Actitudes Estoicas en tiempos de pandemia

Esta conferencia forma parte de la Semana Estoica que se desarrolló el 13 de noviembre de 2020, en Alejandría Espacio Cultural de Elche.

Frente a la pérdida de valores y de la propia identidad humana, podemos encontrar en el estoicismo ese modelo de conducta que ya sirvió en otras crisis históricas. Esta escuela filosófica proponía una actitud reflexiva que intentaba llevar al ser humano a la conexión profunda consigo mismo y con todo lo creado, la fortaleza interior, la serenidad y aquietamiento del alma, junto a una integridad moral a toda prueba.

La pandemia ha provocado desequilibrios, ansiedades y depresiones en quienes creían que su vida circulaba por una vía estable. De pronto nuestra solidez económica, mental, de sentimientos, se vió resentida. Por este motivo, muchos de los lemas o principios estoicos han ganado actualidad. Sin duda, resultará un gran descubrimiento para muchos de los que piensan que la filosofía es algo abstracto que no ofrece resultados prácticos para nuestro tiempo actual.

Enlace al video de youtube:

¿Quien soy, de dónde vengo y adónde voy?

En las actividades programadas con motivo del Día Internacional de la Filosofía, el viernes 17 de diciembre de 2021 se realizó en la Asociación Ítaca-Espacio cultural de Valencia el Congreso Nacional de Filosofía bajo el lema «Conócete a ti mismo». En él se realizaron tres ponencias.

Se adjunta el video del tema «¿Quien soy, de dónde vengo y adónde voy?, impartido por Ramón Sanchis.

Reflexiones sobre la vida y la muerte.

Cualquier escritor es vitalista, y como escritor me sumo al manifiesto en pro de la existencia plena y consciente. Porque todo escritor se aúna con la vida, con los sueños, con la esperanza, con la proyección de futuro y los mejores anhelos para su mundo y sus gentes. Porque la vida se siente, se enseñorea de nuestra existencia y la sentimos vibrar bajo nuestra piel con toda su carga telúrica, mágica, mensajera palpable de la fuerza primigenia que puso los mundos en movimiento. La vida es lo que está siempre presente, al menos mientras nos quede una gota de su maravilloso elixir y una mínima hebra que nos mantenga aferrados a ella. Mientras perdure un cordón de sustancia, en tanto quede en nuestro pecho una pequeña brizna de aliento, la vida será todo, será dueña…

Universo_04Pero si algún día la vida termina, no desesperes, pues cuando ya se retire el manto de materia que nos encubre, tal vez la esencia que eres, tendrá que aprender de nuevo a gatear por otros caminos de luz, surcando las rutilantes estrellas de un mundo inmaterial semejante a los luceros que ahora te embelesan… Y quizás, cuando el velo de lo material se deshaga tan solo quede aquello que atesoras en tus profundos sueños del alma…

Sin duda, cuando duermes, tu cáscara de materia permanece aletargada, y sin embargo sueñas, transportado en un bajel que surca las galaxias insondables, las emociones más bellas y azules, los pensamientos más elegantes y elevados. Cuando cada noche te conviertes en vigía de tus sueños, apostado en las amuras de tu barco celeste, pareciera que has muerto para el mundo de los cuerdos, y sin embargo viajas como un loco enajenado por sus ensoñaciones, en un mundo de estelares vientos e irisadas olas, tan real para ti como las olas del mar que ahora te reciben en la playa. Pero recuerda, cuando navegues por ese mundo de ensueños, que eres mortal, que los sueños también acaban y tus deseos habrán de proyectarte de nuevo a la vida rutinaria que llamas ahora real… Y quizás, al igual que ocurre cuando los ensueños se desvanecen, en que debemos regresar a nuestro mundo de cotidianas realidades, tal vez ocurra en el trance hacia la otra orilla. Porque siempre se dijo que «igual es arriba que es abajo».

images_08En mi humilde opinión, no creo que tan solo exista lo que llamamos vida desde nuestra perspectiva física, pues he comprendido demasiadas cosas del pasado y el futuro en algún «sueño lúcido»; he convivido con gente noble que tenía capacidad de clarividencia; he escuchado el relato de quien ha retornado de un coma, esperanzado y luminoso, tan alejado del temor en que nos han educado; conozco los experimentos médicos sobre el trance de muerte que han logrado retornar a quienes, pasados varios minutos, ya se daba por muertos… todos ellos narrando una misma historia. Y considero, tal como decían los sabios de la antigüedad, que la vida y la muerte son dos caras de una misma moneda. Es decir, una misma realidad, a la que denominaban la Vida-Una, vista desde ángulos diferentes.

