Adios Berlín, de Cristopher Ishenwood. Crónica de un mundo en decadencia

                                                                                                                  

La novela Adiós Berlín, de Christopher Isherwood, nos relata la vida en esta ciudad entre los años 1930 a 1933. El mismo autor aparece como protagonista de la historia que se relata y, aunque advierte en el prólogo que el relato no es autobiográfico ni los personajes son totalmente reales, pretende construir una crónica de su tiempo: «soy una cámara con el obturador abierto, totalmente pasiva, que registra sin pensar», nos dice. Lo cual no significa que no tenga su opinión concreta sobre los acontecimientos, pues la mera selección de los instantes que atrapa con su “mirada fotográfica”, implica ya un modo concreto de observar la historia que se narra. No obstante, el autor pretende mirar el entorno como una cámara «totalmente pasiva», es decir, lo más objetivamente posible. Y a mi entender lo logra, engarzando perfectamente el relato de las vivencias humanas del protagonista, Cristopher, con la tensión subyacente de los acontecimientos sociopolíticos.
Isherwood nos dirá en el prólogo que el texto es una “breve secuencia un tanto inconexa de diarios y apuntes”. La estructura de Adiós Berlín, con aspecto de diario personal y una trama difusa (en que los personajes aparecen y desaparecen en diversos capítulos sin que ello responda a un criterio argumental ni cronológico), nos sitúa ante un relato cuya trama subyace escondida bajo la textura superficial de la narración, lo cual obliga al autor a recomponerla en su mente. Por tales motivos, parece más bien una crónica de la época que una novela al uso. No en vano, se nos ofrece un panorama muy amplio de la sociedad berlinesa y sus habitantes, recomponiendo los hechos cotidianos vividos por los personajes en aquel periodo crucial, anterior a la dominación de Hitler.
El autor utiliza las descripciones de personajes y lugares con gran maestría, mediante pinceladas breves y certeras: «Desde mi ventana, la calle aparece profunda, solemne y sólida. Tiendas en sótanos donde los faroles arden todo el día, bajo la sombra de fachadas con balcones demasiado pesados, sucias fachadas de yeso con volutas y símbolos heráldicos grabados en relieve. Todo el barrio es así: calles que conducen a calles con casas semejantes a cajas fuertes desvencijadas y monumentales atestadas de objetos de valor deslucidos y de muebles de segunda mano de una clase media arruinada».
El libro recorre, de un modo muy gráfico, la geografía urbana berlinesa, mostrándonos los barrios residenciales en los que viven las familias pudientes (como los Landauer), con sus amplias avenidas y parterres, sus palacetes y lugares de recreo, las fiestas bulliciosas y su modo despreocupado de divertirse, los bares y tugurios frecuentados en la noche y, por contra, los barrios en que se amalgaman los más pobres (como los Novak), con sus destartalados edificios, sus lúgubres viviendas y húmedas habitaciones, que el texto dibuja con precisión: «La entrada a la Wassertorstrasse era una gran arcada de piedra, un retazo del viejo Berlín, pintarrajeada de hoces y martillos y cruces gamadas y llena de carteles medio arrancados que anunciaban subastas o delitos. Era una calle adoquinada, profunda y sórdida, sembrada de niños desgarbados y gimoteantes. Jóvenes con suéter de lana merodeaban en bicis de carrera y gritaban a chicas que pasaban con cántaros de leche…»
 
Sin embargo, a pesar de que el periodo que abarca la narración es corto, el Berlín que se nos muestra en las primeras páginas del texto, ese «viejo Berlín», parece aún un lugar idílico en donde las gentes desarrollan un tipo de vida envidiable y feliz, asisten a la ópera, espectáculos, a y conversan sobre libros y temas culturales. A medida que el autor se adentra en su relato y se aproximan los años cruciales, se nos muestra una sociedad que se va desmoronando, en la cual las clases sociales se diferencian cada vez más y se polarizan, los jóvenes se dedican al alcohol y cada vez más se alejan más de quienes se ganan el sustento, caen en los excesos y la frivolidad, sostienen creencias volátiles, buscan amores interesados, se pierden los valores, aparecen distanciamientos y enemistades irreconciliables, afloran los odios larvados frente a los judíos, se marcan las posturas políticas contrarias, y crece, a causa de lo ideológico, la tensión entre las gentes. Conviene citar, a modo de ejemplo, la vida de Fräu Scroeder, la casera del hostal en que se hospedará Cristopher, que antes de la primera gran guerra, «hace treinta años gozaba de una posición relativamente acomodada», «pasaba sus vacaciones de verano en el Báltico y tenía una criada para las labores domésticas» (10), sin embargo, recibe huéspedes para tener compañía, y «ni siquiera tiene una habitación propia. Tiene que dormir en la sala de estar, detrás de un biombo, en un pequeño sofá con los muelles roto» (11).
Será a partir de la famosa noche de los cristales rotos, acaecida en octubre de 1930, cuando la tensión política irá en ascenso. En el texto se cita al respecto: «hubo un gran tumulto en la Leipzigerstrasse. Bandas de matones nazis se manifestaron contra los judíos. Maltrataron a algunos transeúntes de nariz afilada y pelo oscuro, y rompieron los cristales de todos los comercios judíos. El incidente no fue en sí muy notable; no hubo muertos, apenas unos disparos y una veintena de detenciones. Lo recuerdo únicamente porque fue mi primer contacto con la política en Berlín». Eran los primeros indicios de un auge político nazi que a la postre sería imparable.
En el verano siguiente, mientras los Landauer y sus invitados, ajenos a todo, bebían y charlaban de política en una lujosa casa de campo, en Berlín había votaciones en que se decidía la continuidad del gobierno de centroderecha de Heinrich Brüning. Aunque el gobierno trató de virar hacia posiciones “nacionalistas” para contrarrestar el auge del partido nacionalsocialista (nazi), Brüning, pronto será cesado por el presidente. Un año y medio más tarde, el 30 de enero de 1933, Adolf Hitler asumió el gobierno. En el relato se dirá: «A lo lejos, en la ciudad, estaban contando los votos (…). Por mucho que pudiera postergarse la decisión, todo aquel pueblo estaba en última instancia condenado. Aquella noche era el ensayo general de un desastre. La última noche de una época» (223). Más adelante, cuando las votaciones se decantan a favor del gobierno, en el texto se cita: «el gobierno estaba a salvo (…). Una vez más, el capitalismo se ha salvado”. Sin embargo, dirá el protagonista, “pensé en todos nosotros tumbados en la hierba junto al lago, bebiendo ponche mientras suena el gramófono», en tanto que se producen manifestaciones y disturbios en la ciudad y un policía muere en un tiroteo en la Büllowplatz,
Los cambios de la sociedad se suceden indefectiblemente y, a cuentagotas, se hallan bien registrados a lo largo del relato: los bancos que cierran sus puertas acusando la resaca del crack del 29, los colegiales aleccionados en los principios nazis, las amenazas de muerte a los judíos, el auge de las ideas comunistas que pretenden contrarrestar la mentalidad capitalista. Cuestiones que a los ciudadanos les parecen al principio un tema trivial, aunque se dirá en el texto «uno de estos días va a ser lo suficientemente trascendental» (226).
De la mano del narrador, los personajes dibujan su evolución fugazmente, sus cambios de trayectoria, sus altibajos emocionales, sus rancias costumbres. Unos, austeros y tristes, melancólicos y aburridos, que en ocasiones se atreven a ponerse en manos de los psicoanalistas freudianos que les sangran sus escasos recursos; otros, dicharacheros y alegres, entregados a la vida bohemia, pasan sus noches en los bares y tugurios musicales, duermen fuera de casa las más de las veces al candor de sus amantes y se levantan resacosos. En el texto se dirá: «la mayoría de los chicos del Casino Alexander pasaban la tarde en las atracciones mientras sus chicas hacían la calle en la Friedrichstrasse y la avenida Linden a la caza de clientes» (153). Si bien, más adelante, cuando esa sociedad se vaya derrumbando, se dirá «los días de las cosquillas y las palmadas en el trasero han quedado atrás».
Cristopher, el narrador y protagonista de la obra, afirma ser homosexual (al igual que el autor), aunque en el texto se nos presenta con una ambigüedad calculada, tal vez porque estuviera obligado en aquella época a guardar cierto recata discreción, o bien, porque se nos quiera ofrecer un relato distante y objetivo de cada personaje. Por tal motivo, la narración gira en torno a ciertos varones: Bernhard, sobrino de los Landauer que dirige sus grandes almacenes; Peter y Otto, dos jóvenes homosexuales; Clive, un joven millonario americano;  Rudi, un boy scout; con quienes mantiene un trato amistoso, cercano, aunque no siempre íntimo. Sin embargo, Cristopher frecuenta la amistad de varias mujeres, entre las que destacan Sally Bowles y Natalia Landauer, manteniendo con ellas una relación muy directa, acaso no una relación formal, aunque diríase que se trata de un vínculo de enamorados, con sus episodios de celos, desacuerdos y rupturas. Tal vez, todo ello, nos esté indicando que en el viejo Berlín de la república de Weimar, se había constituido una atmósfera permisiva y sensual, en la que cada persona podía expresar libremente su propia tendencia sexual. Por tal motivo, Cristopher, a quien podemos contar aún entre los jóvenes, se halla inmerso en un proceso de construcción de su propia personalidad.
Estos personajes, sin embargo, son un ejemplo claro de una sociedad insatisfecha, a causa de las penurias económicas, por las tensiones políticas y, sobre todo, por el vacío de una época decadente en los valores humanos. Es el caso de Sally Bowles, joven y hermosa actriz inglesa que es capaz de acostarse con quien pueda acelerar su carrera. «Todo el mundo vendía lo que podía vender: incluso a sí mismos. Un chico de catorce años del colegio de Krampf vendía cocaína en las calles cuando no tenía colegio» (239).
En el presente libro se refleja de un modo magistral el inicio de las ideologías que a la postre dominarán el siglo XX y lo llevarán lamentablemente al dominio de Hitler, el desastre de la segunda Guerra mundial, la ocupación soviética de los países del telón de acero, la división en bloques del mundo occidental y la guerra fría. Se nos muestran aquí, los tanteos previos, las semillas que a la postre enraizarán con pujanza. En esta sociedad tan inconsistente como la hojarasca, primero prenderá la llama de las ideas nazis (cargadas de un racismo y xenofobia atroz a fin de preservar la raza aria, el afán por el orden, el control y la disciplina de tipo paramilitar, incluso todo ello a costa de la guerra), y después, cuando el péndulo de la historia busque su contraparte, las ideas comunistas (el odio visceral de los pobres frente a los ricos, de la clase trabajadora frente a los acaudalados empresarios, la lucha de clases a fin de conseguir un mejor reparto de la riqueza y el dominio de la sociedad por el proletariado, la visión del mundo desde una mera visión económica, la negación de toda tendencia religiosa y la prevalencia de lo colectivo frente a lo individual, que conlleva la masificación, el control y la manipulación colectiva de las mentalidades).
Los comunistas intentan que se prohíban las manifestaciones nazis y comienzan también a realizar sus mítines para agitar a la clase obrera, alegrándose como el joven Wermer cuando es golpeado por la policía y pasa por ser un nuevo héroe: «El sistema capitalista no puede durar mucho tiempo. ¡Los obreros se han puesto en marcha!» (252).
 
