¿Por qué somos voluntarios?

 Artículo publicado en la Revista Esfinge Digital, en su número del mes de mayo de 2017.

¿Por qué somos voluntarios?

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Buena parte de nuestra existencia la pasamos preocupados por el trabajo, el paro, la salud, los estudios, las hipotecas, el deporte y los momentos de ocio, o bien, en aquello que necesitamos o necesitan nuestros allegados … y de vez en cuando, en nuestros objetivos de vida. No en vano decía Platón que en el ser humano siempre hay de lo uno y de lo otro: momentos de conquista, de alcanzar grandes metas y otros de rutina; momentos de alegría y felicidad… y momentos duros y dolorosos. Pero a menudo, cuando las noticias de otros países nos trasmiten su triste realidad de niños desnutridos, de carencias de agua y alimentos, de guerras interminables apoyadas por villanos y señores de la guerra… en algún momento nos asalta la pregunta de si hacemos bastante por los demás, si el mundo que tenemos podría ser mejor.
Es obvio también que, individualmente, nos sentimos impotentes para mejorar en un grado apreciable el mundo que hemos heredado, y a veces tenemos serias dudas de que los gobernantes y distintos grupos humanos tengan la altura de miras o la capacidad para lograrlo. Sin embargo, algo nos dice que para transitar un camino nuevo todo comienza con el primero de nuestros pasos. Tal vez no podamos paliar todas las carencias que existen hoy en día; acaso sea como poner un barniz sobre una madera reseca y llena de arañazos y agujeros, pero quienes se benefician de un pequeño acto de voluntariado no suelen olvidarlo.
dsc02035Por suerte, donde las acciones del gobierno no llegan, aparecen algunas actuaciones de voluntarios: unos donan sus órganos y alguien puede seguir teniendo una buena calidad de vida; otros ayudan montando escuelas en sus períodos vacacionales o consiguen libros y zapatos para que los niños puedan asistir a clases… Unos ayudan a que el agua llegue a las polvorientas aldeas de las montañas, a los olvidados hospitales, a las escuelas; otros, logran derivar y depurar las aguas negras, construyendo extraños artefactos tan raros para algunas gentes como unas letrinas, a fin de evitar la contaminación, las enfermedades, los acarreos interminables con baldes de agua… y un largo etcétera.  Hay quienes, ayudamos escribiendo en la Revista Esfinge, protegiendo el medioambiente o plantando árboles, cuidando a los olvidados en los hospitales, o en GEA realizando labores de rescate en catástrofes… y un largo etcétera. Porque cada cual se encamina hacia donde cree que puede ser útil… Y cada vez somos más los que hemos elegido mirarnos menos al ombligo y mirar más a los rostros de los sintecho, de los huérfanos del mundo, de los desheredados de la tierra y el pan.
dsc02044No por ello debemos restar tiempo y energía a nuestra propia vida, pero tampoco se puede dar midiendo de un modo tacaño lo que entregamos. Una frase memorable del filósofo Jorge A. Livraga enseña que “la aventura puede ser loca pero el aventurero ha de ser cuerdo”. Sin duda, se planifican las acciones con la razón, pero se entrega con el corazón, porque no siempre se ha de donar tan solo lo que nos sobra sino parte de uno mismo: de hecho, una cerilla nos regala una luz intensa y brillante porque se consume en el intento, se entrega…
Considero que “ser voluntario” es poner nuestra voluntad al servicio de lo que se precise hacer para que los seres humanos y el mundo en que habitan tengan una mejor existencia. Pero no solo con tibias intenciones se logra mejorar el mundo, pues la “buena voluntad” ha de estar unida a la “eficacia”. Dar de corazón es el camino que hemos elegido… dar con entusiasmo es nuestro gesto… dar peces y también enseñar a pescar
                                                                                                                                              Ramón Sanchis Ferrándiz, mayo de 2017.

Personas humanas (I): M.A.

Personas humanas (I): M.A.

IMGP0093Mi buen amigo M. A. es un idealista anónimo, profundo y generoso. Desde hace veinticinco años, cada día, cuando termina su trabajo, apoya cualquier actividad en pro del ser humano y la cultura. Reserva las noches a zambullirse en los libros de historia, filosofía y psicología. Dedica sus fines de semana a colaborar con un grupo de voluntariado en acciones sociales y humanitarias. Consagra sus navidades a preparar campañas solidarias para los más desfavorecidos. Muchos niños le deben sus zapatos y juguetes, e incluso su sonrisa.

Pertenece a un club de lectura, en donde descubrió las bondades de los libros, esas que hoy trasmite a otros con elocuencia y convicción. Escribe desinteresadamente en revistas y dicta cursillos sobre temas muy diversos; lo hace con un tono preciso, certero, ejemplificando sus palabras con anécdotas y citas diversas.

