El infinito en un junco – Irene Vallejo

 

EL INFINITO EN UN JUNCO. La invención de los libros en el mundo antiguo.

Autora: Irene Vallejo. Editorial Siruela, Madrid 2019. 452 páginas.

Reseña realizada por Ramón Sanchis Ferrándiz para la Revista Esfinge Digital.

El libro de Irene Vallejo El Infinito en un junco ya camina por la senda de la fama, porque aborda la historia de los libros y las bibliotecas con un cariño y delicadeza inusual. Sus palabras están cargadas de calidez y ensoñación, tal como si evocaran aquellos momentos en que los ancianos de épocas antiguas contaban historias junto al fuego, cuando el pueblo era analfabeto y la transmisión oral preservaba el saber ancestral del olvido.
En un tono de íntima confidencia, la autora comienza su libro narrando las aventuras de aquellos que antaño buscaban libros en cualquier país para nutrir la Biblioteca de Alejandría. Lo exigía el faraón Ptolomeo II para engrandecer su nueva ciudad, pues «perseguía el sueño de una biblioteca absoluta y perfecta, la colección en que reuniría todas las obras de todos los autores desde el principio de los tiempos». Al fin y al cabo, se dirá en el libro, «la pasión del coleccionista de libros se parece al viajero. Toda biblioteca es un viaje; todo libro es un pasaporte sin caducidad». Y de igual modo, tras aquel sueño de crear una gran biblioteca en Alejandría se fundaron otras similares, como las de Pérgamo y Éfeso, las de Hattusa y Nínive, la Biblioteca imperial de Constantinopla, la Riccardiana de Florencia, etcétera. Si no hubieran existido las bibliotecas, ¿cómo podría abarcar el ser humano semejante aluvión de conocimientos que en ellas se albergaba?
El infinito en un junco ha supuesto una revolución porque la autora se atrevió a narrar un ensayo, a inocularle una buena dosis de poesía, a trocar la austera letanía de toda investigación académica en una prosa alada que se expande sin límites, buscando la verdad que encierra una anécdota o la belleza de una máxima capaz de transformar el alma. Pero este libro ofrece algo más que una cuidada dicción y un lenguaje pulcro. Irene Vallejo (Zaragoza, 1973) nos hace partícipe de su profundo amor por la lectura, relatando su búsqueda personal, su necesidad de ir un paso más allá para descubrir entre los libros los confines del saber. En ella, los lectores han descubierto a una musa capaz de enardecer con su cantinela el corazón de todo buscador. Esta filóloga no tiene el perfil de un académico de pestañas chamuscadas por el tabaco y horas de estudio junto a un flexo, aunque debió dedicar a esta magna obra bastantes años.
La autora utiliza un lenguaje ágil, culto, bien cuidado, que roza la perfección y ha hechizado ya a los mejores literatos, seguramente porque vive instalada en un tiempo clásico, atemporal; ese que no pasa de moda y que tanto molesta a los culturetas actuales que no saben expresar varias frases seguidas sin cargarlas de tacos o expresiones vacías. Bastaría citar los premios cosechados por este libro o algunos halagos bien merecidos. Juan José Millas afirma que es uno de «esos libros que te desbravan, que te doman, que te imponen el ritmo de lectura, que te quitan los nervios, no suelen encontrarse pese a ser tan necesarios» y Jordi Carrión, en The New York Times, le secunda cuando dice: «Irene Vallejo acaba de firmar un libro genial, universal, único».
Es de los pocos libros que podría escribir la misma reseña dentro de veinte años. Nada habrá cambiado; las modas no podrán afectarlo.
Se trata de un «ensayo narrado». Una narración que tiene por entramado la estructura de un sólido ensayo, cuyas líneas encierran un tono poético cargado de profundidad y oficio. En suma, un libro cargado de datos y de historias entrañables, escrito con el cariño de una poetisa, de una vestal que guarda los misterios del saber antiguo. No en vano, se preguntaba la autora ante el papel en blanco, cómo lograr ese difícil equilibrio: «¿Cómo mantener diferenciado el esqueleto de los datos bajo el músculo y la sangre de la imaginación?».
Irene Vallejo, hace culto aquí a las bibliotecas, los libros y sus autores.