Ante dos jóvenes nazis que alardean «de sus entrenamientos y de sus juegos militares», afirmará uno de los personajes (Peter): «Os estáis preparando para la guerra». A lo cual ellos contestarán: «El Führer no quiere la guerra. Nuestro programa aboga por la paz honorable. De todos modos (…) la guerra puede ser hermosa, ¡créame! ¡Piense en los antiguos griegos!» (123). «Tiene que correr la sangre» (250) dirá otro joven nazi borracho, pues claro, le dirá su novia «el Lider lo ha prometido en nuestro programa».
Un poco más tarde, en enero de 1933, hubo un boicot a los judíos y la mayoría de ellos tuvieron que marcharse aceleradamente del país. «Llegó Hitler, el Reichstag fue incendiado, y hubo un simulacro de elecciones». Las propiedades judías fueron confiscadas y, quienes no se marcharon a otro país, fueron llevados a campos de concentración.
En uno de los pocos juicios directos que emite el narrador, insinuará, al comprobar que la gente apuesta y discute enfervorizada en los combates de boxeo amañados que, «la moraleja política es ciertamente deprimente: a la gente se le puede hacer creer en cualquier tipo de persona o casa». Y también dirá de la casera del Hostal, Fräu Schroeder, a la hora en que va a partir de la ciudad que «Ya se está adaptando a mi partida, como lo hará a cualquier régimen» (260). Tal vez, este periodo en que se gestó el nazismo represente un estado de enajenación mental transitoria de todo un pueblo, que fue incapaz de mantenerse en la cordura y la ecuanimidad; un pueblo amante del orden y la disciplina, demasiado permeable y dócil ante los excesos y la manipulación.
En suma, aunque tan solo se ha desarrollado en esta reseña un aspecto concreto de los temas que pueden descubrirse en Adiós Berlín (en concreto la crónica que realiza de su sociedad y el avance de las ideologías imperantes), este es un relato que, además, describe con pericia los aspectos humanos y sociales de una época y, que nos descubre personajes tan brillantes como el de Sally Bowles, pero que nadie espere ver una novela con una trama contundente y bien elaborada, sino apuntes de un diario, que para colmo no es exactamente cronológico.
Ramón Sanchis Ferrándiz (Raysan)
Referencias: Adiós Berlín. Cristopher Isherwood. Editorial Acantilado. Barcelona, octubre de 2014.

 

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Ojos azules, de Toni Morrisson. En torno a la negritud.

