para el tránsito hacia la otra orilla… anhelante en ese trance de la compañía del hijo para sentirse amado, para reivindicar ante él su propia conducta, a fin de que el hijo entienda el sentido de su vida, de trasmitirle su legado vital. Un legado que se engarza fuertemente con “la isla”.
Es un texto de una gran belleza plástica, en donde los sentimientos de ambos protagonistas discurren en paralelo a las vivencias en la isla: el coraje, la fuerza interior, el afán de aventura que se expresan en la bravura de las olas y el furor del mar abierto; la calma y el sosiego que se experimenta en las recónditas calas y en los muelles; el barullo y la algazara de la vida que se respira en el ajetreo de los forasteros y las risas de las terrazas y veladores; la inseguridad ante la propia travesía, reflejada en el bamboleo de un bote inestable; el hedor del puerto cuando se acerca el fin…
En El chico de Pedersen (2), del estadounidense William H. Gass, la vida de una familia que permanece aislada por la nieve en plena montaña, se ve alterada cuando aparece el cadáver del chico de Pedersen, su vecino, congelado junto al pesebre. ¿Cómo ha llegado hasta allí, solo, caminando en plena ventisca? ¿Por qué no vienen los Pedersen en su busca? ¿Han sido asesinados por algún extraño? A partir de aquí, la posibilidad de que alguien haya asesinado a los Pedersen, creará una expectativa que marca toda la narración.
En el relato de W.H. Gass —acaso menos lírico que el texto de Stuparich—, se expresa como en ningún otro la lucha del hombre contra las inclemencias del invierno, las ventiscas, el frío y la nieve. Porque la naturaleza impone sus ritmos, sus silencios, su letargo… y ante esa naturaleza poderosa, el hombre se siente acorralado e indefenso, frágil, pequeño, viéndose obligado incluso a una relación humana que poco a poco se va deteriorando hasta tornarse agresiva. No en vano se nos presenta a los personajes como fieras enjauladas que se odian, se temen, se insultan y agreden con saña. Aquí no se trata de una naturaleza amable que acompaña los sentimientos de los personajes, como se presupone del medio rural, sino de un entorno extremo que los condiciona y enloquece.
En ambas historias se mantiene la tensión narrativa basada en el miedo de los personajes ante lo que podría ocurrir: la soledad y el abandono, el frío extremo, el tabaco y el alcohol que se adueñan de la persona e imponen su ley, el agresor desconocido que ronda afuera, la enfermedad incurable, la muerte… En consecuencia, hay una lucha psicológica entre “lo que la realidad es” y “lo que se pretende que sea”, más remarcada en El chico de Pedersen. Los personajes se nos muestran atrapados en sus vaivenes emocionales, con sus quimeras e ilusiones, sus angustias y frustraciones, sueños e ilusiones, aquejados de especulaciones mentales siempre contaminadas por dichos temores.
En ambos relatos se nos muestran, desde las primeras páginas, unas relaciones entre padre e hijo difíciles, deterioradas, aunque tal vez fueran satisfactorias tiempo atrás. En La Isla, el padre es un hombre de mar que no se sentía ligado a nadie, acostumbrado “a los fugaces retornos al hogar familiar”, “donde le parecía haber dejado algún que otro objeto personal, algún que otro recuerdo, pero nada que estuviera vivo”. Hasta un momento en que comenzó a sentirse unido a aquel niño “de ojos asustados y suplicantes” al que no podía traicionar “sin envilecer su más íntima esencia”.
En La Isla, el hijo, que había idealizado la personalidad del padre, observa cómo la enfermedad va minando su fortaleza y seguridad, lo cual le afecta, porque siente “la fría palidez de la muerte” que ronda como si le persiguiera a él mismo. De este modo se dirá que “un sentimiento de incertidumbre y de miserable compromiso con la fatalidad lo invadía todo”, pues “quien asiste impotente a la trágica lucha, y tiene en sus venas la misma sangre que la víctima, sufre un horror reprimido y todos sus minutos están envenenados”. Por qué no se los llevó antaño aquella ola traicionera, se pregunta el hijo, cuando vivían en un estado de plena armonía… “ahorrándoles el ir hundiéndose lentamente entre ilusorios restablecimientos y humillantes abandonos”.
En El chico de Pedersen, más allá del miedo a ser asaltados por un asesino, en toda la historia subyace la problemática de las tensas relaciones del padre, Magnus, con el hijo y protagonista principal, Jorge, de unos doce años. El padre, es un alcohólico que siempre está de mal humor, un déspota que mantiene a todos atemorizados con sus reacciones agresivas, un machista que ha anulado la voluntad de Hed, su mujer, y del peón que trabaja para ellos, Big Hans… Al respecto, su hijo Jorge dirá: “lo único que le importa es el wisky y la cicatriz que lleva en la cara. Lo que quiere es emborracharse como un cerdo. Lo demás le da igual. No le importa nada”. Y cuando la madre, descubre el escondrijo en donde guarda la botella de wisky, el personaje nos advierte de que: “Si averigua que lo había descubierto madre —mala cosa—. Estaba orgulloso de sus escondrijos. Lo único que le producían era orgullo. Supongo que no resultaba fácil engañarnos a Hans y a mí. Pero a madre no la consideraba gran cosa. Y si lo averigua —que la había descubierto una mujer— iba a haber problemas”.
Sin embargo, cada relato adopta una salida diferente a esta situación…
En La Isla, el hijo enfocará la relación con su padre por la senda del respeto y la comprensión, tratando de recomponer la relación perdida, perdonando sus ausencias y aprendiendo a valorarlo. Incluso se reprochará a sí mismo su excesiva tristeza y preocupación por la enfermedad “corriendo el riesgo de convertirse en un peso para su padre antes que en un consuelo”, o bien, por no haberle hablado con mayor franqueza y ternura en sus últimos momentos en la isla: “habría debido animarlo y confortarlo en el espíritu”.
En cambio, en El chico de Pedersen, Jorge acaba odiando a su padre y en algunos momentos hasta intenta matarlo, aunque no queda bien definido en el relato si lo hace en realidad (tal vez “sueña” con matarlo, en sentido freudiano, es decir, porque detesta sus defectos): “Le odiaba. Joder, de qué manera. Pero ya no como a un padre. Como al espacio rutilante”. Y a pesar de no desear ese viaje hasta la casa de los Pedersen —que en cierto modo es un viaje en que deja atrás la inocencia—, Jorge lo llevará a cabo, saliendo triunfante de la empresa. Después, percibirá con mayor realismo la pobre personalidad del padre, de la cual quiere alejarse; también la de Hans, que se encamina a ser un calco de Magnus; y la pasiva e indolente indiferencia de la madre, que le muestra un modelo nefasto que merma su firmeza con su nociva permisividad. Y Jorge, tras esa prueba, se sentirá bien “como me habían dicho que debería sentirse uno en la iglesia”. “El invierno, por fin, había terminado con ellos”, pensará.
Son dos enfoques diferentes los que se nos muestran en estos relatos, dos caminos que divergen y un punto en común, pues se trata de intensos pasajes plasmados con maestría, cargados de vida, de significados profundos, de simbolismos por descubrir.