Tal como hizo Borges, quien supo recrear magistralmente en su Biblioteca de Babel el laberinto interminable de las bibliotecas modernas y sus infinitas ramificaciones, Irene Vallejo se adentra en ese mundo infinito del saber antiguo, vagando por aquellas bibliotecas que custodiaron las ideas y conductas que hoy constituyen nuestra «realidad física y virtual».
En ese viaje infinito que nos propone, por las páginas de este libro desfilan todos los personajes épicos que nos hubiera gustado conocer: el gran Alejandro, el legendario Aquiles, la desmedida Cleopatra, el poderoso Asurbanipal… Y una pléyade de sabios y literatos que contribuyeron a conformar nuestro imaginario colectivo: Sófocles y Esquilo, siempre al acecho del destino; los iniciados Plutarco y Marco Aurelio; Hipatia, la maestra preclara; Aspasia, Virgilio y Petrarca; Shakespeare, capaz de atrapar en sus obras el alma humana; Dickens, el escritor que dio voz a los desheredados; J.R.R. Tolkien, el creador de las mitologías modernas; Cavafis el peregrino, y otros tantos, como Virginia Wolf, Coetze, Hanna Arendt, etcétera.
Esos personajes que ahora conforman nuestro universo mental, al igual que los libros, están hechos tanto de realidades como de palabras. Quizá fueron mitificados para perdurar en el tiempo, como si una envoltura de palabras pudiera embalsamar sus cuerpos y conceder a sus ideas la facultad de convertirse en leyenda viva.
Entonces, nos dirá la autora, cuando aún se leían los textos en voz alta y de modo colectivo, cuando aún no se bisbiseaban para nuestra propia conciencia, el hombre se aventuró a fijar sus ideas en diversos materiales y soportes. Ya fuera en tablillas de arcilla con incisiones cuneiformes o en estelas de piedra, en juncos de papiro o en pergaminos, desde las épocas sumerias o egipcias, el hombre ha querido perdurar. Tanto la Piedra de Rosetta con sus enigmáticos jeroglíficos, como el Código de Hammurabi o La Ilíada, han contribuido al despertar del imaginario colectivo y de nuestro mundo interior. Desde entonces, y sobre todo con la invención de la imprenta, cada paso del hombre ha sido inmortalizado.
Parodiando a Monterroso, dirá la autora: «El libro ha superado la prueba del tiempo, ha demostrado ser un corredor de fondo. Cada vez que hemos despertado del sueño de nuestras revoluciones o de la pesadilla de nuestras catástrofes humanas, el libro seguía ahí». «No olvidemos que el libro ha sido nuestro aliado desde hace muchos siglos, en una guerra que no registran los manuales de historia. La lucha por preservar nuestras creaciones valiosas: las palabras…».
Sin duda, tomaré este libro como ejemplo para mis talleres de Escritura Creativa, pues su modo de escribir constituye un buen ejemplo de cómo se han de coser los capítulos de un libro para cohesionar un texto, pues su narración retorna una y cien veces al mismo tema, hasta componer un relato completo de los sucesos, como si cada cita compusiera un nuevo punto de vista, trazando un nuevo hilo de una perfecta telaraña. Y más aún: mantiene un equilibrio perfecto entre los textos que muestra del mundo antiguo y los ejemplos actuales que cita. En su texto conviven en franca armonía Eurípides y Faulkner, Homero y Goethe, Cicerón y Walt Disney.
Es obvio que Irene Vallejo reverencia el mundo clásico, pues tuvo la fortuna de que la acunaran con la lectura de cuentos y obras inmortales. Afirma que sus libros preferidos son La Ilíada y La Odisea: el primero, intuyo, porque señala en camino de la gesta heroica a seguir, aunque sea tan penosa y difícil como la conquista de Troya; el segundo, quizá porque propone la aventura y la obligación de retornar a Ítaca, esa sabiduría perdida que se teje y desteje cada día.
En El infinito en un junco, la literatura recobra la dimensión sagrada que tuvo antaño, cuando los bardos y juglares narraban poemas o canciones de gesta, cuentos y fábulas, mitos y leyendas, reforzando así la identidad de sus pueblos.
Finalmente, dirá Vargas Llosa: «El amor a los libros y a la lectura son la atmósfera en la que transcurren las páginas de esta obra maestra. Tengo la seguridad absoluta de que se seguirá leyendo cuando sus lectores de ahora estén ya en la otra vida».

