La ilusión del tiempo (III). Artículo.

La ilusión del tiempo.-

   Aunque aparentemente el tiempo es algo tangible que transcurre de un modo imperturbable, la tradición hindú afirma que el tiempo es una ilusión. Tal como ocurriría con la conciencia que tenemos de nosotros mismos, pues nos sentimos en nuestro interior siempre jóvenes a pesar del paso del tiempo: siempre parece que los cambios externos no afectan a nuestro tiempo interior. Asistimos al desgaste de las formas densas y materiales, del cuerpo físico, de nuestros reflejos, de la agilidad para abordar ciertas acciones, pero nuestra conciencia se reconoce a sí misma de igual modo: siempre decimos “este soy yo”. 

Arribes del Duero_18Esta paradoja era utilizada también por Parménides, quien nos enseñaba que nunca podríamos bañarnos en el mismo río, dado que a pesar de que el río pareciera el mismo, las aguas que ayer fluían por su cauce no son las mismas que hoy discurren por él.  Sin embargo hablamos del mismo río, porque más allá del cambio formal, en esencia era el mismo río. Es el viejo problema del ser y el estar.  

En realidad, tan solo se mueve y se desgasta lo material; si nuestro punto de conciencia logra mantenerse alerta, si no se vincula demasiado a las expresiones materiales que nos rodean a diario, podremos observar cómo nuestro ser transita por un tiempo interno que parece ralentizarse. Cuanto menor sea la variabilidad de la conciencia, cuanto más se aproxime al propio centro, al eje inmutable de su mundo interior, mayor será la sensación de quietud y estabilidad. Danza hindúLa recomendación formulada por toda la filosofía oriental de que el hombre debe hallar su eje de conciencia, su propio centro, tiene también validez cuando se habla del tiempo. Si nuestro punto de conciencia se situara en un lugar elevado e interno, descubriríamos que tan solo se puede mover lo que es material y aparente, pues el verdadero ser permanece inmóvil. Pero esta afirmación tan solo puede comprobarse con la vivencia personal y es difícil transmitir esta experiencia con palabras.

Para el antiguo pensamiento hindú, el hombre se halla bajo la influencia de las leyes naturales y por ello, es un ser sometido a cambios rítmicos, a ciclos (yugas, en sanscrito). Dichos ciclos lo someten a vaivenes y altibajos, tal como se suceden y renuevan las estaciones, tal como se repiten las etapas de las grandes lluvias y de sequía. En cada etapa, en cada ciclo, ya sea individual o histórico, el hombre irá cambiando, pero más allá de lo que suceda irá comprendiendo parte de su verdad, pues se halla sometido a la necesaria evolución. Evolucionará de todos modos, ya sea por propia conciencia o bien, a pesar de sí mismo; del primer modo lo hará más rápido, del segundo lo hará de igual modo, con mayor sufrimiento y lentitud.

La concepción hindú integraba también la idea de la reencarnación, entendida como necesidad de que el hombre, a lo largo de innumerables vidas y en diversas circunstancias y experiencias, pusiera a prueba y ejercitase aquello que soñaba, aquello que deseaba, hasta forjar en sí mismo una realidad más profunda y evolucionada. Así, la ancestral enseñanza de la filosofía hindú consideraba al hombre como un ser que se desplazara sobre los acontecimientos y circunstancias; en el fondo concebía al tiempo como algo aparente, como una ilusión, de modo que las experiencias que se suceden en esta vida o en varias, sirven tan solo para la comprensión profunda de su conciencia imperecedera o mundo interior. Según esta concepción, las experiencia tan solo sirven para el aprendizaje de aquel que somos, el que está más allá de los ropajes que vamos adquiriendo en cada vida.

lámparas

Para la mentalidad hindú, reflejo de las grandes filosofías orientales, más allá de lo cambiante, más allá de las edades o yugas por las que atraviesa el hombre y las distintas culturas y formas sociales, hay algo permanente que el Bhagavad Gïta denomina el verdadero ser. Para esta concepción, lo material, lo cambiante está sometido al paso del tiempo, al desgaste de las formas, pero el verdadero ser, lo profundo e imperecedero que alumbra en nuestro interior, permanece anclado en un mundo eterno o más bien atemporal.

