“Mujeres que compran flores”, de Vanessa Montfort (Reseña lit.)

El viernes 12 de mayo de 2017, a las 20h, la autora Vanessa Montfort presenta su maravilloso libro “Mujeres que compran flores” en el Centro Imaginalia, en una actividad organizada por el Foro Literario de El libro Durmiente. Se adjunta el enlace con la Reseña del libro…

9 Mayo, 2017Reseña realizada por Ramón Sanchis:
Editorial: Plaza y Janés. Penguin Random House Grupo Editorial, S.A.U. ISBN: 978-84-01-01730-8;    DEP.LEGAL: B-15.457-2016. Páginas: 445 páginas.   Año: 2016.
Vanessa Montfort, es una escritora al alza que se encarama a los primeros lugares del panorama literario español, indefectiblemente, con pasos firmes, reclamando aquello que merece por derecho propio. Su modo de escribir aporta sensibilidad, frescura, introspección psicológica, imaginación, humor, un análisis de la condición humana que no elude dar opiniones valientes sobre la realidad de nuestro mundo, aportando a cambio, una visión ética, cargada de un idealismo pragmático y sincero.
El libro que comentamos, Mujeres que compran flores, presenta de un modo magistral la vida de cinco mujeres que giran en torno a Olivia, una dama enigmática y fascinante que regenta la floristería El jardín del Ángel, en pleno Barrio de las Letras de Madrid. A través de esta obra, su autora nos presenta distintos aspectos o categorías de la psicología femenina, y por contraparte, la de otros tantos tipos de hombres con los que ellas se relacionan.
La protagonista de la historia, Marina, tras la muerte de su marido, decide mudarse al barrio en que vivieron los grandes literatos españoles, cerca de la floristería. Cuando ella asoma por la tienda, Olivia decide tomarla como ayudante… Y a la par que Marina descubre el carácter y los problemas personales de las diversas mujeres que compran flores, comienza a restañar sus heridas. No en vano dirá Olivia… “a mí siempre me gustaron las personas con cicatrices”.
Al igual que el proceso que sigue la crisálida para dar lugar a la efímera belleza de una mariposa, Marina, acostumbrada a vivir como “copiloto” de su marido, irá afirmando su carácter, desarrollando su nobleza y fuerza interior, aprendiendo a gobernar su vida, integrándose en un grupo de amigas que a la postre serán inseparables, cuyas transformaciones humanas discurrirán en paralelo.
Varias mujeres, frecuentan la singular floristería que antaño fue cementerio y en la cual fueron enterrados personajes ilustres. Todas ellas tienen una vida incompleta, arrastran frustraciones y complejos, miedos e insatisfacciones… Pero todas se solazan en la tranquilidad de su trastienda y sus parterres, se arrellanan bajo las ramas de su olivo centenario, encontrando la protección de Olivia —esa hada madrina que parece tener la misión de ayudar siempre a los demás—. Ella las reúne y reconduce, las apoya y anima, insuflándoles sueños e ideales. Les recordará que el tiempo no espera, que las decisiones son perentorias, pues “el miedo conduce a la inmovilidad”. “El mundo necesita más Quijotes”, dirá Olivia, pues “Vivir es una tarea urgente” en la que convine “no dejar de soñar”.
Marina, viéndose reflejada en el comportamiento de aquellas mujeres, irá reconociendo sus propias limitaciones y carencias como persona. Pronto relativizará su dolor, enfrentando sus fantasmas y miedos, a fin de reconstruir su maltrecha personalidad. Con el paso del tiempo, de la mano de Olivia  descubrirá el lenguaje simbólico de las flores, ese saber perdido con el que las personas se transmiten mensajes secretos y buenos deseos, aprendiendo a leer en el corazón de los demás los sentimientos y estados de ánimo que nunca muestran, sus angustias y necesidades, a fin de ayudarles en su torpe caminar. De este modo, Marina, recogerá el testigo de Olivia, “porque el idealismo es contagioso”, aprendiendo a conducirse a sí misma y a ofrecer apoyo a quien lo precise.
Finalmente, se embarcará ella sola en un velero para cumplir una promesa hecha a su marido. En el imprevisible mar Mediterráneo, afrontará peligros, sentirá el embate de la tormenta, la angustia de la niebla y las diversas corrientes marinas en puja, para resurgir renovada tras su prueba iniciática, al igual que un Ulises que partiera en busca del ignoto occidente, de su Jardín de las Hespérides.
En esta y en otras obras anteriores, Vanessa Montfort ha demostrado que maneja como nadie los recursos y herramientas del buen escritor: una trama muy bien estructurada, que se desarrolla con intensidad creciente, manteniendo la intriga y la atmósfera de misterio; personajes intensos, bien delineados, con perfiles psicológicos descritos con maestría, que evolucionan a lo largo de la narración al compás de los sucesos… personajes creíbles, en los cuales, muchos lectores reconocerán verdaderos prototipos humanos; la intensidad de la acción y los diálogos inteligentes; el ritmo, la belleza y la calidez de la narración, las imágenes poéticas, la musicalidad de las palabras, siempre bien elegidas y certeras, junto a una profundidad reflexiva en sus máximas, ideas y observaciones, que aportan, no uno, sino muchos mensajes al lector.
En suma, una novela recomendable, brillante, entretenida, inteligente, de gran calidad literaria, que añade un nuevo eslabón a la cadena dorada que conforma la trayectoria de Vanessa Montfort.
La autora: Nacida en Barcelona (1975), aunque afincada en Madrid desde su infancia, es licenciada en Ciencias de la información, novelista y dramaturga. Esta es su cuarta novela, alcanzando en dos de ellas el Premio Internacional Ateneo de Sevilla, tanto en modalidad juvenil (con El ingrediente secreto en 2006), como en la de adultos (con Mitología de Nueva York, en 2010). Ya desde su etapa universitaria, dirigió tres obras de teatro, siendo invitada posteriormente a los cursos de la Royal Court Teatre en Londres. Ha escrito la primera versión teatral de La Regenta y el monólogo musical Sirena negra. Ha recibido dos encargos internacionales de obras teatrales, Chalk Land, y Balboa. Pertenece al colectivo artístico llamado Hijos de Mary Shelley, creado por Fernando Marías, y ha participado en la producción de la película Nuestros amantes, de M.Ángel  Lamata. Su obra narrativa y teatral figura en numerosas antologías y ha sido traducida a varios idiomas. Acumula ya varios premios relevantes: Premio Nacional Cultura Viva 2009, al autor revelación del año; la Orden de los Descubridores (de la Univers. St. John´s de Nueva York) y los citados Premios Ateneo de Sevilla.

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Herramientas del escritor (VIII): “Mostrar” antes que “decir”.

(Extracto del libro “El Arte de ser escritor”, de Ramón Sanchis, publicado en Librando Mundos).

VIII. “Mostrar” antes que “decir”.

Decir que “la tarde era agradable” o “el tiempo era suave”, que “nuestro guía estaba enfurecido” o “aquellas ruinas eran horrorosas”, son frases que no muestran la realidad de lo que sucede; “explican” en un tono de veredicto lo que ocurre o sienten los personajes, pero no “muestran” en detalle su realidad psicológica, ni perfilan el entorno en que se encuentran. Son frases genéricas, tópicos que se utilizan a menudo, pero que no construyen verdaderos relatos.

El escritor avezado no se limita a “decir” aquello que sucede, sino que se recrea en “mostrar” los detalles ocultos que permiten al lector comprender la profundidad de las situaciones que se narran. Porque el lector inteligente prefiere descubrir la historia y no que se la cuenten ya resuelta, como si la narrara una voz en off, aséptica y fría. A menudo, los matices ocultos que se encierran en cada historia y en sus personajes, los gestos y muecas imperceptibles, los sueños contenidos y las emociones sofocadas, indican tanto más sobre aquello que sucede que lo mencionado en una frase demasiado evidente.