 

Teoría de las ventanas rotas

Teoría de las Ventanas rotas
Si dejas un coche abandonado en una barrio pobre, alejado del paso de la gente y con poca iluminación, es obvio que en pocas horas le quitarán la antena, los espejos retrovisores, las llantas, ruedas y todo aquello que sea aprovechable. En cambio, si ese coche es abandonado en un barrio residencial de clase alta, ese deterioro no suele producirse. Obviamente, la pobreza induce a las personas a buscar una salida a su situación de subsistencia.
Sin embargo, según “La Teoría de las Ventanas Rotas” desarrollada en 1969 por Philip Zimbardo, un psicólogo de la Universidad de Stanford, si a ese coche abandonado en el barrio residencial le rompemos una ventana, en unos días alguien romperá otras, robará las llantas o los limpiacristales. Por tanto, esa actitud no guarda relación con el nivel de pobreza.
Es decir, más allá de la situación económica de la gente, si algo muestra un desperfecto que no se repara enseguida, transmite una sensación de abandono y dejadez que impulsa a la gente a dañar ese objeto. Es algo propio de nuestra psicología social.
Lo vemos a diario en las comunidades de vecinos, en el trabajo y la propia casa, en el metro y en las bolsas marginales de cualquier ciudad.
Los primeros graffitis de las fachadas, si no se borran, llaman a otros grafiteros; los primeros signos de desprecio y violencia en las palabras, si no se corrigen, llaman a los puños cerrados; las bombillas fundidas, las humedades y desconchones de las paredes, si no se reparan, pronto se instalarán en nuestra mirada y en nuestras emociones. Es en los pequeños detalles cotidianos en donde se aprecia la actitud profunda del alma. Así, todo paso, por pequeño que sea, cuando se desvía del camino recto nos saca del sendero.
En muchos casos, la pandemia habrá logrado que mucha gente no se vista a diario, ni se afeite o maquille, y ello, unido a la laxitud psicológica, poco a poco, les lleva a una dejadez peligrosa que tan solo apunta hacia el deterioro personal. En un ambiente de incertidumbre frente al futuro, en donde a diario se nos bombardea con mil noticias alarmantes, si uno se deja llevar por los bulos o el temor al futuro, pronto se convertirá en una persona frágil e insegura, apresada por un miedo visceral o el pánico paralizante.
Es preciso evitar los primeros signos de deterioro físico y moral, recuperando las actitudes y la fortaleza interior. ¿Pero qué hacer si nadie nos enseñó que había un mundo interior? ¿Cómo reconstruirnos, si nadie nos enseñó a conocer nuestro valores y defectos? A decir verdad, si no tenemos cada día un breve instante para pensar, para leer un libro, para conversar con las personas que queremos; si no aprendemos a fortalecernos por dentro, a valorar lo que la vida nos entrega y a restaurar todos los desperfectos que observemos, pronto, por esa ventana rota entrará una error mayor que acaso no podamos vencer.
A la sociedad no siempre le interesa que aprendamos a pensar por nosotros mismos; basta con ser buenos trabajadores que no se salgan de lo que se espera de ellos, del carril trazado. Y tampoco se trata de hacer ahora una revolución social, sino una re-evolución humana silenciosa e imparable. ¿Por qué le damos tanta importancia a enseñanzas mecánicas y tan poca cabida a la psicología, la ética, o la filosofía, esa madre que abarca a todas las demás ciencias?

