Signos y símbolos, de Vladimir Nabokov.

La vida sencilla de un matrimonio ruso que emigra a América constituye un relato soberbio en manos de Nabokov. Su hijo se encuentra en un sanatorio, aquejado de una dolencia extraña: «manía referencial». Cuando van a visitarlo, una enfermera se lo impide, aduciendo que su hijo ha tratado de suicidarse. Regresan a su casa, bajo la lluvia, repitiéndose que deben sacarlo de aquel lugar. Esta decisión parece devolverles un poco de luz a sus vidas. Pero unas llamadas de teléfono, de alguien desconocido, nos dejan un final de relato abierto… De este modo, el lector puede imaginar como cambiarían sus vidas si lograran llevar a su hijo a casa, o bien, especular sobre la procedencia de las llamadas telefónicas. ¿Se trata de una equivocación o alguien pretende comunicarles que el hijo se ha suicidado y la madre simula ante el marido que se han equivocado de número?
Nabokov no sustenta la fuerza narrativa en directas y detalladas descripciones de sus personajes, sino en el modo en que va tejiendo su atmosfera psicológica, mostrándonos sus actitudes ante la vida, preocupaciones y miedos.
El autor se descubre aquí como un gran narrador, capaz de recrear la frustración y la impotencia de los inmigrantes: su desconfianza con respecto a lo que les rodea, su aislamiento y soledad, ese modo de asumir que nunca serán considerados como ciudadanos de igual a igual. En Signos y símbolos, un matrimonio ruso de avanzada edad se encuentra ante un país desconocido que no entienden bien, enfrentados a situaciones que no saben resolver, como la enfermedad del hijo, lo cual provoca en ellos una sensación de impotencia y amargura.  Tal ocurre, cuando en el sanatorio no se les deja ver y acompañar a su hijo que ha intentado suicidarse. Un sanatorio «en el que las cosas se extraviaban o se traspapelaban tan fácilmente» que no se atreven a dejar allí ni el regalo de cumpleaños el hijo. Tal vez ellos ya no pueden decidir sobre la vida del hijo, pues tal como se apunta en el relato, esto ocurriría «¡si el interés que provoca [el hijo] estuviera tan solo limitado a su entorno inmediato! Pero lamentablemente no es así», porque su caso, «había sido objeto de un estudio muy elaborado en una revista científica».
El título. Signos y símbolos:
El título, que en manos de un buen escritor siempre aporta sentido al relato, ya nos predispone a encontrar signos y símbolos.  Es decir: signos que a modo de emblemas nos muestran una realidad social, aportándonos la visión temporal que es propia de una cultura, elementos que son utilizados de modo convencional para comunicarnos… y símbolos que actúan como cofres que encierran verdades más profundas, psicológicas o míticas. En realidad, todo gran autor añade a sus textos un nivel simbólico, subyacente, oculto a primera vista, en donde trasmite un contenido emocional, profundamente vivencial.
El propio Nabokov afirmará que algunos de sus relatos, citando el texto que nos ocupa, «se caracterizan por tener “una historia secundaria (principal) entretejida dentro, o puesta detrás de otra superficial, semitransparente”».
A modo de ejemplo, cuando el matrimonio espera en la parada de autobús para ir al sanatorio, la mujer observa que «bajo un árbol que goteaba lluvia y se mecía al viento, había un diminuto pájaro medio muerto que se debatía sin plumas e indefenso en un charco tratando de alzar el vuelo», lo cual es un símbolo profundo, un claro ejemplo de «sincronicidad», a la par que premonición maternal de lo que le ocurre en ese momento al hijo que está a punto de morir.
Considero también como simbólico que el autor no cite el nombre propio de los tres personajes principales (la tríada formada por padre, madre e hijo), cuando sí se da nombra a algunos personajes secundarios (Isaac, la tía Rosa, Rebeca Borisovna, Elsa…), aquellos que en cambio sirven de teloneros de la escena, lo cual nos indica que se trata de un relato con personajes genéricos. Son personajes tipo que reflejan las condiciones del inmigrante en aquella sociedad.
Y hay otros signos que aparecen a lo largo de todo el relato para dar sustento a este relato simbólico: los días grises, el color negro de los vestidos de ella, la lluvia intensa, el árbol de ramas desnudo, el paraguas y la marquesina del autobús que les sirven de cobijo… Y otros signos y símbolos más complejos, como la bajada al metro, viaje a través del submundo en donde se encuentran con la realidad de la vida, de la gente, con casos desdichados que provocan «compasión y asombro»; el corte de fluido eléctrico en el metro, un viernes en que todo se tuerce (cuando el día viernes, relacionado con Venus, la diosa del amor, debía ser día de alegría y felicidad). Y los tarros de mermelada… donde cabe preguntarse al respecto: ¿por qué se relaciona en el relato la última llamada telefónica con la fruta de la manzana? ¿Es por su significado bíblico como conocimiento del bien y del mal? ¿Es la última llamada la que debía aportarnos la clave de este relato?