Cuando el escritor “muestra” aquello que sucede en vez de “explicarlo”, el lector puede “percibir” la historia por sí mismo. Esta técnica, se utiliza en el cine cuando la cámara nos presenta una escena, por ejemplo, de alguien que espera en una vieja estación de tren, y se detiene en pequeños detalles:

las manecillas de un reloj que se acerca a las doce, el vendedor de periódicos que vocea su mercancía, el silbido de un tren que suena a lo lejos, los avisos insistentes de la megafonía y las manos que pajarean en el aire su triste despedida; los ojos extraviados que leen una carta, la mano huesuda que repiquetea sobre el mármol blanco de la mesa, que aprieta una taza y se recompone el cabello una y otra vez; el barman que limpia con parsimonia la barra y tararea una canción de Glen Miller, un reloj que no avanza, el mobiliario de madera añeja, los ojos tristes que releen de nuevo la misiva, las lágrimas que afloran, y se escapan…”.

Por ello, el verdadero escritor construye “escenas visuales”, describe lo que sucede tal como si pintara un cuadro, solazándose en los detalles, en los gestos y las actitudes, en el entorno y la realidad social… En suma, creando un cuadro con paisaje de fondo, lleno de vida, tal como hicieran los pintores miniaturistas flamencos, y no un retrato inmóvil, frío y aséptico.

Todo ello se logra combinando los factores que se citan a continuación:

  1. El uso de los cinco sentidos en las descripciones:

Una de las herramientas más eficaces que dispone un escritor es la utilización de los cinco sentidos en las descripciones. Mostrar aquello que se percibe con los sentidos, evoca en la imaginación del lector un universo de sensaciones inspiradoras que le traen recuerdos personales y cotidianos. Incluir aromas, colores, sonidos, texturas y sabores en una narración, permite el lector “sentir” aquello que se le muestra.

La ciudad está dormida y acariciada por la música de sus románticos ríos…
El color es plata y verde oscuro… y la sierra besada por la luna, es una turquesa inmensa. La niebla está saliendo de las aguas y agrandando el paisaje. Los cipreses están despiertos y moviéndose lánguidos inciensan la atmósfera… y el viento convierte en órgano a Granada, sirviéndole de tubos sus calles estrechas… El Albayzín tiene sonidos vagos y apasionados y está envuelto en oropeles suaves de luz oscura… Sus casas tristes y soñadoras que mueve la niebla, parece que quieren contarnos algo de lo mucho grande que miraron… La vega es acero y polvo gris, nada se oye que retumbe en el silencio… el río de oro gime al perderse por el túnel absurdo… el espejo del Generalife corre a desposarse con su novio el Genil… Sobre las torres cobre y bronce de la Alhambra flota el espíritu de Zorrilla. El viento tiembla y el bosque tiene sonidos metálicos y de violonchelos, las esquilas de los conventos están llorando lágrimas de hierro y castidad… La campana de la Vela está diciendo una melodía tan grave y augusta, que los cipreses y los rosales tiemblan nerviosamente”. (Fantasía simbólica. Federico García Lorca).
  1. El uso de las imágenes y los colores:

Insertar imágenes poéticas, cargadas de colorido, torna más visuales los textos. Las metonimias, metáforas, símiles y analogías, dibujan en la mente del lector otra realidad paralela, más bella y sugerente:

Allí sobre el mar, de un amarillo aceitoso cerca de la costa y un verde vítreo en la lejanía, una vela transitaba sobre las aguas como un cadáver amortajado…”. (Extracto de Cuentos, del escritor Isaac Bashevis Singer).
“Caminaba así a través de una comarca de fuentes y jardines, contemplando los bueyes que recorrían los fértiles barbechos alargando sus cuellos robustos bajo el yugo opresor; la tierra feraz brotaba y se enrollaba en largas olas suaves detrás del arado, y el labrador apoyaba los dos pies en la reja para hacer más profundo el surco. Entre las palmeras, burbujeantes arroyos murmuraban, y la tierra gozosa bordaba sus márgenes de balsaminas y toronjiles de hojas barbadas. (La luz de Asia. Arnold Edwin).

Hoy en día, sabemos por la ciencia, que aquello que se observa con la imaginación es registrado por el cerebro como si lo hubiéramos vivido, pues la conciencia no halla diferencia entre lo real y la ficción, como tampoco la encuentra entre la vigilia y el sueño. Así mismo, los colores tienen una influencia determinada en aquel que los observa, porque tras su aspecto físico encierran un componente psicológico, provocan sensaciones y despiertan estímulos, pues sabemos, por ejemplo, que el color naranja aporta energía y el rosa apacigua, el color verde transmite esperanza e ilusión y el amarillo alegría, etcétera. De este modo, el escritor influye mediante las imágenes y el colorido en la percepción que tienen de la realidad los lectores. Tal vez por ello afirmaba  Petrarca que… “los ojos abren camino al corazón”.

Veamos el colorido texto que nos ofrece Alejo Carpentier sobre el carnaval veneciano:

“…entre los difuminios de acuarela muy lavada que desdibujaban el contorno de las iglesias y palacios, con una humedad que se definía en tonos de alga sobre las escalinatas y los atracaderos, en llovidos reflejos sobre el embaldosado de las plazas, en brumosas manchas puestas a lo largo de las paredes lamidas por pequeñas olas silenciosas; entre evanescencias, sordinas, luces ocres y tristezas de moho a la sombra de los puentes abiertos sobre la quietud de los canales; al pie de los cipreses que eran como árboles apenas esbozados; entre grisuras, opalescencias, matices crepusculares, sanguinas apagadas, humos de un azul pastel, había estallado el carnaval, el gran carnaval de Epifanía, en amarillo naranja y amarillo mandarina, en amarillo canario y en verde de rana, en rojo granate, rojo de petirrojo, rojo de cajas chinas, trajes ajedrezados en añil, y azafrán, moñas y escarapelas, listado de caramelos y palo de barbería, bicornios y plumajes, tornasol de sedas metido en turbamulta de rasos y cintajos, turquerías y mamarrachos, con tal estrépito de címbalos y matracas, de tambores, panderos y cornetas, que todas las palomas de la ciudad, en un solo vuelo que por segundos ennegreció el firmamento, huyeron hacia orillas lejanas…”. (Concierto barroco. Alejo Carpentier).
  1. Los diálogos atrevidos e inteligentes:

Aunque los diálogos tienen la finalidad de “expresar” aquello que hablan los personajes, su verdadero poder estriba en “mostrar” sus gestos y actitudes, su carácter, cultura y perfil social, sus emociones, creencias o ideales. Las voces de los diálogos muestran a los personajes tal cual son, burdos e indolentes, zafios o ruines.

Por tal motivo, los diálogos no pueden servir de relleno en un relato, ni perderse en conversaciones vanas que no impulsen el avance de la acción. El buen escritor, construye diálogos inteligentes y atrevidos, punzantes e irónicos, sensibles y reflexivos, y en suma, cargados de profundidad. Ellos se dirigen hacia su fin sin titubeos, de un modo directo, añadiendo siempre un factor sorpresa que les confiere en una aureola de misterio.