 

Taller de escritura creativa Ítaca-ELD (El libro durmiente)

Un año más, a mediados de septiembre arrancará nuestro Taller de Escritura Creativa realizado conjuntamente por Ítaca (Espacio Cultural) y ELD (El Libro Durmiente). Ambas asociaciones, Ítaca-Espacio Cultural de Valencia y ELD del Centro Imaginalia de Alicante, han unido sus esfuerzos para continuar esta labor formativa movidas por inquietudes similares.

Después de ocho años de rodaje, nuestro taller tiene experiencia suficiente para enseñar a escribir a cualquiera que se lo proponga seriamente. Cada año comienza a finales de septiembre y termina a finales de junio del año siguiente. Tenemos un programa bastante completo que imparten tres profesores: Rosario Olivar, Lilia Gª Chiavassa y Ramón Sanchis. Estamos enfocados a la narrativa, aunque no desdeñamos la incursión en poesía u otros géneros, aunque la base es la narración. No obstante, igual se aprende a redactar un microrrelato, escribir una columna de opinión, un artículo, la reseña de un libro, un cuento o un poema. Se parte de la enseñanza de descripciones, personajes, reglas básicas de la narración, diferencias entre relato, cuento, novela breve, novela, microrrelato, para pasar a las figuras literarias (metáforas, comparaciones, metáforas de situación, etcétera), el tono, el ritmo, la musicalidad, el simbolismo en los textos, etcétera. A esto se añaden píldoras literarias, cortas, directas, que nos recuerdan los errores y correcciones necesarias del modo de escribir (o sea, técnicas básicas de escritura).

Este año pretendemos incluir un módulo de Escritura en internet, dado que no se utiliza el mismo estilo cuando se escribe en la red, y también, modalidad periodística. Para ello vamos invitando a autores especializados en cada tema. Aunque esta temporada que ahora comienza el taller será presencial en Ítaca-Espacio cultural de Valencia, se mantendrá la conexión online que tantas alegrías nos ha dado últimamente, pues ha permitido que haya un total de unos 40 alumnos de varias ciudades españolas, e incluso, de Sudamérica.

Nuestras cuotas son muy económicas, porque son promovidas por asociaciones culturales cuya finalidad altruista entronca con una real difusión de la cultura. Hay apuntes de base para el taller que conformaron en su día un libro ya publicado en 2015: El arte de ser escritor, de la editorial Librando Mundos. Se imparten, al menos, dos sesiones de taller al mes con clases quincenales, en sábados alternos. La duración de cada clase es de unas 2:30h, que abarcan de 11h a 13:30h de los sábados. La palabra «taller» indica que las enseñanzas que se dan son prácticas y que requieren una actitud proactiva en el aula; no son clases solo teóricas, por lo cual en algún tramo de la clase se proponen ejercicios de redacción, se leen en voz alta (quien lo desee) y se dan indicaciones sobre la redacción.

Al final del curso se emitirán los diplomas correspondientes a quienes hayan asistido al taller con dedicación. No se trata de un curso inicial, pues hay alumnos que ya tienen un recorrido en la escritura, pero conviven perfectamente niveles más o menos experimentados. Los alumnos que tienen continuidad, de modo natural, acaban publicando sus relatos, reseñas de libros, poemas, ganan algún concurso. En este último curso, una alumna ha publicado un libro de poemas. Los alumnos que han mantenido su aprendizaje unos dos o tres años, ya tienen libros publicados con soltura, participan en blogs, colaboran con instituciones, etcétera. Esa es nuestra mejor recompensa.

II. En la hora de partir

La vida es un camino que se recorre

paso a paso, día tras día,

hasta que te detienes a descansar.

¡Ojalá que tu descanso sea merecido

y tu viaje haya sido placentero!

¡Que tu mirada guarde sus imágenes, por siempre,

en el cofre de oro de tus vivencias!

¡Que los dioses que reverencias

te acunen en su seno en el último aliento!

¡Que puedan ellos reconocerte

cuando llames a su puerta con los tres

golpes nítidos que suplican el conocimiento!