La historia que se narra en Ojos azules se desarrolla en una pequeña población del estado norteamericano de Ohio, en la época en que comenzó la Segunda Guerra Mundial. Pecola Breedlove, la protagonista, es una niña de color, de unos once años, inocente e ingenua, pobre y fea, que anhela tener los ojos azules para sentirse bella y admirada, tal como Shirley Temple. Para ello recurrirá a un personaje extraño, Shoaped Church, extraño santón y curandero, quien le hará creer que sus ojos se han tornado azules.
Pecola pertenece a una familia desestructurada que ha de enfrentarse a todo tipo de adversidades. Los Breedlove viven en la parte delantera de un almacén «porque eran pobres y negros, y se quedaron allí porque se creían feos. Aunque su pobreza era tradicional y embrutecedora, no era única. Pero su fealdad sí era única. Nadie les había convencido de que no eran inexorable y agresivamente feos». La fealdad del padre, Choly Breedlove, dependía de su comportamiento, sin embargo, «el resto de la familia —la señora Breedlove, Sammy Breedlove y Pecola Breedlove— llevaba su fealdad, por decirlo así, puesta, aunque no les pertenecía». Sin embargo, Pecola admite resignada que «mientras ella tuviese la apariencia que tenía, mientras fuese fea, debería quedarse junta a aquellas personas. En cierto sentido les pertenecía».
El padre, es un borracho que a menudo maltrata y golpea a su mujer; ya no le bastan las palabras sino los puños y, las vejaciones suben de tono, día a día. En el texto se dirá, incluso, que los altercados «aligeraban el aburrimiento de la pobreza, introducían esplendor en las míseras habitaciones». Para la señora Breedlove, las disputas, dejan alguna huella en una vida miserable y anodina y, aunque rutinarias, sirven para rompen la rutina. Mientras tanto, Pecola, que los escucha desde su cama, tapada con su colcha y a punto de vomitar, se repite: «Por favor, Dios mío —susurró en la palma de la mano—. Por favor, hazme desaparecer». Acto seguido, cerrando los ojos, Pecola quiere difuminarse, porque ella no puede irse de aquella casa, como ha hecho su hermano Sammy varias veces, sea por su condición de niña o por su edad. Y sueña con tener los ojos azules, porque se siente fea y cree que, si fuera bella, sus padres serían felices y no discutirían más, aunque simbólicamente, tal vez el texto quiera expresar que si Pecola tuviera los ojos azules podría ver la vida con otro color.
Tras quemar la propia casa, Cholly, el padre fuerza a su familia a la indigencia. Su esposa, Pauline, se verá obligada a residir en casa de la mujer a la que sirve; el hijo, Sammy, se irá a vivir con otra familia fuera de la ciudad, y Pecola, abandonada por su madre, será acogida en la casa de sus primas, Claudia y Frieda. Ellas, revolotearán en torno a Pecola, compartiendo como amigas sus alegrías y desventuras. De hecho, es la prima Claudia quien narra la historia, en un tono sensible, aunque descarnado y directo. Ella nos contará la irremisible caída de Pecola tras la violación del padre, la pérdida del prematuro bebé y su locura. Cholly, que «se había catapultado a sí mismo más allá del alcance del respeto humano», acabará finalmente en la cárcel.
«Estar en la calle, lo sabíamos, era la cosa más horrible del mundo. La amenaza de encontrase en la calle asomaba frecuentemente por aquellas fechas. Con ella se cercenaba cualquier posible exceso. Si alguien comía demasiado, podría terminar en la calle. Si alguien gastaba mucho carbón, podría terminar en la calle. Ciertas personas jugaban hasta quedarse en la calle, bebían hasta quedarse en la calle». Y el texto dirá también, en clara alusión a la desidia del padre al quemar su propia vivienda: «…Pero ser lo bastante negligente como para arrojarse uno mismo a la calle, o lo bastante cruel como para arrojar a alguien de tu propio linaje, eso era criminal»,
Pecola, que siente el peso de su negritud, sufrirá agresiones sexuales, la indiferencia de los suyos, la discriminación racial de los blancos, el abandono, el dolor y la escasez, la soledad y frustración. De hecho, el texto comienza con una declaración contundente:
Aunque nadie diga nada, no hubo caléndulas en aquel otoño de 1941. Creíamos entonces que si las caléndulas no habían crecido era debido a que Pecola iba a tener el hijo de su padre».
Claudia y Frieda han plantado caléndulas que no germinan y con su mentalidad de niñas, relacionan este hecho con la ilícita y escandalosa violación de Pecola. Ellas imitan la forma de hablar de los adultos en el porche, tal como si asistiéramos al susurro chismoso de las lenguas que propagan de boca a oído, con falsa indiferencia, una noticia grave para sus convecinos. La autora, Toni Morrisson explicará en su epílogo (escrito veinticinco años después de publicarse este libro) que la primera frase «Aunque nadie diga nada, no hubo caléndulas en aquel otoño de 1941» hace referencia a «la conexión entre una desestabilización sin importancia de la flora estacional y la insignificante destrucción de una chiquilla negra» que a nadie importa. Sin embargo, todo guarda relación, narrará Claudia: «habíamos dejado caer nuestras semillas en nuestra parcelita de tierra negra exactamente igual que el padre de Pecola depositó su simiente en su propia parcela de tierra negra. Nuestra inocencia y nuestra fe no resultaron más productivas que su lascivia y desesperación».
El relato describe, con magistral minuciosidad, las actitudes racistas de quienes rodean a esas niñas insignificantes que a nadie importan, esa aversión silenciosa, ese vacío que se crea en derredor de ellas y que, a pesar de sus edades, no les pasa desapercibido. Tal es el caso del inmigrante Yacobowsky, que regenta una pequeña tienda de golosinas en la calle Garden. En el texto se nos muestra en detalle el modo de actuar y sentir del tendero cuando atiende a Pecola, su imposibilidad para «ver a la niña», como si fuera un objeto que no concibe en su mente: «En algún punto fijo en el tiempo y el espacio él intuye que no necesita desperdiciar el esfuerzo de una mirada. No ve a Pecola, porque para él no hay nada que ver». Por otra parte, la niña observa distante sus actos: «ella le mira y no ve nada donde debería haber curiosidad. Y algo más. La ausencia total de reconocimiento humano, como un vidrio separador».
Sin embargo, esta no es una sensación nueva para Pecola: «…ella ha visto interés, desagrado, incluso ira, en ojos de hombres adultos»; aunque en ese vacío «…muy en el fondo, subyace la aversión. Ella la ha adivinado al acecho en los ojos de todas las personas blancas. Eso es. La aversión debe ser hacia ella, hacia su negrura». Pecola percibe esa sensación, la cual vincula con su color de piel, y acaso, con su fealdad. Incluso, cuando saca los tres centavos que guarda en el zapato para pagar las golosinas, se dice en el relato que «ella, por su parte, le tiende el dinero. Él titubea porque no quiere tocar su mano», lo cual aturde a la niña, que siendo consciente de esa aversión, no sabe cómo darle las monedas sin rozarlo.
Pecola, representa la insatisfacción de sentirse fea y excluida en todos los sentidos, la legítima aspiración a la belleza que no tiene ni percibe a su alrededor, la necesidad de entender «lo que el mundo consideraba adorable». Todo está contra ella: la violencia y la agresividad, la pobreza, el desamor, lo cual provoca la pérdida temprana de su inocencia y la precipita hacia la locura.
Ojos azules refleja el punto de vista de estas niñas de color con respecto al entorno que les rodea: el mundo de los blancos, de los adultos, de los ricos, el callejón sin salida de muchas familias de color y de negritos, excluidas de trabajos que no sean serviles y del acceso a los recursos básicos… Muestra también las sensaciones de las mujeres frente a un mundo hecho por y para el hombre, sus miedos y esperanzas, sus amarguras y resentimientos (las de Paulina, la bella Mauren Peal, la tía Jimmy, Geraldine, las tres prostitutas que viven arriba de su casa, etcétera). Y sobre todo, la presente novela expone el complejo de inferioridad de la raza negra, que adopta de entrada la cultura y los estereotipos de los blancos (su ideal de belleza y comportamiento, recibidos a través de las muñecas, del cine y del contacto interracial); la sensación de marginalidad a causa de su pobreza y su negrura, y en consecuencia, la impotencia de no poder alcanzar una vida digna.
Esta es, en suma, una novela de lectura atrayente, con una prosa bella, imágenes delicadas y reflexiones profundas, con personajes impactantes que no dejan indiferente al lector. Supone un acierto la elección de narrador, puesto que salvo algunos pasajes en que se recurre a un narrador omnisciente, al contar la historia desde el punto de vista de una niña, Claudia, nos aporta un punto de vista enriquecedor, con un lenguaje fresco, inocente y turbador, a la par que no se emiten juicios morales sobre lo que ocurres. Tan solo anotar en su contra que pese a la profundidad de los hechos que se relatan, tal vez adopta un tono demasiado distante y objetivo. Por otra parte, presenta una trama difícil de seguir, por lo cual resulta un tanto espesa y compleja ante una primera lectura.
Sin duda, un texto para releer varias veces degustando la profundidad de sus personajes y su esmerada narración.
Ramón Sanchis Ferrándiz.
Referencias: The Bluest Eyes. Ojos Azules. Toni Morrison. Estados Unidos, publicación original 1970. Editorial: Arrow. 176 páginas.

 

Signos y símbolos, de Vladimir Nabokov.