 

Pensamientos (2)

15. Vivir es fácil; tan solo hay que empujar los días. Estar despierto es lo realmente difícil; requiere tomar conciencia de lo vivido.
14. La atención es una forma de vigilancia hacia afuera; la concentración es la capacidad de atención sobre lo que ocurre en nuestro interior.
13. La fantasía despliega las alas de nuestra psique, sin saber adonde irá. La imaginación conduce su aleteo con mano firme.
12. Leemos para descubrir la vida vista por otros ojos, a fin de contrastar nuestras opiniones baldías y llenarnos de conocimientos.
11. A menudo descubro que ese cúmulo de casualidades que conforman la causalidad van llevándome en una dirección que he elegido mucho antes.
10. La literatura es un arma cargada de futuro: con ella se despiertan conciencias, se alimentan ideales y se aviva el alma.
9.Los idealistas son la argamasa con que se construyen los sueños de la humanidad… Sus pasos decididos rebasan todas las utopías.
8. Quien da aquello que le sobra no da con el corazón sino con la razón; verdadera renuncia es aventurarse a dar aquello que nos es necesario.
7. El silencio no necesita hablar pero los hombres precisan sus palabras; el viento no necesita aullar, pero los árboles adoran sus canciones.

Firmado Lejárraga

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Firmado Lejárraga. Textos: Vanessa Montfort. Director: Miguel Ángel Lamata. Centro Dramático Nacional. Teatro Valle Inclán. Actores: Gerald B. Filmore, Cristina Gallego, Eduardo Noriega-Miguel Ángel Muñoz, Alfredo Noval y Jorge Usón. Documentalista: Carmela Nogales.

Del año de 2019 que ahora termina, merece destacarse la obra teatral Firmado Lejárraga, escrita por Vanessa Montfort y dirigida por Miguel Ángel Lamata. En ella se hace justo homenaje a María de la O Lejárraga (1874-1974), una escritora casi desconocida que, por vivir a la sombra de su marido, pasó por la vida sin apenas dejar rastro de sus obras, aunque estaba a la altura de los mejores literatos españoles del siglo XX. Vaya por delante nuestro agradecimiento al equipo de creadores que ahora nos ofrece la posibilidad de recuperar y conocer a esta maravillosa autora que fue María Lejárraga.

Detrás de esta obra se adivina un trabajo inmenso de documentación, rastreando opiniones de historiadores, críticos, familiares y gente allegada a María Lejárraga. Con una narración vibrante y una puesta en escena magistral, cálida y cercana, el espectador irá descubriendo a una autora que, pese a su centenar de obras fue injustamente olvidada. Los actores, que han de representar a varios personajes, están soberbios en cada papel. Y el espectador lo aprecia y aplaude con pasión.

En Firmado Lejárraga, cuatro amigos escritores hablarán de ella, debatirán sobre sus ideas políticas feministas, indagarán en su vida, aportando pruebas documentales sobre su creación artística, a fin de demostrar la autoría de sus obras.

Novelista, dramaturga, poeta, articulista, traductora, conferenciante y ensayista de la Edad de Plata de la literatura española,María Lejárraga vio como sus obras alcanzaban el éxito aunque se presentaban con la firma de su marido, Gregorio Martínez Sierra, quien ejercía de empresario teatral. Tal es el caso de la famosa Canción de Cuna.

El machismo imperante a primeros del siglo XX, no veía con agrado que una mujer fuera la dramaturga de una veintena de obras que se representaban en ese momento. No obstante, ella fue la musa inspiradora o estaba detrás de las creaciones de otros importantes autores. Muchos poemas de Juan Ramón Jiménez o de F. García Lorca fueron bosquejados por ella, al igual que los libretos de varias obras de Marquina, los hermanos Quintero, Carlos Arniches, Manuel de Falla y Joaquín Turina, tales como El amor Brujo, El sombrero de tres picos, Margot o Las Golondrinas. Sin embargo, salvo en contadas ocasiones, no quedó constancia de sus colaboraciones. Tan sólo en la correspondencia personal con sus amigos o su marido, se aportan detalles sobre las obras surgidas de su imaginación.