Veamos un ejemplo sacado del libro El caso de Harry Queberck, de Jöel Dicker:

“Me miró y me agarró por los hombros:
—Han pasado años desde que nos conocimos. Ha cambiado usted mucho, se ha convertido en un hombre. Estoy deseando leer su primer libro.
Nos miramos fijamente durante un momento y añadió:
—En el fondo, ¿por qué quiere usted escribir, Marcus?
—No tengo ni idea.
—Eso no es una respuesta. ¿Por qué escribe usted?
—Porque lo llevo en la sangre… Y cuando me levanto por la mañana, es la primera cosa que me viene a la mente. Es todo lo que puedo decir. ¿Y usted, por qué se convirtió en escritor, Harry?
—Porque escribir dio un sentido a mi vida. Por si no se ha dado cuenta todavía, la vida, en términos generales, no tiene sentido. Salvo si se esfuerza usted en dárselo y lucha cada día que Dios nos da para llegar a ese fin. Tiene usted talento, Marcus: dele sentido a su vida, que el viento de la victoria haga ondear su nombre. Ser escritor es estar vivo.
—¿Y si no lo consigo?
—Lo conseguirá. Será difícil pero lo conseguirá. El día en el que escribir dé un sentido a su vida, será un verdadero escritor. Hasta entonces, sobre todo, no tenga miedo de caer”.

Herramientas del escritor (V): el diseño de los personajes.

 

5. Diseñar personajes auténticos, poderosos y convincentes:

En sus 8 reglas para escribir ficción, el escritor americano Kurt Vonnegut aconseja:

“Dale al lector al menos un personaje con el que él o ella se pueda identificar”.

images_10Porque los personajes son la pieza fundamental e ineludible de cualquier narración. Ellos han de ocupar el centro de la escena, tomándola por derecho propio; deben actuar, sentir, llorar y reír, con la mayor intensidad posible, como si quisieran aferrarse a la vida con dentellada fiera, temiendo un final agónico o una vida efímera. El narrador, a menudo proyecta sobre ellos la pujanza de sus emociones, su ternura y calidez, la angustia de sus momentos más tristes y punzantes, toda la fuerza de su temperamento, de sus creencias y convicciones. Les transfiere la vida que corre por sus venas, como si se tratara de sus propios hijos, a los cuales desea alumbrar con todo su esfuerzo y dedicación. Porque ellos son el legado de los sueños más profundos del escritor, de la vida que no ha vivido, de los anhelos que se quedaron en el camino, pues todos los mundos posibles que nunca fueron, pueden resucitar en manos de los personajes que él alienta.

Un escritor podrá crear personajes poderosos, vibrantes, esforzados, que no conozcan los tiempos muertos ni se rindan ante ninguna adversidad, o bien, pusilánimes, melancólicos, egoístas, intrigantes, pero sobre todo han de ser creíbles y auténticos. En realidad, los relatos admiten cualquier tipo de personaje, pero los grandes escritores no; ellos tan solo apadrinan a los que logran tener vida propia.

Entonces, hay que recomendarle a todo aprendiz de escritor que escuche aquello que tienen que decirle los personajes y permita que se expresen con su voz; ha de dejarles relatar sus conflictos, sus miserias y bondades, ayudándoles a descubrir sus propios miedos —que no han de ser los suyos—, conduciéndolos, tan solo, a donde necesitan ir.

Al respecto –aunque se refiera al cuento— aconseja Horacio Quiroga en su Decálogo para escritores:

“Cuenta como si el relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. No de otro modo se obtiene la vida en el cuento”.

Ramón Sanchis Ferrándiz ©

El fondo y la forma. Tema para Taller de Lectura.

 

Escrito por Raysan el 05 de abril de 2014 como Tema del Taller de Lectura que dicta en FNAC-Bulevar de Alicante.

“Las palabras no alcanzan cuando lo que hay que decir desborda el alma”.       Julio Cortázar.

Julio Cortazar_03

De igual modo que en un ser vivo sus órganos vitales quedan resguardados por la membrana exterior que lo recubre y protege, ya sea un caparazón o una piel escamosa, en todo ser humano reconocemos un aspecto exterior y otro interior. Cuando Aristóteles concibió los conceptos de “la sustancia”  y “la forma”, comenzamos a separar dos aspectos que componían una misma realidad. Desde entonces, algunas personas valoran más la forma, la apariencia material de las cosas, y otras, valoran sobre todo lo profundo, lo esencial.
Al igual que ocurre en los seres vivos, en los libros también debe lograrse un perfecto ensamblaje entre la forma y el fondo. No podemos separarlas, porque no son aspectos antagónicos sino complementarios: un buen escritor sabrá cuidar el aspecto formal de la escritura y también su fondo; es decir, mantendrá una esmerada dicción y vocabulario acompañadas de imágenes y reflexiones personales que muestren valores, sentimientos, ideas, principios e ideales que trasmitan profundidad.
A menudo, un escritor debe elegir entre un lenguaje culto, que tan solo resultará asequible a unos pocos lectores, o aquel más próximo al lenguaje coloquial, que será más cercano para muchos. Sin embargo, un verdadero escritor jamás sacrificará el contenido de su obra ante las exigencias de la forma, pues sin duda sabrá expresar sus ideas con un lenguaje pulcro y cuidado, aparentemente sencillo pero profundo a su vez.
El lector incauto, aquel que se satisface con las cabriolas del lenguaje, permitirá que adulen sus sentidos con extranjerismos, expresiones de moda, palabras burdas o malsonantes, neologismos cuyo único valor radica en su originalidad. No obstante, el lector experto desconfiará de aquellos presentes que se ofrecen con delicados envoltorios y lazos de celofán pues a menudo tan solo encierran humo.
En todo caso, la forma debe ir siempre en consonancia con el contenido. En la descripción de un personaje medieval, podrá decirse que era taimado y astuto, pero no tildarlo de mafioso, ni argumentar que manejaba bien su inteligencia emocional, pues dichos términos corresponden a una visión actual.
Libro_Harry Quebert_00Tal como dice Jöel Dicker en su obra La verdad sobre el caso Harry Quebert, las grandes editoriales se interesan por novelas escritas con mucho diálogo, personajes poco definidos, escaso vocabulario y sin reflexiones… pues resultan ser las de mayor número de ventas. Están elaboradas con mucha acción, entretienen, son fáciles de leer y no crean grandes complicaciones mentales al lector.
La mayoría de lectores busca en la lectura la distracción y el entretenimiento, lo cual es lícito. El lector experto no solo aspira a divertirse leyendo, sino también a desarrollar su mente, a formarse, a comprender mejor al ser humano y al mundo que le rodea. Y eso es algo que solo un buen escritor sabe ofrecer, porque en sus manos, la forma es un instrumento para llegar al fondo de las cosas.

 

La leyenda de la isla sin voz – de Vanessa Montfort.

Reseña escrita por Raysan para el Libro Durmiente.

Carmen Posadas ha dicho de este libro: “Una novela brillante en la que el lector encontrará, además de una magnífica historia, personajes dignos del mismísimo Dickens”.
Para Rosa Montero: “Vanessa Montfort nos habla del infinito dolor del mundo, pero también de la infinita esperanza en este cuento gótico bellísimo, sorprendente y conmovedor, lleno de magia y de sombras“.