La vida sencilla de un matrimonio ruso que emigra a América constituye un relato soberbio en manos de Nabokov. Su hijo se encuentra en un sanatorio, aquejado de una dolencia extraña: «manía referencial». Cuando van a visitarlo, una enfermera se lo impide, aduciendo que su hijo ha tratado de suicidarse. Regresan a su casa, bajo la lluvia, repitiéndose que deben sacarlo de aquel lugar. Esta decisión parece devolverles un poco de luz a sus vidas. Pero unas llamadas de teléfono, de alguien desconocido, nos dejan un final de relato abierto… De este modo, el lector puede imaginar como cambiarían sus vidas si lograran llevar a su hijo a casa, o bien, especular sobre la procedencia de las llamadas telefónicas. ¿Se trata de una equivocación o alguien pretende comunicarles que el hijo se ha suicidado y la madre simula ante el marido que se han equivocado de número?
Nabokov no sustenta la fuerza narrativa en directas y detalladas descripciones de sus personajes, sino en el modo en que va tejiendo su atmosfera psicológica, mostrándonos sus actitudes ante la vida, preocupaciones y miedos.
El autor se descubre aquí como un gran narrador, capaz de recrear la frustración y la impotencia de los inmigrantes: su desconfianza con respecto a lo que les rodea, su aislamiento y soledad, ese modo de asumir que nunca serán considerados como ciudadanos de igual a igual. En Signos y símbolos, un matrimonio ruso de avanzada edad se encuentra ante un país desconocido que no entienden bien, enfrentados a situaciones que no saben resolver, como la enfermedad del hijo, lo cual provoca en ellos una sensación de impotencia y amargura.  Tal ocurre, cuando en el sanatorio no se les deja ver y acompañar a su hijo que ha intentado suicidarse. Un sanatorio «en el que las cosas se extraviaban o se traspapelaban tan fácilmente» que no se atreven a dejar allí ni el regalo de cumpleaños el hijo. Tal vez ellos ya no pueden decidir sobre la vida del hijo, pues tal como se apunta en el relato, esto ocurriría «¡si el interés que provoca [el hijo] estuviera tan solo limitado a su entorno inmediato! Pero lamentablemente no es así», porque su caso, «había sido objeto de un estudio muy elaborado en una revista científica».
El título. Signos y símbolos:
El título, que en manos de un buen escritor siempre aporta sentido al relato, ya nos predispone a encontrar signos y símbolos.  Es decir: signos que a modo de emblemas nos muestran una realidad social, aportándonos la visión temporal que es propia de una cultura, elementos que son utilizados de modo convencional para comunicarnos… y símbolos que actúan como cofres que encierran verdades más profundas, psicológicas o míticas. En realidad, todo gran autor añade a sus textos un nivel simbólico, subyacente, oculto a primera vista, en donde trasmite un contenido emocional, profundamente vivencial.
El propio Nabokov afirmará que algunos de sus relatos, citando el texto que nos ocupa, «se caracterizan por tener “una historia secundaria (principal) entretejida dentro, o puesta detrás de otra superficial, semitransparente”».
A modo de ejemplo, cuando el matrimonio espera en la parada de autobús para ir al sanatorio, la mujer observa que «bajo un árbol que goteaba lluvia y se mecía al viento, había un diminuto pájaro medio muerto que se debatía sin plumas e indefenso en un charco tratando de alzar el vuelo», lo cual es un símbolo profundo, un claro ejemplo de «sincronicidad», a la par que premonición maternal de lo que le ocurre en ese momento al hijo que está a punto de morir.
Considero también como simbólico que el autor no cite el nombre propio de los tres personajes principales (la tríada formada por padre, madre e hijo), cuando sí se da nombra a algunos personajes secundarios (Isaac, la tía Rosa, Rebeca Borisovna, Elsa…), aquellos que en cambio sirven de teloneros de la escena, lo cual nos indica que se trata de un relato con personajes genéricos. Son personajes tipo que reflejan las condiciones del inmigrante en aquella sociedad.
Y hay otros signos que aparecen a lo largo de todo el relato para dar sustento a este relato simbólico: los días grises, el color negro de los vestidos de ella, la lluvia intensa, el árbol de ramas desnudo, el paraguas y la marquesina del autobús que les sirven de cobijo… Y otros signos y símbolos más complejos, como la bajada al metro, viaje a través del submundo en donde se encuentran con la realidad de la vida, de la gente, con casos desdichados que provocan «compasión y asombro»; el corte de fluido eléctrico en el metro, un viernes en que todo se tuerce (cuando el día viernes, relacionado con Venus, la diosa del amor, debía ser día de alegría y felicidad). Y los tarros de mermelada… donde cabe preguntarse al respecto: ¿por qué se relaciona en el relato la última llamada telefónica con la fruta de la manzana? ¿Es por su significado bíblico como conocimiento del bien y del mal? ¿Es la última llamada la que debía aportarnos la clave de este relato?
Pero Nabokov mismo viene a salvarnos de caer en una exagerada visión simbolista. De hecho, cuando se refiere a la enfermedad del hijo, «la manía referencial», en el relato se dirá que «los árboles, que gesticulan en la oscuridad (…) las piedras, las manchas y también los rayos del sol forman esquemas y cuadros que representan de un modo obsesionante y espantoso mensajes que él debe interceptar. Todo es una cifra y él constituye el tema de todo». Todos los objetos y seres parecen dispuestos a atacarle, a lincharle y tienen opinión sobre su persona, por ello «no puede bajar la guardia y debe dedicar cada minuto y cada módulo de su vida a descifrar las ondas de las cosas». Lo cual nos hace pensar que, más allá de la historia principal que subyace bajo el relato superficial, de esas grandes líneas simbólicas que encierra, no podemos caer tampoco en la «enfermedad» de creer que todas las cosas nos hablan, nos acechan con sus significados, a riesgo de una locura intelectual, desenfocada y absurda.  
Los personajes:
El matrimonio, que vive en un humilde piso de dos habitaciones, situado en una tercera planta sin ascensor, ha emigrado desde Rusia a causa de la revolución. 
La mujer, a diferencia de otras mujeres de su edad, mantiene un buen aspecto y puede mostrar su rostro desnudo, sin aditamentos. Recuerda con añoranza su tierra y el paso por diversas ciudades, Minsk, Berlín, Leipzig, hasta recalar en el sueño americano. Cuando el marido se acuesta —mascando su disgusto y frustración—, ella se entretiene tirando las cartas (acaso buscando interpretación sobre el futuro en el juego de azar), observando las fotos del álbum de familia. Mira con detenimiento la evolución del hijo ahora enfermo, sus primeros dibujos, el colegio especial, la neumonía, cuando ya empezaba a crear en su mente fobias y quiméricas ilusiones sin sentido, a temer a cualquier animal u objeto; a la tía Rosa, la cual había vivido toda suerte de zozobras «hasta que los alemanes la enviaron a la muerte, junto con toda la gente de la que se había preocupado. 
El relato, que adopta un narrador omnisciente (escrito en tercera persona, aunque tomando un punto de vista muy cercano a los personajes), dibuja con maestría la sensación de resignada fortaleza ante los duros embates de la vida. «Esto y mucho más, ella lo aceptaba, porque vivir no era sino la aceptación de la perdida de una alegría tras otra, en su caso ni siquiera se trataba de alegrías, meras posibilidades de progreso». En suma, la madre que permanece en vela, representa la vigilancia interior de aquel que quiere ver en la oscuridad de la noche, en la oscuridad de los acontecimientos que atraviesan; ella es esperanzada resignación y fortaleza callada.
El marido, venido a menos ahora, había sido un gran empresario en su país, sin embargo, «dependía ahora por completo de la ayuda de su hermano Isaac, un verdadero americano desde hacía cuarenta años». Su dentadura postiza es un signo de vejez, pero es también un símbolo freudiano típico, que representa a quien ha perdido la capacidad de “masticar por sí mismo”, de alimentarse con sus propios medios (“de comerse el mundo”, como se diría en argot actual), en clara alusión a la dependencia económica que tienen de su hermano Isaac, «El príncipe» (¿quizá porque se percibe a sí mismo como un mendigo?). Según la visión que de él nos ofrece su mujer, se nos muestra abatido por el peso de los años, las expectativas y esperanzas frustradas en uno y otro país, la imposibilidad de medrar en ese nuevo país, y sobre todo, ante los hechos y circunstancias que viven con la enfermedad de sus hijo. Aparece en el relato más envejecido que ella (ya sea real o psicológicamente) y la mujer «que contemplaba las manos ya viejas de su marido (las venas hinchadas, la piel con manchas pardas), cerradas y crispadas en torno al mango del paraguas, ella sentía la presión creciente de las lágrimas». El trata de mantener el paraguas bien aferrado para protegerla (como símbolo de protección, elemento que les cobija de las inclemencias, y también, de la firmeza que él pretende, de la estabilidad familiar que ha de mantener, del eje vertical en el que trata de mantenerse). Sin embargo, dirá hacia el final del relato que no puede dormir «porque me estoy muriendo», porque necesita sacar al hijo de aquel sanatorio y vencer su impotencia, porque se siente frustrado como padre y en cierto modo culpable por la dejación de su responsabilidad: «Tenemos que sacarlo de allí a toda prisa. De otra manera seremos responsables de lo que pase. ¡Responsables!».
El hijo, al que no se nos muestra directamente, pero que conocemos por lo que cuentan los padres, es el vórtice o centro oculto alrededor del cual gira todo el relato, pues condiciona la vida de sus progenitores. Perdido en su mundo de abstracciones, atacado «por gigantes invisibles que herían a su niño de maneras inimaginables» el hijo había intentado suicidarse «porque lo que realmente quería hacer era abrir un agujero en su mundo y escapar».
Los apartados del relato:
El relato se halla dividido en tres partes. En la primera, se nos presenta a los tres personajes principales y se nos plantea la situación de la enfermedad del hijo y su intento de suicidio. En la segunda: es el retorno al hogar sin la presencia del hijo, es la fase en donde analizan su vida, repasan los recuerdos, momentos de disgusto, abatimiento e impotencia. Es su propia bajada a los infiernos. Por ello se dirá al respecto: «Pensó en las infinitas olas de dolor que por una u otra razón habían tenido que soportar ella y su marido». En la tercera: en donde retorna el humor y la esperanza a sus vidas cuando deciden rescatar al hijo del sanatorio y hacen planes de futuro.
En suma, un relato profundo, cargado de contenidos, capaz de deleitar por sus palabras y de plantearnos eternas cuestiones que afectan al comportamiento humano.    