Incluso una de sus obras entregada a la compañía de Walt Disney, tras ser rechazada, años más tarde vio la luz con otro nombre: La Dama y el vagabundo.

La relación con su marido terminará cuando éste se enamora de la actriz Cristina Bárcenas, en 1922, sin embargo, su colaboración teatral con él continuará hasta 1930. Años más tarde, en 1949, comenzará a firmar sus propias obras como María Martínez Sierra y después, como María Lejárraga.

Como feminista convencida participará en política, llegando a ser diputada en tiempos de la segunda República, motivo por el que tuvo que exiliarse al acabar la Guerra Civil, primero en Niza y finalmente en Buenos Aires. Como educadora, representó a España en varias instituciones y foros internacionales, siempre promoviendo el desarrollo igualitario de la mujer y la mejora de condiciones para la clase obrera.

Aunque Gregorio Martínez Sierra afirmará por escrito que ella había colaborado en sus obras, la dejará al margen de los derechos de autor, pasando María sus últimos años en Buenos Aires en la pobreza.

En suma, Firmado Lejárraga es un obra teatral de excepción que no deja a nadie indiferente. Una obra que devuelve a María Lejárraga al lugar principal en que siempre debió estar. Una obra singular escrita por Vanessa Montfort con mimo y manifiesta admiración por la autora olvidada, dirigida por Miguel Ángel Lamata con un cuidado trabajo de la escena y la interpretación de los actores, dado que se suceden cambios cronológicos y de papeles que exigen de ellos dar la talla en diversos registros. Esperamos, por ello, la pronta reposición de esta magnífica obra, sensible y profunda, que recupera una parte significativa de nuestra memoria histórica.

Mi padre (Relato).

Mi padre.

Cara A

Aquel verano hubo una plaga de nubes bajas y los girasoles dejaron de orbitar en torno al sol.  Quizá se extraviaron mientras buscaban su mecanismo o simplemente se aburrieron de ser perfectos. Mi padre hizo lo mismo. Comenzó a vagar por la casa como un alma en pena, con su artificio interior pasado de vueltas.
Se empeñaba en salir a la calle a toda costa, como si estuviera poseído: «Tengo que ir a la fábrica», decía, «quedan muchas tareas pendientes». Y nos veíamos obligados a cerrar la puerta con llave para que no escapase. Cuando se le dijo que en la fábrica solo quedaba un solar vacío, que tuvimos que vender la empresa, no pudo creerlo. Nos miró con esos ojos vivos, rumiando extrañas palabras y adelantando los dedos hacia nosotros, como un santo Tomás necesitado de certezas. Pero en aquel verano las certezas no llegaron a florecer en los cañaverales de su mente.
Permaneció así un año más, enrocado sobre sí mismo, como un reloj al que le hubiera fallado su mecanismo. Aún le recuerdo sentado junto a la mesa de la cocina, a solas, trenzando silencios con sus dedos callosos bajo una lámpara de luz intensa, como si estuviera sometido a un interrogatorio perpetuo.
Más adelante, cuando los temblores y los olvidos fueron a más, le instalamos en una de esas camas articuladas que no presagian nada bueno. Y allí, desde aquella atalaya silenciosa, contemplaba a diario el desfile de las horas mirándonos con esos ojos mansos que incomodan a los cuerdos. Hasta que se fue apagando, poco a poco, tras esas sonrisas de cartón que encubren un dolor intenso.

Cara B

¿Quién es esa que está ahí? Ayer también vino. Habla con una voz muy fuerte.  ¡Ay, Dios, cómo me duelen las piernas! ¿Quién será? Me mira como si me conociera. Este reloj adelanta. Chilla como si mandase en mi casa. Su pala…, no, su brazo; no, no sé el nombre. Alfiler, creo. La mano larga corre mucho, adelanta a la otra. La mano chica es muy corta, por eso no puede correr bien.

¡Cómo me cuesta andar hoy! Tengo que hacer cuentas y facturas. ¡Por qué cierran la puerta! ¡Abrid, joder!