Vanessa Montfort_Pres Libro 25_02_2014

            

El libro durmiente estuvo ayer, día 25 de febrero, en la primera presentación realizada en nuestro país del libro “La leyenda de la Isla sin voz”, de la escritora Vanessa Montfort. El acto se desarrolló en el Ámbito Cultural de El Corte Inglés (Plaza de Callao – Madrid), un lugar inmejorable que se encontraba a rebosar. La expectación que desde hace meses había levantado la publicación de la tercera novela de esta escritora, se vió ampliamente satisfecha. Los elogios venidos desde Hispanoamérica tras darse a conocer allí la obra, se han visto refrendados.
Tras la presentación formal, por parte del Director del Ámbito Cultural y del editor, Plaza y Janés, el escritor Fernando Marías entabló una distendida conversación con Vanessa Montfort sobre los valores de su libro.
Vannessa Montfort_Pres Libro La isla sin Voz
La autora explicó que su novela trata sobre una historia que desde hace tiempo quería escribir, porque anhelaba crear el personaje de una heroína romántica, Anne Radcliffe, a fin de comprobar qué podía sugerirle, qué podía contar desde dentro, como mujer. Está ambientada en Estados Unidos, a fines del siglo XIX; un país en crisis que mantiene hacinados en una isla a los excedentes humanos que no puede asumir la sociedad, fruto de una inmigración desbordante. Pertenece al género de la ficción histórica —al que la autora prefiere llamar fábula histórica—en donde se extiende, con la base de una gran documentación histórica de la época, una pátina de ficciónuna mezcla bien engarzada entre personajes históricos y ficticios para que sea creíble la novela, pues ya se sabe que los novelistas somos mentirosos vocacionales.
En 1842, un gran escritor, Charles Dickens, viajó a Estados Unidos por primera vez para leer sus obras; ya era un autor reconocido a quien la multitud esperaba en el puerto de New York. En la presente novela, Dickens, actuando casi como protagonista principal, recibirá una misiva que le impulsa a visitar aquella isla emplazada frente a Manhattam, la isla de Blackwell, en donde conoce a Anne Radcliffe, una joven enfermera que le acompañará en su aventura.
Allí, en la Isla sin voz, permanecen hacinados los delincuentes, prostitutas, mendigos, ancianos, personas desvalidas e inmigrantes desconocedores del idioma, junto a quienes tienen enfermedades infecciosas o mentales; en sus hospicios viven los pobres y huérfanos desheredados de la vida; en el cementerio de los sin nombre reposan los restos de muchos extraños…
Dickens, de origen humilde, que tuvo que vivir en prisión cuando su padre fue encerrado en ella porque la familia no tenía dinero, como escritor comprometido con su tiempo, se muestra preocupado por conocer la vida y las situaciones degradantes en que se hallan aquellos seres humanos; preocupación que compartirá con otros autores de su época, tales como Washingthon Irving o Julio Verne, que también aparecen en la obra.
Es brillante la forma en que la autora supone que Dickens fue creando su magnífico Cuento de Navidad; un cuento escrito para ofrecer un rayo de esperanza a quienes se encontraban atrapados en aquella isla maldita. Otro personaje tangencial de la obra, aunque muy significativo, lo encarna la joven periodista Nelli Blay, personaje real que infiltrada en la isla de Blackwell dio a conocer los atroces tratamientos que allí se realizaban.
Según Fernando Marías, esta es una novela que puede apasionar a cualquier lector…una obra sobre la vida, una metáfora sobre la literatura…, pues narra la historia de tantos monstruos buenos y malos, —como muchos que existen ahora—, los cuales viven atrapados en situaciones de las que no pueden salir. Tal vez por ello sea una metáfora sobre la literatura, en donde el escritor, a la par que busca sus propios monstruos, persigue conocer a esos ‘monstruos’ que cuentan historias, pues tienen sentimientos dentro que no pueden aflorar sin ser castigados; sentimientos que el escritor nos ofrece.
Vannessa Montfort_40Vanessa Montfort afirmó en la presentación de su libro que La leyenda de la Isla sin Voz “es una obra sobre el oficio de escribir y la forma en que se cuentan las historias: porque cada historia tiene su forma de contarse y lo más difícil es hallar la forma de contarla”. En esta historia, tan brillantemente narrada, la autora ha querido acercar al lector a la figura de Dickens, a la par que, mostrando las realidades y carencias de una época tan similar a la nuestra, pretende transmitir un mensaje de ilusión y de esperanza. Para la autora, “las crisis no son crisis políticas ni de valores, sino crisis sociales”, y de ellas se puede salir; “sí, siempre se puede.
Fernando Marías auguró que “este es un libro que irá lejos y que dará muchas alegrías a su autora”. Lo suscribimos:  ¡no se lo pierdan!

Escribir con palmeros.

Artículo escrito por Raysan el 22 de febrero de 2014 para el Taller de Escritura Creativa de El Libro Durmiente (ELD).

¿Saber escribir o ser reconocido?

Es conocido en el mundo editorial que, en la actualidad, nadie te publicará un libro sin la mediación de un agente literario. Las editoriales reciben cantidades ingentes de manuscritos que aguardan para ser leídos. Algunos pocos verán la luz; la mayoría dormirá un sueño eterno en la brumosa antesala de los escritores desconocidos. En el limbo indefinido de la no-publicación se hallan muchos escritores que han abandonado su condición de lector para aventurarse en un más allá desconocido, sin llegar a tocar el cielo reservado a los escritores.
Escher-drawing-hands_dibujando manosSí, llegar a ser considerado escritor es un privilegio que pocos alcanzan; muchos otros habrán quedado en el camino mientras tanto. A pesar de que se haya dicho que un escritor lo es en la medida que otros lo consideran como tal, escribir es un acto vocacional en que se embarca el alma en solitario. No obstante, más allá de las opiniones ajenas, el propio escritor sabe en su fuero interno, el poder que alcanza su vocación de transmitir; cuando ese anhelo profundo enraíza en su corazón, ya no podrá dejar de escribir.
El reconocimiento y las verdaderas capacidades para escribir no siempre caminan por la misma senda. Ejemplos hay muchos, pero bastará citar a la autora británica E.L. James y su afamado libro 50 sombras de Grey.

Escribir con palmeros.

En cambio, las editoriales consideran que un escritor debe venir a este mundo con un pan bajo el brazo. Me comentaba a modo de confidencia mi agente literario —porque hoy en día no eres nadie sin tu agente literario— que las editoriales analizan minuciosamente la conducta en las redes sociales de un posible escritor. Antes de publicar tus escritos necesitan comprobar que tienes un buen número de allegados que corean tus ocurrencias, de conocidos que ríen tus gracias a distancia, seguidores por control remoto que mantienen contigo una amistad virtual.
Visto así, si no te secundan no mereces alcanzar el paraíso de los escritores, porque no eres rentable. Una editorial evalúa con tiento tus amigos y parientes, y el número de palmeros que acompañan tu baile. Tus múltiples contactos auguran cuantiosas ventas, porque una vez editado el libro, cuando la editorial se aletargue para evitar gastos innecesarios, serás tu propio agente comercial, un correveidile de lujo que ha de verse inspirado por el mismísimo Mercurio para salir a flote en dicha empresa.
¡Cuántos verdaderos escritores no habrán perecido en las fauces del olvido por falta de acólitos y palmeros! Más les hubiera valido merodear a las puertas de festines y palacios, poniendo en valor —tal como se dice ahora— su capacidad de relación social, aún a costa de sacrificar el tiempo que debieran haber dedicado a la bella escritura.
Es conocido, que la escritura pulcra y esmerada no tiene tantos adeptos como pretenden las editoriales. En cambio, los amigos fáciles se prestan antes a halagos y reconocimientos que a minuciosas lecturas donde se descubran las mieles de un buen libro. En verdad, nuestro mundo está perdiendo los papeles, inmerso en una carencia de ética ostensible. Más valiera ser un escritor en el apartado rincón oscuro del alma que un insatisfecho divulgador de manuscritos mediocres. 
Ser jaleado no siempre se corresponde con una virtud a tener en cuenta: si te corean los mediocres tu sombra será fugaz, y tan huidiza como la fama; si los clásicos te escuchan con atención desde la distancia de sus tumbas, sabrás que tus pies transitan un verdadero camino. Porque ser escritor guarda relación con el camino que has de seguir para encontrarte a ti mismo.