¡Que su luz ilumine tu mirada!

Política con minúsculas

Los griegos decían que la Política es la ciencia y el arte de conducir a los pueblos hacia sus expresiones más elevadas como seres humanos. Sin embargo, vemos que los políticos están más enfrascados en atacar al adversario y crispar el ambiente social que en buscar y proponer soluciones para los ciudadanos.

Algunos fomentan un odio que nadie desea, retornando a posturas extremas que antaño desembocaron en una guerra civil. Por suerte, o tal vez por karma, aquellos que esparcen esa simiente de odio, tarde o temprano son barridos por la historia, porque «la gente» necesita sentir que en las pugnas políticas se les trata como «personas» y no como mercancía para las luchas dialécticas.

Nadie necesita refrescar la memoria histórica si esta viene cargada de odio, porque el olvido es un bálsamo que nos permite mirar hacia un nuevo horizonte.

Los ciudadanos comienzan a exigir razonamientos y actitudes más serias, porque no conciben la política como una lucha de navajas ciegas y ofuscadas por el odio… lucha en la que si alguien sale herido son siempre los de a pie.

Cuando los políticos se hayan formado para serlo, cuando hagan política con mayúsculas, cuando sean un poco más sabios, o al menos lo pretendan, cuando propongan serenidad antes que odios o luchas intestinas, no solo obtendrán votos, sino la inestimable admiración del pueblo. No en vano decía Platón que los políticos deberían tornarse filósofos, o bien, los filósofos debieran dedicarse a la política.

El arte de ser escritor

 