 

La visión antropológica de Satin Island, de Tom MacCarthy.

La visión antropológica de Satin Island, de Tom MacCarthy.

El presente libro de Tom MacCarthy desconcierta a la mayoría de lectores porque es novela y ensayo a la vez. Para unos, es un libro de culto plagado de enigmas y simbolismos que descifrar, para otros es un libro aburrido y difícil de leer. En realidad, Satin Island, presenta muchas facetas y admite variadas lecturas… pero nos centraremos aquí en la visión que ofrece de la Antropología actual y, en consecuencia, en la interpretación que realiza del mundo en que vivimos.
El personaje principal, U., es un antropólogo contratado por una empresa, La Compañía, para realizar un Gran Informe que defina la realidad de nuestra época. Dicha empresa asesora a sus clientes ayudándoles a definir sus agendas, políticas de venta, estrategias de marketing, ideas y proyectos, ya se trate de empresas, ayuntamientos, la prensa, gobiernos e instituciones. Pero U., descubre la imposibilidad de traducir a un informe la inmensa cantidad de aspectos y sucesos que va recopilando, así como la dificultad de elegir el medio más adecuado para representarlo.  
Entre otros aspectos a considerar, Satin Island nos presenta la visión actual de la Antropología, a la par que pretende ofrecer una visión global de nuestro tiempo… Pero, tal como ocurre en el Gran Informe que La Compañía le encarga, a medida que recopila miles de fotos y videos, noticias, artículos, anécdotas, avances sociales e inventos, realidades políticas con sus errores, fracasos y manipulaciones… descubre la imposibilidad de realizar una radiografía completa y exhaustiva sobre el mundo actual. En cierto modo, el autor, Tom MacCarthy, se conforma con dar unas pinceladas firmes sobre el lienzo, imitando la pintura impresionista, a fin de que, con la debida perspectiva, pueda intuirse la esquiva realidad.
La Antropología actual, nos muestra un etnógrafo que ya no precisa sumergirse en una cultura o tribu, convivir con ella durante meses para estudiar sus ritos, costumbres y mitos, porque al realizar su trabajo etnográfico de campo, el antiguo antropólogo tenía la desventaja de afectar, con su mera presencia, la naturalidad e inocencia de las reacciones de los nativos. Es decir, al igual que ocurre con las partículas del ensayo de la doble rendija de Feyman o con la paradoja del gato de Srödinger, el etnógrafo era parte del experimento, no un mero observador, sino un actor que participaba en la experiencia. En la actualidad, sabemos por dichos estudios de la física contemporánea, que el observador afecta al resultado, lo condiciona, e incluso, no podemos afirmar si el experimento ocurre en realidad o no cuando no existe un observador que lo contempla.
La realidad, nos dirá la física cuántica, no existe como entidad absoluta e inamovible, sino en función de todo lo que nos rodea y de aquellos a priori que sustentamos. Es lo que se deduce también del experimento científico de los gatos que viven en una amplia sala, lisa y sin obstáculos, cuando se introducen sillas y mesas: ellos se golpean repetidas veces contra sus patas, porque no son capaces de verlas; dado que tan solo conocen un espacio abierto, libre y bidimensional, no pueden comprender esa realidad en “tres dimensiones” mientras no tomen conciencia de ella; solo al cabo de un tiempo, tras golpearse múltiples veces contra las patas de los muebles, pueden dar como posible la tercera dimensión y finalmente concebirla.   
Quizá al hombre actual le ocurre algo semejante: sabe mirar, pero no es capaz de ver la realidad de un mundo en decadencia, porque no concibe una realidad tridimensional que otros pocos ya vislumbran. Su modo de mirar, demasiado plano, bidimensional, le impide ver el mundo con la debida profundidad, porque ha de aprender a reunir los fragmentos dispersos de nuestra realidad, aquellos que se encuentran esparcidos entre los sucesos, noticias, avances técnicos, patrones de comportamiento humano, paradigmas e ideas sociales… Cuando esos fragmentos multicolores se agrupan y consideran con cierta distancia y objetividad, puede contemplarse la realidad de nuestro mundo como en un moderno caleidoscopio. Sin esta visión descontaminada y sincrética, no puede apreciarse la verdad de nuestro mundo.
Y esta es la visión que nos ofrece Satin Island cuando habla de fragmentos dispersos de la realidad de nuestro tiempo, aparentemente desconectados y sin interés aparente. Un lector superficial se preguntará ¿dónde está la trama? ¿quiénes son los personajes reales de esta historia?… Tal vez por ello, este libro tiene una acogida dispar, pues exige una lectura atenta, profunda y analítica para ser bien comprendido.
Sin duda, Satin Island, representa una visión moderna de la Caverna de Platón, mostrando los antivalores e intereses de un sistema que atenaza y degrada al hombre: el exceso de información en los medios que lo aleja de una verdadera formación, la manipulación interesada de las corrientes de opinión, los manejos sociopolíticos, el estudio de sus patrones de conducta y de consumo para ofrecerle nuevos productos e ideas enlatadas, la moderna arquitectura de redes que todo lo detecta, aglutina y reconduce. Un mundo que ha de convivir con los vertidos de petróleo provocados por intereses comerciales, los coches bomba en los mercados, las manifestaciones ante polémicos acuerdos del G8, las hambrunas y migraciones, el fanatismo religiosos, la superpoblación, los atascos en las grandes ciudades, las actividades nocturnas de dudosa legalidad, los extraños asesinatos de paracaidistas y tantas otras cuestiones, aparentemente deslavazadas e inconexas, que U., el etnógrafo cultural, observa y analiza. En este sentido, U. , haciendo suyas las palabras del famoso antropólogo Lèvy-Satraus, afirma que “todos los aspectos que se estudian y recogen de las diversas culturas son como partes correlacionadas de sistemas mayores ocultos no solo tras una sola tribu sino tras la tribu común de la humanidad”.
El personaje principal de Satin Island, llega a decir que «aunque mi supuesta tarea, mi función “oficial”, como etnógrafo empresarial, era obtener significado de todo tipo de situaciones (…) en ocasiones, mi labor era dar significado al mundo, no cogerlo de este (…) Desempeñar, una variedad de tareas encubiertas que pasan desapercibidas para la mayoría de la población, pero de las cuales depende el bienestar, incluso la supervivencia».
En la antropología clásica, dirá U., «hay una rígida distinción entre el “campo” de estudio y tu “medio natural”», sin embargo, tal distinción no se da en la antropología del presente. El antropólogo actual no es un etnógrafo que hace el trabajo de campo en una isla remota: él comparte la vida con sus propios “informantes”, pues todo su entorno es su campo de estudio. Lo cual exige, descubrir los lazos invisibles que unen a las personas de diversos lugares, las ideas culturales y contraculturales que mueven sus hilos de pensamiento, las líneas de desarrollo y expansión de las grandes empresas, sus soterrados proyectos e intenciones…  
¿Para qué? ¿Qué pretende la Compañía con ello? Quién sabe, todo es susceptible de ser utilizado para crear esa gran telaraña en la que se enreda el hombre, esa red que tejen las grandes multinacionales a las que el etnógrafo sirve, de modo que, «pese a su gran escala gigantesca» resulten «invisibles para la población en general». Para los antropólogos, afirmará U., «hasta lo exótico no es exótico». Todo lo extraño forma parte de nuestra realidad, pues aquellas manifestaciones humanas que parecen diferentes, tarde o temprano descubren su esencia común, pues encaja en unos pocos patrones y paradigmas actuales.
La Compañía, busca aquello que preocupa e interesa a todas las personas… aquello que aúna a los hombres para crearles necesidades, venderles productos e ideas, a fin de conocerlos, o más bien manipularlos. Por ello, el antropólogo U., se adhiere al principio a ese proyecto, aunque más adelante, descubre que es malévolo y perverso, porque hay una única visión a la que apunta: lograr que todos los seres vean tan sol aquello que se les muestra, al igual que aquellos esclavos que en la caverna de Platón se hallan forzados a ver las imágenes distorsionadas que se les muestran en la caverna, haciéndoles creer que son realidades.
Pero lo que antaño era ciencia ficción pronto se convierte en actualidad… Tal vez por ello, U., nos recuerda la visión que sustentaba el antropólogo Lèvy-Strauss: «al estudiar una cultura siempre se tiene la sensación de llegar “demasiado tarde”, porque el mundo que va descubriendo ya le parece decadente si lo compara con una etapa o época anterior». La Compañía tiene como emblema la Torre de Babel, símbolo bíblico de la arrogancia del hombre que pretendía alcanzar a Dios, motivo por el cual la humanidad fue castigada con la dispersión. Aquella dispersión dio lugar a la diversidad de lenguas y criterios, al olvido de sus costumbres y conocimientos… Por ello, el antropólogo actual, ante ese caos de vida, de costumbres e ideas, busca aquello que subyace en todas las culturas y seres humanos, aquello que le permita entender a las personas de esa cultura global que agrupa a casi todos los seres de este planeta. Ya no se dedica como antaño a recopilar objetos, herramientas y utensilios, arpones y acederas, sino a recuperar esas claves perdidas que le permitan entender el mundo y la realidad oculta de esa gran tribu que llamamos “humanidad”, ya sea utilizado para bien o para mal, según la ética de quien lo realiza.                                                                          Ramón Sanchis Ferrándiz (Raysan)