Imagen de Libro y gato

El lector cualificado.

Tú que me lees, no te conformes con ser un palmero de escritores mediocres; tampoco corees los nombres de quienes no sacudan tu alma echando la puerta abajo… No secundes en vano a quienes no amplíen los horizontes de la literatura, antes bien, calla indulgente y sonríe con cortesía cuando cierres un libro que no merezca ser leído. No te conformes con ser un lector mediocre que devora los libros que otros le acercan interesadamente: sé un lector cualificado, consciente de tu necesidad de leer para descubrir la vida; mide, sopesa con usura el tiempo de que dispones y no hagas dispendio de él con excesiva alegría, pues es tan breve como la vida.
No encumbres a quienes pretenden el halago fácil o corren tras amistades virtuales; no corras tú la misma suerte, pues serás devorado por el tiempo superficial que a todos nos alcanza. Libérate de la redes de un mundo vacío que tan solo cuida la apariencia, porque aquellos que pretenden ser escritores en el mañana reclaman de ti la solidez de un lector comprometido con su tiempo, un lector inteligente que ha de descubrir entre líneas, sin prisa y ajeno a las alharacas del mundo, las semillas de oro que se encuentran escondidas en los libros atemporales, aquellos que duermen a la espera de un lector capaz de trascender a su tiempo.

Estilos o discursos narrativos.

Tema escrito por Raysan para el Taller Literario de Escritura Creativa “El Libro Durmiente” (2ª Edición). 09/02/2014.

Publicado en Feb.09.2014 en el blog: http://ellibrodurmiente.org/?p=3716

En toda narración, de un modo u otro, deben hablar los personajes de la historia, adoptándose diversas formas de materializar sus “discursos”. A dichas variantes en el modo de expresar las voces de los personajes se les denomina también “estilos narrativos”.
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a) En el estilo o discurso directo, la voz del personaje se destaca del contexto de la narración, con el fin de enfatizar su contenido. Entonces, al igual que ocurre en el cinematógrafo, quedará en suspenso la narración para iluminar sobremanera al actor principal de la trama.
Formalmente se resuelve como sigue: en una línea aparte se abre un guión y a continuación se hace hablar al personaje; de este modo, podrá expresarse con su propia voz, en su jerga y utilizando los giros del lenguaje que le son habituales. Podrá utilizarse para la voz del personaje, por ejemplo, un tiempo verbal en presente, en tanto que el narrador continuará su relato en otro tiempo verbal, generalmente utilizando el tiempo pasado. Ello destacará las intenciones del personaje, su nivel sociocultural, su mentalidad, situándolas en el centro de la escena, dándoles un relieve especial.
Así, en el discurso directo un personaje cualquiera podrá decir:
—Pero dime, no dilates más tu contestación… ¿estás embarazada o no?
Ante lo cual, el personaje a quien se dirige la pregunta podría contestar:
—No me presiones más, o de lo contrario ¡no verás nunca a tu hijo!
A veces, en mitad del discurso de un personaje pueden añadirse ciertasacotaciones, las cuales definen quién habla, el modo en que sucede la acción, o bien, con qué intenciones se dijo aquello. Se presentan escritas entre guiones, siendo el narrador quien se expresa a través de ellas. Veamos un ejemplo:
—No me presiones, o de lo contrario ¡no verás a tu hijo! —dijo dándole la   espalda mientras su mirada se perdía en el horizonte a través de los ventanales—. Creo que no merezco este trato…—continuó diciendo entre sollozos.
En el discurso directo, también se permite que el narrador ceda momentáneamente la voz al personaje, introduciendo una cita textual que resalte aquello que dice. Veamos como lo resuelve Isaac Bashevis Singer:
…Los vecinos le preguntaron adónde iba y él contestó: «Adonde los ojos me conduzcan».
…Le empapó el rostro con sus lágrimas y repetía como una posesa: «Nathan, Nathan. Que no conozcamos más males», así como otras frases más propias de cuando fallece un miembro de la familia.
…«¡Bueno, es el invierno, el invierno! —se dijo Herman Grombiner, mitad cantando, mitad gruñendo—. ¿Cuándo será Januka? El invierno ha llegado temprano este año». Herman tenía el hábito de hablarse a sí mismo. Siempre lo había hecho…
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b) En el estilo o discurso indirecto no se deja hablar directamente a los personajes, sino que el narrador nos informa, de un modo indirecto, sobre lo que aquellos dicen. Esta es la forma utilizada en el lenguaje coloquial, cuando alguien narra unos hechos o una conversación y nos cuenta lo que dijo una persona ausente… Se recurre entonces a los verbos de dicciónpara expresar aquello que el personaje manifestó y su manera de hablar (decir, afirmar, exponer, asegurar, apuntar, aseverar, matizar, declarar, etcétera).
“Pedro me dijo que vendría sin falta, aunque ya lo veis: no aparece”.
De esta manera, dado que no se destaca aparte la voz del personaje, el relato gana en fluidez, acortándose su extensión. No obstante, este estilo presenta también una faceta negativa, pues el discurso se halla totalmente en manos del narrador. En consecuencia, el lector puede tener la sensación de que “conoce” aquello que el personaje opina, aunque no alcanza a “escuchar” al personaje con la misma realidad que permite el discurso directo.
Un ejemplo de este estilo es la presente narración sacada de un cuaderno de bitácora jamás escrito:
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“Viendo que la mar permanecía en calma y que el viento no alentaba bastante, la gente parecía descontenta, murmurando en pequeños grupos. Algunos se atrevieron a decir que tal vez el almirante no estuviera capacitado para aquella empresa, ante lo cual el contramaestre, subiéndose al puente arengó a la tripulación con fuertes palabras. Una vez más, apeló a su buen juicio, conminándoles a tratar aquella cuestión cuando arribaran a puerto, pues a todos convenía salir de situación tan azarosa…”
En el discurso indirecto el narrador suplanta la voz de los personajes y nos describe las cosas que estos decían o murmuraban, las preguntas que se hicieron, las dudas que les asaltaban, narrando tales detalles mediante la utilización de expresiones como “se atrevieron a decir que”, “se preguntaban”, “murmuraban sobre la cuestión”, etcétera. Si en este pasaje recurriéramos al discurso directo, se transformaría como sigue:
 “Viendo que la mar permanecía en calma y que el viento no alentaba bastante, la gente parecía descontenta, murmurando en pequeños grupos. Algunos se atrevieron a decir que… «tal vez el almirante no esté capacitado para esta empresa», ante lo cual el contramaestre, subiéndose al puente arengó a la tripulación con fuertes palabras:
—Una vez más, apelo a vuestro buen juicio. Os conmino a tratar esta cuestión cuando arribemos a puerto, pues a todos nos conviene salir de situación tan azarosa…”.
c) El estilo indirecto libre es una variante del estilo indirecto; el narrador nos informa también de aquello que dicen los personajes, aunque evitando la acotación que utiliza expresiones del tipo “dijo que…”. De este modo, eliminando los verbos de dicción, el lector puede “escuchar” la voz de los personajes, tal como hablan, libre de artificios narrativos. Ello confiere a este estilo una frescura y pujanza indudables. Es un estilo más intuitivo para el lector, aunque encierra una mayor complejidad para el escritor. Generalmente, se utiliza en una narración en tercera persona.
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Veamos cómo se maneja, revisando un ejemplo en el que se comparan los tres estilos:
En una narración escrita en discurso directo, la voz del personaje se desgaja del cuerpo del relato, siendo enunciada en un renglón aparte tal como sigue:
—No voy a salir, es demasiado tarde, y además está lloviendo —dijo Estela.
Actriz_Liv_Tyler-1Si recurrimos al discurso indirecto omitiremos la voz directa del personaje. Su  discurso quedará recogido en el contexto de la narración, como un comentario precedido de la expresión “dijo que”:
Estela dijo que no saldría, pues era demasiado tarde, y además lloviznaba. Prefería amarrar aquella conversación…
Finalmente, en el discurso indirecto libre, la misma conversación podría transcribirse de varias maneras, con mucha mayor soltura. Valga la siguiente muestra:
De pronto se paró en mitad de la habitación. No voy a salir, es demasiado tarde, y además está lloviendo. Prefería amarrar aquella conversación…
Por tanto, el discurso indirecto libre confiere una mayor viveza al texto, es menos falso, dado que lo libera de los artificios que utiliza el narrador. Sin duda, utiliza mejor los recursos literarios y da mayor libertad al autor en su forma de expresión. En suma, ofrece la ventaja de que la voz del narrador llega a pasar desapercibida, evitando la sensación de que alguien nos narra una historia, lo cual permite una mayor identificación del lector en la trama.
No obstante, en este tipo de discurso conviene que el autor incluya además, de cuando en cuando, el discurso directo. De este modo, se logra remarcar una frase relevante dicha por el personaje, destacándola de su contexto; al focalizar la atención del lector sobre dicha frase, se le confiere una mayor importancia relativa. Mientras el resto de la narración describe a los personajes y sus vivencias, sus inquietudes y comentarios, la voz acentuada como discurso directo, resaltará de un modo concluyente la actitud o el pensamiento de algún personaje, proporcionándole la impresión al lector de haber escuchado toda la conversación.
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En conclusión, a la vista de los estilos o discursos narrativos expuestos puede deducirse lo siguiente:
  • en apariencia, lo más objetivo sería citar las voces de los personajes tal como suenan, utilizando el discurso directo; en cambio, este estilo narrativo es el menos utilizado. Ello se debe a la dificultad que presenta el discurso directo para introducir de un modo apropiado los tonos de voz y los gestos que los personajes utilizaron. Las acotaciones del narrador salvan en parte dicho problema, aunque no puede caer sobre ellas el peso de toda la narración.
  • Si tan solo utilizáramos el discurso directo, no se podrían transcribir literariamente ciertos elementos utilizados en la comunicación cotidiana que van más allá del lenguaje académico, tales como el canturreo de una canción de cuna, las voces de un coro, o bien, las onomatopeyas. Ni tampoco ciertas palabras que se usan coloquialmente en el lenguaje fático por quien atiende en una conversación (sí, claro, pues…). A causa de ello, el narrador debe describir metafóricamente el sonido producido, el efecto provocado sobre los personajes, sus reacciones psicológicas, etcétera, recurriendo entonces a un estilo narrativo indirecto.
  • Si utilizáramos tan solo el discurso directo, todas las frases parecerían importantes. Por el contrario, utilizando con maestría la narración en estilo indirecto —tal como hace Gabriel García Márquez—, al intercalar las voces directas de los personajes tras la narración, éstas parecen más rotundas y determinantes, dado que previamente el narrador ha ido anunciando de un modo preciso lo que estos finalmente dicen.
  • No obstante, se puede utilizar con buenos resultados el discurso directo cuando queremos resaltar un modo de expresarse muy particular de un personaje. En todo caso, es siempre aconsejable que las voces de los personajes sean cortas, bien elaboradas y directas, para que la narración no pierda efectividad y no decaiga en el lector su interés en la lectura.
Es conveniente la buena práctica de los diferentes estilos citados, pues son las herramientas con que se modela el carácter de los personajes y se mantiene el tono narrativo. Pueden hallarse buenos ejemplos de los diversos estilos en “El hablador” de Vargas Llosa.

