Los dos hemisferios del cerebro. Artículo.

Articulo publicado en la Revista Esfinge en marzo de 2002.                         

Los dos hemisferios del cerebro.

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El cerebro humano está conformado por dos hemisferios, derecho e izquierdo, con formas simétricas, pero cuyo funcionamiento y la labor que realizan son bien diferentes. Dichos hemisferios se hallan unidos por el llamado “cuerpo calloso”. Los hemisferios están constituidos por la sustancia gris que da lugar a la corteza, y la sustancia blanca que conforma el cuerpo central. Entre ambos se producen una ingente cantidad de conexiones nerviosas que siempre pasan por el cuerpo calloso.

Las investigaciones generadas por los daños cerebrales producidos en la últimas guerras mundiales aceleraron el conocimiento que tenemos sobre el funcionamiento e importancia de ambos hemisferios. Así se descubrió que los daños provocados en el hemisferio de la derecha repercutían en la  movilidad y las sensaciones del lado izquierdo del cuerpo, y viceversa.

En todas las personas prima la influencia de uno de los dos hemisferios. Quienes tienen más activado el hemisferio de la izquierda tienden a captar las cosas de un modo más racional, dado que analizan las circunstancias en que se encuentran, comparan las opciones, calculan y prevén las consecuencias, las miden mentalmente, y deciden o sacan conclusiones sobre lo vivido bajo un enfoque más racional, y en consecuencia tal vez más frío, más metódico, más pausado.

En aquellas personas en las que prima el hemisferio de lateral derecho, su forma de captar las circunstancias, de comprender es en base a analogías. Su forma de aprender está más basada en los sentimientos, es más imaginativa,  y guarda relación con la necesidad de comprender mediante sensaciones e imágenes, sintiendo las cosas, experimentándolas de modo emocional antes que con conceptos concretos, con números, etc…

Podríamos decir que cada hemisferio ve la vida desde un ángulo, y comprende la realidad (si es que existe una realidad estrictamente objetiva) de modo parcial. La visión completa y equilibrada de la realidad es una combinación de la comprensión racional y analógica. Un río es un objeto a la vez que un concepto, y por tanto se puede explicar, se puede medir su caudal, se puede pensar en él, y también se puede pintar, y se puede sentir paseando por su ribera o metiendo las manos en sus aguas, y tal vez valgan por toda definición.

Cerebro_01El mayor desarrollo, que no en volumen, de uno de los dos hemisferios no tiene por qué ir en detrimento del otro, pero en la práctica usamos uno y no otro. La dificultad para aprender con una deseable visión objetiva deviene también de la dificultad de equilibrar las capacidades que corresponden a cada hemisferio.

El hemisferio lateral izquierdo dirige las funciones del cálculo, el habla, la escritura, etcétera…

El hemisferio del lateral derecho rige la comprensión artística, la imaginación, etcétera… Las necesidades de un mundo que ha dado más valor en las últimas décadas a una educación técnica y racional, han ocasionado que haya un mayor desarrollo del hemisferio de la parte izquierda. Ultimamente frente a una enseñanza antes más basada en lo memorístico, el concepto, y el predominio de las ciencias físicas, se ha revalorizado la enseñanza musical, de danza, de manualidades, de artes plásticas en general, la valoración de las humanidades y las ciencias del hombre. Frente a quienes dicen que cuando un hemisferio actúa el otro no lo hace opinamos que hace falta aprender desde una doble óptica, potenciando los valores de los que carecemos y que son propios del hemisferio que tenemos menos activado.

 

El vacío en el universo (artículo)

Artículo escrito por Raysan, publicado en septiembre de 2013 en la Revista Esfinge.     (http://www.revistaesfinge.com/ciencia/astronomia/item/964-el-vacio-en-el-universo)

El vacío en el universo

Ese inmenso vacío en que parecen flotar los planetas y las estrellas, ¿está vacío realmente? En siglos anteriores se habló del éter que todo lo llenaba. Hoy los científicos hablan de materia oscura. Los secretos del universo, aunque cada vez más cercanos, siguen asombrándonos.
Es clásica en las novelas y en la filmografía la tenebrosa imagen de un astronauta que, desconectado de su nave, se pierde en línea recta hacia el confín estrellado, silente, vacío y gélido de la bóveda celeste.
Cuando imaginamos el espacio estelar, lo creemos conformado por estrellas luminosas que, a modo de diminutas y lejanas partículas densas, están rodeadas de un fondo azulado, vacío y oscuro. Pero ese inmenso vacío azulado en que parecen flotar los planetas y las estrellas como imperturbables rocas viajeras, ¿es realmente vacío?
La realidad es que ni los componentes de los sistemas estelares son tan densos como parece ni a la materia sobre la que flotan se le puede llamar realmente vacío.
A modo de ejemplo puede decirse que hay planetas como Júpiter que son más bien como una gelatina gaseosa. Hay también zonas en el espacio conformadas por inmensos vacíos, como el «vacío de Bootes», hallado en 1981 en la constelación de Bootes (El Pastor), cuya dimensión es de unos 275 millones de años luz (*). Nuestro enigmático universo, aunque partió de una compacta y homogénea masa casi puntual, se ha ido expandiendo y conformando de modo que es como un gran queso de gruyer, como una esponja con materia hecha jirones, que son las mismas galaxias, planas y alabeadas, y de grandes vacíos intermedios. No obstante, con el paso del tiempo se demostró que el gran vacío de Bootes estaba surcado, aunque mínimamente fuera, de algunas diminutas galaxias.
En los albores de la ciencia que ahora conocemos, desde el siglo XVII se creía que el espacio era «algo vacío», y que allí no había nada. Esta abstracción teórica ahorraba esfuerzos y dificultades a la hora de explicar el fenómeno de la rotación de los planetas. Pero la realidad era que los cuerpos celestes flotaban o giraban inmersos en algún medio material.
Posteriormente, se pensó en un espacio no totalmente vacío, sino conformado por el éter, y este fue considerado como algo elástico que podía deformarse sin límite físico, e incompresible, que podía por lo tanto ser sometido a presiones infinitas sin destruirse. Las partículas del éter, si es que las poseía –pues apenas se definía formalmente–, se suponían puntuales, con apenas dimensión física, y aunque ello era cómodo para que los astrónomos y cosmólogos pudieran simular el comportamiento del cosmos y calcular velocidades y rotaciones de los planetas sin tener que calcular rozamientos ni suponer efectos eléctricos y magnéticos que no eran bien conocidos, esta simulación tan simple obligaba, en cambio, a creer en un material no conocido por la física, y añadía la inseguridad de trabajar con un material del que no se sabe bien ni su origen ni su funcionamiento.
Cuando se demostró en los años veinte del siglo pasado la teoría de que toda radiación, como por ejemplo la luz, era a la vez onda y partícula, se pensó en la luz como algo que surca el medio sin necesitar explicar qué medio era ese. El éter ya no hizo falta para explicar nada y quedó relegado al olvido.