 Satin Island. Tom MacCarthy. Editorial Pálido Fuego, S.L. Málaga; 2016.

Tom MacCarthy, (1969, Londres) es conocido en el mundo artístico por los informes, manifiestos e intervenciones mediáticas. Hasta el momento ha publicado las novelas ResiduosHombres en el espacioC y Satin Island. En 2006 publicó además el ensayo Tintín y el secreto de la literatura y, en 2017, el libro de ensayos literarios Typewriters, Bombs, Jellyfish. Ha sido dos veces finalista del Man Booker Prize, y en 2013 recibió el primer Windham-Campbell Literature Prize de la Universidad de Yale.

La Isla (de Giani Stuparich) y El chico de Pedersen (de William H.Gass).

Análisis comparado de los libros, La Isla (de Giani Stuparich) y El chico de Pedersen (de William H.Gass), en torno a las relaciones padre-hijo.

En el presente texto se analizan dos relatos que abordan las relaciones entre padre e hijo. Aparentemente son relatos dispares que no presentan puntos de conexión, sin embargo, desde registros totalmente opuestos, podemos ahondar en una misma problemática.
En el relato breve de La Isla, del escritor italiano Giani Stuparich (1), se muestra la relación entre un padre e hijo que, tras años sin verse, intentan reencontrarse de nuevo. El padre, aquejado de una enfermedad incurable, propone al hijo pasar unos días en la isla de la cual son originarios, en un intento de disfrutar de aquellos parajes añorados y de recomponer la comunicación perdida entre ellos. Por un lado, el padre desea retornar a la placidez de isla no tan solo como tierra natal añorada, sino de un modo inconsciente, anhelando encontrar su propia raíz existencial; el hijo, en cambio, prefiere las montañas, pero acude ante la llamada paterna. Hay un aura de misterio en ese viaje que el padre emprende hacia la isla, tal como si se dispusiera a enfrentarse consigo mismo, con sus miedos, con sus errores y angustias, preparándose para el tránsito hacia la otra orilla… anhelante en ese trance de la compañía del hijo para sentirse amado, para reivindicar ante él su propia conducta, a fin de que el hijo entienda el sentido de su vida, de trasmitirle su legado vital. Un legado que se engarza fuertemente con “la isla”.
Es un texto de una gran belleza plástica, en donde los sentimientos de ambos protagonistas discurren en paralelo a las vivencias en la isla: el coraje, la fuerza interior, el afán de aventura que se expresan en la bravura de las olas y el furor del mar abierto; la calma y el sosiego que se experimenta en las recónditas calas y en los muelles; el barullo y la algazara de la vida que se respira en el ajetreo de los forasteros y las risas de las terrazas y veladores; la inseguridad ante la propia travesía, reflejada en el bamboleo de un bote inestable; el hedor del puerto cuando se acerca el fin…
En El chico de Pedersen (2), del estadounidense William H. Gass, la vida de una familia que permanece aislada por la nieve en plena montaña, se ve alterada cuando aparece el cadáver del chico de Pedersen, su vecino, congelado junto al pesebre. ¿Cómo ha llegado hasta allí, solo, caminando en plena ventisca? ¿Por qué no vienen los Pedersen en su busca? ¿Han sido asesinados por algún extraño? A partir de aquí, la posibilidad de que alguien haya asesinado a los Pedersen, creará una expectativa que marca toda la narración.
En el relato de W.H. Gass —acaso menos lírico que el texto de Stuparich—, se expresa como en ningún otro la lucha del hombre contra las inclemencias del invierno, las ventiscas, el frío y la nieve. Porque la naturaleza impone sus ritmos, sus silencios, su letargo… y ante esa naturaleza poderosa, el hombre se siente acorralado e indefenso, frágil, pequeño, viéndose obligado incluso a una relación humana que poco a poco se va deteriorando hasta tornarse agresiva. No en vano se nos presenta a los personajes como fieras enjauladas que se odian, se temen, se insultan y agreden con saña. Aquí no se trata de una naturaleza amable que acompaña los sentimientos de los personajes, como se presupone del medio rural, sino de un entorno extremo que los condiciona y enloquece.
En ambas historias se mantiene la tensión narrativa basada en el miedo de los personajes ante lo que podría ocurrir: la soledad y el abandono, el frío extremo, el tabaco y el alcohol que se adueñan de la persona e imponen su ley, el agresor desconocido que ronda afuera, la enfermedad incurable, la muerte… En consecuencia, hay una lucha psicológica entre “lo que la realidad es” y “lo que se pretende que sea”, más remarcada en El chico de Pedersen. Los personajes se nos muestran atrapados en sus vaivenes emocionales, con sus quimeras e ilusiones, sus angustias y frustraciones, sueños e ilusiones, aquejados de especulaciones mentales siempre contaminadas por dichos temores.
En ambos relatos se nos muestran, desde las primeras páginas, unas relaciones entre padre e hijo difíciles, deterioradas, aunque tal vez fueran satisfactorias tiempo atrás. En La Isla, el padre es un hombre de mar que no se sentía ligado a nadie, acostumbrado “a los fugaces retornos al hogar familiar”, “donde le parecía haber dejado algún que otro objeto personal, algún que otro recuerdo, pero nada que estuviera vivo”. Hasta un momento en que comenzó a sentirse unido a aquel niño “de ojos asustados y suplicantes” al que no podía traicionar “sin envilecer su más íntima esencia”.
En La Isla, el hijo, que había idealizado la personalidad del padre, observa cómo la enfermedad va minando su fortaleza y seguridad, lo cual le afecta, porque siente “la fría palidez de la muerte” que ronda como si le persiguiera a él mismo. De este modo se dirá que “un sentimiento de incertidumbre y de miserable compromiso con la fatalidad lo invadía todo”, pues “quien asiste impotente a la trágica lucha, y tiene en sus venas la misma sangre que la víctima, sufre un horror reprimido y todos sus minutos están envenenados”. Por qué no se los llevó antaño aquella ola traicionera, se pregunta el hijo, cuando vivían en un estado de plena armonía… “ahorrándoles el ir hundiéndose lentamente entre ilusorios restablecimientos y humillantes abandonos”.