Las acotaciones del narrador.

Tema escrito por Raysan para el Taller de Escritura Creativa “El Libro Durmiente” (2ª Edición).

Publicado en Feb.08.14 en el blog:  http://ellibrodurmiente.org/?p=3702 

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En el discurso directo la voz de un personaje se destaca de la narración. Para ello, en una línea aparte y precedida de un guion se hace hablar al personaje, al cual se permitirá expresarse con su propia voz, en su jerga, utilizando los giros del lenguaje que le son habituales. A continuación insertaremos en el discurso las acotaciones del narrador, flanqueadas por guiones. El guion utilizado por las editoriales para señalar los discursos es el guion largo, ya sea en el inicio de la voz como en las acotaciones del narrador.

Una acotación es una ventana indiscreta por donde se cuela el narrador para aportar un detalle concreto, un matiz de aquello que ocurre y que el lector no puede ver. Equivale a una nota marginal que se inserta en un documento para aclarar algo.

Para utilizarlas adecuadamente debemos tener en cuenta que, a través de ellas prosigue la narración mientras queda en suspenso el discurso del personaje, por lo cual, su aporte debe ser breve y certero. Si dicha acotación abunda en exceso en detalles narrativos, interrumpe la percepción que el lector tiene de estar escuchando directamente al personaje que habla, y de un modo innecesario, torna visible al narrador.

Las funciones básicas de las acotaciones son las siguientes:

  • indican qué personaje está hablando, a quién se dirige y la tonalidad de su voz,

—Qué envidia me da la gente con estudios —dijo ella señalando a César.

—¿Qué planes tienes? —y la voz de Daniel sonó como un susurro insinuante.

  • muestran los gestos y movimientos que realizan los personajes, sus actitudes y  estado de ánimo,

—¡Basta! —vocifera Evaristo dando un puñetazo en la mesa—. El que no quiera comer que se vaya ahora mismo de esta habitación —añade con el brazo extendido y el dedo índice en dirección a la puerta— pero que no toque los cojones.

—Yo soy Abel, —se presentó mirando a Susana que con una sonrisa ocultó la timidez que le hicieron sentir los ojos oscuros del chico.

—Yo soy Cristina, y esta borracha es Susana —y la empujó con cariño pero haciendo que el mojito se le derramara un poco.

  • ofrecen detalles sobre aquello que ocurre y el contexto en que se desarrolla la escena,

—¿Qué ha ocurrido? —pregunta alarmada cuando ve que el párroco no suelta la oreja de su hijo mayor.

—Y no se preocupe por el asunto —el policía, acodado sobre la barra del pub, guardó aquellas fotografías en un sobre, apagó su cigarrillo y se dispuso a abandonar aquel antro inmundo—: tarde o temprano encontraremos al asesino.

  • abundan en la descripción de los personajes, aportando matices del carácter y temperamento de los personajes que ayudan a “caracterizarlos”. Es decir, revelan detalles de sus sentimientos, emociones y pensamientos, permitiendo al lector reconstruir su personalidad.

—Espérame, ¡vendré pronto! —dijo el siempre malhumorado guardián—. Pero no te prometo nada —masculló entre dientes contrariado—, y si lo hago, será la última vez.

—El tribunal no fue indulgente; señaló una a una sus faltas sin inmutarse —el inquisidor de pérfida mirada, con el gesto torcido por la maldad que alentaba su corazón, leyó con parsimonia el veredicto, regodeándose en el dolor ajeno…

  • reclaman la atención sobre algo en concreto, ralentizando o dando intensidad al diálogo,

—Antes venía a menudo a este lago; sobre todo en primavera. Aunque no había vuelto a este lugar desde que… —y no pudo evitar que sus ojos se humedecieran—, desde que… —balbuceó—, desde que ella desapareció en sus aguas.

  • preparan al lector ante un suceso que va a ocurrir, potenciando el texto que sigue a continuación. Tal es el caso de las acotaciones que a modo de cuña se insertan entre dos frases…

—No sabes bien lo que te espera —dijo en voz baja empuñando el arma con saña mientras pulsaba el botón para abrirle la puerta—. ¡Sube, estoy listo! —gritó.