                                                                                                                                   Ramón Sanchis Ferrándiz (Raysan)

(1)    La Isla, relato breve de Gino Stuparich. Traducción de José Ángel González Sainz. Editorial Minúscula S.L.; Barcelona; 2012.
(2)    El chico de Pedersen: relato breve incluido en el libro En el corazón del corazón del país, de William H. Gass. Traducción de Rebeca García Nieto. Editorial: La navaja suiza; 2017.
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Cita

 

“¿Sueñas con ser escritor?… ¡No desfallezcas nunca, hermano!… Que tus pasos te lleven siempre hacia el lugar en que mereces estar, ¡arriba, siempre arriba!

Has decidido ser un artesano de la imaginación, un centinela de las palabras… ¡permanece pues en tu lugar almenado, guardián de las historias que el mundo precisa, vigía de un nuevo amanecer!…”.

 

¿Sueñas con ser escritor?

Kanzenze. Agua para la vida

Cuando Manos Unidas propuso la realización de un proyecto para dotar de agua a la misión de Kanzenze, en la República Democrática del Congo, Canal Voluntarios se adhirió a él con gran entusiasmo, con la conciencia clara de que se trataba de una tarea modélica, necesaria e ilusionante. En esta tierra difícil y extremadamente pobre, me he sentido honrado de colaborar en la financiación y apoyo técnico para llevar a cabo esta apasionante iniciativa.

La traída de agua a Kanzenze, que procede de un manantial lejano, es deficiente, de dudosa calidad, tiene grandes fugas y no puede abastecer a la población que se agrupa en torno a la misión. A causa de ello, las mujeres y las niñas se ven obligadas a traer el agua desde varios kilómetros, lo que las expone a posibles peligros, empleando a diario un tiempo precioso que podría utilizarse en el trabajo o el colegio. El hospital, las escuelas e internados, que también se abastecen de dicha conducción, disponen tan solo de unos grifos y carecen de las condiciones adecuadas de higiene en las letrinas, cocinas, etcétera.