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El cuarto estado de la materia:

Actualmente sabemos que nuestro universo no es muy homogéneo, sino indefectiblemente asimétrico, aparentemente incoherente y sin sentido cuando se mira con ojos simples. Sabemos que se expande a gran velocidad y ello nos hace plantearnos si generará con el tiempo grandes huecos, zonas donde reine un vacío físico. Pero como la «nada» no es posible, no puede existir algo totalmente vacío. Como tampoco creían que el universo pueda expandirse eternamente, los científicos empezaron a pensar en la posible existencia de una materia no visible por nuestros medios actuales que, además de ocupar el espacio interestelar, por su atracción gravitatoria frenara poco a poco la expansión de las galaxias y llegaran en algún momento a frenarla del todo. A dicha materia, sin embargo detectable por sus efectos gravitatorios, se le llamó materia oscura, y apenas hemos hallado una mínima parte de la que debe existir teóricamente en el universo.
Los últimos pasos científicos permitieron descubrir en 1904 por el astrónomo alemán J.F. Hartmann, en el centro de las lejanas galaxias, nubes de gas muy tenue, que se intensificaban en los bordes de las mismas; finalmente, a partir de 1968, se hallaron en el corazón de las galaxias moléculas de oxígeno, nitrógeno, de agua, de amoníaco, de hidrocarbonos, etc., hallazgos que se han intensificado en los últimos años. Pero una cadena de descubrimientos, partiendo ya desde el americano William Wilson en 1951, llevó a encontrar unos átomos de hidrógeno cargados eléctricamente.
Este especial descubrimiento confirmó que el «vacío» está formado por pequeñas partículas de materia capaces de conducir excelentemente la electricidad, que podemos considerar como un tipo de materia especial, en el estado de plasma. Dicho estado, llamado cuarto estado de la materia, más allá de los gases, consiste en partículas muy disociadas, tal vez en el último estado posible de división atómica, generalmente conformado por átomos de hidrógeno y helio que han perdido sus electrones, a los que se llama entonces «iones». Con muchas limitaciones y dificultades podemos reproducir este estado calentando un gas a altísimas temperaturas similares a las de las reacciones de fusión nuclear. Por lo tanto, los avances científicos consideran un espacio no solo pleno de materia, aunque no la podamos percibir, sino además surcado por corrientes energéticas.
Pero entonces, ¿es la materia oscura lo que siempre se llamó éter? ¿Es el plasma equivalente al antiguo éter?
El éter como se consideró antaño no pasó de ser una abstracción teórica que había tomado su nombre del concepto esotérico más profundo de la existencia de un «quinto elemento» o Éter, que era un paso evolutivo más allá de los elementos actualmente conocidos de Tierra, Agua, Aire y Fuego (**). Pero ello no invalida la idea de que exista cierto grado de materia que inunda el aparente vacío. En este sentido, el plasma supone un avance en la explicación física de una sustancia imperceptible que llena lo que antes se consideró vacío, y ello está de acuerdo con el pensamiento lógico de la filosofía de que la «nada absoluta» como tal no puede existir.

Notas:
(*) año luz: medida de la distancia que sería recorrida en un año por un rayo de luz, a la velocidad de 300.000 km/seg. Basta multiplicar la distancia de 300.000 km que se recorre en un segundo por 60 para obtener un minuto luz, nuevamente por 60 para obtener horas luz, etc. Un año luz equivale, por tanto, a 300.000 km x 60 x 60 x 24 x 365 = 9.460.800.000.000 km.
La constelación de Bootes se halla a unos 600 millones de años luz. Con la velocidad que pueden alcanzar actualmente nuestras naves espaciales, que puede ser del orden de una quinta parte de la velocidad de la luz, tardaríamos en llegar a ella unos 3000 millones de años.

(**) Los conceptos cotidianos de tierra, agua, aire y fuego no se corresponden con los elementos que se llaman igual. En el conocimiento alquímico, utilizando una analogía, puede explicarse que el elemento Tierra correspondería al aspecto formal y físico del planeta Tierra, el Agua a su aspecto energético, el Aire a su aspecto emocional, y el Fuego a su característica mental. Cada elemento tendría su propia existencia, con su manifestación propia y sus leyes. Así por ejemplo, el contacto con el agua nos llena de energía, pues pertenece y es una ínfima parte del elemento energético Agua.

Bibliografía consultada:

  • Física. Materia, átomos, energía. Vida y ciencia. Círculo de Lectores.
  • Introducción a la ciencia. Tomo I. Muy Interesante. Ediciones Orbis S.A. Isaac Asimov.
  • Viaje a la ciencia. Isaac Assimov. Ed. Tikal
  • 1001 Cosas que todo el mundo debería saber sobre ciencia. Círculo de Lectores.

Lo infinitamente pequeño, un mundo lleno de grandes cosas.

Artículo escrito por  Raysan.   Publicado en Febrero 2013 en la Revista Esfinge.   http://www.revista-esfinge.com/

Lo infinitamente pequeño, un mundo lleno de grandes cosas
Aunque en algún momento se llegó a pensar que el átomo era la parte más pequeña de la materia a la que podíamos acceder, los últimos años han sido para las ciencias físicas un continuo bautizo de nuevas partículas que se mueven en la esfera subatómica.

Hoy no voy a hablar ni de la sencillez de una sonrisa, ni de la mirada enternecedora de un perro, ni tampoco de aquellas frases de una esperada misiva que se releen y rememoran. Ni del vaho dormido en los cristales de los otoñales días, ni del ronroneo de un gato, ni del bálsamo de la ternura, ni de la mirada paciente del verdadero maestro. Tampoco voy a hablar de la pujanza de una brizna de hierba, ni de la flexible silueta del junco, ni aun de los dorados campos de girasoles, aunque de alguna manera el mundo y la vida estén plagados de incontables pequeñas cosas que rozan con su belleza el mundo de lo indescriptible y fantasioso.

Voy a hablar de algo no menos bello, de la sencillez y la hermosura de lo infinitesimal, de aquello que siendo pequeño es a su vez infinito y sin límites, de los abismos del átomo, de las leves partículas atrapadas en las mismas leyes que mueven los espacios siderales; voy a hablar de la belleza y serenidad que esconden entre sus diminutos pliegues.

Puesto que el mundo se halla conformado sobre la base de leyes sencillas y armónicas, que guardan siempre una velada simetría, en nuestro infinito universo, lo inmensamente pequeño rivaliza en belleza y profundidad con lo inmensamente grande.

Si descendemos desde las dimensiones habituales en que el hombre se mueve hacia el mundo de lo minúsculo, cortando la realidad en pequeños tomos con un supuesto bisturí capaz del más delicado de los cortes, llegaremos al mundo de lo infinitesimal.

En nuestro viaje hemos acumulado ya muchos logros: hemos dejado atrás los segundos-luz y las unidades astronómicas; hemos divido el meridiano terrestre hasta alcanzar la diezmillonésima parte del mismo, al que llamamos metro; hemos dividido por mil veces el metro hasta alcanzar el tamaño de la cabeza de un alfiler, y aun la cabeza de un alfiler, que mide apenas un milímetro, es un mundo inmensamente grande según con qué cosa se lo compare.

Así, la centésima parte de un milímetro nos llevaría a los dominios de la célula roja de nuestra sangre, y la centésima parte del tamaño de dicha célula nos llevaría a los dominios de un virus. Dividamos esta magnitud por mil y alcanzaremos la medida del radio de un átomo cualquiera.

Desde antiguo, el hombre creyó que dividiendo la materia de modo sucesivo se alcanzaría un momento en que se hallaría algo indivisible, a lo que llamó entonces átomo, palabra que etimológicamente significa sin partes.

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En la Antigüedad, ya los griegos, aunque lo expresaran de otro modo, pensaban que la materia procedía de distintos elementos o partículas como componentes. Para Empédocles (s. V a.C.) el origen de todas las sustancias determinadas son los cuatro elementos que permanecen inalterables: tierra, agua, aire y fuego. Pero el significado de estos elementos es más profundo del que hoy en día le damos. Adoptan el mismo significado que en los términos alquimistas; por ello, la ciencia actual lo desprecia, por no entenderlo, y me atrevería a traducirlo diciendo que se refiere a que todo en la naturaleza está conformado como reunión de los elementos físicos, energéticos, emocionales y mentales, que se conjugan para conformar a los seres vivos y al hombre.

También Anaxágoras (s. V a.C.) decía que todas las cosas provienen de un primer principio que podía contenerlas, y que era el resultado de la combinación de “las semillas”, es decir, de ciertas entidades ilimitadamente pequeñas, que eran inalterables e inertes. Estas semillas fueron posteriormente llamadas “homeomerías” por Aristóteles (s. IV a.C.), considerando igualmente que según la proporción en que intervenían en cada ente, daban lugar a sus características específicas.