—Claro —dice él mientras la toma de la cintura y la acerca hacia sí—. ¿Te gusto?

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Su mejor cualidad consiste en pasar desapercibidas, es decir, que el lector apenas repare en ellas y le permitan concentrarse en el discurso de los personajes. Para ello,

  • conviene evitar acotaciones demasiado largas, pues distraen al lector del contenido real del diálogo, perdiendo la ilación de la lectura.

  • no deben incorporar demasiados “datos o explicaciones forzadas”, las cuales pretenden “decir o exponer” aquello que, en cambio, debe ser “mostrado” a través de la narración.

  • no conviene utilizar las acotaciones para proseguir el desarrollo de la narración. En tal caso, es preferible llevar el comentario incluido en la acotación al cuerpo de la narración.

—En aquella edad no había tomado conciencia del mundo —mis padres, a pesar de ser relativamente jóvenes, se habían quedado anclados en aquella época dorada de los años ochenta, la de los guateques, las canciones protesta y el sueño americano, donde aún se creía que una persona con flores pintadas en el rostro podría detener los tanques soviéticos de la primavera de Praga—. Ellos no conocían el significado de la palabra “problema”.

En suma, debemos evitar acotaciones demasiado recargadas y poco precisas, en donde se ponga de manifiesto la existencia del narrador. En realidad, sabemos que el narrador existe, pues él es quien cuenta la historia y expone las peripecias de los personajes. Además, mediante el uso correcto de las acotaciones, el narrador puntualiza, define y acota las escenas y situaciones, pero en tal caso, no debe tomar un papel preponderante, ni artificial, a fin de que el lector crea que escucha hablar directamente a los personajes.

XXV Edición del Premio Torrente Ballester para Jorge Eduardo Benavides.

Reseña escrita por Raysan para El Libro Durmiente.

El escritor Jorge Eduardo Benavides gana el Premio Torrente Ballester en su XXV edición.

Con su novela de perfil histórico El enigma del convento, el escritor se ha alzado con el premio compitiendo con 593 obras presentadas de 25 países. El jurado ha valorado la delicada prosa con la que se ha escrito la novela ganadora, su excelente calidad literaria y su novedoso planteamiento a la hora de enfocar la historia. La novela se sitúa en el siglo XIX, con escenas que discurren en España y en la Arequipa natal del escritor.

El premio Torrente Ballester, dotado con 25.000 euros y la edición de la obra, ha estado compuesto en este su XXV aniversario por Amalia Iglesias, Ángel Basanta, José Antonio Ponte Far, José María Pozuelo Ybancos, Charo Canal, Ernesto Pérez Zúñiga y Mercedes Monmany.

El autor ya dio muestras de su buen hacer con su última novela “Un asunto sentimental”, en la cual se desdibujan los linderos entre realidad y ficción. En la presentación de dicho libro en “El Libro Durmiente”, en julio de 2013, pudimos apreciar su calidad humana y su proyección literaria. Es autor de novelas como “La Paz de los vencidos”, “El año que rompí contigo”, “Los años inútiles” y “Un millón de soles”, o de libros de cuentos, como “La noche de Morgana”. Sus obras han sido recogidas en diversas antologías, siendo finalista en certámenes prestigiosos, tales como el Rómulo Gallegos, Bienal de Cuentos de la Cope, Tigre Juan, NH de relatos, etcétera… Ha recibido el Premio Nuevo Talento FNAC (2003) y el Premio de Novela Corta Julio Ramón Ribeyro.

El escritor vive en España desde 1991,y en la actualidad reside en Madrid, en el pintoresco barrio de los Austrias. Ha impartido varios Talleres Literarios en Tenerife y Madrid, dictando conferencias sobre temas literarios en diversos países e instituciones (como por ejemplo el Instituto Cervantes).  Ha colaborado en la redacción de varias Revistas Literarias y suplementos culturales. Esta es una labor que desarrolla con verdadera entrega y dedicación, pues no en vano, uno de sus mejores valores es la capacidad de formar a jóvenes escritores. Su esmerado libro “Consignas para escritores, publicado por la editorial “Casa de Cartón”, demuestra lo que afirmo. Hay un cuidado especial, una tutela prodigiosa, volcadas a exponer el saber acumulado por el escritor durante veinte años impartiendo taller de escritura creativa. Ese saber que ahora dedica en el Centro de Formación de Novelistas asesorando a escritores que pretenden publicar su obra.

Enlaces:

http://jorgeeduardobenavides.com/asesoria-literaria/

http://es.wikipedia.org/wiki/Jorge_Eduardo_Benavides

http://elpais.com/autor/jorge_eduardo_benavides/a/

http://www.cervantesvirtual.com/portales/jorge_eduardo_benavides/

A ciegas (Cuento).

Ciego_06_BastónLa espera en el andén no fue larga. Cundió apenas para enredar un poco con el “20 minutos”, cuando, de inmediato, ya se anunciaba al siguiente tren que iba a efectuar su entrada en la estación. La gente tenía prisa por subir. El coche llegó, y todos, como galgos en pos de una liebre, se colocaron frente a las puertas, observándose unos a otros en el reflejo de los vidrios…

Definitivamente el mal gusto de aquella camisa azul con el cuello blanco no lo remediaba el dinero. Aquel engominado señor tenía el aire de un abogado picapleitos. Al lado, con un intenso aroma a lavanda, una señora de buen ver, con pantalones blancos casi transparentes, miraba a Alex de un modo indiscreto. Unos pasos por delante de ellos, un ciego, amplio y fornido, con unas gafas oscuras de pasta, se repeinaba ante los cristales mientras canturreaba una canción que insinuaba que… “la vida era una huida hacia delante”.

¿Te ves bien, Raúl, en ese vidrio o sale la imagen borrosa? —le preguntó Alex con ironía.

Pero si es el atolondrado —le contestó el invidente. La verdad es que no veo ni papa —le dijo—, pero me gusta asearme antes de subir al vagón, porque siempre hay algún listillo que pica.

A mi me parece que tu ves más de lo que dices —le contestó Alex.

Claro, yo veo “de puta madre”; aunque voy por la calle con gafas oscuras y tanteando con el bastón, porque soy Robert de Niro y estoy ensayando una obra de teatro — le replicó Raúl.

Ciegos_01_LogoAlex se rió de buena gana. Pero el invidente, algo molesto, sentenció que a pesar de estar completamente ciego podía ver, con otros ojos, demasiadas cosas… La mayoría de los que dicen ver algo van a ciegas por la vida. Y siguiendo con la ironía contó que un buen día, de pronto, abrió los ojos…pero lo poco que pude ver del mundo no me gustó.., así que los volví a cerrar a voluntad.

Cuando finalmente se dispusieron a entrar al vagón, mientras Raúl se enfrentaba a un pelmazo que taponaba el centro de la puerta, se le colaron unos y otros a empujones por los flancos…. El invidente arremetió entonces decidido hacia el interior, levantando bien alto su bastón, a modo de callada venganza, pero se demoró demasiado…, y estando aún en mitad del paso, de pronto comenzaron a cerrársele las puertas hasta dejarlo encallado… Entonces, varios pasajeros, por suerte, todavía pudieron agarrarlo por la solapa de la chaqueta, tirando de él hacia en interior del vagón, antes de que las puertas se cerraran definitivamente. Algunos cayeron hacia atrás sobre la gente, mientras proferían insultos por lo bajo, dando a entender que los ciegos estaban mejor en la calle… Sonó el silbato y finalmente, el tren partió.