Hace unos años, se cansó de trabajar en tiendas de ultramarinos, en tiendas de muebles capaces de venderte un sillón de masajes o un tresillo, en floristerías que ya no respetan domingos ni fiestas de guardar, que montan guardia junto a los tanatorios y reparten dividendos tras la semana santa, y se propuso rediseñar su vida.

Como persona honrada no quiso despreciar un trabajo, mirándose en aquellos que no saben aun lo que es tenerlo, pero comenzó a estudiar mientras aún vendía muebles, de tapadillo, con muchas ganas de alcanzar todos los horizontes que le aguardaban. Aprendió, poco a poco, márketing, recursos humanos, informática, técnicas de comunicación y redes sociales, oratoria, etcétera. Con el tiempo que otros consideran residual, delineó para sí una nueva trayectoria de vida, hecha de enseñanzas no regladas y cursillos dispersos.

Compaginó su tarea como pudo, con esfuerzo y dedicación, alternando sus noches de vigilia con su capacidad de soñar despierto. Estudió con ahínco, con sueño o sin él, siempre decidido a aprender. Pero finalmente lo echaron de la empresa, cuando comprendieron que su mundo era algo más amplio. Tal vez, en el último examen médico de empresa, le practicaron un escáner o una lobotomía y comprobaron que, en aquel cerebro de persona íntegra y cabeza bien amueblada, había un sofisticado mecanismo propio de la más perfecta relojería suiza.

A partir de entonces renunció, incluso, a todo aquello que ya casi había proscrito de su vida para poder realizar sus sueños, administrando celosamente su tiempo y energía. Destinó el dinero de las cervezas a comprar libros; las escasas conversaciones con los amigos, a avanzar como ser humano; y esas vacaciones que no disfruta hace siete años, a estudiar.

Pinturas Rupestres más antiguas_00Fue salvando exámenes en silencio, sin darse importancia, hasta que un buen día nos comunicó, sin apurones ni altibajos, que había terminado sus estudios: ¡por fin era psicólogo! A partir de ahí lo vi más firme; comenzó a hablar con una mayor convicción; aconsejaba a otros, al principio con recelos, y poco a poco con una asentada convicción. Su solidez fue creciendo, pues un psicólogo no podía tener dudas ni temores, debía pensar con claridad y ser ejemplo, tal como él comenzó a serlo en su entorno.

No obstante, debo decir en su favor que jamás se le subió su título a la cabeza; no se creyó alguien con el derecho a aleccionar a otros hasta el cansancio; no levantó la cabeza con un orgullo insano, ni habló escuchándose. Tampoco empleó palabras rebuscadas ni altisonantes; para nada quiso maquillar su genuina forma de ser, pues siempre se aferró a su verdad atemporal, despreciando las modas y los cambios superficiales. Se mantuvo siempre en su esencia, buscando aquella estrella que le había guiado desde la infancia.

Medico-hospitalPronto le permitieron hacer prácticas en un hospital y sus ilusiones se vieron cumplidas… Porque aquello que a él le motiva de verdad es cuidar a enfermos terminales, dándoles un soporte real en los momentos del trance final. Desde hace algunos años, M. A. quiere encontrar la razón de la muerte para ofrecerles una explicación profunda, cuidados paliativos y un apoyo sincero a los familiares cuando sobreviene el desenlace sin previo aviso. Se ha especializado en la fase del duelo, intentando que la persona reconozca la pérdida del ser querido, que asuma lo ocurrido y recomponga su vida, encarando adecuadamente su futuro.

Tal vez aquella semilla de amor y bondad, se incrustó en su alma cuando veinticinco años atrás comenzó a estudiar filosofía, cuando comenzó a preguntarse ¿quién soy yo?, ¿de dónde vengo?, y ¿adónde voy?, como siempre,  después de su trabajo y  renunciando a tantas cosas.

Faro al atardecerNadie podía suponer que este tipo de trabajo ilusionara, rebasados los cuarenta y cinco años, a un vendedor de muebles, reflexivo, educado y vivaz. Pero no hay límites para un idealista, enamorado de la vida y de los seres humanos… Desde que lo conozco sé que el mundo puede ser siempre mejor, porque él cuida el umbral por donde pasan las personas hacia ese incierto destino que llamamos muerte.

Tales personas, de esta manera justifican su vida; otros, nos engrandecemos con su ejemplo.

 Ramón Sanchis Ferrándiz © 

Los valores del voluntario

Artículo escrito por Raysan para el Grupo GEA (asociación de voluntariado).