Estas enseñanzas afloraron en toda época, avaladas por los grandes sabios o iniciados. Por ello, fueron expresadas de modo similar por Parménides o Platón. Mientras Parménides hacía distinción entre el Ser y las apariencias del Ser, Platón, en su enseñanza sobre las Ideas, señalaba la existencia de un mundo inteligible y de un mundo sensible. Lo inteligible es el mundo donde residen las ideas y esencias, lo sensible es lo que puede percibirse por los sentidos.

Flores_paseo entre flores

Tal vez, de ser cierta la reencarnación, el hombre transite por un sinuoso camino a lo largo de múltiples encarnaciones, las cuales le permiten actualizar los conocimientos que atesora en su interior. La vida es la fragua en donde se templa el carácter, y el hombre, lo quiera o no, va evolucionando… Si la palabra educar significa “sacar de dentro”, ¿de dónde proviene aquello que está dormido en nosotros y debemos activar?. En realidad, se aplique al fin de educarse o venga forzado por las circunstancias a hacerlo, todo hombre “hace camino al andar“, de modo que, paso a paso, descubre verdades, corrige  errores, domina sus defectos y potencia sus valores. 

Para dichas enseñanzas antiguas, el camino que recorremos a través del tiempo es una ilusión, y tal vez el tiempo en sí mismo sea una ilusión, o más bien el fruto de nuestra posición mental ante las circunstancias, los seres y las cosas. Quizá por ello, cada persona le da al tiempo un valor diferente, delatando así su actitud ante la vida, lo cual es un síntoma de la relatividad del tiempo. Incluso nos parece que nuestro tiempo vale más que el tiempo que otros disfrutan; de hecho, a veces llegamos tarde a una cita porque apreciamos más el uso que hacemos de “nuestro tiempo” que el que pueda hacer la persona que nos espera “del suyo”. 

Verdadero ser y personalidadPara el verdadero ser que reside en nuestro mundo interior, no existe tampoco esa concepción de un tiempo que es mitad objetivo y mitad subjetivo, dado que, mientras los actos que realizamos se hallan en el mundo de lo manifestado y aparente, el verdadero ser se inserta en lo atemporal, allí donde la conciencia ya no es requerida y subyugada por cada exigencia del mundo material.  Visto así, “somos” al mismo tiempo que “estamos”; aquel que está presente en lo material necesita aprender para pasar de lo que ahora es a lo que puede llegar a ser en el futuro, si bien, aquel que en realidad somos, ya tiene dentro de sí todas las potencialidades de su semilla activas. El hombre profundo que en realidad somos, aunque aún está aletargado en nosotros, se encuentra al final del camino esperando a que descubramos todas  nuestras capacidades. Él nos observa mientras caminamos, de igual modo que un padre contempla las etapas que recorre su hijo a sabiendas de lo que habrá de sucederle. Algún día, paso a paso, todo aquello que hoy está en potencia en nosotros, indefectiblemente, se transformará en acto.

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¿Qué es el tiempo? (I). Artículo.

 

Reloj de relojes en Buenos Aires

 ¿Qué es el tiempo?

Hasta no hace mucho, el «tiempo» era la percepción del fluir de los hechos, el  modo en que discurrían los sucesos, uno tras otro, dándonos la sensación de que esos sucesos aún siendo instantes aislados, formaban cuentas de un collar, eran como eslabones de una cadena imperceptible.

Esta primera percepción era la de un «tiempo objetivo», pues todas las personas podían constatar que los días y las estaciones pasaban, y eran experiencias que podían poner en común y comentarlas. Pero a la vez había una componente de un «tiempo subjetivo», pues cada cual captaba de un modo psicológico el paso del tiempo. Para los enfermos, postrados en cama durante meses, el paso del tiempo era lento y tedioso, para los niños que jugaban en los prados era un tiempo dinámico, que pronto se esfumaba para dar paso a otras tareas y deberes, dejando un ansia de fugacidad.