Ciegos_00No obstante, no era aquella la única vez que Alex había visto a Raúl por el barrio. Un tiempo atrás, Alex caminaba por la calle distraído, leyendo, cuando de pronto, al doblar la esquina de Malasaña, se lo llevo por delante. El ciego protestó ante sus empujones con un… “mira por donde vas, atolondrado”, “que no se puede ir leyendo por la vida”, asegurándole además, que la próxima vez “probaría del bastón”… Alex, un tanto avergonzado le ayudó a enderezarse, pidiéndole disculpas, pero Raúl, visiblemente enfadado, siguió a lo suyo sin contestarle, escupiendo improperios, mientras, con el bastón, leía braille en las arrugas del pavimento.

Van como locos —decía enojado—, ¡no se salva ni uno!…¡Están todos ciegos!

Para Alex, aquel hombre era un misterio, podía captar la edad por la voz, los modales, o acaso la estatura por la firmeza de los pasos, pero.., ¿cómo se dio cuenta Raúl de que iba leyendo un libro? ¿Por el olor de las hojas? Desde entonces, lo sometió a una observación minuciosa…

Ciegos_04Casi a diario, como si lo hiciera aposta, el invidente, haciendo reptar el bastón con soltura retenía a la gente en las escaleras del metro, mientras cantaba en voz baja una tonada que decía… “no te tomes la vida tan en serio, pues de cualquier modo no vas a salir vivo de ella…” A veces se comportaba como un niño malo escondido en el anonimato de sus gafas oscuras, pero el barbero —que de gente sabe más que nadie—, siempre decía que Raúl, a pesar de sus malas pulgas “era buena gente”.

Venga, señor, ¡acelere!.., ¡que no estamos para bromas!, —le decían. A lo cual él replicaba con sorna que se llamaba Raúl, pero que si tenían prisa podían pasar por arriba. Ya podían llamarle “cabrón” si querían, que de todos modos él no iba a salir corriendo detrás de ellos.

Ciegos_02_Logo 2¡Maldita sea —decían unos—, otra vez haciendo de guardaespaldas del ciego! Vaya cabrito, se atrevían a decir otros, ¡date el piro, gafotas!, a lo cual el ciego respondía que se andáran con cuidado, pues con tal de identificarlos en comisaría era capaz de curarse sin que mediara ni Santa Lucía.

Alex fue comprendiendo que Raúl se hallaba en aquellos túneles en su salsa. Era ya parte de un paisaje al que ponía un cierto desenfado.

Pero aquella mañana, a pesar de lo que les había costado entrarlo al vagón, Raúl parecía ajeno a todo, silbando por lo bajo mientras se mesaba la barba.

De pie en el vagón, aferrado con una mano al pasamanos y apretando con la otra fuertemente sus cupones, parecía una cariátide. Alex lo seguía a cierta distancia. ¿Cómo podían los ciegos sortear tantas trabas como encuentran a su paso? Seguramente detrás de aquellas gafas inexpresivas distinguía más de lo que aparentaba… A modo de prueba, abrió un libro con cuidado, y el ciego, al fondo del vagón, hizo un mohín arqueando la ceja… A veces, Raúl, empujándose el sombrero de rejilla con el bastón y alzando las narices se quedaba un instante olfateando nuevas sensaciones… Parecía reconocer a las personas por el olor de su piel, pensó Alex, pero… ¡se cruzaba a diario con tanta gente!

Ciegos_05_DibujoDe pronto, el ciego, girándose, parecía mirar de reojo a la gente que daba cabezadas en su asiento mientras trataban de apoyarse en algún cristal esquivo. Allí estaba también, la mano de aquella mujer, apoyada sobre el vidrio con los dedos extendidos, semejante a aquellas manos de ribetes rojizos que Alex había visto impresas en las cuevas prehistóricas… Seguramente el ciego se embriagaba con el suave perfume a lavanda mientras le imaginaba un rostro a la dama.

—“Próxima estación, Sol —se escuchó decir por la megafonía, con una voz cadenciosa—. Estación en curva, tengan cuidado con la separación entre coche y andén”.

Unas obras de remodelación mantenían el andén, desde hacía meses, plagado de materiales y vallas de seguridad. Los pasajeros salieron del vagón sorteando obstáculos en mitad del caos, y el tren partió. De repente, se apagaron todas las luces, quedando la estación en una completa obscuridad. Entonces, la gente, quiso huir, asustada, en la dirección en donde se hallaban las escaleras. El pánico era manifiesto. Se oyeron los gritos y trompicones de los más nerviosos; los choques y atropellos se sucedían. Algún corte de fluido debía ser el causante de aquella broma pesada.

¡Las dichosas obras de Gallardón! —gritó alguien enfadado.

Alex también, perdido en mitad de la vorágine, instintivamente lanzó los brazos al aire, atisbando otros cuerpos temerosos… Sintió cómo se arremolinaban tras él, comenzando a empujarle fuertemente. Notó los primeros codazos, percibiendo, también, que alguien más indefenso, le asía por el brazo. En medio de la obscuridad hubo un momento de silencio, escuchándose tan sólo los resuellos, las respiraciones alteradas, y el roce nervioso de los zapatos en el pavimento. Entonces pudo percibirse más el agobio… ese desamparo que llevaba a algunos a bloquearse, aterrados, a causa de su claustrofobia….

Aquella era una dura prueba para una psique poco entrenada. Saberse de pronto a decenas de metros de la superficie, sintiéndose atrapado en un embudo estrecho del que todos tenían prisa por salir… “a cualquier precio”, nos sacaba de quicio…

Tras los primeros miedos, cuando ya todos fueron conscientes de la obscuridad y de aquel extraño silencio, de pronto se oyeron, claramente, unos golpes metálicos contra la pared, y el suave canturreo de un estribillo que sonaba familiar…

¡Silencio por favor!…—dijo una voz comprendiendo lo que ocurría—. ¡Separaos de la pared! ¡Dejad paso al ciego!

Ciegos_01_Logo 1Pero algunas personas se hallaban tan atenazadas por el miedo que no pudieron reaccionar enseguida. Luego, gradualmente, los murmullos fueron cesando, y la gente comenzó a percibir los nítidos golpes con bastón de metal que ya tanteaban los primeros peldaños de la escalera.

¡Sácanos de aquí, Raúl, por favor!

¿Eres tú “atolondrado”? —preguntó el ciego… ¿No me irás a atropellar de nuevo con tu libro? —ironizó. ¡Que tú eres un peligro público!

Sí, yo soy —le respondió Alex. Y tú eres nuestra única salvación…

No me puedes pedir eso, atolondrado…¡no se lo merecen!

Tal vez merecemos esta lección, Raúl…pero tú no eres vengativo

Me asquea la gente cutre que me encuentro cada día…—respondió el ciego.

Posiblemente tengas razón… pero tú eres buena gente.

Se hizo un silencio espeso. El ciego vaciló un instante… pero finalmente dijo:

Está bien, atolondrado, tú ganas. Y alzando la voz dijo:

¡Venga pues, cabritos de mierda, a pesar mío os sacaré de la cloaca! Los túneles del metro —decía el ciego—, están diseñados de un modo que hasta un ciego podría moverse por ellos.., e incluso, ¡huelen a lavanda!.

Ciegos_03_Multitud a ciegasAlgunos “usuarios”, al oír estas palabras, todavía empujaron a los demás queriendo ser los primeros en salir, pero poco a poco se avinieron a razones…, entre tanto que Raúl, cogiendo ya ritmo decía:

¡En marcha, esto es pan comido! Empezad por cerrar los ojos… ¡total para lo que os sirven!

Y la comitiva comenzó a ascender con parsimonia unos cientos de peldaños, siguiendo, en silencio, las órdenes de un invidente.