Los niños no vienen mucho; si siguen así los voy a despedir. Y no están los tiempos para perder el trabajo. ¡Qué buena esta fruta! Me miran como a un extraterrestre. Están extraños. La niña está muy mayor… ¿cómo se llama? No me acuerdo. «Tráeme la llave, niña». Esa mujer extraña les dice algo que… Me miran con ojos de cordero degollado. No me hacen caso.

Hace mucho calor. Me molesta la camisa. ¿De qué se ríen estos bichos? Ahora mejor; esa camisa me agobia. El abuelo, se quita la camisa, dicen. «¡Chivatos!». Y me duele la rodilla. Ahora me besan; ¿a cuento de qué? ¿Por qué se sientan todos frente a mí? Van de domingo. Parecen tranquilos. Y cuando les digo: «Estáis locos, dejadme salir de esta jaula», no me hacen ni caso, se miran entre ellos y se ríen. ¡Joder qué tropa! ¿No ven que hay que revisar los pedidos? Si, claro que hablo de la fábrica. ¡Cómo no! No tengo ganas de sentarme ahora. Como si no tuviera otra cosa que hacer que sentarme. Ya me paso el día sentado. Estas galletas viudas son de cartón.  La Navidad está cerca. Los pedidos, albaranes, ¡hay mucha tarea! «¡Dejadme salir!» ¡No sé por qué dicen que ya no está la fábrica! Todo es bla, bla, bla.  No sé que pinta ella aquí. «Ábreme».  «Sí, te digo a ti». «¿Tu nombre? ¡Yo qué sé! No puedo acordarme de todo». Y no te acerques, que no me ayudas nunca. ¿Por qué me besas? ¿Tú quién eres?» «Niños, ¡vamos a dar un paseo!». Me miran con ojos de pescado, los muy canallas. ¡Qué calor hace! «Vamos, niños, salimos ya». ¡Ni caso! ¡Para qué vienen! ¡Nadie me quiere! ¡Pobre chico, estás más solo que un reloj!

El mundo está loco; ya nadie quiere salir de casa; todos se pasan las horas viendo el cajón de las imágenes. Y uno que quiere irse, no lo dejan. El mundo está loco: «Cabrones». Esto no se le hace a nadie en su sano juicio.

¡Qué calor hace hoy! Y este reloj va a gatas: ¡no ayuda!  La manilla larga corre más; la pequeña pierde. Antes, yo corría como la grande, pero ahora no: ¡hasta la pequeña me gana!
Me dejan siempre aquí solo, en la cocina. Estoy triste; no sé bien por qué. Estoy triste… y solo. La silla y yo, mano a mano. Solos los dos en este internado… ¡Más tristes que el reloj!

Vídeo

Perdurabilidad de los símbolos y la geometría sagrada

El 10 de diciembre de 2016, fui invitado a participar por el Ateneo de Madrid en un Congreso de filosofía y misticismo bajo el lema “Mística y valores espirituales en diversas culturas”.
Mi ponencia versaba sobre La perdurabilidad de los símbolos y la geometría sagrada en las diversas culturas y tradiciones antiguas
Mindalia Televisión grabó en directo la charla que aquí se reproduce. El enlace de You Tube es el siguiente: https://www.youtube.com/watch?v=JavtE5yP1Yk