  • Extracto del libro con el mismo título, publicado por la editorial Librando Mundos, del autor R.Sanchis Ferrándiz.
El arte de escribir
Se denomina “escritura creativa” a aquella que se utiliza en la creación literaria, sea de ficción o no, la cual pretende conformar un verdadero “arte de escribir”. Aunque la mayoría de las personas saben escribir, no alcanzan a hacerlo de un modo artístico; para ello se requiere un prolongado aprendizaje. Pero el arte de escribir y su técnica, configuran una herramienta necesaria para la expresión humana, y por tanto, deberían estar presentes en la formación y el desarrollo integral de cualquier persona. Sin embargo, tan solo unos pocos se adentran en el territorio de la escritura creativa. Esta es una dedicación abnegada para quienes sienten un verdadero amor por la escritura, la vocación de contar historias, por transmitir sueños, ideas y emociones que aporten algo a los demás.
En ocasiones, en lo más recóndito de nosotros mismos se hallan anhelos sublimes del alma, emociones elevadas e ideas brillantes, que bien pudieran constituir una bella historia, un legado que dejar a los que han de seguirnos. Entonces, escribir se convierte en una necesidad ineludible, que exige de nosotros el paso de la potencia al acto —tal como dijera Aristóteles—, convirtiendo en frutos de la imaginación aquellas fantasías que nos asaltaban en sueños.
El oficio de escritor
Escribir no siempre guarda relación con la perspectiva idealizada de “llegar a ser escritor”. Es más bien una actividad individual y solitaria, que requiere de cierta tranquilidad de ánimo y atención. En consecuencia, el escritor precisa rodearse de un ambiente que no le perturbe. Sin embargo, dicho entorno tampoco ha de ser, por necesidad, un lugar paradisíaco en mitad de la naturaleza; bastará con que el escritor sepa refugiarse en un ámbito discreto y apacible, de modo que pueda entrar en su propio mundo para hallar el hilo de una historia.
El escritor es como un corredor de fondo que entrena a diario, esforzándose por superar sus propias limitaciones, probando su habilidad con constancia y perseverancia. Ante él afloran los miedos y las incertidumbres propias de quien realiza un trabajo a solas, enfrentado a sí mismo. Algunas veces, se acrecientan sus fantasmas interiores, pareciendo más poderosos de lo que en realidad son; otras, se diluyen en una euforia pasajera, en una producción fácil, cuando las ideas se presentan de modo espontáneo y acceden a nosotros ante un mero chasquido de dedos. Sin embargo, todo artista —y el escritor lo es— ha de enfrentarse a los vaivenes propios del proceso creativo, al reconocimiento de las propias emociones y el miedo al fracaso, al bloqueo ante el papel en blanco, al temor ante las opiniones ajenas….
Escribir exige capacidad de análisis y de introspección, porque la escritura es un viaje hacia nuestro mundo interior, y tan solo algunos lograrán encontrarse a sí mismos utilizando esta herramienta…
En realidad, el oficio de escritor es bastante ingrato, pues no siempre entrega la recompensa que se busca. Recurriendo a un concepto propio de la filosofía hindú diremos que escribir es una actividad que debe realizarse por “recta acción”, sin apegarse a los frutos que se derivan de ella. Aunque se ejerza el oficio de la escritura esperando una remuneración, en cierta manera, el escritor debe sentir ese desapego interior que le sitúa más allá de los resultados que le acarree su trabajo, esa necesidad que le reclama la propia obra que necesita ser plasmada. Y sin duda, todo artista que compone una nueva obra sabe que ella le reclama el derecho a la vida con su propia voz… Una voz inaudible y vacilante al principio pero impetuosa y exigente cuando la obra va tomando cuerpo.
El lugar y el momento adecuado para escribir
Sería magnífico encontrar un refugio que pudiera aislarnos de todo aquello que nos rodea, y a ser posible, un lugar bello y gratificante… pero nada puede ocultarnos de nosotros mismos. En el proceso creativo conviene asumir que la tranquilidad y el momento apropiado para escribir van con nosotros, pues depende de nuestras decisiones: saber alejarnos del bullicio, apagar la televisión con sus ruidos de fondo, rodearnos de una bella música que nos inspire, preparar con antelación un café o nuestra bebida favorita, y tener a mano un buen libro… son circunstancias favorables que siempre podemos elegir. Cualquier lugar sencillo que nos predisponga a pensar, a leer, a sumergirnos en nuestra imaginación, puede servir también como guarida para un escritor.