Aunque el tiempo, ciertamente pasa, tiene la duración que marca la intensidad de las vivencias que tenemos. Para unos, la vida es corta pero intensa y gloriosa, para otros es baladí, vacía y pesada como una carga, y aún siendo cierto, pocos se atreverían a afirmar que podían haber prescindido de la mitad de sus días. Porque en el fondo el tiempo tiene mucho de actitud mental, es el modo en que afrontamos los acontecimientos, en que hacemos rendir la energía que la vida nos ofreció.

Visto así, el tiempo está hecho de una sustancia especial. Es una mezcla de la ilusión y fuerza con que revivimos el pasado, que lejos de esfumarse en el olvido define y golpea el momento presente y nos  proyecta hacia el futuro con mayor o menor consistencia. El tiempo está hecho de vivencias: de coraje o de miedos, de pasividad o de acción, de nobleza y dignidad y a veces de cobardes renuncias, de sinceridad y apertura o de cerrazón y aislamiento. Los seres tejen con su vida su propia percepción del tiempo, del que será entonces «su tiempo».

Pero éste, aún siendo el aspecto principal para un ser humano no es el que le suele importar. Nos suele importar más el tiempo objetivo, concreto, el que podemos medir, del mismo modo que la lluvia se percibe más claramente que la humedad, pero no es más que su objetivación, su modo de concretarse. Al fin y al cabo hay lluvia porque hay  humedad, aunque sea la humedad más sutil e imperceptible que la lluvia.

Históricamente siempre se tuvo una concepción más objetiva del tiempo, más concreta, en donde, aunque no pudiera apresarse «el verdadero Tiempo», en cambio, se comenzó a medir con relojes «el paso del tiempo». Al igual que la huella fósil dejada en la roca por un pie no lo define completamente, pero nos da una cierta réplica de cómo era, la capacidad de medir el paso del tiempo fue sustituyendo a la comprensión del Tiempo como realidad.

Reloj-dali03El tiempo que medimos con los relojes es algo frío, sacado de contexto. Esta medida del «paso del tiempo» es fijo, estático, admite tan sólo pequeñas variaciones. El verdadero Tiempo, como energía vital que disfrutamos y ponemos en juego, está enhebrado con nuestra vida (la presente) y tal vez también con nuestra Vida (la evolución real de lo que somos a través de un gran número de vidas hasta llegar a lo que Es, aquello que podemos llegar a Ser).

El verdadero Tiempo, el cual aún no hemos aprendido de modo suficiente a percibir ni a comprender, es en cambio un tiempo plástico (se deforma y se estira a voluntad sin tener por qué recuperar su estado inicial), no tiene una forma ni duración concreta, sino que adopta las formas y duraciones que nosotros modelamos en él. En este sentido somos como alfareros que construyen día a día sus propios designios, y que a la larga, burla burlando, van tejiendo su propio destino. Labrarse el propio camino tampoco implica la no existencia de la divinidad, de la cual emanaron las perfectas leyes que rigen el universo, sino que se nos permite jugar con dichas leyes a ser protagonista de nuestra vida.

Tal vez el Tiempo como realidad incomprensible sea tan cambiante como un río. Hablamos del río, mas las aguas que vimos ayer ya pasaron, ya no conforman el río actual, y sin embargo para nosotros existe en nuestra conciencia, es un concepto real. A pesar de que todo fluye -como dirían los presocráticos y las concepciones egipcias- sentimos que el río tiene entidad, que aún no siendo nunca igual, aún siendo inasible, a la vez existe. Como el viejo dilema que expresara Parménides entre el Ser y el existir, las apariencias delatan la esencia de los seres, pero esa esencia es al mismo tiempo difícil de atrapar por nuestra mente… Porque en realidad, nuestra mente no deja de ser una herramienta poderosa y por momentos elevada, pero al fin y al cabo, material y concreta. Acaso cuando nuestra mente se torne más sutil podamos levantar el velo que encubre el misterio del Tiempo.