También los atomistas Leucipo y Demócrito expresaron que todo ente, los diversos seres y cosas, proceden de unos átomos, llenos, compactos, indivisibles, infinitos en su número, iguales cualitativamente pero de características diferentes, capaces de movimiento por el vacío existente, y tendentes a la agrupación o separación. Según explican, se mueven por la necesidad, aunque “colisionan y algunos son expulsados mediante sacudidas al azar en cualquier dirección, mientras que otros, entrelazándose mutuamente en consonancia con la congruencia de sus figuras, tamaños, posiciones y ordenamientos, se mantienen unidos y así originan el nacimiento de los cuerpos compuestos”.

Pero hoy en día pensamos que lo que concebían en la Antigüedad por átomos es diferente a lo que hemos concebido nosotros. ¿Será tal vez porque hemos logrado dividir aquello que parecía indivisible? Olvidamos que todo, con el paso del tiempo, también será nuevamente divisible, y otras nuevas concepciones también ridiculizarán las que hoy mantenemos con orgullo.

Diseccionando la realidad

Y ciertamente, transcurrido el tiempo desde las concepciones griegas, se comprobó que el átomo era divisible, y que estaba conformado por un núcleo central y unos electrones que orbitaban en su derredor. Más tarde, el núcleo desveló sus secretos, y se reconocieron los protones y los neutrones, que eran mil millones de veces más pequeños que el tamaño medio de un átomo. Y tras ellos se descubrieron otras partículas o grupos de partículas como los fermiones, los bosones, los mesones, los piones, los muones, los neutrinos, etc. Incluso, recientemente se ha constatado para cada partícula la existencia de su antipartícula, tales como el “antiprotón” o el positrón (“antielectrón”), las cuales, por ser de igual masa y carga contraria, al encontrarse con sus partículas contrarias se funden y desaparecen en apenas una diezmillonésima de segundo.

El número de partículas actualmente conocido es cada vez más elevado, pues son centenares, que a su vez se desintegran las unas dando lugar a las otras, en tanto que sus dimensiones se adelgazan. Pero todas ellas parecen estar conformadas por unas partículas de nivel inferior, a modo de ladrillos componentes de la materia a los que se llama “quarks”, unidos mediante la argamasa de una nueva partícula, el gluón.

No obstante, la apariencia del átomo es la de un espacio vacío. Es conocido el ejemplo que nos dice que si el átomo fuera tan grande como un estadio olímpico, el núcleo sería como una pequeña naranja en su centro, en tanto que un electrón sería tan pequeño como un mosquito en los graderíos.

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Por lo tanto, hay más en el átomo de vacío que de materia densa. Y a pesar de lo dicho, los átomos se combinan en moléculas, y son causa de la textura y solidez de lo material, y de la composición de las cosas.

Sabemos también por los experimentos de Bell y de Aspect (1975) que cuando dos partículas gemelas son lanzadas contra una densa placa en la que se ha dejado una rendija, si una de ellas logra traspasar por ella, la otra nunca lo hace. ¿Cómo se dieron el aviso? ¿Qué es este extraño comportamiento para pequeñas partículas distantes que reaccionan como una entidad?

¿Son estas partículas algo que roza lo etéreo, el nivel más ínfimo de la materia? ¿Son a su vez independientes o son aspectos de una única partícula aún por descubrir? De seguro podremos ir más lejos con el tiempo, pero tampoco sabemos si hay lugares donde ir. Hemos logrado dividir el átomo y llegar por ahora hasta los quarks, pero ¿qué impide creer que las partículas indivisibles y sin partes que siempre citaron los textos clásicos no sean los quarks?

Aún hay muchas preguntas a resolver, pues no sabemos si las herramientas utilizadas son todavía imperfectas o existe algún límite natural que el hombre no podrá rebasar.

En su principio de indeterminación, Heisenberg demostró que cuando queremos atrapar una partícula, en el propio interés de medirla la alteramos. Hay, por tanto, una incertidumbre a la hora de conocer perfectamente su posición, y si llegamos a conocerla, al mismo tiempo hemos logrado variar sus magnitudes o características de masa y velocidad.

Es clásico el ejemplo que nos indica que cuando queremos atrapar una moneda que se nos ha caído por la rendija de un sofá, al pretender alcanzarla con la mano provocamos que dicha rendija se haga mayor y cada vez sea más difícil tener éxito.

Tal vez, entonces, desde esta perspectiva, lo que alcancemos a descubrir al alterarlo no se corresponda con lo que queríamos descubrir.

Pero ¿hasta donde podremos seguir dividiendo la materia? ¿Depende de la finura del bisturí que utilicemos o el universo se amplía también en interminables pliegues hacia lo profundo e insondable?

Y de seguir así, ¿nos permitirán dichos adelantos comprender psicológica y humanamente mejor a los seres humanos o tan solo será un descubrimiento físico? ¿Esperamos aún construir una torre de babel que llegue de nuevo hacia el cielo o queremos crecer también en comprensión humana?

Seguramente podremos seguir dividiendo la materia mucho más, y con el paso de los siglos venideros otros tantos nuevos exploradores alcanzarán desiertos salados, yermos parajes en continentes inhóspitos, o disfrutarán de feraces laderas jamás antes holladas por los escrutadores ojos de un microscopio. Mínimas texturas olvidadas, aún escondidas en las ínfimas dimensiones de otras tantas agujas de materiales aún desconocidos en el indolente presente, mostrarán bajo la lupa de miles de aumentos yacentes volcanes dibujados en los ojos de la herrumbre.

Por una brizna de un óxido nuevo, el hombre siempre estuvo dispuesto a alcanzar la luna; por un poco de oro o una gota de petróleo, el hombre siempre estuvo dispuesto a emprender una guerra; pero también es cierto que el hombre –hecho de lo uno y de lo otro–, por una gota de ámbar con una dulce libélula dormida en su regazo siempre estuvo dispuesto a olvidarse de sus propios intereses.

Recordando aquella vieja máxima que enseña que “ciencia sin conciencia es la ruina del alma”, conviene tener presente que tras las dimensiones de lo infinitamente pequeño duermen a partes iguales el interés y el propio afán de superación, la infaltable soberbia del hombre y el descubrimiento de las claves y leyes que le devolverán a la humildad que precisa.

El Origen del Universo.

ARTÍCULO DE RAMÓN SANCHIS FERRÁNDIZ PUBLICADO EN LA REVISTA ESFINGE.

Actualmente se concibe el Universo como fruto de la explosión de un punto de materia y energía inicial, de gases y partículas, que dio lugar a la expansión de toda forma de materia y energía hacia los confines del cosmos. Era el momento llamado Big-bang. Antes de ello, no podemos suponer lo que ocurrió. Para nuestro mundo el reloj se puso en marcha, y el tiempo salió disparado como una flecha hacia su destino final enhebrado entre partículas de materia, luz y energía. Antes que nada se hizo la luz, y por contraposición aparecieron las tinieblas. El caos aparente se organizó y el Cosmos tomó forma -lo cual siempre responde a una idea-.

Si hemos de resumir brevemente ¿cómo se formó el universo?, tendremos que remontarnos a viejas enseñanzas y teorías para entender el esfuerzo humano por comprenderlo.

Según la milenaria tradición hindú el universo es antiquísimo y su duración es casi eterna, es cíclico e ilusorio, y a partir de un punto de materia alentado por el dios Brahma se desarrolló en etapas alternadas de expansión y de contracción, pasando de la manifestación a lo inmanifestado, como pasan los seres de lo cotidiano al sueño reparador en otros estados de conciencia.
Para la concepción bíblica, hoy ya superada, el universo apenas tendría unos 5.000 años de duración. La civilización egipcia, a la vista de un cosmos perfectamente organizado y armónico, decía que el Universo es mental, y tan sólo podría ser fruto de una Mente Cósmica perfecta. También los griegos abundan en esta concepción de un universo generado no por el azar, sino por una gran mente; por lo tanto, siendo la Naturaleza y el universo inteligibles, el hombre racional podría captarlos con la razón. Para Aristóteles, el Universo ha sido trazado por Dios, pero siendo que Él representa el saber teórico supremo, puesto que no necesita de nada ni nadie para ejercer su actividad y se basta a sí mismo, ha de ser mero pensamiento, raíz mental del Universo.