Somos conscientes de que con el proyecto que ahora comenzamos –la puesta en marcha de pozos subterráneos, depósitos de agua potable y las correspondientes redes de distribución– se dará servicio a muchos de los centros de la misión y a gran parte de la población que aún se abastecen mediante pozos artesanales y baldes llevados a mano; pero también sabemos que, al traer el agua, tenemos una responsabilidad aún mayor, pues hacemos posible la vida.

La carencia de agua acarrea epidemias y enfermedades crónicas, impide la escolarización y la paridad social de la mujer, aboca a la gente a una agricultura y ganadería de supervivencia, provoca migraciones, conlleva analfabetismo, violaciones de mujeres, etcétera… lo cual obliga a tomar una solución urgente… El 80% de la población no rebasa los 20 años, y el promedio de vida es inferior a 50 años. Tal vez por ello nos miran con tanta extrañeza. Sin duda, queremos dedicar nuestra ilusión y energía a paliar estas carencias. Porque todos merecemos una vida más digna, un futuro mejor.

Ramón Sanchis Ferrándiz. Octubre 2017.                                                                                                     

Gobernar a otros no es un juego.

Algunos gobernantes quieren seguir siéndolo a pesar de que mantenerse en el poder acarrea muertes. En conciencia, no vale la pena dejar muertos tras el propio camino, porque la justicia puede reclamártelo en cualquier momento, y en todo caso, el karma o la justicia divina, tarde o temprano, te lo cobrarán. Y si no, al tiempo.
Hace ya unos quince años tuve que viajar varias veces a Venezuela por motivos laborales. Ya había manifestaciones, tiros y algunos muertos. No se podía salir a la calle a partir de las 9 noche; era un toque de queda tácito. Nos llevaban a otras provincias a ver obras e infraestructuras en helicóptero, porque en las carreteras había pillajes e inseguridad. La puerta del hotel era protegida, a todas horas, por un soldado cargado hasta los dientes con armas automáticas y sus cargadores llenos de balas. Se trataba de proteger al turista, si es que había muchos… pero ¿quien defiende a cada venezolano que no puede poner un soldado en su puerta? Y aunque quien gobierna tuviera la razón, ¿vale la pena enrocarse en posturas que siembran de muertos las calles? 
Cuando hay revueltas lo lógico es frenarlas, pacificarlas… Sin embargo, cuando esas insurrecciones son contra las actuaciones del gobernante, antes que matarlos a todos es mejor irse y dejar paso a nuevas votaciones. Perpetuarse en el poder, cambiar constituciones para que nos dejen hacer cualquier cosa no son buenos compañeros de ruta.
Tal vez gobernar parezca fácil. Basta con que te voten. Pero lo difícil es saber gobernar a otros con ecuanimidad, con rectitud y sentido de la justicia. Lo que sí sabemos es que gobernarse a sí mismo es más difícil que gobernar a otros, aunque algunos crean que gobernar a otros sea tan fácil como conducir un autobús.
Ramón Sanchis Ferrándiz.

La filosofía, un mapa para transitar por la vida (artículo)

La revista Esfinge digital publicó en su número de enero-2017 el presente artículo sobre la importancia de la filosofía, tema de actualidad ahora que se habla de eliminar dichos estudios de los programas oficiales de educación. 
Enlace a la publicación: http://www.revistaesfinge.com/…/1509-la-filosofia-un-mapa-p…

 

