Por un hilillo de agua…

¡Ay, qué no daría yo por un hilillo de agua! Así podría lavar esta ropa mugrienta y llena de barro que se nos pega a la piel con insidia, y la niña podría vestir de blanco-blanco el día de su primera comunión…

Sí, y Juanita se lo merece, tal como se merecen las flores sus vestidos de vivos colores en primavera.

¡Ay, qué no daría yo por un hilillo de gua, aquí mismo, junto a la casa! Así Juanita no tendría que destrozarse el calzado ni las manos yendo a la hondonada del cauce, y la niña no tendría esos dolores incrustados en su delicada espalda de princesa.

Sí, Juanita se lo merece, tal como se merecen los juncos el agua, para cimbrearse sobre ella y contemplarla.

¡Ay, qué no daría yo por un hilillo de agua, aquí mismo en la trasera de la casa!

Así Juanita me ayudaría a plantar un maizal prolijo y dorado entre los surcos de la tierra, y la niña podría crecer más, enrasando su estatura con el penacho de las mazorcas.

Sí, Juanita se lo merece, tal como se merecen los dorados maizales su belleza y color.

¡Ay, qué no daría yo por un hilillo de agua, aquí mismo junto a la cerca de los chanchos! Así Juanita no tendría que pastorear a los animales hasta la ribera del río… Y la niña podría garabatear con lápices las páginas de esos cuadernos con rayas que dan en la escuela.

Sí, Juanita se lo merece, tal como se merecen las aves que emigran saber orientarse para llegar a la calidez del Sur.

¡Ay, qué no daría yo para que no se fuera hacia el Sur sin regreso!

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