Para la antiquísima tradición tibetana, el universo tiene estados diversos de materia, positiva y negativa. Cierta materia en estado puro se almacenaría en puntos concretos del espacio (¿agujeros negros?) y al ser convulsionada y fecundada por un tipo de cometas reproductores (¿portadores de partículas que pueden dar origen a la vida?) se desarrollaría de modo gradual, como la gestación de un ser vivo. Ciertos aspectos de esta concepción fue retomada ya en el s. XX por S. Arrenius y Fred Hoyle, y es llamada la teoría de la Panespermia.

Las culturas clásicas coinciden en considerar al Universo como un gran ser vivo, un Macrobios, que se refleja en el hombre, o Microbios, sometidos ambos a leyes similares. El universo es una ilusión donde lo que no vemos puede ser tan real como lo que vemos, al igual que los pensamientos dirigen la vida sin tener apenas consistencia material. Lo esencial es invisible a los ojos, como dijera el Principito. El Universo manifestado es así fruto de una mente cósmica, no fruto del azar.

Hoy en día la ciencia adopta generalmente el modelo de un Universo pulsante, pues se admite que está en expansión, que podría llegar a detenerse y pasar a una contracción posterior, e incluso al colapso. Para F. Hoyle, en cambio, existe un Estado estacionario, dado que está en expansión y los huecos que deja ésta se irían rellenando con la aparición de nuevas estrellas y galaxias.

Diremos que actualmente se concibe el Universo como fruto de la explosión de un punto de materia y energía inicial, de gases y partículas, que dio lugar a la expansión de toda forma de materia y energía hacia los confines del cosmos. Era el momento llamado Big-bang. Antes de ello, no podemos suponer lo que ocurrió. Para nuestro mundo el reloj se puso en marcha, y el tiempo salió disparado como una flecha hacia su destino final enhebrado entre partículas de materia, luz y energía. Antes que nada se hizo la luz, y por contraposición aparecieron las tinieblas. El caos aparente se organizó y el Cosmos tomó forma -lo cual siempre responde a una idea-.

Ha pasado ya un cierto tiempo, dicen que más de 14.000 millones de años, y el universo se ha concentrado mágicamente en ciertos puntos concretos, en bellas órbitas multicolores, ejecutadas por danzantes despreocupados de su eterna y jovial belleza. Se expande, camina, y aún podemos detectar sus pasos, el murmullo de la gran explosión.., la llamada radiación de fondo. Y extrañamente se sabe que dicha expansión se acelera cada vez más mecida por alguna fuerza oculta…, pero ¿tendrá fin algún día?

¿Está por tanto nuestro universo en constante movimiento?


A la luz de lo dicho parece definirse actualmente que nuestro universo es un universo en movimiento, dinámico, sometido a un proceso de expansión acelerada que tal vez sea seguido por una contracción alternativa. Como dice el Kybalión egipcio en sus sabias leyes, nada permanece estático, todo vibra, y también todo fluye y refluye. Y dado que todo lo que nos circunda es cíclico, como el día y la noche, como los ciclos de las estaciones y la naturaleza, como los mismos seres humanos, no es extraño pensar que el Universo en general sea cíclico.

Sabemos que nada puede mantenerse eternamente en movimiento de rotación, ni tan siquiera el universo por muy perfecto que nos parezca. Decía H. P. Blavatsky, que la rotación se suele explicar como provocada por una fuerza tangencial, por la fuerza centrífuga, pero al mismo tiempo se dice que la rotación es la que provoca la aparición de una fuerza centrífuga. Tendremos que resolver algún día estas contradicciones, y hacernos a la idea de que nada provocado por meras fuerzas mecánicas puede estar en rotación eterna.


Hoy, que se considera que el espacio interplanetario o interestelar no es pro-piamente “vacío”, y que opone por lo tanto una resistencia al movimiento, es difícil admitir una rotación “eterna”. Por otro lado la perfección de unas órbitas elípticas, que son recorridas por los planetas con velocidades variables, es de suyo una armonía no tan sólo mecánica ni casual.

La concepción tradicional del cosmos ha sido la de considerarlo como un ser vivo, sometido a leyes naturales, no como un mero mecanismo, sino con cierta finalidad o sentido. Pero la concepción actual en cambio se plantea si no habrá mecanismos que alienten y mantengan en constante funcionamiento dichos sistemas.

Al observar que la materia se pierde y acumula en pozos de materia-antimateria como son los llamados “agujeros negros”, para brotar en surgencias de energía en los confines más alejados del Universo como son los “quásares”, Einstein y Rosen teorizaron sobre la existencia de posibles puentes en el Universo, de tal modo que la materia absorbida por los agujeros negros pudiera concentrarse, depurarse, y ser expulsada por otros puntos complementarios, llamados “fontanas blancas”, logrando así una autoalimentación o renovación constante del Universo. Es decir, ¿cabe la posibilidad de que las propias leyes que rigen los mecanismos del universo puedan mantenerlo en actividad constante? Pero aún no podemos contestar satisfactoriamente tan importante pregunta.

Si analizamos también cómo es dicho Universo en el tiempo, podríamos estar tentados a decir que es eterno. Al menos desde nuestro límite de duración nos parecerá que es eterno en el tiempo, o cuanto menos inmensamente longevo. Pero ante esta postura hay que razonar que todo aquello que se halla manifestado está sometido a las leyes de la materia, y por tanto al desgaste propio de lo material.

Tal vez pudiera resumirse en sí mismo por efecto de la contracción generada en una fase de su desarrollo, y acaecerle un fin violento, pero sea como fuere, para nuestra concepción de un tiempo ligado al espacio, antes del Big-bang (o después de un proceso de contracción inverso), el tiempo según nuestra forma de concebirlo no existiría, pues sin materia no hay espacio. Así, respondiendo a la pregunta de qué hubo antes de la gran explosión inicial, los científicos actuales nos dicen que tal vez existiera un punto sin materia, como un “vacío de alta energía”, pero entonces ¿qué fue lo que se proyectó en pequeños pedazos al espacio para conformar planetas y galaxias? Tendremos que suponer que antes de la gran explosión, antes de conformarse nuestro espacio-tiempo posiblemente no hubo nada que nosotros pudiéramos medir o comprender de modo físico.

Podemos preguntarnos también acerca de la forma concreta del universo; ¿es finito o infinito?, ¿es plano o curvo?


Hoy se considera que es como una espuma filamentosa llena de pequeños agujeros, esponja hecha de puntos de luz, de una inmensidad de jirones de formas complejas cuajadas de estrellas, pero más allá de esas intrincadas figuras amorfas ¿tiene un aspecto concreto? Aún se debate si tiene algún límite real, si acaba en algún punto. Una vez más hay que decir que desde nuestro punto de vista el universo es inmenso, sin límites, pero dado que todo lo que conocemos tiene una forma concreta nos parece que debe ser algo concreto y finito.

Tal vez sea como una lámina delgada y cilíndrica que puede arrollarse sobre sí misma o abrirse si predominan dos de sus dimensiones. Tal vez sea como un cuerpo denso y voluminoso y no predomine excesivamente ninguna dimensión sobre otras. Tal vez sea un conjunto de puntos luminosos, abierto, etéreo, grácil, como los puntos de luz observados al mirar directamente hacia el Sol…


Pudiera ser que siendo finito tuviera una forma concreta que nos diera la impresión de ser ilimitado, como ocurre con el ejemplo de una banda de neumático arrollada en forma de ocho, la cual a una diminuta hormiga que la recorriese le parecería infinita e inabarcable.

Si pudiéramos correr en el tiempo, o viajar con una nave más deprisa que la onda expansiva causada por la gran explosión, adelantándonos a ella, ¿qué encontraríamos más allá?, ¿la nada?, ¿el vacío?