De igual manera, podemos elegir el momento más idóneo para dedicarnos a la escritura. De nosotros depende llevar a mano siempre un papel y un lápiz en donde anotar las ideas fugaces que nos asaltan, ya sea en un autobús, en el metro, en la tranquilidad de un parque o en una cafetería bulliciosa. No siempre se escribe de noche y a la luz de una lámpara mortecina; algunos escritores se levantan temprano para lograr la tranquilidad necesaria; otros graban sus pensamientos mientras salen a correr, y no siempre tienen un momento establecido para ello. No hay una regla de oro, sino un instante fugaz que conviene atrapar: lo cual requiere paciencia y tenacidad. Aunque tal vez convenga recordar aquí una frase del dramaturgo inglés Oscar Wilde que dice: “el aplazamiento es el asesinato de la  oportunidad”.
Este es un aprendizaje que no dispone de un manual previo, sino de meras recomendaciones: un camino que todo escritor aprende a recorrer por sí mismo…
El éxito en la escritura      
La mayoría de los escritores no pueden vivir de la escritura, porque no siempre se alcanza el éxito soñado, o bien, los honorarios de dicho oficio no están a la altura del esfuerzo que se realiza. Conviene anhelar, antes que el éxito, el reconocimiento y respeto por el trabajo realizado, porque a menudo es un premio más justo que el éxito.
No obstante, algunos escritores que son seguidos por un público fiel, alcanzan la fama, aunque no logran el reconocimiento en su oficio, porque en realidad no son buenos escritores. En la actualidad, los lectores conforman un conjunto muy complejo y heterogéneo, de ahí que los libros más vendidos no siempre tienen la calidad que se les presupone. A menudo, la propaganda de las editoriales inclina pareceres y fabrica autores de la nada, porque el firmamento de la literatura precisa estrellas que le den brillo y animen las ventas.
La vocación de escribir
La actividad de escribir ha de ser vocacional; se escribe en realidad para sí mismo, por una necesidad anímica. Se buscan las ideas lanzando el sedal al fondo de la mente, allí donde residen nuestras experiencias, aunque no solo se procuran para entregarlas a otros, sino por la mera necesidad de hallarlas.  
Por tanto, debemos alentar a quienes pretenden recorrer la senda de la escritura creativa, si bien, conviene persuadirles a escribir sin especulaciones ni conjeturas, manteniéndose alejados de baldías presunciones de llegar a ser un gran escritor o alcanzar la fama. Conviene escribir por la propia necesidad interior de expresar aquellos sentimientos e ideas  que se llevan dentro, disfrutando de dicha actividad. Porque si no se logra cierta felicidad en dicho oficio, no se puede trasmitir felicidad a otros; si no se halla satisfacción en el hecho de escribir, sin duda, ello se reflejará en nuestros escritos.
Observar para escribir
El escritor ha de poseer, también, cierta capacidad de observación; virtud privilegiada que le permite adivinar aquellos matices de la vida que otros no alcanzan a ver. Porque todo escritor es un observador del mundo que le rodea, a través del cual se pregunta por sí mismo, tratando de descubrir su propia verdad. De hecho, cuando el escritor percibe un atisbo de dicha verdad, siente el deber de transmitirla, para lo cual reelabora y destila en su propio atanor las imágenes y experiencias atesoradas. Así, todo escritor, tal como dijera el poeta Antonio Machado, a la par que recorre un camino externo de realización personal va construyendo su propia senda interior; se modela, también, a golpes, en la fragua de sus propias vivencias.
He aquí, al respecto, un comentario extraído del libro Barba Azul, de Amélie Nothomb, que demuestra la capacidad de observación de un escritor:
“—No tiene usted los hábitos de un fotógrafo. Le he estado observando. Nunca enfoca con los ojos, nunca permanece en silencio ante una imagen. Al contrario, habla y habla sin descanso. Apostaría a que nunca ha tocado una cámara fotográfica…”.
Tener algo que aportar
No obstante, se dirá que todo vale, que cualquier texto encierra algo útil, aunque no debemos olvidar que un buen escrito o relato debe poseer algo objetivamente válido que aportar a los demás, de modo que a través del ensueño de la ficción pueda enriquecer sus vidas: aprendices hay muchos, pero maestros pocos… Y aquellos que dan sus primeros pasos en el arte de la escritura creativa, deben comenzar su camino con humildad, pues más allá del escritor que “nace” con un talento o genialidad natural, creemos que un escritor “se hace” a sí mismo, con pundonor y dedicación, hilvanando en la misma tela entusiasmo y esfuerzo.