En El chico de Pedersen, más allá del miedo a ser asaltados por un asesino, en toda la historia subyace la problemática de las tensas relaciones del padre, Magnus, con el hijo y protagonista principal, Jorge, de unos doce años. El padre, es un alcohólico que siempre está de mal humor, un déspota que mantiene a todos atemorizados con sus reacciones agresivas, un machista que ha anulado la voluntad de Hed, su mujer, y del peón que trabaja para ellos, Big Hans… Al respecto, su hijo Jorge dirá: “lo único que le importa es el wisky y la cicatriz que lleva en la cara. Lo que quiere es emborracharse como un cerdo. Lo demás le da igual. No le importa nada”. Y cuando la madre, descubre el escondrijo en donde guarda la botella de wisky, el personaje nos advierte de que: “Si averigua que lo había descubierto madre —mala cosa—. Estaba orgulloso de sus escondrijos. Lo único que le producían era orgullo. Supongo que no resultaba fácil engañarnos a Hans y a mí. Pero a madre no la consideraba gran cosa. Y si lo averigua —que la había descubierto una mujer— iba a haber problemas”.
Sin embargo, cada relato adopta una salida diferente a esta situación…
En La Isla, el hijo enfocará la relación con su padre por la senda del respeto y la comprensión, tratando de recomponer la relación perdida, perdonando sus ausencias y aprendiendo a valorarlo. Incluso se reprochará a sí mismo su excesiva tristeza y preocupación por la enfermedad “corriendo el riesgo de convertirse en un peso para su padre antes que en un consuelo”, o bien, por no haberle hablado con mayor franqueza y ternura en sus últimos momentos en la isla: “habría debido animarlo y confortarlo en el espíritu”.
En cambio, en El chico de Pedersen, Jorge acaba odiando a su padre y en algunos momentos hasta intenta matarlo, aunque no queda bien definido en el relato si lo hace en realidad (tal vez “sueña” con matarlo, en sentido freudiano, es decir, porque detesta sus defectos): “Le odiaba. Joder, de qué manera. Pero ya no como a un padre. Como al espacio rutilante”. Y a pesar de no desear ese viaje hasta la casa de los Pedersen —que en cierto modo es un viaje en que deja atrás la inocencia—, Jorge lo llevará a cabo, saliendo triunfante de la empresa. Después, percibirá con mayor realismo la pobre personalidad del padre, de la cual quiere alejarse; también la de Hans, que se encamina a ser un calco de Magnus; y la pasiva e indolente indiferencia de la madre, que le muestra un modelo nefasto que merma su firmeza con su nociva permisividad. Y Jorge, tras esa prueba, se sentirá bien “como me habían dicho que debería sentirse uno en la iglesia”. “El invierno, por fin, había terminado con ellos”, pensará.
Son dos enfoques diferentes los que se nos muestran en estos relatos, dos caminos que divergen y un punto en común, pues se trata de intensos pasajes plasmados con maestría, cargados de vida, de significados profundos, de simbolismos por descubrir.

                                                                                                                                   Ramón Sanchis Ferrándiz (Raysan)

(1)    La Isla, relato breve de Gino Stuparich. Traducción de José Ángel González Sainz. Editorial Minúscula S.L.; Barcelona; 2012.
(2)    El chico de Pedersen: relato breve incluido en el libro En el corazón del corazón del país, de William H. Gass. Traducción de Rebeca García Nieto. Editorial: La navaja suiza; 2017.
Cita

 

“¿Sueñas con ser escritor?… ¡No desfallezcas nunca, hermano!… Que tus pasos te lleven siempre hacia el lugar en que mereces estar, ¡arriba, siempre arriba!

Has decidido ser un artesano de la imaginación, un centinela de las palabras… ¡permanece pues en tu lugar almenado, guardián de las historias que el mundo precisa, vigía de un nuevo amanecer!…”.

 

¿Sueñas con ser escritor?

Kanzenze. Agua para la vida

Cuando Manos Unidas propuso la realización de un proyecto para dotar de agua a la misión de Kanzenze, en la República Democrática del Congo, Canal Voluntarios se adhirió a él con gran entusiasmo, con la conciencia clara de que se trataba de una tarea modélica, necesaria e ilusionante. En esta tierra difícil y extremadamente pobre, me he sentido honrado de colaborar en la financiación y apoyo técnico para llevar a cabo esta apasionante iniciativa.

La traída de agua a Kanzenze, que procede de un manantial lejano, es deficiente, de dudosa calidad, tiene grandes fugas y no puede abastecer a la población que se agrupa en torno a la misión. A causa de ello, las mujeres y las niñas se ven obligadas a traer el agua desde varios kilómetros, lo que las expone a posibles peligros, empleando a diario un tiempo precioso que podría utilizarse en el trabajo o el colegio. El hospital, las escuelas e internados, que también se abastecen de dicha conducción, disponen tan solo de unos grifos y carecen de las condiciones adecuadas de higiene en las letrinas, cocinas, etcétera.

Somos conscientes de que con el proyecto que ahora comenzamos –la puesta en marcha de pozos subterráneos, depósitos de agua potable y las correspondientes redes de distribución– se dará servicio a muchos de los centros de la misión y a gran parte de la población que aún se abastecen mediante pozos artesanales y baldes llevados a mano; pero también sabemos que, al traer el agua, tenemos una responsabilidad aún mayor, pues hacemos posible la vida.

La carencia de agua acarrea epidemias y enfermedades crónicas, impide la escolarización y la paridad social de la mujer, aboca a la gente a una agricultura y ganadería de supervivencia, provoca migraciones, conlleva analfabetismo, violaciones de mujeres, etcétera… lo cual obliga a tomar una solución urgente… El 80% de la población no rebasa los 20 años, y el promedio de vida es inferior a 50 años. Tal vez por ello nos miran con tanta extrañeza. Sin duda, queremos dedicar nuestra ilusión y energía a paliar estas carencias. Porque todos merecemos una vida más digna, un futuro mejor.

Ramón Sanchis Ferrándiz. Octubre 2017.                                                                                                     

Gobernar a otros no es un juego.