Desde el punto de vista de la ciencia es lógico plantearse estas dudas, pero llegado a cierto límite rozamos las concepciones filosóficas de la vida. Atendiendo a lo dicho ya en el siglo XVI por el inmenso filósofo de Nola, Giordano Bruno, el universo es infinito, su centro está en todas partes, y las estrellas del firmamento son otros tantos soles probablemente habitados como nuestro sistema.

Pero ¿qué puede hacernos afirmar que deba ser infinito? Al decir de Giordano, y utilizando el bisturí de su filosofía, diremos que si tuviera un límite, más allá del mismo habría de hallarse la nada, y la “nada” existe como un concepto pero no puede existir como absoluto, dado que dos absolutos opuestos no pueden darse al mismo tiempo. No puede existir realmente “el todo” y “la nada”, como no puede existir “una fuerza incontenible” y “una roca inconmovible”.

Los recientes descubrimientos, fruto del experimento boomerang, dan como seguro que el universo es plano, como la superficie de un globo hinchado repentinamente mantendría apenas una ligera curvatura, y que por lo tanto se seguirá expandiendo sin límites, no curvándose sobre sí mismo, no contrayéndose. Pero dado que las observaciones corresponden a un pequeño porcentaje del cosmos que nos es visible o captamos, (entre un 3 y un 5%) similar a una diminuta ventana estelar, y siendo ésta una más que ínfima ventana de otras tantas infinitas ventanas que apenas apuntan a la uña del pie del gran ser vivo llamado universo, preferimos pensar cautelosamente, como aplicadas y pacientes hormigas subidas aún a un neumático no suficientemente explorado, que el camino se hace al andar.

Todas estas cuestiones están aquí apenas esbozadas, y de seguro han de dar aún luminosos días de ciencia, porque como dijo Nicolás de Cusa, la “docta ignorancia” es la capacidad de asumir y reconocer aquellas cosas que aún ignoramos y que nos rebasan ampliamente.

Quedan de camino hacia las estrellas muchas más preguntas. Necesitamos respuestas, por ello cabe preguntarse aún si el Universo tiene sentido, si tiene una finalidad, si se dirige hacia algún lugar, si es fruto del azar o es causal, si es capaz de reciclarse a sí mismo y mantiene su propia actividad como una máquina perfecta e inagotable… Pero tal como corresponde a una realidad que nos rebasa con mucho, y fuente de eterna inspiración, habremos de volver a él en otras ocasiones.

Universos paralelos

ARTÍCULO PUBLICADO POR RAYSAN EN LA REVISTA ESFINGE.

Los estados que hoy conocemos como materia y antimateria son la expresión de la intrínseca dualidad que subyace en la sustancia material y, por ende, en todo el universo. Se da en los fenómenos eléctricos y en el magnetismo, con sus cargas de uno y otro signo, se da en la división en sexos de los diversos reinos de los seres vivos, y en la gestación de la vida, y más allá del sexo, en la diferencia entre los roles masculinos y femeninos.

Utilicemos una analogía para explicarnos… ¿Qué ocurre en las leyes del sueño? En el sueño podemos elegir entre dos cosas contradictorias e instantáneamente ocurren, puedo volar o quedarme inmóvil. El hombre siempre puede elegir entre algo y su contrario, porque todo el universo se estructura por los llamados pares de opuestos. ¿No seremos nosotros a nuestra vez producto de una mente que nos sueña?

Al igual que somos libres de elegir en el mundo de los sueños una acción o su opuesta, en todo mundo dual debemos existir nosotros y nuestro contrario para que tal vez la Mente cósmica elija en su juego qué camino debe trazar.

Todo nuestro entorno manifestado es dual. Por ello, tal vez a la fuerza debiera serlo el universo que aún nos es desconocido. Veamos, pues, los puntos aportados por la ciencia actual que nos puedan indicar la fiabilidad o no de este tipo de afirmación…

La dualidad del universo exigiría, en teoría, la existencia de “la materia” y su contrario, “la antimateria”, que al reunirse se aniquilarían, provocándose una fuerte explosión, y por lo tanto, se transformarían en energía. De igual modo, en un proceso inverso, la energía podría transformarse y dar lugar a pares formados por una partícula y su antipartícula.

Fue Dirac quien, tomando esta idea, la desarrolló y supuso la existencia de un antielectrón que, teniendo igual masa que un electrón, tuviera una carga eléctrica contraria, es decir, positiva. Esta partícula, llamada “positrón”, fue descubierta dos años después.

De un modo más definitivo, a principios de 1996 en un laboratorio de partículas de Ginebra, el CERN, se logró producir antimateria, llegándose a fabricar el “antihidrógeno”, el cual sobrevivió un breve lapso de tiempo antes de aniquilarse. Este antiátomo se componía de partículas simétricas a las del átomo de hidrógeno, es decir, de un antiprotón y de un antielectrón. Este mundo simétrico ya no estaba tan solo en las fórmulas matemáticas, y daba paso a poder percibir un universo hasta ahora invisible.

La física actual presupone la existencia de un universo paralelo al nuestro no conformado por materia sino por antimateria. Los astrónomos han especulado sobre la posible existencia en el universo de regiones –tan extensas como las galaxias, según L. Oster– en las que los núcleos de los átomos, en lugar de estar formados por protones (con carga eléctrica positiva) y por neutrones (sin carga), estuvieran conformados por antiprotones (con carga eléctricamente negativa) y por antineutrones (sin carga). Los átomos tendrían allí sus núcleos, no rodeados de nubes de electrones (con carga eléctrica negativa) sino de positrones (con carga eléctrica positiva).

De existir estas galaxias simétricas, con sus cargas de igual magnitud pero de signo contrario, llamadas antigalaxias, no deberían tener relación con las galaxias tal como las conocemos, ya que de entrar en contacto con ellas se anularían en conjunto, produciéndose una gran explosión y transformándose nuevamente en calor y energía, principalmente de tipo lumínica.

Ello plantea ciertos enigmas… O bien, al crearse el universo se creó la misma cantidad de materia que de antimateria, para que hubiera un equilibrio global de cargas pero poniéndose ciertos impedimentos para evitar su contacto, o bien, según otra postura, se creó materia en mayor cantidad que antimateria.

Actualmente, analizando la velocidad de las diversas galaxias y el rumbo de su movimiento, dado que se alejan siempre de nosotros, se ha confirmado que el universo está en expansión. Se interpreta también que esta expansión viene dándose desde la explosión inicial, o big-bang, y se realiza contra la fuerza cohesionante de su propia masa, que tiende a acercarse por la acción de la fuerza de gravedad. Pero algún día, si la fuerza cohesiva fuera superior a la repulsiva, la expansión del universo se detendría y comenzaría entonces un proceso de contracción. Pero dicho proceso de contracción depende de la cantidad de materia que exista en él, para que la atracción gravitatoria sea superior y logre detener la expansión.

Por ello, dado que la cantidad actual de materia no sobrepasa el 1% de la cantidad necesaria para que dicha contracción pudiera comenzar a darse, los científicos creen actualmente que hay mucha más materia en el universo de la que ha podido detectarse, y que, por tanto, falta materia por descubrir. Es el misterio de la “masa perdida”, o la “materia oscura”. ¿Dónde está? ¿Tal vez haya otro tipo de materia, de tipo más sutil, como nos dicen las tradiciones antiguas, hoy aún no detectada por la ciencia, o que fuera incluso de un tipo aún desconocido?

Hay científicos que interpretan que esta materia oscura está junto a nosotros en el espacio que creíamos “vacío”, pero es de tipo invisible e indetectable por nuestra tecnología presente, por lo cual se le llama materia virtual. Otra causa de que no podamos captarla es que dicha materia oscura esté junto a nuestro universo, pero en lo que llamamos otro universo paralelo, al que solo podríamos acceder, según ciertos modelos teóricos, por pequeñas puertas microscópicas o “agujeros de gusano” que conectan ambos mundos, del tamaño apenas de una partícula. Sería como llegar inmediatamente a la habitación contigua por una fisura de la pared, en vez de utilizar el camino aparentemente lógico de salir al pasillo y franquear la puerta de al lado. Pero esta red tupida de conexiones a la que los físicos llaman agujeros de gusano es aún un misterio teórico para nosotros.