Pero Nabokov mismo viene a salvarnos de caer en una exagerada visión simbolista. De hecho, cuando se refiere a la enfermedad del hijo, «la manía referencial», en el relato se dirá que «los árboles, que gesticulan en la oscuridad (…) las piedras, las manchas y también los rayos del sol forman esquemas y cuadros que representan de un modo obsesionante y espantoso mensajes que él debe interceptar. Todo es una cifra y él constituye el tema de todo». Todos los objetos y seres parecen dispuestos a atacarle, a lincharle y tienen opinión sobre su persona, por ello «no puede bajar la guardia y debe dedicar cada minuto y cada módulo de su vida a descifrar las ondas de las cosas». Lo cual nos hace pensar que, más allá de la historia principal que subyace bajo el relato superficial, de esas grandes líneas simbólicas que encierra, no podemos caer tampoco en la «enfermedad» de creer que todas las cosas nos hablan, nos acechan con sus significados, a riesgo de una locura intelectual, desenfocada y absurda.  
Los personajes:
El matrimonio, que vive en un humilde piso de dos habitaciones, situado en una tercera planta sin ascensor, ha emigrado desde Rusia a causa de la revolución. 
La mujer, a diferencia de otras mujeres de su edad, mantiene un buen aspecto y puede mostrar su rostro desnudo, sin aditamentos. Recuerda con añoranza su tierra y el paso por diversas ciudades, Minsk, Berlín, Leipzig, hasta recalar en el sueño americano. Cuando el marido se acuesta —mascando su disgusto y frustración—, ella se entretiene tirando las cartas (acaso buscando interpretación sobre el futuro en el juego de azar), observando las fotos del álbum de familia. Mira con detenimiento la evolución del hijo ahora enfermo, sus primeros dibujos, el colegio especial, la neumonía, cuando ya empezaba a crear en su mente fobias y quiméricas ilusiones sin sentido, a temer a cualquier animal u objeto; a la tía Rosa, la cual había vivido toda suerte de zozobras «hasta que los alemanes la enviaron a la muerte, junto con toda la gente de la que se había preocupado. 
El relato, que adopta un narrador omnisciente (escrito en tercera persona, aunque tomando un punto de vista muy cercano a los personajes), dibuja con maestría la sensación de resignada fortaleza ante los duros embates de la vida. «Esto y mucho más, ella lo aceptaba, porque vivir no era sino la aceptación de la perdida de una alegría tras otra, en su caso ni siquiera se trataba de alegrías, meras posibilidades de progreso». En suma, la madre que permanece en vela, representa la vigilancia interior de aquel que quiere ver en la oscuridad de la noche, en la oscuridad de los acontecimientos que atraviesan; ella es esperanzada resignación y fortaleza callada.
El marido, venido a menos ahora, había sido un gran empresario en su país, sin embargo, «dependía ahora por completo de la ayuda de su hermano Isaac, un verdadero americano desde hacía cuarenta años». Su dentadura postiza es un signo de vejez, pero es también un símbolo freudiano típico, que representa a quien ha perdido la capacidad de “masticar por sí mismo”, de alimentarse con sus propios medios (“de comerse el mundo”, como se diría en argot actual), en clara alusión a la dependencia económica que tienen de su hermano Isaac, «El príncipe» (¿quizá porque se percibe a sí mismo como un mendigo?). Según la visión que de él nos ofrece su mujer, se nos muestra abatido por el peso de los años, las expectativas y esperanzas frustradas en uno y otro país, la imposibilidad de medrar en ese nuevo país, y sobre todo, ante los hechos y circunstancias que viven con la enfermedad de sus hijo. Aparece en el relato más envejecido que ella (ya sea real o psicológicamente) y la mujer «que contemplaba las manos ya viejas de su marido (las venas hinchadas, la piel con manchas pardas), cerradas y crispadas en torno al mango del paraguas, ella sentía la presión creciente de las lágrimas». El trata de mantener el paraguas bien aferrado para protegerla (como símbolo de protección, elemento que les cobija de las inclemencias, y también, de la firmeza que él pretende, de la estabilidad familiar que ha de mantener, del eje vertical en el que trata de mantenerse). Sin embargo, dirá hacia el final del relato que no puede dormir «porque me estoy muriendo», porque necesita sacar al hijo de aquel sanatorio y vencer su impotencia, porque se siente frustrado como padre y en cierto modo culpable por la dejación de su responsabilidad: «Tenemos que sacarlo de allí a toda prisa. De otra manera seremos responsables de lo que pase. ¡Responsables!».
El hijo, al que no se nos muestra directamente, pero que conocemos por lo que cuentan los padres, es el vórtice o centro oculto alrededor del cual gira todo el relato, pues condiciona la vida de sus progenitores. Perdido en su mundo de abstracciones, atacado «por gigantes invisibles que herían a su niño de maneras inimaginables» el hijo había intentado suicidarse «porque lo que realmente quería hacer era abrir un agujero en su mundo y escapar».
Los apartados del relato:
El relato se halla dividido en tres partes. En la primera, se nos presenta a los tres personajes principales y se nos plantea la situación de la enfermedad del hijo y su intento de suicidio. En la segunda: es el retorno al hogar sin la presencia del hijo, es la fase en donde analizan su vida, repasan los recuerdos, momentos de disgusto, abatimiento e impotencia. Es su propia bajada a los infiernos. Por ello se dirá al respecto: «Pensó en las infinitas olas de dolor que por una u otra razón habían tenido que soportar ella y su marido». En la tercera: en donde retorna el humor y la esperanza a sus vidas cuando deciden rescatar al hijo del sanatorio y hacen planes de futuro.
En suma, un relato profundo, cargado de contenidos, capaz de deleitar por sus palabras y de plantearnos eternas cuestiones que afectan al comportamiento humano.    

 

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