El voluntario
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El voluntario siente una inclinación natural a ayudar a los demás por variados motivos. Unos desean aportar apoyo solidario por conciencia ética, otros por un sentimiento religioso; hay quienes lo hacen por un sentido de justicia social o como un reto profesional, mientras que otros lo realizan por disponer de un tiempo libre que pueden ofrecer.

De todo ello obtienen, indefectiblemente, enseñanzas humanas y experiencias personales, ganan en formación, tienen la posibilidad de conocer otras gentes, culturas y lenguas diferentes, y algunas veces, sin esperarlo, obtienen el reconocimiento de su comunidad.

GEA_Valores del voluntarioEn un mundo en plena crisis del modelo del bienestar, que requiere cada vez mayores cuotas de servicios y atenciones que se consideran básicas, los Estados son conscientes de su imposibilidad de atender todas las demandas sociales. En esas circunstancias se precisa de la ayuda voluntaria y desinteresada de quienes sienten como suyas las carencias que perciben.

Por ello, todos los seres humanos tienen algo que ofrecer a los demás, y son doblemente útiles cuando dicho esfuerzo se canaliza en el marco de una forma organizada. Se reconoce el valor solidario de quienes sienten el impulso idealista, por ejemplo, de ayudar a un vecino, de propiciar mantas a los indigentes, de entregar ropa usada a quienes no disponen de ella, pero si estos actos no tienen continuidad, la legislación actual no los toma por acciones de voluntariado. Si dichos actos no se hallan inmersos en una secuencia de esfuerzos colectivos, serios y comprometidos, serán meros impulsos altruistas que no remediarán los males de nuestra sociedad, ni mejorarán sus carencias. Así, las actitudes impulsivas o esporádicas no son consideradas por la legislación como acciones de voluntariado, aunque sean actitudes altruistas.
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Voluntario es quien actúa de un modo desinteresado, solidario y altruista, en base a una decisión meditada, y claramente comprometida con su comunidad. Su esfuerzo ha de enmarcarse en unos fines fijados previamente, nobles, socialmente útiles y humanitarios.

Codo con codo, ya sea trabajando junto a otros poderes públicos —los cuales siguen teniendo la responsabilidad frente a la sociedad de paliar las carencias sociales—, o bien junto a otros profesionales cualificados, el voluntario no es tampoco una persona que por no tener remuneración alguna no deba estar a la altura de su trabajo o misión. El calor humano que mueve sus actos ha de impulsarlo a una formación continuada, a una entrega modélica, al trabajo consciente. Así, el voluntario ha de ser competente en aquello que emprenda, no puede ser frágil interiormente, ni vulnerable ante las circunstancias, de modo que sepa enfrentar problemas, evaluar situaciones, y mantener una autonomía de comportamiento.
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El voluntario no es tampoco un ser aislado, sino que trabaja en equipo, con objetivos claros. Por sus características personales lo precisa, pues se retoalimenta con la fuerza del conjunto, de ahí la importancia de ser consciente de que la cadena es tan débil como lo es cada eslabón.

En la tarea voluntaria, para poder restaurar las carencias de nuestro mundo, se precisa de la comunicación, del intercambio de la información, y sobre todo de habilidades sociales y profundos valores humanos. Las requiere quien atiende a los ancianos para crear lazos mediante la empatía; las precisa quien apoya en los trances difíciles, como el psicólogo o el asistente social; los siembra quien educa en valores y aporta el sentido de la vida, como el filósofo; los lleva en mitad del pecho, donde reside el verdadero coraje, quien se dedica al salvamento de vidas o al socorrismo; los fija en su mente quien sueña a diario con un mundo nuevo y mejor.
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Un voluntario lucha contra los pies de barro de un mundo caduco, y ofrece no solo esperanzas y buenas intenciones, sino resultados claros que ayuden a los colectivos más vulnerables, fomentando un entramado social positivo, una verdadera red de ayuda, una trama solidaria. Su acción se encamina hacia cualquier edad sin preferencias, tanto a restañar las heridas individuales como a mejorar las ideas, los valores y recursos del entorno.

El voluntario no pretende dar peces, sino enseñar a pescar; no pretende ser como Dios, sino vivir como un ser humano y enseñar a otros la dignidad de serlo. Voluntario es aquel que ayuda a quienes lo necesitan, sin distinciones de razas, de nacionalidades, de credos ni de condiciones sociales. Voluntario es quien ama la naturaleza y gusta de comprender sus ocultos designios y enseñanzas. Voluntario es quien ama el saber que transforma internamente a las personas, quien respeta las creencias, las tradiciones y los valores de los diferentes pueblos, tratando de enhebrar con todo ello un collar multicolor, en donde la diversidad no atente contra lo esencial… Voluntario es quien construye en el presente a sabiendas de que se proyecta hacia un futuro esforzado, en donde tan sólo lo que se siembre es lo que habrá de fructificar.