Nos movemos en un espacio con tres dimensiones (largo, ancho y alto), al que debemos añadir una cuarta dimensión que es el tiempo, totalmente solidaria con el espacio en que nos movemos. Pero dimensiones puede haber muchas más. Así el álgebra trabaja a nivel teórico con espacios de muchas dimensiones o hiperespacios, con ecuaciones similares a las que se definen para un espacio de tres dimensiones, salvo por el número de incógnitas que se manejan, y aunque no podamos imaginarlos siquiera.

De momento, los hiperespacios tienen una realidad teórica, pero nada impide que puedan tener una realidad mayor. Tal como Einstein explicaba, el universo sería limitado pero infinito, como un viejo neumático de goma en forma de ocho; en su cara superior podría hallarse caminando una hormiga, sin hallarle fin, y en la cara inferior, en una supuesta dimensión paralela, otra hormiga, desconociendo la existencia de la anterior, vagaría toda su vida sin hallar fin a la superficie de goma ni hallar a nadie en su camino.

También los agujeros negros, debido a su poderosa atracción gravitatoria, son cuerpos estelares capaces de engullir la materia densa de sus proximidades, llegando a una densidad tal que un metro cúbico puede pesar millones de toneladas. Pero, aunque su poder de atracción es inmenso, tal que se pensó que ni la luz podría escapar de ellos por necesitarse velocidades superiores a la misma, con el paso del tiempo se ha comprobado que emiten ciertas radiaciones. Dado que una partícula caída hacia su centro debería liberar una antipartícula en sentido opuesto, y la imposibilidad de que haya una pérdida total de la materia que llega a ellos, pues debe mantenerse la propia transformación de la materia mas no su disolución, uno de los enigmas que plantean dichos cuerpos es el de que la materia que entra en ellos nada nos indica que debe desaparecer. Por ello, ¿puede resurgir en otros puntos del universo, o en otros universos paralelos?

Sea como fuere, parece lógico que existan otros universos paralelos, plenos de vida, de materia y energía, aunque esas formas de vida sean muy diferentes a las nuestras. Viajar a través de esos micropuentes tal vez nos llevaría a encontrar atajos, más rápidos que la velocidad de la luz, que podrían explicarnos cómo se transmiten información ciertas partículas materiales que parecen transgredirla. ¿Podríamos pasar a otros universos físicos o también a otras dimensiones?

Sabemos hoy en día que lo físico tiene sus leyes, y sabemos que la mente, aunque es una realidad que convive extraña y solidariamente con lo físico, tiene también sus propias leyes. Mientras en una hora podemos caminar una distancia de 4 ó 5 kilómetros, con la mente apenas necesitamos unos segundos para salvar esa distancia. En cambio, no podemos alimentar la mente con alimentos físicos, sino con la lectura, sanas conversaciones, motivaciones, etcétera. Del mismo modo, ¿no serán las dimensiones realidades próximas que debemos aprender a reconocer?

Para aquellos telépatas utilizados en los modernos submarinos para poder enviar mensajes a su base cuando transitan bajo los grandes hielos polares, ¿no es una realidad el uso de ciertas capacidades de transmisión y recepción mental que para el resto de los mortales están aún en el futuro? Para aquellos seres –quitando de en medio a los farsantes– que pueden reproducir las conversaciones que se están dando a grandes distancias, o para aquellos otros que pueden leer libros confinados en remotas bibliotecas, y tantos otros casos que englobamos despreciativamente bajo el rótulo de lo paranormal, ¿no son realidades esos otros mundos que parecen estar en este guardados como en una caja china?

Seguramente hay otros mundos, pero están en este. Y de ser así, entonces, ¿no serán las dimensiones otras realidades próximas, delimitadas con fronteras sutiles, y tal vez unidas tan extraña y solidariamente como el tiempo al espacio físico? Siendo realidades diferentes, ¿acaso no aprendimos alguna vez a reconocer y enlazar un sentimiento a nuestro corazón, o un pensamiento a nuestro cerebro? ¿Acaso no es esa la evolución por la que pugnan también los animales cuando miran nuestro rostro con devoción y extrañeza? Si hay otros universos, de seguro, la respuesta está en el viento, y se llama evolución.

Ciencia y metafísica.

ARTÍCULO DE RAMÓN SANCHIS FERRÁNDIZ PUBLICADO EN LA REVISTA ESFINGE

La ciencia es la búsqueda de respuestas ante los porqués del hombre, de la naturaleza y del mundo, es decir, de los fenómenos, de los seres y objetos de la vida que nos rodea.

La metafísica, en cambio, pretende la búsqueda de aquello que está más allá de lo físico, de la esencia de los seres, de aquello que hay oculto tras ellos, que los define, que les da sentido. No se trata de comprender los accidentes de los seres y objetos, sino del “ser” profundo que hace que ellos mismos “sean lo que son”, que les da sentido, que distingue a un ser de otro y los define.

Pero “aquello por lo que se es” crea a veces una aparente división irreconciliable entre el “ser” y el “existir”, entre la “esencia” y la “apariencia”, que por ser tan solo aparente no es real. El ser y el existir no son dos cosas diferentes, sino dos principios que se entrelazan como un tejido con hilos de diversos colores que acaba teniendo un aspecto único y definido.

Los griegos hablaban de los tres mundos que conforman la existencia: por un lado, el de las ideas, lo espiritual, lo profundo, lo inmaterial y etéreo; por otro lado, el mundo de lo concreto, lo material, lo somático, lo apresable, lo físico y la energía vital que lo mueve; entre ambos discurre la psique humana, como un tercer mundo llamado a enlazar y reconocer la doble realidad de los primeros, de lo concreto y lo abstracto, de lo material y de las ideas profundas.

Un mundo demasiado material y concreto carente de sueños profundos, de ideales, de principios internos, sería demasiado pobre e insufrible. Pero un mundo vago, sin que las ideas se concretaran en elementos concretos plasmados, sería demasiado vaporoso e inasible, demasiado ficticio. Nuestra realidad está encaminada a tener semejantes contrastes, a ser dual.

¿Qué fue primero, la esencia o la existencia? Para la visión platónica, la esencia es previa a la existencia y más real, las ideas son lo único realmente eterno e inmutable, lo único que tiene realidad, siendo la existencia un reflejo de ellas. Para los existencialistas, en cambio, el hombre ante todo existe, y las ideas son un producto de dicha realidad humana

A fuerza de buscar explicaciones, la ciencia roza con sus dedos lo esencial de los seres y los fenómenos naturales, con los ojos bien abiertos y henchidos de la capacidad del asombro, como si viera la vida con la mirada de un filósofo. Otras veces llega a ese mundo recoleto e intramuros de las esencias con la prepotencia y pedantería que le caracterizó en las últimas décadas. Unas veces nos enseña con sus fantasías admirables a teorizar sobre el mundo, las galaxias y el cosmos, a recubrirnos de algunas certezas y de algunos presupuestos, pero a descubrir al fin y al cabo su levedad y su armonía; con sus herramientas nos ha ayudado a transformar el entorno y los recursos naturales, y otras veces nos ha ayudado a destrozar las cosas y los seres.

Como dijo Rabelais, “Ciencia sin conciencia es la ruina del alma”, pero la nueva ciencia, aun en sus días más cotidianos, nos está ayudando a comprender con sus descubrimientos que tiene un sentido que se nos desvela cada vez como algo más profundo.

Así, la ciencia nos ha enseñado que la materia tiene más de espacio vacío que de masa compacta a medida que ha entrado en profundidad en los átomos. Golpeamos la madera o el metal y golpeamos espacio vacío, pero lo hacemos con los nudillos de los dedos, compuestos a su vez de átomos casi vacíos y vaporosos, pero que presentan un grado de vibración semejante.