El autor consumado que tiene algo cierto que aportar a sus lectores, que alberga una íntima convicción sobre la utilidad de su escrito —tal vez guiándose por su intuición, su propia madurez interna, o fiando en su juicio—, distinguirá fácilmente aquello que pueda resultar demasiado simple o superficial en su propio texto, evitando lo grosero, lo grandilocuente, y todo aquello que sirve de relleno sin aportar calidad alguna.
Ejercitarse constantemente
Pero nada se aprende sin práctica. No se logra la maestría en una “disciplina” sin pasar por un cúmulo de ensayos que parecen interminables, cuyo fin consiste en “disciplinar” la propia imperfección y lograr la excelencia en un arte. Si el dominio de un instrumento musical exige cuanto menos una dedicación de una hora al día, escribir requiere continuidad, a fin de que nuestra mente se centralice en un tipo de ideas que van concretándose de un modo gradual. Es más útil la persistencia de quien dedica media hora a diario que una dedicación esporádica.
La receptividad
Hay pensadores que consideran que las ideas no solo se producen en la mente, sino que a veces se captan, porque se hallan en el ambiente y nos influyen, tal como nos alteran las emociones colectivas. Sea cierto o no, las ideas viene y van con rapidez, cruzan nuestra mente de un modo fugaz y, tal como diría W. Shakespeare, “se desvanecen como por arte de magia”. Cual cometas luminosos, dejan a su paso una estela sutil en nuestra mente, pero vagan raudas hacia otros confines. Apenas quedará un vago recuerdo de su paso para quienes duermen en la inconsciencia, ajenos al don que entrega la momentánea oportunidad.
El escritor que permanece alerta ante las ideas fugaces, que aguarda despierto en un mundo efímero y temporal, que se muestra receptivo y con el mayor grado de armonía posible, podrá captar las mejores ideas… según afirma el pensador N. Sri Ram. De este modo, las ideas se percibirán en su mente con mayor nitidez, tal como las imágenes que se reflejan en la superficie de un lago tranquilo.
Atenuando las discordancias que le perturban y las etapas de inestabilidad, manteniendo la mente centrada y la imaginación despierta, será más fácil que la intuición capte aquellos estados que habitualmente se encuentran fuera de su alcance, a fin de que las ideas fluyan sin obstáculos.
Toda obra literaria tiene las limitaciones de su autor
Hablar o escribir constituyen herramientas mediante las cuales se expresa nuestro pensamiento. Son sus hijos; una progenie genéticamente parecida a su artífice. De ahí que toda obra literaria es un reflejo del carácter del escritor y de su pensamiento. Podemos afirmar entonces, que una obra no puede llegar más alto que su propio autor, porque se apoya en sus capacidades, y pronto, se encontrará con sus mismas limitaciones. Y a menudo, sus personajes tampoco podrán ser más grandes que él mismo… pues no podrán concebir realidades más allá de las que capte su creador.
Autores clásicos como Homero, Cervantes, Shakespeare, Dante, Dostoievski, Tolstoi, Dickens, Borges, son admirados por diversos motivos: acaso por el ritmo de su escritura o la  forma concreta en que elaboran las frases y los párrafos, o bien, por la profundidad de sus argumentos y el modo en que enfocan el desenlace de la trama. Otros escritores “consagrados”, destacan por la capacidad de recrear un ambiente psicológico y la fuerza descriptiva de sus personajes, pero principalmente se les valora por su capacidad de análisis y comprensión del alma humana, por sus acertados juicios o reflexiones, y en suma, por la humanidad y las virtudes que se aprecian en los personajes.
Quizá los grandes clásicos llegaron a concebir personajes arquetípicos y atemporales, porque sus anhelos e ideales personales pretendían un mundo más humano, arquetípico y atemporal.  Dejaron atrás el mundo pequeño y subjetivo que observaban para ofrecernos un mundo de grandes sueños e ideales que en principio parecía utópico.
Analizar el mundo con objetividad
El escritor no puede pretender alcanzar verdades absolutas, porque ello es bastante inaccesible para el presente momento de la humanidad. Todo escritor ofrece un punto de vista particular, y debe entregarlo sin complejos: es lo mejor que posee, es algo personal, pero es su legado. Y en la medida que las pequeñas verdades de sus escritos, reflejen en sus temáticas los arquetipos que conciernen y afectan a todo ser humano, se acercará, paso a paso, a los valores esenciales de cualquier lector. El racismo y las pugnas entre clases sociales, el hambre y la guerra, el sexo y el amor, la amistad y la traición, el afán de poder y la corrupción, la fugacidad de la vida y la muerte, son temas interesantes que tratados en profundidad siempre despertarán reacciones atávicas en cualquier lector. 