La filosofía, un mapa para transitar por la vida

Dicen que la vida es aquello que sucede mientras nos empeñamos en planificar otras cosas para nuestro futuro. Ella nos depara tristezas, sinsabores y amarguras, pero también nos regala alegrías, momentos plácidos e instantes de verdadera felicidad. En el transcurso de los años, las esforzadas tareas y tensiones psicológicas, los fluctuantes estados de ánimo y las emociones desgarradoras, los vaivenes, miedos, dudas… darán paso, cuando se destile su enseñanza, a la comprensión profunda de nuestro camino.
La vida provoca todas las preguntas, pero encierra en sí misma las respuestas. Sin duda, los golpes y magulladuras que nos propina el paso del tiempo no son sino «pruebas» que nos predisponen a la comprensión profunda de la vida. Por ello, la adolescencia, con su inseguridad emocional y sus eternas dudas, no es sino el campo de batalla en que se conquista el asentamiento de nuestra personalidad. Más adelante, se pondrá a prueba la fragilidad de nuestras tibias emociones y la solidez de nuestras ideas y convicciones, aparecerán los sentimientos estables y duraderos, las alegrías y satisfacciones profundas, emprenderemos la lucha ilusionada por la consecución de nuestras metas, y llegarán o no –según encaremos las situaciones– los logros y recompensas. Y nuestro edificio se irá construyendo, poco a poco, con tesón y entusiasmo.
Según sea la apuesta realizada será el resultado. Si hemos sabido rehuir aquello que nos emparenta con un mundo de barro, si hemos sabido renunciar a lo mezquino, lo bajo y ruin, a lo superfluo e inútil, a lo seguro e interesado pero mediocre, a lo instintivo y pasional, a los apegos y amores pequeños… y en cambio, hemos apostado por todo aquello que nos eleva hacia las estrellas, llegaremos al lugar que nos está reservado y «en donde deberíamos estar». Pero este es el camino esforzado que requiere valentía, coraje, esfuerzo perseverante, amor y comprensión. Una comprensión profunda de lo que debemos hacer en la vida, basada en un conocimiento que nos permita desenvolvernos en las más variadas situaciones con soltura y seguridad, con fundamento…  a lo cual se le ha llamado en toda época Filosofía, porque la filosofía aporta las herramientas para conocernos a nosotros mismos, para educar el carácter y saber afrontar aquello que nos depara la vida.
De este modo, podremos decir, con visos de realidad, «tengo una filosofía de la vida que me permite salir adelante». Sin embargo, muchos hablan de la necesidad de tener una «filosofía» que avale las actuaciones a realizar (en una empresa, en un partido político, en un equipo deportivo, etcétera), pero en realidad carecen de ella –entendida como fundamento inspirador de todas sus acciones–, o tan solo la aplican de modo circunstancial. Pero filosofía es algo más que esa pobre concepción esporádica a la que recurrimos tan solo cuando la vida amenaza tormenta.
La filosofía no es un manejo de cuatro ideas o máximas expresadas por algún que otro filósofo en un momento de lucidez, sino la herramienta eficaz que nos permite alcanzar, con garantías de éxito, nuestros fines en la vida. No consiste, tampoco, en tener una fortaleza o cualidad bien desarrollada (por ejemplo, la perseverancia o la amabilidad de un incansable vendedor inmobiliario), pues de nada sirve si está al servicio de una visión interesada y egoísta, encaminada tan solo al lucro o al engaño. Es menester, también, desarrollar nuestras cualidades latentes en servicio de unas ideas más profundas, honestas, rectas, humanas. Es decir:
  • Que estén encaminadas hacia el bien propio, pero que sepan considerar siempre el bien común (con sentido de la fraternidad, del altruismo, de la solidaridad, de la necesidad de la ayuda humanitaria y del voluntariado inegoísta, etcétera).
  • Que sirvan para el progreso y el desarrollo material, pero que tengan en cuenta el desarrollo interior de las personas (dirigidas hacia lo justo, lo verdadero, lo bueno, lo bello, etcétera).
  • Que cuiden del presente, pero tengan visión de futuro, que velen por el momento histórico actual y el desarrollo de nuestro mundo, pero que sepan preservarlo para las generaciones futuras, a fin de que ellas puedan disfrutar de ese legado que es también un derecho que les corresponde.
Cada ser humano tiene un camino en la vida, un sentido que ha de encontrar a lo que le ocurre, y la filosofía es la comprensión profunda de la senda que ha de transitar en la vida.
Podemos adentrarnos en el territorio inexplorado de la vida con una pobre «brújula» y una cantimplora, sin saber muy bien qué nos vamos a encontrar; o bien, podemos utilizar un «mapa» en donde aquellos que ya han explorado esos lugares nos indiquen los peligros que existen, las cautelas a tener en cuenta, las herramientas y fortalezas que debemos atesorar para salir de la intrincada selva indemnes, airosos y triunfantes. En el camino de la vida, la filosofía es el mapa que ha de servirnos de guía en esa búsqueda interior que ha de llevarnos a nuestra realización humana.
En verdad, la filosofía, entendida según su concepción clásica y no como un ejercicio meramente intelectual, es «amor al conocimiento», es búsqueda profunda de quienes se hallan enamorados de la vida y pretenden entender todos sus misterios, de quienes valoran el conocimiento por encima de cualquier otro bien, y en consecuencia, se entregan a él. Ella nos ayuda a tener criterios estables, firmes y bien fundamentados, emociones controladas y sentimientos nobles… centra nuestra mente cuando se dispersa y se diluye, traza el rumbo a seguir ante los vaivenes de la vida y nos lleva hacia la cota más alta posible de realización.
La filosofía es maestra de vida que nos enseña a conocernos, que aporta las claves para la comprensión real y formada del propio yo, de los seres humanos y de todos aquellos que pueblan la Naturaleza. Ella es… el mapa indispensable para transitar por la vida.