No reconocemos la verdadera realidad de la materia, que es mas etérea de lo que parece, porque el mundo que nos rodea es un conjunto de átomos en vibración más o menos rápida que nos permite creer que la puerta es consistente y el vaso es duro, pero un solo átomo sutil como el fuego o como la vibración de una leve nota musical los pueden descomponer. El hombre percibe así como realidad lo que es ilusión, percibe que el piso es plano aunque tal vez sean átomos en vibración intensa y muy rápida en dos dimensiones, y lo percibe del mismo modo que necesita que sea plano para no caerse muy de prisa del árbol de materia y apariencia que cultivamos.

La ciencia nos ha enseñado, a pesar de que nos recuerda que hay cierto grado de incertidumbre para atrapar el mundo de lo infinitamente pequeño, que las pequeñas partículas que componen los átomos, los quarks, son las causantes de aromas y colores. Así, una vez más, lo material y lo etéreo, en los confines del mundo que conocemos, se dan la mano como suele hacerlo en los confines el “ser” y el “existir”.

También se ha descubierto que las células tienen conciencia de su posicionamiento en un tejido, de la función que deben realizar y de la que ejecutan las células colindantes para que ese minúsculo “sistema organizado” dé respuestas concretas ante lo imprevisto del medio. Con semejantes herramientas que nos aporta la ciencia, tampoco podemos mantener por mucho tiempo un excesivo culto a la casualidad.

Uno de los postulados fundamentales de la metafísica nos enseña que “todo ser contingente es causado”, es decir, todo ser que no define por sí mismo su creación, el momento en que ha de nacer o de morir, tiene su causa de ser en algo externo, y por tanto, es efecto de alguna causa.

Así, el universo que actualmente nos presenta la ciencia nos enseña que los planetas externos del sistema solar tienen los colores del arco iris;  tienen una posición que puede predeterminarse por las reglas de Titius-Bode, que tantas veces han ayudado a hallar un nuevo planeta en el lugar que se presuponía por dicho cálculo que debía estar; que tienen un tamaño y unas distancias al Sol que son múltiplos de una serie de números conocidos como “la gama pitagórica”, que son frecuencias musicales aún utilizadas para afinar instrumentos, y que tal vez podrían permitirnos algún día escuchar su armónico sonido.

Este universo ha de tener un sentido, y al igual que la porción más cercana a nosotros del universo hoy estudiado y conocido sabemos que se dirige físicamente hacia el Gran Atractor, en otro nivel ha de caminar hacia algún lugar. Las leyes que mueven lo grande y lo pequeño, tal como buscaba Einstein, han de ser las mismas. Pero, aunque no podamos llegar físicamente a sus confines más alejados, hemos de llegar allí con la fuerza de las analogías, del entendimiento. Al igual que la Tierra se halla protegida magnéticamente por los anillos de Van Hallen, hoy se sabe que nuestra galaxia se halla rodeada por un halo de hidrógeno con forma esférica, a modo de burbuja protectora.

Un segundo postulado fundamental de la metafísica nos dice que “Todo agente tiene un fin”, y así, cuando actúa lo hace por alguna necesidad o carencia, porque de no anhelar nada no se movería. Es de suponer, por lo tanto, que puesto que actuamos, tenemos un fin, al igual que lo ha de tener el universo, y lo ha de tener la misma ciencia.

Perder de vista los fines que se pretenden es algo que ha hecho también muchas veces la ciencia, complicada con experimentos dudosos, con armamentos y gases letales, con políticas interesadas y manipuladoras, que la han llevado a la cúspide del poder. También se ha visto en la necesidad de dar respuestas a todo, tanto si las tenía como si las suponía… Pero la ciencia ha de ir elevando gradualmente su conciencia, el nivel de sus fines, con una visión más filosófica, mas holística, más global, más humana.

Como decía el Prof. Fernando Schwarz, no basta con saber por qué salta un electrón a una capa superior a la que se halla al ser excitado por una energía externa equivalente a la diferencia energética de esas capas, sino saber ¿en qué me afecta ese conocimiento en mi vida?, ¿cómo aplicarlo?, ¿cómo puedo saltar a un nivel conciencial superior?, ¿qué energía hay que poner en juego para ello?, ¿cómo se puede propiciar un cambio profundo, un salto cualitativo propio y para la Humanidad, que no presente posteriores caídas, que sea sostenible? En fin, ¿cómo “ser” a la par que se “existe” y se reconocen en el quehacer científico tanto las leyes mecánicas como los motores ocultos que mueven al hombre, la Naturaleza y el mundo?

Pensar o ser pensados (I)

(ESTE ARTÍCULO DE RAMÓN SANCHIS FERRÁNDIZ QUE AQUÍ SE REPRODUCE, FUE PUBLICADO POR PRIMERA VEZ EN LA REVISTA ESFINGE, DE LA CUAL SE HA OBTENIDO AUTORIZACIÓN PARA SER REPRODUCIDO).

Las leyes de la mente

La mente es la herramienta más potente que posee el ser humano. Saber manejarla nos conduce a ser libres de pensamiento. Pero, ¿cómo luchar contra las ideas preconcebidas? ¿Pensamos o somos pensados?

Actualmente el conocimiento se transmite de un modo asequible. Estamos inmersos en un mundo racionalista que promueve una actitud intelectual ante la vida. Se ofrecen datos pero no siempre se enseña a discernir. La enseñanza de las leyes básicas de la vida no suele pertenecer a ninguna de las materias de estudio, y hasta la enseñanza de la filosofía se encuentra algo mecanizada y desgajada de la búsqueda total, ética y espiritual, que algún día fue.

El desarrollo de la mente se ha confundido con el desarrollo de la “capacidad mental”. Tener agilidad mental nos hace más listos pero no guarda relación con cualidades más altas, como el discernimiento. Por eso la agudeza mental es utilizada hoy en día para asaltar un banco o para defraudar al fisco, antes que para desarrollar grandes obras. Ayudar al desarrollo mental de una persona no es tan solo capacitarle mecánicamente para lograr algo sino además mostrarle el correcto encauzamiento de esa fuerza. Del mismo modo que aprender ciertas reglas matemáticas no siempre lleva al estudiante a entender la armonía del universo, discernir es una cualidad más elevada que una mera capacidad mecánica, y supone el aprendizaje para tomar el camino más correcto posible en la vida, el que menos dañe, el que nos haga más plenos y felices y nos lleve a las mayores cotas de evolución posibles.

Por ello, aunque se considera al cerebro idéntico a la mente, hay que distinguir entre el órgano físico, que es asiento o receptor de la mente, y la mente propiamente dicha, pues no son lo mismo.

Pensamientos sincronizados

Según concepciones de las culturas tradicionales, el cerebro es la estación receptora de las ondas mentales, las cuales se hallan rodeándonos como una atmósfera, del mismo modo que ocurre con un aparato receptor de ondas de radio. Así, los mensajes emitidos por la mente son independientes del receptor físico que conecta con una idea.

Estas ideas, que parecen flotar en el ambiente de un momento y una época, si no son alimentadas se desvanecen, y en cambio, cuando son repetidas y reforzadas por varias personas, parecen tomar consistencia, como si se asentaran con una forma y fuerza propia, de tal modo que perviven más allá de las personas que las concibieron en un principio. Las ideas, que parecen entidades que flotaran en la atmósfera mental, son “sintonizadas” por determinados sujetos, y así una misma idea puede ser concebida por varias personas al unísono.

Según esta concepción, el mundo mental es un mundo organizado, compuesto de “átomos mentales”. De ahí que se considere que un pensamiento toma “forma y consistencia” en la medida en que se le añade energía mental al mismo.