Madrid, la ciudad del silencio

Madrid, la ciudad del silencio.
Me siento de Madrid, porque vivo aquí desde hace muchos años; porque nadie me preguntó nunca de dónde provenía y a nadie le importó nunca qué hice en el pasado, sino cuáles eran mis inquietudes, mis sueños y mi futuro. Me siento de Madrid, porque nadie quiso nunca encasillarme en palabras, ni catalogarme en base a mis circunstancias, sino por lo que quería hacer, por mi capacidad para afrontar el día a día y de construirme un porvenir.
Me gusta Madrid porque es una ciudad activa y fabril; una ciudad abnegada que siempre persigue nuevos retos, acaso un tanto elitista y exigente, pero capaz de valorar cualquier esfuerzo. Me gusta Madrid porque es la ciudad de las oportunidades, aunque nunca se mire el ombligo envaneciéndose de sus logros.
Me gusta Madrid porque huele a barrio; no es la ciudad de las grandes carreteras que agobian, sino la ciudad que acoge, que siente y respira; una ciudad en donde la gente se conoce, se saluda con afecto y te ofrece ayuda. Me gusta Madrid porque la gente es franca, abierta, humana, hospitalaria y cosmopolita. No en vano dicen que es la ciudad donde nadie se siente extranjero.
Me gusta Madrid porque he ido aprendido a querer con los años cada rincón de esta ciudad, sus parques, sus terrazas y bulevares, su bullicio y alegría, la belleza de sus calles y edificios. Es la ciudad del teatro y los espectáculos que se prolongan en tertulias privadas hasta bien entrada la noche. Dicen también que es la ciudad que nunca duerme, y no va muy desencaminado este eslogan, porque siempre hay quien ríe feliz en la calle, sean las cuatro o las seis de la mañana. Cierto es, que el poco sueño está asegurado, pero es una ciudad tranquila e iluminada, en la que se puede caminar por las calles a cualquier hora del día o de la noche.  
Pero sobre todo, me siento de Madrid porque viví los atentados del 11M. Ese día en que se detuvo el tiempo y se instaló en nuestra mente el silencio. Ese día en que se trenzaron en nuestras venas el amargo dolor y el silencio.
Compartí los rostros de incredulidad al recibir la noticia esa mañana, cuando viajábamos en el metro hacia nuestros puestos de trabajo. Me enfurecí con la crueldad de las imágenes. Sentí el terror de los afectados, de sus amigos y parientes, el miedo de quienes no encontraban respuestas cuando pedían información, y admiré, cómo no hacerlo, el afán por ayudar a las víctimas de toda una ciudad. Pero nada me impresionó tanto como el silencio en que se sumió la ciudad durante los 3 o 4 días. La gente andaba por las calles, en los autobuses y en el metro, en silencio. Nadie hablaba con los demás; nadie quería ni podía expresar ningún tipo de emoción o sentimiento, ni siquiera para sentir odio. Estábamos tristes, apenados; y a nadie le apetecía para nada vivir.
Todos los madrileños asumieron como propio el daño causado a sus convecinos. Todos se sentían afectados. Para qué hablar o reír, para qué llorar o sufrir, si otros ya lo hacían más y mejor que nosotros. Todos estaban tocados, aunque no hundidos. Todos demostraron su entereza; y la vida no se detuvo: la ciudad siguió caminando, aunque lo hiciera en silencio. Un silencio respetuoso que pesaba como una losa; un silencio callado pero fértil que expresaba amor y comprensión.
Han pasado ya quince años y aún siento ese silencio, esa sensación callada de una ciudad que siempre acoge, que respeta y acompaña, en lo bueno y en lo malo. Una ciudad que calla, pero no otorga.

La filosofía, un camino hacia la dignidad humana

Congreso de Filosofía sobre “La Filosofía y la Dignidad Humana”.  Centro Imaginalia, Alicante. Noviembre de 2018.
Dentro del Congreso que cada año pretenden conmemorar el Día internacional de la Filosofía, se incluye aquí la charla denominada “La filosofía, un camino para la dignidad humana”, desarrollada por Ramón Sanchis Ferrándiz, invitado a participar al mismo en calidad de miembro del Instituto Internacional Hermes de Antropología y Ciencias del Hombre.
Participaron también en el Congreso los siguientes ponentes:  Esperanza Rodríguez Guillén, Presidenta de la Comisión de Educación de la Red Española de Filosofía (R.E.F.), con su charla “Hablar de la dignidad a los más jóvenes”; Jesús Conill Sancho, Catedrático de Filosofía Moral de la Universidad de Valencia, que trató el tema “La dignidad humana ante la filosofía naturalizada”; Isabel Pérez Arellano, Licenciada en Bióloga, con su charla “La pérdida de la dignidad en la época actual. Una visión desde el punto de vista de la Ciencia”; Iván Rodes Lozano, Coordinador Internacional de GEA, con su ponencia sobre “La dignidad ante la adversidad”.