El Bhagavad Gita

Reseña publicada en la Revista Esfinge Digital en Julio 2020, escrita por Raysan.

El Bhagavad Gita

El Bhagavad Gita

Este no es meramente un libro hindú que sirva para entretener y sin nada que aportar a la mentalidad occidental, sino más bien un libro de enseñanzas válidas y además necesarias para el momento actual. Ni es tan solo un libro milenario más antiguo que casi todos los libros conocidos, escrito al menos hace 5000 años, y para algunos autores, unos 27.000 años atrás. Ni es tan solo un libro sagrado de una religión, la hinduista, que perdida en los albores de nuestra historia escrita apenas nos dice nada… Ni es tan solo una joya literaria inigualable que rozó la frente de la juventud de las últimas décadas, ansiosa de una libertad real, despertando conciencias dormidas. No busques en él tan solo el exótico Oriente, ni el capricho de una moda pasajera. Este es un libro dormido desde el fondo de los tiempos en el corazón de la Humanidad, que tiene el poder de despertar el alma dormida, de liberar al alma prisionera.
Es un libro del que se puede aprender a vivir. A través de una guerra entre dos bandos contrarios, los pandavas y los kuravas, en la que figuran hermanos, primos y parientes en distinto grado, que pugnan por conseguir una ciudad, se muestra la lucha del ser humano por conseguir su propia evolución, en combate con aquellos elementos que pretende vencer y que viven en su propio corazón, como cercanos parientes que, no obstante, debe vencer. Así aparecen las dudas, los miedos, las angustias, el orgullo, la envidia, la pasión, la mentira, las miserias humanas en general y las ancestrales preguntas: ¿quién soy?, ¿qué es la muerte?, ¿adónde vamos?, ¿qué es la evolución del hombre?…
Al leer este libro nos identificaremos con el personaje central, Arjuna, príncipe pandava que es el reflejo de los anhelos y cuestiones que se plantea un hombre cuando su alma aflora, cuando su conciencia se despereza y se pregunta por el propio destino y el destino de la Humanidad, por el sentido de la muerte, por su concepción de Dios, por la existencia de vida más allá de la vida actual, por el valor que tienen distintas acciones realizadas con mejor o peor actitud, y si estas nos llevan realmente a evolucionar corno seres humanos.
Krishna, portador en la batalla del carro de Arjuna, como maestro, como voz que alecciona a Arjuna y no tanto como avatar fundador de una religión, le mostrará el camino del yoga para llegar a la unión consigo mismo y los demás seres, pero no un yoga de posturas físicas, sino de profundidad filosófica, en que priman las vivencias sobre las concepciones vacías y retóricas de los libros sagrados.
Le mostrará asimismo «el secreto de la acción», la manera correcta de actuar, siguiendo lo que nos dicta nuestra conciencia más elevada, nuestra concepción más alta del deber. Para lograr estar más allá de los éxitos y fracasos de nuestra conducta, para alcanzar un desapego de las preocupaciones que nos atenazan, se propugna la renuncia a los frutos de nuestras acciones, el hacer lo que se debe sin esperar otro premio que la propia satisfacción en la conducta correcta. Este es un modo profundo de vivir la dación, la generosidad, en contra del utilitarismo de nuestro mundo actual, que no hace sino aquello de lo que obtiene siempre algo material, siendo esta visión el medio de encontrar el propio centro, es decir, una estabilidad que no depende de lo externo, una armonía sinónimo de alcanzar una sabiduría aplicada y efectiva.
Abunda el Bhagavad Gita en las leyes que rigen la naturaleza y sus ciclos, en la verdadera concepción de la reencarnación —más allá de la ligereza o pobreza mental con que Occidente ha adornado estas concepciones—, la verdadera evolución como fin gradual al que lleva la conquista de sí mismo, la paz o quietud interior de quien logra el equilibrio entre lo que se piensa y cómo se actúa, y se rige por lo más elevado. Se muestra el modo de dominar los vaivenes emocionales a fuerza de encauzar aquello que deseamos, el modo de vencer la mente inquieta y especulativa a través de una disciplina mental, de una voluntad y perseverancia inalterables.
En una visión ecléctica, este libro nos dice que su esencia proviene de la fuente común en la que beben las diversas religiones, y que, alternativamente, cuando se entroniza la impiedad y la injusticia entre los hombres, son dadas a la luz por un avatar, un enviado, un maestro espiritual.
Pero no temas, lector, adentrarte en las sendas de otra religión, sino en los laberintos de la sabiduría; no dejes que te engorden con miedos con que unas religiones se apantallan para preservarse contra la expansión de las otras. El saber no es patrimonio de un tiempo y un espacio, el saber tan solo alcanza a aquellos que poseen la altivez de la libertad interior, a aquellos que saltan las aparentes diferencias en busca de la sabiduría que nos une a todos los seres, que nos da una patria común.
Dirá el Bhagavad Gita de sí mismo que, procediendo de la Divinidad, fue transmitido a los espíritus más altos, a los primeros guías de la Humanidad, a Manu, y fue dado a los reyes aún conocedores de la magia, de la «magna ciencia», del saber milenario y atemporal, aun antes de la era actual del Kali Yuga (de la edad oscura, de la edad de hierro) hace al menos 5000 años. Posteriormente, estos reyes con conocimiento de las siete claves guardadas en el mismo texto dieron paso a reyes tal vez más humanos, pero más alejados de la divinidad, y de este modo sus claves se fueron difuminando en el tiempo.
Fue transmitido al principio como un relato oral, como un misterio que acariciar en las noches junto al fuego bajo un cielo estrellado. Cuando fue compilado por Vyasa, corrió de mano en mano, como un cántaro, para mitigar la sed de generaciones, hasta llegar ante ti, lector, que tal vez nada sepas de claves, pero que al menos atisbas, cuando la intuición levanta la espesa cortina del olvido, que estás ante un libro de enseñanza, y no tan solo un libro sagrado de una religión perdida en un vórtice del tiempo, sino sagrado por ser un ave delicada que palpita en tus manos y despierta la conciencia cuando roza tus sienes con sus alas doradas, con sus etéreas palabras.
* Reseña publicada anteriormente en la revista Cuadernos de Cultura, en la sección de El libro dormido.

La pandemia

Publicado el 22 de julio de 2020, tras la primera ola de la pandemia del COVID-19, en el facebook personal de Ramón Sanchis Ferrándiz.