¿Cuántas veces hemos pensado en una persona largo tiempo ausente y al día siguiente la encontramos de nuevo? ¿Cuántas veces recordamos a una persona que vive a cientos de kilómetros, y a las horas nos llama por teléfono? ¿Cómo supo que la llamábamos mentalmente? ¿Cuántas veces dichos efectos son casi instantáneos? En otros casos, hemos ido a hablar con una persona y el tema que surgió en el transcurso de una conversación, nos cambió la vida. ¿Casualidad? ¿Destino? ¿Rutas de pensamiento prefijadas o transmisiones de ideas que cambian según sean nuestros impulsos mentales irradiados al ambiente? ¿Existe un mundo casual o un hilo conductor que traza el camino invisible que nos espera y reclama, como una invitación a hallarnos a nosotros mismos?

Las ideas que nos venden

El mundo mental tiene formas variadas porque tiene cierta consistencia, y se conforma con átomos mentales que dan cuerpo a las ideas, que son como líneas de fuerza alrededor de las cuales se crea una estructura mental. Las ideas actúan como líneas creativas invisibles, trazan el diseño mental, y cuando esas ideas van tomando cuerpo se decantan del mundo de lo receptivo al de la plasmación, y la materia mental se aglutina en torno a ellas, tal como las partículas eléctricas siguen las líneas de fuerza de potencial de un campo magnético.

Cuando lanzamos un pensamiento al ambiente que nos rodea, puede ser captado por otros, de tal modo que entre todos creamos la atmósfera mental y colectiva que nos circunda. Los pensamientos egoístas irán tomando cuerpo y plasmando una atmósfera gris y pesada; en cambio los pensamientos nobles, heroicos o altruistas ayudarán a que las mentes que los captan vibren en sintonía con sus mejores estados de conciencia.

Es entonces nuestra responsabilidad frenar en nosotros las ideas que juzgamos negativas, y no darles asiento ni consistencia mental en nuestra propia atmósfera individual de pensamiento. Es importante no lanzar más ideas negativas a la atmósfera mental colectiva, pues podrían ser captadas, amplificadas y recreadas por otras personas que las seguirán alimentando y engrosando.

A modo de ejemplo: en nuestro tiempo, las novelas o películas de violencia, o de formas de robo sofisticadas, mostradas como una loable astucia mental, o el culto que se hace a personajes ególatras o paranoicos que se llegan a tomar por héroes, han desplazado a las biografías de los grandes hombres y mujeres, bajo la excusa de que no venden. ¿No serán fruto de intereses de grandes multinacionales que no buscan tan sólo dinero, sino poder e influencia social, unificar conciencias para crear un ejército de seguidores movidos por la igualdad de sus encefalogramas planos? ¿Acaso no hemos aprendido de la historia cómo suelen ser cabalgados los movimientos sociales, y cómo son utilizadas las búsquedas bienintencionadas de paz y de un mundo mejor, y cómo se venden libros a su costa sobre las nuevas ideas seudofilosóficas u orientalizantes? ¿No habrá alguien detrás de la profusión de zafios programas de TV vacíos que recrean la disputa entre personajes de dudosa calidad humana o utilizan el sexo como único reclamo de audiencia? ¿Quién decide que siempre se roce el nivel más bajo posible? ¿No habrá al menos un punto medio, en el que se supone que se halla la virtud?

Ideas enlatadas

El pensamiento se satisface a sí mismo y se estanca cuando se cree suficiente, cuando cree haber alcanzado un tope, lo que nos lleva a una parálisis en el aprendizaje.

La mente se apoya para conformar nuevas ideas en otras anteriores, aunque algunas ideas preexistentes cristalizan en nosotros, se tornan rígidas, pierden frescura y se convierten en esquemas mentales. Se enreda entonces la mente con los propios esquemas de pensamiento, se encasilla en unas frases hechas, en ideas enlatadas previamente que nos restan frescura, en frases resueltas a priori como un alimento precocinado, que merman la capacidad de reflexión a fuerza de repetirse una idea constantemente y convertirse, con el tiempo, en hábito mental.

A modo de ejemplo, solemos decir: “el dinero no da la felicidad pero ayuda a conseguirla”, pero con el paso de los años llegamos a creer que sin él no podremos ser nada, sin darnos cuenta de que las circunstancias que nos rodean siempre serán cambiantes, pues por propia definición serán circunstanciales, y los cambios procuran, en el fondo, mayor avance humano que los estatismos abúlicos.

Otros dirán: “cómo no me he casado yo a mis treinta años… no es posible que esto me ocurra a mí”, o bien que una vida que ha alcanzado su plenitud pasa necesariamente por tener una casa propia en el campo, próxima a la ciudad, y un buen automóvil de la mejor marca posible en la puerta.

En general ocurre que a fuerza de repetirnos ciertas ideas, que creemos válidas para todos, creamos “corrientes de pensamiento” que exportamos a los demás, y con el tiempo acaban conformándose en la inicial plasticidad mental surcos que llamamos “mentalidades”, que a modo de raíles fijos llevan a las personas en el sentido “conveniente”. Así, en Europa actualmente los antropólogos reconocen ocho grandes mentalidades que se repiten como grandes tipologías de pensamiento en las cuales parece que encajamos unos y otros.

Se crean entonces líneas de pensamiento convenientes o correctas para una sociedad, y todo lo que se aparta de ello se rechaza, se excluye, se acaba persiguiendo bajo el rótulo de “raro”, sin reconocer que se excluye por falta personal de tolerancia.

El hombre acaba siendo atrapado por las propias corrientes de pensamiento que a modo de “formas mentales” van tomando cuerpo, asentándose en nuestra sociedad y creando un programa cultural del cual es difícil zafarse, por la propia presión familiar, mediática y endocultural.

Libertad de pensamiento

Salir a la luz de un pensamiento libre es entonces una labor ardua, propia de quien busca un programa individual de conducta, como si el efecto invernadero no fuera tan solo físico sino que alcanzara a crearse una nube de pensamientos previos, de ideas hechas, de conductas aprobadas o reprobables cargadas de trabajados aprioris que no tienen mayor fundamento que las costumbres sociales, poco reflexivas a veces, que son patrones de conducta útiles para adormecidas conciencias y receptivas mentalidades.

Lo dicho anteriormente ocurre en la medida en que el hombre refleja el medio convirtiéndose en un “hombre espejo”. El hombre es más permeable mentalmente en la medida en que atiende tan sólo hacia el exterior, por la falta de una verdadera solidez mental, y acaba reflejando las ideas y actitudes de otros. En una etapa adolescente este modo de aprehender las ideas de otros va conformando la estructura del propio edificio mental, pero con el tiempo esas ropas ajadas tendrán que dejarse a un lado y construir la propia vestimenta de pensamiento.

Hay, en fin, que trabajarse, que educar el propio carácter, y consolidarse alrededor de unas ideas principales, las cuales, a modo de núcleo, aglutinarán otras más cambiantes y superficiales, que han de someterse siempre a revisión antes de integrarlas en la propia estructura de pensamiento.

Cuanto más reflejamos el entorno mental, menos consistencia propia logramos, y navegamos en la superficie del pensamiento que podríamos alcanzar. A la inversa, también es notorio que quien es más superficial, menos ideas propias elabora y más se apoya en las ideas que le circundan, y más se descubren en su conversación los últimos titulares de los periódicos, los razonamientos del último programa de TV de mayor audiencia, y suelen desconocer lo que es un buen libro y una buena música y no mero ruido, porque desgraciadamente hay una ausencia de un programa cultural propio, de un programa de desarrollo trazado por sí mismo.

Tal vez algún día aprendamos a comprender a los seres humanos tan bien como hemos aprendido a reconocer nuestro medio físico, pues nos es incluso más importante. Cuando en una persona hay una gran carestía de pensamiento o es muy permeable, se asemeja a un terreno muy árido o arenoso que no retiene el agua, y se pueden observar y medir fácilmente el grado de saturación acuosa que tiene. En cambio, un buen terreno de labor, que no debe ser ni poco ni demasiado permeable, admite agua, pero la retiene e integra en su estructura manteniendo un grado de humedad constante. En el primer caso citado, la labor de pensar es algo que nos resulta ajeno, y el agua de vida que son las ideas no son asimiladas, reelaboradas e integradas en nuestra estructura mental.