Algunos gobernantes quieren seguir siéndolo a pesar de que mantenerse en el poder acarrea muertes. En conciencia, no vale la pena dejar muertos tras el propio camino, porque la justicia puede reclamártelo en cualquier momento, y en todo caso, el karma o la justicia divina, tarde o temprano, te lo cobrarán. Y si no, al tiempo.
Hace ya unos quince años tuve que viajar varias veces a Venezuela por motivos laborales. Ya había manifestaciones, tiros y algunos muertos. No se podía salir a la calle a partir de las 9 noche; era un toque de queda tácito. Nos llevaban a otras provincias a ver obras e infraestructuras en helicóptero, porque en las carreteras había pillajes e inseguridad. La puerta del hotel era protegida, a todas horas, por un soldado cargado hasta los dientes con armas automáticas y sus cargadores llenos de balas. Se trataba de proteger al turista, si es que había muchos… pero ¿quien defiende a cada venezolano que no puede poner un soldado en su puerta? Y aunque quien gobierna tuviera la razón, ¿vale la pena enrocarse en posturas que siembran de muertos las calles? 
Cuando hay revueltas lo lógico es frenarlas, pacificarlas… Sin embargo, cuando esas insurrecciones son contra las actuaciones del gobernante, antes que matarlos a todos es mejor irse y dejar paso a nuevas votaciones. Perpetuarse en el poder, cambiar constituciones para que nos dejen hacer cualquier cosa no son buenos compañeros de ruta.
Tal vez gobernar parezca fácil. Basta con que te voten. Pero lo difícil es saber gobernar a otros con ecuanimidad, con rectitud y sentido de la justicia. Lo que sí sabemos es que gobernarse a sí mismo es más difícil que gobernar a otros, aunque algunos crean que gobernar a otros sea tan fácil como conducir un autobús.
Ramón Sanchis Ferrándiz.

La filosofía, un mapa para transitar por la vida (artículo)

La revista Esfinge digital publicó en su número de enero-2017 el presente artículo sobre la importancia de la filosofía, tema de actualidad ahora que se habla de eliminar dichos estudios de los programas oficiales de educación. 
Enlace a la publicación: http://www.revistaesfinge.com/…/1509-la-filosofia-un-mapa-p…

 

La filosofía, un mapa para transitar por la vida

Dicen que la vida es aquello que sucede mientras nos empeñamos en planificar otras cosas para nuestro futuro. Ella nos depara tristezas, sinsabores y amarguras, pero también nos regala alegrías, momentos plácidos e instantes de verdadera felicidad. En el transcurso de los años, las esforzadas tareas y tensiones psicológicas, los fluctuantes estados de ánimo y las emociones desgarradoras, los vaivenes, miedos, dudas… darán paso, cuando se destile su enseñanza, a la comprensión profunda de nuestro camino.
La vida provoca todas las preguntas, pero encierra en sí misma las respuestas. Sin duda, los golpes y magulladuras que nos propina el paso del tiempo no son sino «pruebas» que nos predisponen a la comprensión profunda de la vida. Por ello, la adolescencia, con su inseguridad emocional y sus eternas dudas, no es sino el campo de batalla en que se conquista el asentamiento de nuestra personalidad. Más adelante, se pondrá a prueba la fragilidad de nuestras tibias emociones y la solidez de nuestras ideas y convicciones, aparecerán los sentimientos estables y duraderos, las alegrías y satisfacciones profundas, emprenderemos la lucha ilusionada por la consecución de nuestras metas, y llegarán o no –según encaremos las situaciones– los logros y recompensas. Y nuestro edificio se irá construyendo, poco a poco, con tesón y entusiasmo.
Según sea la apuesta realizada será el resultado. Si hemos sabido rehuir aquello que nos emparenta con un mundo de barro, si hemos sabido renunciar a lo mezquino, lo bajo y ruin, a lo superfluo e inútil, a lo seguro e interesado pero mediocre, a lo instintivo y pasional, a los apegos y amores pequeños… y en cambio, hemos apostado por todo aquello que nos eleva hacia las estrellas, llegaremos al lugar que nos está reservado y «en donde deberíamos estar». Pero este es el camino esforzado que requiere valentía, coraje, esfuerzo perseverante, amor y comprensión. Una comprensión profunda de lo que debemos hacer en la vida, basada en un conocimiento que nos permita desenvolvernos en las más variadas situaciones con soltura y seguridad, con fundamento…  a lo cual se le ha llamado en toda época Filosofía, porque la filosofía aporta las herramientas para conocernos a nosotros mismos, para educar el carácter y saber afrontar aquello que nos depara la vida.
De este modo, podremos decir, con visos de realidad, «tengo una filosofía de la vida que me permite salir adelante». Sin embargo, muchos hablan de la necesidad de tener una «filosofía» que avale las actuaciones a realizar (en una empresa, en un partido político, en un equipo deportivo, etcétera), pero en realidad carecen de ella –entendida como fundamento inspirador de todas sus acciones–, o tan solo la aplican de modo circunstancial. Pero filosofía es algo más que esa pobre concepción esporádica a la que recurrimos tan solo cuando la vida amenaza tormenta.
La filosofía no es un manejo de cuatro ideas o máximas expresadas por algún que otro filósofo en un momento de lucidez, sino la herramienta eficaz que nos permite alcanzar, con garantías de éxito, nuestros fines en la vida. No consiste, tampoco, en tener una fortaleza o cualidad bien desarrollada (por ejemplo, la perseverancia o la amabilidad de un incansable vendedor inmobiliario), pues de nada sirve si está al servicio de una visión interesada y egoísta, encaminada tan solo al lucro o al engaño. Es menester, también, desarrollar nuestras cualidades latentes en servicio de unas ideas más profundas, honestas, rectas, humanas. Es decir:
  • Que estén encaminadas hacia el bien propio, pero que sepan considerar siempre el bien común (con sentido de la fraternidad, del altruismo, de la solidaridad, de la necesidad de la ayuda humanitaria y del voluntariado inegoísta, etcétera).
  • Que sirvan para el progreso y el desarrollo material, pero que tengan en cuenta el desarrollo interior de las personas (dirigidas hacia lo justo, lo verdadero, lo bueno, lo bello, etcétera).
  • Que cuiden del presente, pero tengan visión de futuro, que velen por el momento histórico actual y el desarrollo de nuestro mundo, pero que sepan preservarlo para las generaciones futuras, a fin de que ellas puedan disfrutar de ese legado que es también un derecho que les corresponde.
Cada ser humano tiene un camino en la vida, un sentido que ha de encontrar a lo que le ocurre, y la filosofía es la comprensión profunda de la senda que ha de transitar en la vida.
Podemos adentrarnos en el territorio inexplorado de la vida con una pobre «brújula» y una cantimplora, sin saber muy bien qué nos vamos a encontrar; o bien, podemos utilizar un «mapa» en donde aquellos que ya han explorado esos lugares nos indiquen los peligros que existen, las cautelas a tener en cuenta, las herramientas y fortalezas que debemos atesorar para salir de la intrincada selva indemnes, airosos y triunfantes. En el camino de la vida, la filosofía es el mapa que ha de servirnos de guía en esa búsqueda interior que ha de llevarnos a nuestra realización humana.
En verdad, la filosofía, entendida según su concepción clásica y no como un ejercicio meramente intelectual, es «amor al conocimiento», es búsqueda profunda de quienes se hallan enamorados de la vida y pretenden entender todos sus misterios, de quienes valoran el conocimiento por encima de cualquier otro bien, y en consecuencia, se entregan a él. Ella nos ayuda a tener criterios estables, firmes y bien fundamentados, emociones controladas y sentimientos nobles… centra nuestra mente cuando se dispersa y se diluye, traza el rumbo a seguir ante los vaivenes de la vida y nos lleva hacia la cota más alta posible de realización.
La filosofía es maestra de vida que nos enseña a conocernos, que aporta las claves para la comprensión real y formada del propio yo, de los seres humanos y de todos aquellos que pueblan la Naturaleza. Ella es… el mapa indispensable para transitar por la vida.