Pensamientos (1)

Pensamientos:
6. Somos como el gato de Schrödinger. Metidos en una caja con veneno, al abrirla puede ser que estemos vivos o muertos; tenemos un 50% de probabilidades. En todo caso, dice la física cuántica que en realidad, morimos en un universo pero podemos estar vivos en otro universo paralelo: universos no visibles que tienen cierta realidad, tal vez como la tienen los sueños y la imaginación, el mundo de las ideas y de la intuición, y sin embargo no se ven, parece que no están.
Así sin más, está explicado algo tan sencillo como aquello que dicen las culturas clásicas y la reencarnación: muero en lo físico y me refugio en otras dimensiones más sutiles; me voy yendo hacia lo profundo y esencial. Tal vez te sonría desde una estrella. Esto es lo que hoy en día les contamos a los niños; claro, ellos, supuestamente  no tienen tantos conocimientos, ni trabas mentales, ni ideas hechas… de hecho, nosotros creemos que es así porque vienen al mundo como una “tabla rasa”. Pero más les vale, porque así son más “sencillos” que los adultos, ven el mundo con naturalidad, sin ideas hechas, con una lógica aplastante; en cambio, nosotros seguimos creyendo que es una suerte ser adultos, porque ya tenemos las cosas más claras, aunque en realidad somos más “simples” que los niños (20/08/2019).
5. Dice un poema de Tolkien que “No todo el oro reluce, ni toda la gente errante está perdida…”. Hay momentos en que el oro no reluce porque no recibe la luz del sol, porque no se muestra, o bien, nosotros no sabemos ver lo que atesora en su interior. De igual modo, hay quienes caminan, errantes, en busca de su propio ser; no están perdidos, no son meros vagabundos, pues buscan una estrella; caminan para encontrar, son peregrinos, conscientes de serlo, esperanzados en su búsqueda.
4. No trates nunca de parecer sabio cuando no lo eres; ante la mirada de aquel que lo es, seguramente acabarás pareciendo un mono de feria que salta de rama en rama persiguiendo una idea interesante. Porque una mente inquieta no siempre busca la verdad ni pretende la sabiduría, pues se satisface tan solo con el cambio. No trates nunca de parecer aquello que no eres… pues está en juego tu propia dignidad y autoestima. (11 de agosto de 2019)
 
 
3. “Feliz día para todas las mujeres-damas que luchan por mejorarse y mejorar el mundo. Que lo social avance; que sea más justo e igualitario; que el trato entre todos sea cada vez más humano y respetuoso. Pero no os deseo feliz revolución contra el sistema ni contra los hombres, sino feliz re-evolución. Sí, volver a evolucionar, una palabra ya olvidada que exige la evolución por dentro, tanto como por fuera. Solo cuando se evoluciona de verdad, de corazón, se logra transformar todo lo que hay alrededor”.  (8 de marzo de 2019)
 
2. La vida es un camino que se recorre paso a paso, día a día, hasta que nos detenemos a descansar. ¡Ojalá que tu descanso sea merecido y tu viaje haya sido placentero! ¡Que tus dioses te acunen en tu seno en el último aliento!  ¡Que puedan ellos reconocerte cuando llames a su puerta con los tres golpes nítidos que suplican el conocimiento! ¡Que su luz ilumine tu mirada!  (26 de diciembre de 2018)
 
1. Aplícate a la bondad como cualidad que mantiene fértil la tierra de tu ser, siempre receptiva a toda semilla que la pueda fertilizar. Sé bondadoso, como expresión de un alma limpia, ajena a toda mancha, a la maledicencia, a las intenciones oscuras y retorcidas, al odio y la tristeza. Sé bondadoso, pues es seña de identidad de un corazón grande y noble.  Acrecienta tu bondad, que es propia de quienes se muestran satisfechos con el papel que les ha tocado vivir en la vida y, en consecuencia, son felices, alegres y expansivos. Sé lugar de acogida para otros, dación callada, simiente fraterna, entrega humilde y generosa.     (25 de noviembre de 2018)