Esta pandemia del Covid-19, provocada por el nuevo virus Sars-Cov-2, no es la primera que sucede. Las más letales han sido la viruela, que se cobró hasta 300 millones de muertes, el sarampión con 200 millones, la gripe española de 1918-19, la peste negra de 1588-1600, las oleadas del cólera y el virus del Sida desde 1980. Junto a ellas han habido otras de menor importancia, tales como la gripe asiática de 1957, la gripe de Hong-Kong de 1968, la gripe porcina de 2009-10 y el virus Ébola de 2014-16.
En la actualidad estas enfermedades se trasmiten con gran rapidez, debido a la globalización y sus poderosos medios de comunicación. En cambio, el desarrollo de las vacunas suele detener su expansión con rapidez.
Pero a la luz de los datos científicos, puede decirse que hay algo habitual en esas pandemias víricas: por una parte, todas se controlan con higiene personal, desinfectantes, cuarentenas y el distanciamiento de otras personas; por contra, todas ellas se repiten en el tiempo, dando lugar a expansiones sucesivas. Es decir, estas epidemias suelen tener tres oleadas de similar intensidad. Cada una de ellas se representa por una curva en la que se dibuja el crecimiento con el paso del tiempo del número de infectados y fallecidos. Esta curva en forma de campana crece muy rápido al inicio, luego va aplanándose hasta que al final desciende.
A veces, estas nuevas infecciones son de menor intensidad, pero los datos de epidemias pasadas indican que la segunda y tercera oleada presentan picos de similar virulencia. Por ese motivo, desde hace unos meses se advierte que la pandemia podría retornar con la entrada del otoño. Los datos de rebrotes en España, más de 200 a 21 de agosto, parecen seguir esta senda. No obstante, pocos se imaginan viviendo una segunda cuarentena que abarque otros 100 días. La parálisis de la economía podría ser letal y, sin embargo, vivimos inmersos en un exceso de optimismo, lastrados por nuestra inconsciencia, como si ya estuviéramos a salvo.
Tan solo una vacuna podría aliviar o vencer este mal. Pero se sabe que la vacuna de Oxford, la que se encuentra en fase más avanzada, no estará disponible en el mercado antes de la primavera de 2021.
A nivel mundial la pandemia crece de modo exponencial, imperceptible, sigilosa e imparable. A mitad de junio, había 9 millones de contagiados y cada quincena se contabilizaba 1 millón más. Ahora, ya hemos rebasado los 14 millones y cada 3 o 4 días aumenta 1 millón más. Dentro de unos meses, las fronteras de los países no podrán detener la expansión de la pandemia. ¿Estamos preparados psicológicamente? ¿Estamos realmente alerta para aplicar los medios sanitarios que nos recomiendan? ¿Podemos dejar de abrazarnos durante algunos meses y renunciar a nuestras terrazas de bar?
Buena parte depende de nuestra actitud, aunque también dependemos de cómo se actúe en otros países. ¿Por qué no se han reunido todavía los grandes «líderes» (¿?) mundiales para compartir ideas?
Los partidarios del «buenismo» dirán que todo irá bien, aunque los datos y las gráficas lo contradigan. Los dirigentes que negaban la realidad del virus son quienes han visto sufrir más a sus países.
Pero siempre se dice que nunca es bueno alarmar a la gente, ni contarles la verdad. ¡Pobre gente!, piensan algunos, ¡hay que ir llevándolos de la mano y dándoles de comer con la cuchara! Pero quizá, si hubieran visto más de cerca la realidad del combate diario en los hospitales y el desfile de cajas hacia los cementerios, la gente se responsabilizaría ahora un poco más. No siempre es una buena solución mantener a los ciudadanos en el limbo de los justos, ajenos a la realidad. Las enfermedades no se curan dándole a beber a la gente un líquido blanco e indefinido que solo actúa en el cuerpo como placebo. Porque los sanitarios lucharon protegidos con sus plásticos y bolsas de basura contra una enfermedad real. Ellos sí la han visto: ¡el virus existe! ¡No lo ningunees! A menos que quieras que él te multiplique por cero, a ti y a tus familiares.
Ahora ya no harán falta aplausos de esos que se olvidan enseguida. Necesitamos una segunda toma de conciencia y seguramente una tercera en el futuro. Tal como se decía en «La historia interminable» de Michael Ende: ¡la Nada avanza!